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8 dic 2013

“Culpas Sexuales” de hombres y mujeres


La culpa es un sentimiento que nuestra sociedad nos enseña a sentir en lugar de la responsabilidad; esto puede deberse a una férrea educación religiosa, o incluso a nuestra cultura moldeada en gran parte por valores judeo-cristianos, que, como sabemos, no son los más amigables con respecto al sexo. Sin embargo, lo que mueve la culpa respectiva de hombres y mujeres difiere claramente.

Un estudio publicado en  Archives of Sexual Behavior  donde investigadores de la Universidad de Texas en Austin analizaron las culpas que hombres y mujeres experimentan con respecto al sexo. 

En el caso de las mujeres, las culpas más frecuentes fueron:

* Perder su virginidad con la pareja incorrecta (24%)
* Haber engañado a su pareja presente o una pareja pasada (23%)
* Moverse demasiado rápido al terreno sexual (20%)

Por su parte, las culpas más comunes de los hombres fueron:

* Fallar al hacer un avance sexual en una posible pareja (27%)
* No haber sido más intrépido sexualmente cuando era más joven (23%)
* No haber sido más intrépido sexualmente cuando era soltero (19%)

Estas “culpas sexuales” no hacen sino reflejar las expectativas sociales que el entorno confiere a hombres y mujeres: mientras se espera que las mujeres sean reservadas y pacientes con respecto al sexo, de los hombres se espera que tengan todo el sexo que puedan. Se espera, además, que el hombre tenga la iniciativa con respecto al sexo, mientras de la mujer se espera que elija “correctamente.”

Probablemente todos hemos experimentado algún tipo de culpa sexual, del tipo “quisiera haber sabido lo que sé ahora cuando comencé a tener sexo”, pero en nuestros días también experimentamos un cambio de paradigma: un cambio que hace que la culpa sea sustituida por responsabilidad. Las mujeres pueden tener la iniciativa sexual y los hombres pueden esperar.


La Culpa Sexual


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Nuestra cultura está saturada por la vergüenza y la culpa sexual, a veces es demasiado obvia (por la religión o las bromas gay o las bromas misóginas), pero gran parte de la culpa es implícita y sutil. La vergüenza sexual ocurre en cualquier momento en que nos sentimos incómodos, indignos o inmorales en nuestros pensamientos, sentimientos o acciones sexuales.

Así que si decirle a una mujer que se ve sexy en un vestido te parece inapropiado, o si una mujer al querer tener sexo en la primera cita se siente como una “fácil”; o el querer besar a una persona que acabas de conocer te hace sentir mal o como algo inmerecido, lo más probable entonces es que estés sufriendo de algún tipo de culpa sexual.

La culpa sexual nos inhibe. Nos frena en nuestras interacciones románticas. Nos hace dudar cuando queremos besar o acercarnos a alguien. Nos hace sentir que tenemos que ganar o merecer tener sexo con alguien. Nos hace sentir culpables por expresar nuestros deseos sexuales, lo que nos lleva a reprimirlos y a experimentarlos indirectamente a través de la pornografía u otros sustitutos. Nos mantiene encerrados en nuestro cuarto, en Internet, viendo TV o en frente de videojuegos, en lugar de salir a compartir un momento cálido y cercano con alguien más.

Si eres de las personas que se ha enfrentado en el pasado con el famoso “friendzone”, o que frecuentemente las mujeres u hombres pierden interés en ti después de una o dos citas, o eres de las personas que es incapaz de llevar tus relaciones a un lugar más estable, lo más seguro es que no existe una claridad suficiente en tu propio interés sexual y por lo tanto la expresión de tu sexualidad no fluye libremente. Es muy probable que estas sufriendo de un cierto grado de culpa sexual y puede que ni siquiera te hayas dado cuenta.

Las mujeres sufren de culpa sexual en nuestra cultura más que los hombres. Casi todas las mujeres tienen un miedo constante a parecer demasiado “fácil” o “aventada” o a no ser lo suficientemente inhibida para ganar el respeto de un hombre. Estas expectativas refuerzan la idea de que la sexualidad de la mujer es de alguna manera mala o peligrosa o no de fiar. Como resultado, muchas mujeres viven con un exceso de ansiedad en torno a sus inquietudes y terminan por  desconfiar de los hombres y sus intenciones.

Algunos hombres y mujeres con mucha culpa sexual se tornan compulsivos y actúan sobre sus impulsos a pesar de que esto no es saludable o no le viene bien a su interés superior.

¿De dónde viene la culpa sexual?

Como la mayoría de nuestros arraigos sexuales y emocionales, la culpa sexual se nos inculca durante toda nuestra vida, en particular en nuestra niñez. La culpa sexual puede ser generada por nuestra familia, nuestra comunidad, la cultura pop y la sociedad en general. Las experiencias negativas en la adolescencia con personas del sexo opuesto también pueden desencadenar un mucha culpa y vergüenza sexual, además de problemas con nuestra auto-imagen al entrar en la edad adulta.

Algunos ejemplos de fuentes de culpa sexual son :

-Cuando eras niño/a, tu mamá o papá te castigaban por tocar o reconocer tus genitales, negándote la posibilidad de experimentar y explorar tu cuerpo.

-La educación religiosa donde el sexo es demonizado y conceptualizado como inmoral o incorrecto.

-Los niños educados con una influencia feminista radical a los que se les reprime el expresar sus deseos sexuales con respeto, honestidad, seguridad y confianza por el hecho de que puedan resultar ofensivos e irrespetuosos. En este tipo ambientes se pueden desarrollar sentimientos de intimidación ante las mujeres.

-Las mujeres que son educadas en creer que la expresión de su sexualidad las convierte en “fáciles”  y que no serán respetadas si permiten el contacto físico.

-Una madre emocionalmente ausente o asfixiante que refuerza en el subconsciente del niño que no ha hecho nada para merecer el amor y el afecto de las mujeres, es decir, que es indigno. A menudo, esto se transfiere en pena al expresar el deseo por el sexo y el afecto. Lo mismo sucede con un padre ausente o asfixiante con las niñas.

-Programas de televisión o caricaturas donde los hombres son avergonzados por insinuarse a las mujeres o por expresar su sexualidad abiertamente. La cultura pop, donde las mujeres son avergonzadas por ser demasiado abiertas en sus deseos.

-El rechazo consistente o brutal de niños/niñas, sobre todo en la adolescencia. Las burlas e intimidación pueden causar problemas de autoestima que conducen a la culpa sexual, o una sensación de no merecer afecto.

-Experiencias traumáticas, abuso sexual, asalto sexual, violación, tanto personal o de sus seres queridos/cercanos

-Y la lista sigue y sigue.

Como la mayoría de la culpa, la culpa sexual no suele ser experimentada conscientemente o por lo menos no se reconoce conscientemente, sino que se experimenta a través de la ansiedad, negación, evitación, el enojo y la vergüenza.

La manera de liberarse de la culpa sexual es exponerla. Se expone la vergüenza al expresarla y experimentarla. Cambiar la narrativa del sexo individual y culturalmente parece ser el siguiente paso de nuestra sociedad.

El filósofo contemporáneo Alain de Botton escribe en su nuevo libro How to Think More About Sex
:
“Pese a nuestros mejores esfuerzos por limpiarlo de sus peculiaridades, el sexo nunca será simple o bueno en las formas que quizás quisiéramos que lo sea. No es fundamentalmente democrático o generoso; está entreverado de crueldad, transgresión y el deseo de humillación y subyugo. Se niega a quedarse quieto sobre el amor, como debería. Aunque intentemos domarlo, el sexo tiene la tendencia recurrente a desatar el caos en nuestras vidas: nos lleva a destruir nuestras relaciones, amenaza nuestra productividad y nos motiva a desvelarnos en clubes nocturnos hablando con personas que no nos gustan pero de quienes sin embargo deseamos ardientemente tocar sus partes medias. El sexo permanece en un absurdo y quizás irreconciliable conflicto con algunos de nuestros compromisos y valores más altos. No es tan sorpresivo que no tengamos opción más que reprimir sus demandas la mayor parte del tiempo. Debemos de aceptar el sexo como inherentemente raro en vez de culparnos de no responder de manera más normal a sus impulsos conflictivos.

Esto no es por decir que no debemos tomar pasos para volvernos más sabios sobre el sexo. Simplemente deberíamos de darnos cuenta de que nunca podremos superar completamente todas las dificultades que nos arrojará. Nuestra mejor esperanza debe de ser un estado de cómodo respeto con un poder anárquico y temerario.”

En la actualidad, de la mano de la explosión de las tecnologías de la información, estamos inundados de información, como nunca antes en la historia, sobre el sexo. Estamos a un par de clics de ingresar a un foro de sadomasoquismo, de encontrar información sobre cómo elevar nuestro kundalini a través de la cópula o de un artículo científico sobre lo que le sucede a nuestro cerebro cuando tenemos un orgasmo, por decir cosas ya bastante mainstream. Pero esta aparente apertura no necesariamente se traduce en conocimiento –la información puede transformarse en conciencia, pero necesita de un proceso de asimilación que nuestra cultura en muchos casos no provee. Uno de los asuntos más apremiantes en torno a una sexualidad relativamente sana, es lo que Alain de Botton menciona: la aceptación de que el sexo, experimentado a través de nuestra diversa individualidad, no es normal, ni debiera serlo –¿por qué copular como copulan los demás y no como nosotros lo haríamos surgiendo en la espontaneidad del instante? La presión cultural de conformarnos a una imagen corporal y a una conducta sexual establecida con su constante bombardeo mediático es una fuente de malestar que suele bloquear, como un caso de congestión psicosocial, nuestra capacidad de explorar nuestra sexualidad libremente y encontrar la paz que trae la aceptación de la peculiaridad inherente. No es que pensemos demasiado sobre el sexo, es que lo hacemos de manera equivocada.


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20 oct 2013

¿Qué desean las mujeres?

¿Qué desean las mujeres? Sigmund Freud es famoso por hacer esta pregunta, pero no tenía una respuesta. Incluso hoy, la cuestión de qué motiva el deseo sexual de las mujeres sigue resonando. Se ha probado que las respuestas definitivas son esquivas.
Entendemos bastante bien lo que quieren los hombres. En general, su deseo sexual es ordenado, consistente, y estrechamente dirigido. Un hombre heterosexual es heterosexual. Si le muestras sexo heterosexual, su fisiología sexual y su deseo van a la vez. El sexo homosexual le dejará frío tanto física como emocionalmente. En los hombres hay un excelente ajuste entre la excitación fisiológica (medida por la tumescencia del pene) y el nivel de deseo. El éxito de la viagra demuestra la simplicidad del mecanismo masculino. La viagra no se dirige al deseo, pero funciona incrementando el flujo sanguíneo genital y permitiendo la erección. Aparentemente, esto es todo lo que se necesita. Si se alza el pene, el deseo espera.

La historia de las mujeres es muy diferente. Al cuerpo femenino, según muestran estudios, le gusta todo, o al menos responde a todo (o bien no sabe lo que le gusta, como diría un cínico). La excitación fisiológica femenina (medida por la lubricación vaginal) tiene lugar en respuesta a ver casi todo tipo de actividad sexual: hombres con mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres. Incluso ver sexo entre bonobos estimula la excitación en las mujeres.
Los investigadores canadienses Kelly Suschinsky y Martin Lalumiere han propuesto que este patrón de excitación inclusivo es una adaptación evolutiva. De acuerdo con su teoría, la vagina se humedece ante casi cualquier pista de actividad sexual próxima con el fin de proteger a la mujer de daños en caso de violación o violencia sexual. Esta excitación no necesariamente está relacionada con los deseos sexuales, las intenciones o las preferencias de la mujer. Después de todo, las mujeres realmente no desean tener sexo con bonobos.
De hecho, parece que a diferencia de los hombres, las respuestas objetivas del cuerpo de las mujeres no reflejan sus deseos mentales subjetivos. Esta es una razón por la que la Viagra no funciona para las mujeres. La preparación física no implica el deseo. Que una mujer pueda tener sexo no significa que quiera tenerlo.
¿Qué es lo que quiere entonces?
Esta cuestión, tal como intuyó Freud, no es fácil de responder.
Por un lado, hay considerables evidencias de que las mujeres buscan y priman el sentido de intimidad y cercanía emocional con sus compañeros sexuales. La razón para esto parece clara y lógica. Al disponer de un útero para un feto cada vez, una mujer no consigue ninguna ventaja evolutiva obvia de la promiscuidad. Al no disponer de semilla que propagar, el sexo con más personas no resulta en más descendencia genética potencial. Más aún, las mujeres tienen más riesgos que los hombres de padecer violencia sexual y enfermedades de transmisión sexual, sin mencionar el riesgo único de embarazo. A las mujeres les conviene ser cuidadosas escogiendo sus parejas sexuales. Además, el orgasmo femenino se consigue de forma menos eficaz que el masculino. Las ventajas de disfrutar de sexo casual y anónimo son menores para las mujeres. Por tanto, es preferible que una mujer conozca bien a su pareja antes de tener sexo si desea incrementar sus posibilidades de placer y minimizar sus posibilidades de sufrir daños. A partir de esta lógica se sigue la afirmación de que las mujeres están bio-programadas para querer relaciones, no sexo. que necesitan una relación estable e íntima para sentirse excitadas y en consecuencia que están hechas para la monogamia sexual y el matrimonio. ¿Problema resuelto?
No tan rápido. En primer lugar, más estudios recientes muestran que las diferencias de género en el número de parejas sexuales se reduce o desaparece del todo si a las mujeres se les dice que están conectadas a un detector de mentiras y que la información que proporcionan será confidencial. En otras palabras, cuando una mujer se siente lo bastante segura o de otro modo obligada a contar la verdad sobre su conducta sexual, la historia que cuentan se asemeja a la historia masculina. Más aún, si las mujeres creen que no resultarán dañadas y que el sexo estará bien, su disposición a tener sexo casual se iguala con la de los hombres. La suspicacia femenina hacia las posibles infidelidades también puede ser deducida, de acuerdo con el trabajo del psicólogo evolucionista David Buss, a partir del mismo fenómeno de los celos masculinos, común a todas las sociedades y relacionado consistentemente con los miedos de los hombres a la infidelidad. Si las mujeres en realidad no quieren sexo fuera del matrimonio, ¿por qué son tan suspicaces y celosas? ¿Por qué poner señales de stop en una calle sin tráfico?
En segundo lugar, estudios recientes indican que la sexualidad humana está adaptada para la competición de esperma. En otras palabras, nuestro pasado evolutivo programó a las mujeres para buscar sexo con hombres diferentes en cortas sucesiones, y así hacer que su esperma compita inter-vaginalmente por el derecho a la paternidad. Por tanto, aunque las mujeres podrían no buscar la diseminación de ninguna semilla, sí que selecciona entre múltiples variedades de hombres. Estudios recientes indican que los objetos de la atracción sexual femenina varían con el ciclo menstrual. Durante sus días fértiles, las mujeres tienden a fantasear con hombres con altos niveles de testosterona que no son buenos candidatos para la monogamia, pero poseen genes masculinos saludables. Es difícil estimar cuánto actúa secretamente este impulso en las mujeres casadas, pero este tipo de “caza furtiva de semen” parece bastante normativo entre nuestros parientes primates.
Los hombres, por su parte, también están diseñados para esta competición de esperma. El biólogo Robin Baker de la universidad de Manchester averiguó, por ejemplo, que la cantidad de esperma que descarga un hombre durante el acto sexual con su mujer no depende del tiempo que transcurre desde la última eyaculación del hombre sino del tiempo que transcurre desde la última vez que tuvo sexo con su mujer. Si pasa mucho tiempo (incrementando las posibilidades de que la semilla de otros haya encontrado su camino en la vagina de su esposa), la eyaculación del esposo contiene más células espermáticas, lo cual incrementa sus posibilidades competitivas. El sexo después de una larga separación tiende a ser más intenso y prolongado. Esto es así porque los actos sexuales largos incrementan las posibilidades de que la mujer alcance el orgasmo. De acuerdo con la investigación de Baker y el biólogo Mark Bellis, las contracciones del músculo uterino que acompañan el orgasmo femenino ayudan a retener el esperma en el interior de la vagina y lo dirigen hacia los ovarios y la fertilización.
Más aún, las evidencias sugieren que las mujeres inician divorcios más a menudo que los hombres, y que se benefician menos del matrimonio que los hombres según medidas de salud, felicidad y riqueza. Adicionalmente, tal y como es bien conocido por psicólogos clínicos y consejeros matrimoniales de todas partes, muchas mujeres que se sienten cercanas a una pareja sentimental de cualquier modo no sienten pasión hacia ella. El investigador australiano Lorraine Dennerstein descubrió que el declive en la libido de la mujer a lo largo de los años adultos está fuertemente relacionado con la pérdida de interés sexual  en sus parejas de larga duración. Si la monogamia, la intimidad y la comunicación son los motores del deseo femenino, ¿por qué se esfuma su pasión en el matrimonio? ¿Por qué desean en secreto pastar en campos extraños? ¿Por qué no se benefician más del compromiso monógamo? ¿Por qué están tan dispuestas a romperlo?
A la luz de nuevos hallazgos de investigación, la antigua narrativa según la cual las mujeres desean relaciones más que sexo y por tanto están hechas para la monogamia, comienza a resquebrajarse. En su lugar, emerge una nueva narrativa en la cual el deseo sexual femenino es poderoso, flexible y complejo, incluso subversivo. Como evidencia adicional, la psicóloga del desarrollo Lisa Diamond de la universidad de Utah descubrió que muchas mujeres experimentan sus intereses sexuales como algo fluido y abierto, implicando en tiempos diferentes a hombres, mujeres o ambos. El investigador Richard Lippa de la universidad del estado de California ha descubierto que, a diferencia de los hombres, cuyo apetito sexual se estrecha a medida que aumenta, las mujeres sexualmente activas muestran una orientación crecientemente abierta. Las mujeres con libidos más altas tienen más posibilidades de sentir deseos hacia miembros de ambos sexos. 
Marta Meana, investigadora de la universidad de Nevada, ha argumentado de forma provocadora que el principio organizador de la sexualidad femenina es el deseo de ser deseada. Según su punto de vista, los intentos de los tipos delicados que piden permiso de forma muy educada puede que cumplan las expectativas de las políticas de género (trátame como una igual, respétame, comunícate conmigo) y con las preferencias de los padres, pero podrian entrar en un “coma sexual”, no a pesar de estas cualidades, sino a causa de ellas.
El deseo femenino, de acuerdo con Meana, se activa cuando una mujer se siente irresistiblemente deseada, no considerada de forma racional. La literatura erótica femenina, incluyendo las sombras de Gray, se construye sobre esta fantasía. El deseo sexual según este punto de vista no es “políticamente correcto” y no funciona de acuerdo con nuestras expectativa y valores sociales. El deseo busca el camino del deseo, no el deseo de la corrección. No descansa en el orden social sino en su negación. Esta es una razón por la que todas las religiones y todas las sociedades tratan de controlarlo, contenerlo, limitarlo y redirigirlo.
Marta Meana hizo que hombres y mujeres observaran imágenes eróticas mostrando contactos entre un hombre y una mujer, y siguió la pista de los ojos de los participantes. Descubrió que los hombres y las mujeres se fijan en aspectos diferentes del sexo. Los hombres miraron a las mujeres. Las mujeres miraron a ambos géneros igualmente. Se concentraron en la cara del hombre y en el cuerpo de la mujer. Lo que les excitó, aparentemente, era el deseo del cuerpo femenino, con el cual se identificaban, y la lujuriosa mirada del hombre que ansiaban.
En este sentido, argumenta Meana, pese a lo que se cree comúnmente, la sexualidad femenina es más auto-centrada que la del hombre. Dejando aparte el lamento de Mick Jagger, las fantasías masculinas se centran en dar satisfacción, no en recibirlo. Los hombres se ven a sí mismos en sus fantasías llevando a las mujeres al orgasmo, no a sí mismos. Las mujeres ven al hombre, consumido por una lujuria incontrolable hacia ellas, llevándolas hacia el éxtasis. Los hombres desean excitar a las mujeres. Las mujeres desean que los hombres les exciten. Ser deseada es el orgasmo femenino real, afirma Marta Meana, y en sus palabras resuena un tipo de verdad. Después de todo, ¿no deberían las mujeres sentir más celos de la mujer deseada que no puede llegar al orgasmo que de la mujer orgásmica que no es deseada?
Meana afirma que este aspecto de la sexualidad femenina también explica la prevalencia de las fantasías de violación en el repertorio de fantasías femeninas. Las fantasías de violación, tal como lo entiende, en realidad son fantasías de rendición, no anhelos de daño y castigo, que surgen del deseo femenino de ser deseada por un hombre hasta el punto de hacer que pierda el control. Según esta lógica, la fantasía trata realmente sobre la rendición voluntaria al hombre codiciado, en su incapacidad para detenerse a sí mismo, evidencia la suprema deseabilidad de la propia mujer.
De acuerdo con este punto de vista, el matrimonio monógamo sí funciona para las mujeres a un cierto nivel: proporciona seguridad, intimidad, y ayuda con los niños. Pero la monogamia, por otro lado, sofoca el deseo sexual femenino. Tal como escribió recientemente el avispado Toni Bentley, reflexionando acerca de un nuevo libro sobre este tema del periodista Daniel Berger: “Virtualmente no existe ningún problema sexual femenino, hormonal, menopaúsico, orgásmico o simplemente falta de interés, que no pueda resolver un nuevo amante”.
Al final, las evidencias acumuladas parecen revelar un elemento paradójico en el núcleo del deseo femenino, una tensión entre dos motivaciones en conflicto: por un lado está el deseo de estabilidad, intimidad y seguridad. Podemos imaginar la llama de una cocina de gas: algo controlado, utilitario, domesticado y bueno para hacer la cena. Por otro lado está la necesidad de sentirse total e incontrolablemente deseada, como objeto de la lujuria primordial masculina. Imaginemos una casa en llamas. Hasta Freud habría aprobado una explicación así.
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