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30 ago 2016

¿Toda persona tiene su precio?

Bayo"Cada cierto tiempo escucho la frase 'toda persona tiene su precio, lo que hace falta es saber cuál es' y comprendí inmediatamente que ahí estaba la raíz de todos los conflictos, injusticias, sufrimientos, etc. Pensé que los problemas comenzaban ahí, cuando las personas hacían de todo lo que tenían, hasta creencias, sueños e ideales, un negocio y no pude quedarme callado. 'Yo no tengo precio' –dije, pero instantáneamente supe que nadie me creería y que probablemente comenzarían los habituales cuestionamientos extremistas que surgen cuando alguien dice algo así–. '¿Y si te pagaran un millón de dólares por...?' –alcancé a escuchar antes de seguir pensando en cómo demostrar lo que había dicho.

'Nadie me va a creer –terminé pensando–. Estoy inmerso en un sistema donde todo tiene precio. ¡Lo normal es que todo tenga precio! Y a pesar de lo consecuente que tratado de ser en la vida, igual nadie me va a creer algo así'. Quizá, es por esto mismo –y para no sentir ni la más mínima tentación de venderlos– es que comencé, hace varios años atrás, a dejar de tener creencias, sueños e ideales, para sólo dedicarme a ser YO (la sensación de libertad que me ha traído esto es incomparable... no tiene precio).

Sé que la cultura, formada por todos –unos tendrán mayor capacidad de incidir en ella que otros, pero de todas maneras está formada por todos–, va a determinar cómo pensarán y se comportarán las personas que la forman, sin embargo, la cultura no es un sistema estático y, por lo tanto, puede modificarse. Esto significa que mi pensamiento sobre cómo se podrían acabar los problemas tiene posibilidades reales de contribuir a solucionarlos (¿cómo? Véase meme), sobre todo porque trato de actuar consecuentemente".

Bayo



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5 dic 2014

¿Y SI TODO FUERA MENTIRA?


Desde luego sería muy duro admitirlo, significaría aceptar que tu vida es un engaño y gran parte de lo vivido como propio no sería más que una representación en la que no has pasado de ejercer un papel secundario.
Crecemos con toda una serie de concepciones acerca de nuestra vida que de manera prácticamente involuntaria nos transmite nuestro entorno, sin ni siquiera ser conscientes de que lo único que consiguen de esta forma es perpetuar esta rueda interminable. Se nos instruye en la verdad suprema de que nuestra libertad es incuestionable y que nuestra felicidad es el objetivo máximo al que debemos aspirar. Ahora bien estos dos conceptos sobre los que se basa la existencia humana, según se nos enseña, están absolutamente falseados y modelados en función de los intereses de los que ostentan el poder sobre la sociedad.

La libertad de la que se nos habla se construye sobre la base de que vivimos en un mundo libre donde lo que nos sucede es fruto única y exclusivamente de nuestras acciones y, por tanto, las elecciones que hacemos en nuestra vida condicionan nuestra existencia. Y es en esta misma base donde empieza a desmoronarse el relato tragicómico en el que se ha convertido la vida humana, al menos en lo que se denomina sociedad de consumo que es desde donde yo hablo y vivo.

Nuestra libertad empieza y termina exactamente donde la norma social nos dicta, una norma escrita e impuesta por el poder y transmitida a base de un condicionamiento permanente de nuestra forma de pensar y, sobre todo, de sentir. En muchas ocasiones hemos hablado sobre el adoctrinamiento y la manipulación de nuestra forma de pensar a través del sistema educativo, los medios de desinformación y los productos culturales de masas. Pero todo esto no podría anclarse tan profundamente en nosotros sin contar con el aspecto emocional como nexo de unión.

Es cierto que dentro de la sociedad capitalista se tiende a identificar libertad con capacidad de consumo y la libertad para elegir con la elección entre productos diseñados en su mayoría para satisfacer necesidades ficticias. Sin embargo, esto queda en la superficie del mecanismo que sustenta esta posible mentira. Todo eso no es más que una ilusión creada desde el dominio que ejerce el sistema sobre nuestra manera de sentir.

A través de un condicionamiento masivo ejercido durante años han conseguido crear un eje de coordenadas emocional basado en la supremacía absoluta del ego, un ego manipulado y ensalzado de tal manera que queda reducido a la siguiente sentencia: “estoy por encima de todos y de todo”. De esta forma este ego se convierte en egoísmo (ese sufijo -ismo que indica la cualidad superlativa del concepto). Al conseguir esto, se consigue que el eje de coordenadas emocional se fije con el único objetivo de satisfacer esa necesidad de agrandar el ego y, sobre todo, de hacérselo saber al resto. Esto implica de forma directa el fin de la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar y de aunar esfuerzos para alcanzar un objetivo colectivo.

Así hemos pasado de un mundo emocional centrado en la manada, en el grupo, la familia amplia... a otro donde nada importa más allá de uno mismo. Unas emociones absolutamente modeladas en todos los aspectos por un sistema social, que necesita del aislamiento antinatural que esta forma de sentir conlleva para poder funcionar a toda máquina. Este moldeamiento implica cambiar nuestros sentimientos y darles un nuevo significado.

Así fue necesario restringir muchas de las experiencias emocionales que caracterizan la condición humana, para lo que se impuso una nueva noción del amor, quedando recluido el amor universal como algo vergonzoso y, al tiempo, se sustituyó por esa idea del amor romántico, individualizado y absolutamente maleable que tanto daño hace en la construcción de los sujetos. También se modificó la noción de amistad hacia una absolutamente superficial, puesto que lógicamente al no poder universalizar el amor ya no era posible alcanzar ese nivel de empatía necesario para establecer verdaderos lazos de camaradería, llegando a la aberración actual por la que consideramos que la forma de tener y mantener amistades es a través de redes sociales (concepto perverso hasta en el nombre y que no es ajeno al tema que estamos tratando porque ningunea de una forma brutal lo que verdaderamente son redes sociales, es decir, grupos de personas apoyándose y ayudándose por el mero hecho de reconocerse como iguales). Esta forma de pensar y sentir nos lleva a ser absolutamente irresponsables de y con todo lo que nos rodea y sucede. No podemos olvidar que nuestro objetivo es la felicidad propia y esta forma de sentir nos hace ser ajenos a las consecuencias que pueda tener nuestra búsqueda para alcanzar esta meta.

Con este mapa emocional y de raciocinio nos enfrentamos a la vida en este mundo libre en el que creemos elegir nuestras opciones con la absoluta certeza de hacerlo sin ningún condicionamiento, sin querer ver que las opciones están marcadas y que las elecciones carecen de sentido, puesto que todas nos llevan en la misma dirección, a saber, en la dirección del enaltecimiento del ego y por tanto de la servidumbre, a un sistema desintegrador de la esencia humana. Los estudios, el trabajo, las amistades, la pareja… todo, absolutamente todo viene condicionado por el papel que nos tiene reservado el modelo social y el cambio de paradigma emocional tan sólo sirve para reforzarnos y reconfortarnos ante esas (falsas) elecciones, haciéndonos sentir que son las mejores para nosotros y para la imagen que tratamos de proyectar hacia el exterior, lo que resulta de vital importancia porque sirve para retroalimentar nuestro ego y facilitar la asunción de la mentira.

No somos libres, la felicidad no es posible en el plano individual. Es tan sólo una mentira más, una de las fundamentales si se quiere, de esta vida en la que creemos ser la causa de todo lo que nos sucede cuando apenas alcanzamos a comprender que vivimos atados de pies y manos a unas creencias emocionales y morales que nos vienen impuestas y contra las que poco podemos hacer si no empezamos por admitir la falsedad en la que vivimos. 

Creemos a pies juntillas que el ideal es trabajar en algo que nos guste, como si el mero hecho de la rutina laboral y la necesidad del salario no convirtiera cualquier empleo en algo abominable y que acaba por derrotarnos como personas. Admiramos a aquellos que dicen seguir sus ansias de libertad y abandonan su rutinaria vida por una llena de nuevas emociones cuando en el fondo aquello que admiramos no es más que una huida hacia adelante por la insoportabilidad de la realidad. Soñamos con poder realizarnos como personas sin siquiera pararnos a pensar en qué significa eso.

Siempre partimos de la misma base: yo. Pero ¿quién soy yo sin el resto? El sistema lo tiene claro, yo soy nada y en la nada debe sustentarse mi vida.


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1 oct 2014

CONTRADICCIONES

No acabo de adaptarme a esta vida tan bipolar que llevo, siempre en una lucha constante entre lo que me dictan la conciencia y el medio en el que vivo.


Es sorprendente la cantidad de contradicciones con las que uno se puede encontrar en su vida diaria y, el cómo afrontarlas y asumirlas forma parte de la estrategia vital de cada uno y así conseguir mantenerse cuerdo en un mundo tan extraño y ajeno para cualquiera que sea capaz de situar en el primer plano de sus principios la libertad y el respeto a cualquier forma de vida.
En no pocas ocasiones hablamos de un sistema explotador que arrasa con la naturaleza y con la vida sin ningún reparo; de una maquinaria primaria de la muerte que actúa por todo el mundo aniquilando vidas humanas con una creciente efectividad; de una maquinaria secundaria (grandes transnacionales, grandes bancos y toda la jauría de inversores) que actúa con extremada eficacia en el exterminio humano. En pos del máximo beneficio económico dictaminan en qué partes del planeta la gente debe morir de hambre, determinan qué enfermedades y de qué manera van a incidir sobre los seres vivos del planeta, decretan qué tierras deben ser arrasadas y sobreexplotadas en pos del bien de la humanidad cuyas nefastas consecuencias pagamos y seguiremos pagando con creces durante toda la vida.


De todo esto y mucho más hablamos y discutimos, nos posicionamos claramente en contra y en muchas ocasiones participamos en acciones y proyectos de protesta y de alternativa a todo ello (al menos esa es la idea con la que lo hacemos). Sin embargo, no podemos obviar dónde vivimos y cuáles son los códigos imperantes en esta sociedad, las relaciones interpersonales que mantenemos de forma más o menos deseada (amistades, familia, vecindario, entorno laboral y/o educativo…) y nuestra relación con el poder imperante. Es en este vasto ámbito donde surgen esas contradicciones diarias entre nuestra manera de hacer y vivir y nuestra forma de pensar y sentir. La distancia entre ambas define un interrogante cuya respuesta nos encamina hacia dos vías que transcurren entrecruzándose a lo largo de los tiempos. Obviamente, las vías tienen diferentes grados porque son muchas las variables que les afectan.


Por un lado, tenemos a las personas conscientes que sufren con dichas contradicciones y tratan de acortar la distancia entre su vida real y su vida ideal con todo el desgaste que eso supone. La capacidad de ir superando o, por lo menos, encajando estas contradicciones en nuestra forma de vida va directamente ligada a la profundidad de los valores e ideales de cada uno. Esta vía exige un esfuerzo constante y estar dispuestos a aceptar en muchas ocasiones la incomprensión del entorno inmediato. Por supuesto, supone estar dispuesto a enfrentarse a la violencia del sistema a todos los niveles (económico, social, policial, judicial…) pero sin duda, lo más difícil es enfrentarse a uno mismo; mantener esa coherencia íntima que permite mantener la cordura para seguir avanzando y no dejarse ir ni sucumbir a los cantos de sirena de una sociedad consumista que ofrece oportunidades de evasión mental sin fin.


Por otro lado, nos encontramos con esas personas que no consideran que existe ninguna contradicción a pesar de la enorme distancia que hay entre aquello que predican y lo que hacen en su vida. Mejor dicho, o no existen o las consideran absolutamente insalvables y por el momento no hay nada que puedan hacer con ellas. Ésta es una posición de todo o nada (concretamente revolución o nada) y como tal, concentra sus esfuerzos en esa hipotética revolución que no acaba de llegar, mientras tanto se trata de pasar la vida lo mejor posible entre discursos y soflamas.


Cualquiera de las dos vías es respetable, personalmente me identifico con la primera vía aunque reconozco que me cuesta muchísimo superar ciertas contradicciones y muchas veces veo un poco lejano el horizonte de cordura que me gustaría alcanzar. Sinceramente, ya no creo en el discurso de revolución o nada y cada vez creo menos en las personas que lo defienden pero soy consciente que cada uno tiene su forma de afrontar la existencia y sus propias contradicciones.
Siempre he sido partidario de tratar de ser lo más coherente posible con mis ideas, eso es lo que puedo aportar a los demás y a mí mismo.


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28 mar 2014

Cuando nada es lo que parece

Tiempos inciertos en los que nos ha tocado vivir, una época en la que nada es lo que parece y sin embargo, las apariencias lo son todo. Curiosa contradicción que no hace más que reflejar el espíritu esquizofrénico que define esta era.

Desde lo más personal e intransferible hasta lo colectivo y global todo se ve envuelto por ese manto de falsa apariencia que envuelve nuestras vidas.

Crecemos admirando modos y estilos de vida ajenos a nosotros y que simplemente son irreales aunque en ese momento (y posiblemente durante el resto de nuestra vida) no sospechemos que son puro humo artificial que no proviene de ningún fuego sino de una máquina que constantemente lo fabrica para no dejarnos ver más allá, para no poder observar siquiera el potencial que existe tras esa cortina artificial.

Cuando nada es lo que parece vemos cómo nos movemos y agitamos constantemente, protestando, reclamando aquello que creemos justo y nos pertenece. Sin embargo, no vamos más allá de un grupo de seres persiguiendo un humo que alguien o algo nos indicó como la señal inequívoca de la verdadera fogata. Otra vez la máquina astuta que adquiriendo la forma de gurú antisistema u organización pseudorevolucionaria nos indica el modelo a desear.

Cuando nada es lo que parece donde encontramos un discurso de apariencia robusta y bien articulada hallamos palabras huecas, rellenas de nada y que a nada obligan más allá de reproducirlas constantemente y defenderlas como si nos fuera la vida en ello. Discursos repletos de bellas palabras y hermosos propósitos que están tan cerca de lo poético como lejos de la práctica diaria. 

Así nos encontramos con que un concepto tan formidable como el apoyo mutuo se convierte en mutuo apoyo previo acuerdo de lo que cada una de las partes se va a llevar y si no hay acuerdo cada cual que apoye lo suyo que para eso estamos. Criticamos la caridad por no ser más que un mecanismo de dominación vertical pero si eso mismo lo organiza gente afín y lo reviste de jerga contestataria podemos llamarlo con toda solemnidad y con satisfacción: solidaridad.

Así y una y otra vez, nos hallamos ante la irrealidad que vivimos donde el constante cambio de las circunstancias no hace más que reafirmar la inmovilidad general en la que existimos y que como consecuencia nos tiene inmersos en una aparente carrera hacia un glorioso futuro que se convierte en un eterno retorno al punto de partida donde todo sigue igual.

Cuando nada es lo que parece esperamos la aparición de la enésima reencarnación del mesías que nos salvará de este presente de desgracias continuas que dura ya demasiado tiempo, sin ser capaces de comprender que ese mesías siempre está actuando precisamente para mantener la perpetuidad de este presente. 

A veces tiene forma de líder político, otras de gurú espiritual o de científico prominente, algunas de honorable guerrero o de filósofo atemporal pero siempre, siempre de baluarte de la apariencia y por tanto del cambio inocuo. La importancia de lo aparente nos priva de la conciencia de los pequeños gestos, los únicos capaces de mover la losa que nos oprime y nos obliga a estar constantemente atentos a los grandes gestos, a las grandes proclamas y a tratar de reproducirlas aunque en el fondo sepamos de su inutilidad y de la imposibilidad de obtener resultados diferentes repitiendo una y otra vez las mismas acciones.

Cuando nada es lo que parece en un mundo donde se ensalza lo individual, se pone en primer lugar el ego frente a cualquier otro interés, una sociedad en la que el individuo es el centro absoluto de la vida. Resulta que nos encontramos ante el momento histórico donde menos humanos existen, donde hay miles de millones de seres extraños, ajenos a su realidad, con enormes posibilidades pero, desde luego, lejos de poder considerarnos humanos. En la apariencia de sentirnos en la cima del mundo no somos más que insignificantes seres lejos de toda lógica como especie, desconectados del resto, desconectados entre nosotros, ajenos a todo lo que ocurre a nuestro alrededor por mucho que seamos el actor principal de este drama en que hemos convertido la vida.

Cuando nada es lo que parece, la vida es lo más parecido a la muerte que existe y que podemos experimentar, se convierte en un transitar sin sentido en busca de la nada pero que a ojos del mundo es la cosa más maravillosa jamás creada. Ni siquiera lo que creemos sentir es realidad, confundimos el amor con la posesión y hasta creemos que la libertad es poder elegir aquello que queremos sin ser capaces de ver que es sólo fachada, sólo apariencia, que las diferentes elecciones disponibles no las elaboramos nosotros, no son reales.

Cuando nada es lo que parece, precisamente eso, la nada es donde transcurre nuestro paso por este mundo.

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28 may 2013

La adicción a las compras


Igual que una droga

La compra provoca en el individuo un estado de excitación, placer o incluso de euforia, lo que significa que las endorfinas y la dopamina se activan. El comprador se siente bien y eso le hace repetir el comportamiento. Se trata de una conducta con refuerzo. Cuando la persona se da cuenta de que la compra realizada no le satisface, la excitación inicial se esfuma, dando paso a la ansiedad. Este estado de ansiedad necesita una solución rápida que produzca un placer instantáneo: la compra. Y vuelta a empezar. El mecanismo que provoca la adicción es exactamente el mismo que el que se presenta en el fumador, el cocainómano o el jugador empedernido.

Las mujeres son más propensas a ser adictas a las compras

El hecho manifiesto de que las mujeres son más propensas a comprar de forma compulsiva y a ser adictas a las compras viene de lejos. Durante el paleolítico, el período más largo de la historia del ser humano, los hombres eran cazadores y las mujeres eran recolectoras. Los hombres seguían a un animal con la intención de capturarlo, tenían ese único propósito. Las mujeres, sin embargo, buscaban bayas, frutas, raíces o cualquier otro alimento. Por tanto estas últimas buscaban varias cosas, es decir, tenían múltiples objetivos en lugar de uno específico como en el caso de los hombres. Claro que este instinto ancestral parece que no afecta a todos de la misma manera.

Curar la adicción a las compras

La mejor forma de aprender a no ensuciar es tomar una bayeta y un limpiahogar y dejar la casa como los chorros del oro. Cuando uno tiene que limpiar, cuida mucho de no ensuciar. La misma medicina se puede aplicar al deseo incontrolado de ir de compras, la medicina minimalista: deshacerse de lo innecesario. Cuando se adquiere el hábito de vender, tirar o donar lo que no sirve, de repente cada compra es objeto de deliberación ¿de verdad lo necesito? ¿no tengo ya algo parecido? ¿no podría vivir perfectamente sin este objeto?


A veces tengo èpocas de comprador impulsivo, me divierto, me distraigo, estoy actualizado en tendencias y libero tensiones ¿porque serà?.



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