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5 dic 2014

¿Y SI TODO FUERA MENTIRA?


Desde luego sería muy duro admitirlo, significaría aceptar que tu vida es un engaño y gran parte de lo vivido como propio no sería más que una representación en la que no has pasado de ejercer un papel secundario.
Crecemos con toda una serie de concepciones acerca de nuestra vida que de manera prácticamente involuntaria nos transmite nuestro entorno, sin ni siquiera ser conscientes de que lo único que consiguen de esta forma es perpetuar esta rueda interminable. Se nos instruye en la verdad suprema de que nuestra libertad es incuestionable y que nuestra felicidad es el objetivo máximo al que debemos aspirar. Ahora bien estos dos conceptos sobre los que se basa la existencia humana, según se nos enseña, están absolutamente falseados y modelados en función de los intereses de los que ostentan el poder sobre la sociedad.

La libertad de la que se nos habla se construye sobre la base de que vivimos en un mundo libre donde lo que nos sucede es fruto única y exclusivamente de nuestras acciones y, por tanto, las elecciones que hacemos en nuestra vida condicionan nuestra existencia. Y es en esta misma base donde empieza a desmoronarse el relato tragicómico en el que se ha convertido la vida humana, al menos en lo que se denomina sociedad de consumo que es desde donde yo hablo y vivo.

Nuestra libertad empieza y termina exactamente donde la norma social nos dicta, una norma escrita e impuesta por el poder y transmitida a base de un condicionamiento permanente de nuestra forma de pensar y, sobre todo, de sentir. En muchas ocasiones hemos hablado sobre el adoctrinamiento y la manipulación de nuestra forma de pensar a través del sistema educativo, los medios de desinformación y los productos culturales de masas. Pero todo esto no podría anclarse tan profundamente en nosotros sin contar con el aspecto emocional como nexo de unión.

Es cierto que dentro de la sociedad capitalista se tiende a identificar libertad con capacidad de consumo y la libertad para elegir con la elección entre productos diseñados en su mayoría para satisfacer necesidades ficticias. Sin embargo, esto queda en la superficie del mecanismo que sustenta esta posible mentira. Todo eso no es más que una ilusión creada desde el dominio que ejerce el sistema sobre nuestra manera de sentir.

A través de un condicionamiento masivo ejercido durante años han conseguido crear un eje de coordenadas emocional basado en la supremacía absoluta del ego, un ego manipulado y ensalzado de tal manera que queda reducido a la siguiente sentencia: “estoy por encima de todos y de todo”. De esta forma este ego se convierte en egoísmo (ese sufijo -ismo que indica la cualidad superlativa del concepto). Al conseguir esto, se consigue que el eje de coordenadas emocional se fije con el único objetivo de satisfacer esa necesidad de agrandar el ego y, sobre todo, de hacérselo saber al resto. Esto implica de forma directa el fin de la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en su lugar y de aunar esfuerzos para alcanzar un objetivo colectivo.

Así hemos pasado de un mundo emocional centrado en la manada, en el grupo, la familia amplia... a otro donde nada importa más allá de uno mismo. Unas emociones absolutamente modeladas en todos los aspectos por un sistema social, que necesita del aislamiento antinatural que esta forma de sentir conlleva para poder funcionar a toda máquina. Este moldeamiento implica cambiar nuestros sentimientos y darles un nuevo significado.

Así fue necesario restringir muchas de las experiencias emocionales que caracterizan la condición humana, para lo que se impuso una nueva noción del amor, quedando recluido el amor universal como algo vergonzoso y, al tiempo, se sustituyó por esa idea del amor romántico, individualizado y absolutamente maleable que tanto daño hace en la construcción de los sujetos. También se modificó la noción de amistad hacia una absolutamente superficial, puesto que lógicamente al no poder universalizar el amor ya no era posible alcanzar ese nivel de empatía necesario para establecer verdaderos lazos de camaradería, llegando a la aberración actual por la que consideramos que la forma de tener y mantener amistades es a través de redes sociales (concepto perverso hasta en el nombre y que no es ajeno al tema que estamos tratando porque ningunea de una forma brutal lo que verdaderamente son redes sociales, es decir, grupos de personas apoyándose y ayudándose por el mero hecho de reconocerse como iguales). Esta forma de pensar y sentir nos lleva a ser absolutamente irresponsables de y con todo lo que nos rodea y sucede. No podemos olvidar que nuestro objetivo es la felicidad propia y esta forma de sentir nos hace ser ajenos a las consecuencias que pueda tener nuestra búsqueda para alcanzar esta meta.

Con este mapa emocional y de raciocinio nos enfrentamos a la vida en este mundo libre en el que creemos elegir nuestras opciones con la absoluta certeza de hacerlo sin ningún condicionamiento, sin querer ver que las opciones están marcadas y que las elecciones carecen de sentido, puesto que todas nos llevan en la misma dirección, a saber, en la dirección del enaltecimiento del ego y por tanto de la servidumbre, a un sistema desintegrador de la esencia humana. Los estudios, el trabajo, las amistades, la pareja… todo, absolutamente todo viene condicionado por el papel que nos tiene reservado el modelo social y el cambio de paradigma emocional tan sólo sirve para reforzarnos y reconfortarnos ante esas (falsas) elecciones, haciéndonos sentir que son las mejores para nosotros y para la imagen que tratamos de proyectar hacia el exterior, lo que resulta de vital importancia porque sirve para retroalimentar nuestro ego y facilitar la asunción de la mentira.

No somos libres, la felicidad no es posible en el plano individual. Es tan sólo una mentira más, una de las fundamentales si se quiere, de esta vida en la que creemos ser la causa de todo lo que nos sucede cuando apenas alcanzamos a comprender que vivimos atados de pies y manos a unas creencias emocionales y morales que nos vienen impuestas y contra las que poco podemos hacer si no empezamos por admitir la falsedad en la que vivimos. 

Creemos a pies juntillas que el ideal es trabajar en algo que nos guste, como si el mero hecho de la rutina laboral y la necesidad del salario no convirtiera cualquier empleo en algo abominable y que acaba por derrotarnos como personas. Admiramos a aquellos que dicen seguir sus ansias de libertad y abandonan su rutinaria vida por una llena de nuevas emociones cuando en el fondo aquello que admiramos no es más que una huida hacia adelante por la insoportabilidad de la realidad. Soñamos con poder realizarnos como personas sin siquiera pararnos a pensar en qué significa eso.

Siempre partimos de la misma base: yo. Pero ¿quién soy yo sin el resto? El sistema lo tiene claro, yo soy nada y en la nada debe sustentarse mi vida.


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10 nov 2013

La cultura puede ser una prisión o un palacio

LA CULTURA ES UN PROGRAMA DE REALIDAD QUE PUEDE, Y DEBE, EDITARSE; TU DECIDES CÓMO VIVIR TU PROPIO MARCO CULTURAL

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Muchos de nosotros aún tendemos a concebir la cultura como algo esencialmente positivo, relacionado al arte, la música, la lectura, visitar museos, etc. Pero quizá en algún momento nos demos cuenta que la cultura es mucho más que eso. De hecho, es algo parecido a un protocolo que utilizamos para experimentar la realidad, una herramienta para mediar entre nosotros y un todo, esencialmente caótico, que puede interpretarse a partir de infinitas posibilidades. 
En sintonía con lo anterior, pero aplicado a una colectividad, por ejemplo un determinado grupo social, la cultura podría definirse como un patrón dominante –por ser el más popular o el más ampliamente convenido–, de creencias y actitudes. Y si bien este da vida a un marco referencial compartido, que favorece el funcionamiento coordinado entre los integrantes de dicho grupo, también representa un sistema limitante ante impulsos o iniciativas que decidan explorar más allá de los confines de este marco. En este sentido, la cultura también puede traducirse en una especie de prisión, que condiciona ciertas creencias y experiencias, desalentando todo aquello que aún no le pertenece. 
Sobra decir que no podemos vivir, al menos no por el momento, fuera de este sistema. Es fundamental darnos cuenta que la cultura es a fin de cuentas un mapa de realidad, y que como tal, es imposible que sea el propio territorio –como lúcidamente advirtió en su momento Korzybski. Pero por otro lado la idea de combatirla, o menospreciarla, resulta absurdo. Parece, entonces, que debemos imaginar una manera de relacionarnos con ella, que nos permita aprovechar sus bondades y, a la vez, sacudirnos sus limitaciones.
Frente a este reto nuestro fin debiese ser el de tomar control de este sistema operativo, editarlo, resetearlo, incluso reprogramarlo. Nuestra interpretación cultural de las cosas sin duda no es la realidad, pero ello no implica que ese marco no sea de cierta utilidad, como tampoco que debamos aceptarlo ciegamente, excluyendo la posibilidad de crear, concientemente, nuestra propia realidad –y enriqueciendo así la cultura colectiva. 
En pocas palabras, tal vez la manera más sana de lidiar con ese programa de realidad que llamamos cultura es, primero, darnos cuenta de su esencia: recordemos que es un cierto sistema, entre infinidad de sistemas posibles, que por diversas circunstancias nuestro contexto sociocultural ha elegido. Luego, tratemos de detectar los múltiples programas insertos dentro de ese gran sistema operativo, por ejemplo el lenguaje, el calendario, la familia, o la pareja. Una vez logrado esto, entonces podemos proceder a seleccionar conscientemente los componentes que de esos protocolos deseamos mantener, e imaginemos nuevos elementos para reemplazar aquellos que entorpecen nuestro desarrollo o exploración. Finalmente, repitamos este mismo proceso las veces que sea necesario con la esperanza de que en algún momento no necesitemos más de un mediador entre nosotros y ese caos infinito que podríamos llamar Unidad o Totalidad.
No, el mapa no es el territorio, pero si nos tomamos el tiempo y la energía de utilizarlo como un instrumento a nuestro favor, entonces seguramente este mapa nos llevará a algún lugar. 
Así que quizá la pregunta más pertinente sea ¿cómo puedo entablar una relación simbiótica con mi actual mapa cultural? y aún más allá ¿como puedo consumar ese proceso alquímico que se requiere para transformar una potencial prisión en un vasto palacio?
Y supongo que aquí nos toca a cada uno, hallar nuestras propias respuestas.


La cultura es el conjunto de todas las formas, los modelos o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales una sociedad regula el comportamiento de las personas que la conforman. Como tal incluye costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, normas de comportamiento y sistemas de creencias. Desde otro punto de vista se puede decir que la cultura es toda la información y habilidades que posee el ser humano.
El concepto de cultura es fundamental para las disciplinas que se encargan del estudio de la sociedad, en especial para la antropología y la sociología. Aunque muchas de las concepciones sobre cultura en el lenguaje común tienen su origen en el debate de las ciencias sociales, o bien, existieron primero en el habla cotidiana y luego fueron retomadas por las segundas, aquí se presenta un repaso sobre la construcción histórica del concepto de cultura en las disciplinas sociales.


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12 ago 2013

Males necesarios

  El mal necesario no es fácil de aceptar. De hecho, nos golpea como un mazazo no sólo por inesperado sino,
  en tantas ocasiones, por paradójico también, por aparentemente incomprensible. 

A menudo uno se pregunta, sobre todo ante circunstancias adversas de la vida, el por qué tanto sufrimiento. A ninguno nos gusta padecer conflictos, ni desilusiones, ni frustraciones, desconsuelos o abandonos, pero ahí siguen, todos ellos, acompañando y velando nuestro camino por este mundo.

Tenemos a veces la sensación de que siempre pasa algo, de que nunca tenemos la felicidad plena que nos gustaría, aunque la realidad es que el tipo de felicidad en el que pensamos a veces no es más que una quimera. En algunos periodos, más prolongados en el tiempo o menos, tenemos como mucho la sensación de haber llegado a una calma, a una estabilidad, a algo que, sin duda, podría ser lo más parecido a cierta idea de la felicidad. Pero justo en esas épocas es cuando, al llegar un revés, nos sacude con más fuerza, precisamente porque no lo esperábamos. Tendemos a confiarnos, a pensar que las situaciones son estables, incluso inamovibles y una y otra vez descubrimos que nada es estable en este mundo más allá de la propia inestabilidad. Esos golpes no los puedes prever porque, ni todas las situaciones son “anticipables”, ni quien te los va a dar sabe que tiene, quizá, la intención de hacerlo. Por eso son los que mayor grado de desequilibrio producen. Ahí, justo ahí, es donde principalmente aparecen las preguntas. Y donde, tantas veces, nos faltan las respuestas. Pero la incógnita y la incertidumbre no duran para siempre.

La cuestión es bien sencilla en su planteamiento. ¿Por qué tanto sufrimiento cuando, aparentemente y según nuestra finita mente, bien podría evitarse si todos pusiéramos un poquito de nuestra parte? ¿Por qué razón, para aprender ciertas lecciones en esta vida, hemos de estar siempre sujetos a los avatares y mareas que nos traen la existencia, las pérdidas, las relaciones, los intentos fallidos…? ¿Por qué es que tenemos tantas veces la sensación de que nos pasa lo peor en el peor momento sin aparente explicación que traiga un poco de calma a una situación de tormento? Como réplica, el silencio a veces se prolonga en lugar de una respuesta clara y audible, aunque no tardamos en darnos cuenta, a veces aún en ese silencio, de que la respuesta está de camino o, simplemente, delante de nuestras narices, aunque no siempre la sepamos ver.

Dedicamos mucho tiempo de nuestra vida a luchar contra males necesarios. Es decir, con situaciones que, sin ser las que nos agradarían o las que querríamos vivir, son la puerta necesaria para poder acceder a nuevas calzadas, mucho más amplias, espaciosas, luminosas y, en definitiva, saludables, enriquecedoras y de refresco espiritual para nosotros. Pensamos que lo que nos sucede es lo peor que puede pasarnos, y en ocasiones, sin duda, lo que nos ocurre es terrible. Nos destroza, nos hace pedazos, nos deja por un tiempo postrados y aparentemente incapacitados… para, de repente, empezar a comprender que, si bien lo sucedido puede ser una desgracia, quizá es esa misma tragedia la que nos protege de males mayores y nos lleva a riquezas espirituales de incalculable precio.

Esto es algo muy difícil de ver, más aún cuando uno está en pleno ojo del huracán. Pero es importante en esos momentos tener los ojos bien abiertos, porque el Señor, junto a la crisis, nos muestra la oportunidad, aunque sea velada. La muestra a SU tiempo, EL tiempo en mayúsculas. Y entonces, cuando verdaderamente estamos a la espera y a la escucha de lo que Él tiene que mostrarnos frente a tales situaciones, descubrimos cosas que no pensábamos que estaban ahí, aguardando para poder ser manifiestas y puestas a la luz para que podamos verlas.

Lo que se nos manifiesta en esos momentos de dolor, sí, pero de cierto grado de iluminación también, es algo más que la presencia del Señor en la crisis, que ya de por sí no es poco. Ésta es inapelable y probablemente la mayor en importancia por todas las implicaciones que tiene. Pero no es la única manifestación que encontramos. En esa gracia permanente de la que nuestro Dios hace gala descubrimos, si estamos abiertos a lo que Él tiene que mostrarnos, que las situaciones a las que nos aferrábamos eran más estables, más cómodas, más “políticamente correctas” incluso, pero no mejores de cara a Sus propósitos para nosotros o para los que nos rodean.

Lo mejor no es siempre lo que nosotros intuimos o creemos. Lo realmente beneficioso para nosotros es lo que nos acerca a nuestro Señor. SIEMPRE. Aunque para ello, como terminamos descubriendo, hayan de apartarse otras piedras y tropiezos del camino porque nos estorban, nos consumen, nos entorpecen en lo que realmente ha de ser nuestro principio y fin: dar gloria a Dios por encima de todo, incluyendo la situación de comodidad de la que pudiéramos partir. Ese es el mal necesario por excelencia probablemente, el que Dios permite PARA QUE nuestra vida vaya más encaminada hacia SU propósito, que queda muchas veces bien lejos del nuestro. Cuestión de prioridades, entonces. Sólo prioridades. Él no comparte Su gloria con nadie y lo que es de tropiezo en nuestras vidas, si Él lo considera oportuno, puede retirarlo de nuestro camino, aunque por ello y para ello tengamos que sufrir un tiempo.

El mal necesario no es fácil de aceptar. De hecho, nos golpea como un mazazo no sólo por inesperado sino, en tantas ocasiones, por paradójico también, por aparentemente incomprensible y alejado de lo que nosotros pensábamos que eran los planes de Dios.Pero en Sus planes siempre cabe la prueba y con ella nos moldea hasta hacer de nosotros lo que realmente hemos de ser: vasijas probadas y pasadas por fuego para reflejar verdaderamente Su obra y no lo que nosotros quisiéramos ser o manifestar. La dureza de corazón del hombre ha hecho que esto haya de ser así y pudiéramos tener a veces la sensación, bien alejada de la realidad por otra parte, de que Dios se contradice. Pero no es así. Es, de nuevo, una cuestión de prioridades. El Señor da y el Señor quita (sea Su nombre bendito, como decía Job tan sabiamente) porque esto responde a Su principal objetivo: formarnos para poder darle a Él toda la gloria que merece, aún en la adversidad. Cuando las circunstancias que nos rodean, por muy aparentemente buenas que sean, no le honran en la medida que deben, Él puede decidir que esas circunstancias cambien y que nosotros hayamos de cambiar también con ellas. Puede estar el origen en nosotros o no, pero en cualquier caso, lo que Dios opera en unos y en otros repercute recíprocamente, ya que nos relacionamos y nos influimos mutuamente también.

Pero el cambio necesario, no me malentiendan, no viene siempre porque haya una situación de deshonra de Su nombre. Él no obra como nos mereceríamos y no todo lo que sucede es como consecuencia de nuestro pecado particular. Simplemente (aunque la cuestión no sea para nada sencilla), el Señor tiene preparado, para nosotros o para otros, un bien mucho mayor que el que perdemos cuando nos llega un mal necesario. Lo cual no resta, por cierto, ni una pizca del dolor que se siente atravesándolo. Pero sabemos que el propósito es muchísimo mayor que nosotros mismos y eso, en sí mismo, se constituye en una cierta forma de consuelo.

Esto nos cuesta verlo porque a los seres humanos nos falta la perspectiva del tiempo. En ella, cuando podemos poner distancia por el paso de los años y de los acontecimientos, descubrimos que, efectivamente, las cosas que nos sucedían apuntaban, de forma inexplicable, hacia un mismo lugar. Y en ese lugar, en ese punto justo, descubrimos bendiciones que, de otra forma, quizá no hubieran llegado. El Señor nos preparaba, nos enriquecía, nos fortalecía y nos daba lo que íbamos a necesitar después, quizá ahora, ante ese momento terrible que podemos estar atravesando. Ante el mal necesario es importante para el creyente, entonces, comprender el concepto de previsión y omnisciencia de Dios, pero también de sacrificio. 

Me acordaba, considerando estas cosas, de un predicador a quien escuche hace muchos años hablando justamente sobre este tema. Él planteaba el sacrificio como la actitud de tener nuestra mano abierta, con todo lo que somos y tenemos dentro de ella, sí, disfrutándolo y viviéndolo con intensidad y agradecimiento, pero teniéndolo también disponible en caso de que el Señor quisiera pedírnoslo. Lo que tenemos es Suyo, qué duda cabe y, cómo no, puede requerírnoslo en cualquier momento, no por cuestiones caprichosas, como algunos parecen querer ver, sino por un propósito en mayúsculas que nos trasciende con mucho. Él hablaba de cómo había perdido a su niñita de cortísima edad atropellada para ver un tiempo después cómo, a raíz de esa desgracia, sus padres, los de él, se entregaban al Señor. No puedo imaginar el dolor que como padres les supuso esa pérdida. Pero quizá, a la luz del plan de Dios para las vidas de otros a quienes también amaban, lo sucedido era un mal que contribuyó de manera inexplicable a mostrar la gracia y el poder de Dios en una medida especial. Era, quizá, un mal necesario, aunque doloroso y terrible.

La pregunta es: ¿cuál es tu mal necesario? ¿Qué circunstancia atraviesas en este momento que te hace replantearte tu vida o alguna faceta de ella? Probablemente no sepas aún qué tiene el Señor preparado para ti, o quizá empiezas a intuirlo, aún en el dolor de lo que estés atravesando. Pero, ¿sabes?, algo me anima en mi mal necesario, en el que atravieso justo ahora: 
·  la realidad del amor infinito de Dios, 
·  la realidad de que Él controla la caída de cualquiera de mis cabellos, 
·  la realidad de que, porque le amo, todas las cosas que acontecen en mi vida, me ayudan a bien y tienen un propósito que me excede; 
·  la realidad de que, aunque hay una grandísima parte de lo que me acontece y lo que me rodea que yo no veo, tengo un Dios que lo ve todo, que lo sabe todo, que lo controla todo; 
·  la realidad de que, con ayuda de ese mal necesario, seguramente el Señor me está librando de males mucho mayores y que son absolutamente innecesarios para mi avance en Sus cosas. Incluso en aquello que nos parece lo peor, el Señor nos está protegiendo e impidiendo que lleguemos verdaderamente a este punto; 
·  pero, sobre todo, y esto quiero tener permanentemente presente, la realidad de que seguirle a Él y obedecerle es y debe ser siempre mi supremo bien necesario. 


Protestante Digital

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12 may 2013

Eso está mal, muy mal

Hoy en día es normal que nadie se enorgullezca de su ignorancia en literatura, pero está aceptado socialmente hacer alarde de la ignorancia en ciencias y proclamar con orgullo la incompetencia en matemáticas.



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