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30 ago 2016

¿Toda persona tiene su precio?

Bayo"Cada cierto tiempo escucho la frase 'toda persona tiene su precio, lo que hace falta es saber cuál es' y comprendí inmediatamente que ahí estaba la raíz de todos los conflictos, injusticias, sufrimientos, etc. Pensé que los problemas comenzaban ahí, cuando las personas hacían de todo lo que tenían, hasta creencias, sueños e ideales, un negocio y no pude quedarme callado. 'Yo no tengo precio' –dije, pero instantáneamente supe que nadie me creería y que probablemente comenzarían los habituales cuestionamientos extremistas que surgen cuando alguien dice algo así–. '¿Y si te pagaran un millón de dólares por...?' –alcancé a escuchar antes de seguir pensando en cómo demostrar lo que había dicho.

'Nadie me va a creer –terminé pensando–. Estoy inmerso en un sistema donde todo tiene precio. ¡Lo normal es que todo tenga precio! Y a pesar de lo consecuente que tratado de ser en la vida, igual nadie me va a creer algo así'. Quizá, es por esto mismo –y para no sentir ni la más mínima tentación de venderlos– es que comencé, hace varios años atrás, a dejar de tener creencias, sueños e ideales, para sólo dedicarme a ser YO (la sensación de libertad que me ha traído esto es incomparable... no tiene precio).

Sé que la cultura, formada por todos –unos tendrán mayor capacidad de incidir en ella que otros, pero de todas maneras está formada por todos–, va a determinar cómo pensarán y se comportarán las personas que la forman, sin embargo, la cultura no es un sistema estático y, por lo tanto, puede modificarse. Esto significa que mi pensamiento sobre cómo se podrían acabar los problemas tiene posibilidades reales de contribuir a solucionarlos (¿cómo? Véase meme), sobre todo porque trato de actuar consecuentemente".

Bayo



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13 jun 2016

La religión es un producto de cerebros adiposos


La ciencia es casi totalmente incompatible con la religión. Digo "casi", pero no quisiera que esa palabra equívoca se interprete como una debilidad. El único punto de compatibilidad es que existen personas bien intencionadas y honestas en ambos lados que están realmente preocupadas por descubrir la verdad acerca de este maravilloso mundo. Dicho lo anterior, no hay compatibilidad real entre ciencia y religión.

La mirada desapasionada de la ciencia analiza los temas públicamente, intercambia información abiertamente, debate los puntos difíciles de manera objetiva y construye una red de teorías e ideas interdependientes que progresivamente revelan lo complejo como resultado de lo simple. El enfoque sentimental de la religión consiste en reflexionar privadamente, intercambiar información por medio de la seguridad y la afirmación, zanjar aspectos dificultosos mediante la guerra, el terror y la coacción, y construir una red de ideas contradictorias que ocultan la ignorancia bajo un manto de prosa rimbombante, pero vacía.

La ciencia revela, mientras que la religión oculta. En las áreas que la religión pretende explicar, cae en la tautología. Afirmar que "Dios lo hizo" no es más que una admisión de ignorancia disfrazada de explicación. La ciencia, con su acervo de información públicamente accesible, sus argumentos abiertos y escudriñables, puede conducir la búsqueda hacia la comprensión de todo el mundo físico.

La ciencia respeta el poder del intelecto humano; la religión lo menosprecia. La ciencia nos ofrece la posibilidad de una comprensión completa, pues sigue demostrando que, dado el tiempo necesario, no existe aspecto alguno del mundo que escape a su escrutinio y explicación. La religión afirma que los cerebros humanos son demasiado débiles para lograr una comprensión total. Sin embargo, la ciencia navega rápidamente hacia un conocimiento completo mientras las religiones se quedan atrás, bamboleando en su estela.

La ciencia exige un trabajo duro, pero las respuestas que produce son fiables. La religión es especulación de sillón bien adaptada a cerebros adiposos. La ciencia no puede responder preguntas profundas usando sólo palabras: se basa en el sudor de un sinnúmero de experimentadores y en el esfuerzo de los teóricos para dar sentido a los datos. La religión puede especular libremente (y por lo tanto inútilmente) a partir de opiniones personales flácidas, y nunca ser puesta a prueba, excepto, quizás, más allá de la tumba. No hay un más allá de la tumba, excepto en la mente de aquellos que no soportan la perspectiva de su propia aniquilación.





La ciencia busca la simplicidad subyacente a partir de la cual surge la asombrosa complejidad que nos rodea y deleita. La ciencia examina las observaciones buscando la simplicidad última de la existencia. La verdad absoluta será de una sencillez impresionante; rastrear esa sencillez en el mundo de los fenómenos podría resultar más exigente que la revelación de la simplicidad, pero esa dificultad no implica que el descubrimiento de la simplicidad sea una base falsa. La religión busca la complejidad universal - Dios - que, de alguna manera, y de una manera intrínsecamente inescrutable, da cuenta de todo lo que existe. La explicación de una entidad menor en términos de una mayor es una perversión de lo que significa explicar.

Pero el tema en discusión no es sólo la superioridad de la ciencia como un modo de entender el mundo físico: es acerca de si ese mundo físico es el mundo entero, y de si hay algún aspecto de la existencia que se encuentra, necesariamente, fuera del reino de la ciencia. Si lo hay, entonces la ciencia no puede ser sino un contribuyente parcial a la comprensión global. Si no lo hay, entonces la ciencia es al menos potencialmente capaz de proporcionar una comprensión total de todo lo que existe.


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En este punto debemos ser muy cuidadosos, distinguiendo entre las preguntas que se han inventado y las preguntas que al menos parecen ser reales. Probablemente sólo las segundas podrían conducirnos a una verdadera comprensión del mundo; las primeras simplemente exponen el estado psicológico de los individuos y de las sociedades que las inventan. Me temo que la mayoría de las preguntas que formulan los religiosos son del primer tipo, de la clase vacía. Así, aunque preguntar ¿Cuál es el propósito de este universo? puede parecer una pregunta perfectamente legítima, no es más que una extrapolación infundada de la vida cotidiana. No hay necesidad de que este universo tenga un propósito: podría ser una entidad totalmente accidental, sin propósito.

Como la religión implícitamente afirma que la ciencia no puede determinar el propósito del universo, los religiosos concluyen que el mundo de la ciencia está incompleto. Eso, por supuesto, es ilógico, porque a la religión no se le puede permitir que invente aros ilusorios a través de los cuales pretenda haber saltado. Hay varios ejemplos de la invención de tales aros, incluyendo la vida después de la muerte (ni un ápice de evidencia), el alma (ídem), y la existencia del mal en un mundo creado por un Dios infinitamente amoroso (un problema trivial si no existe tal Dios).

En algún lugar en la frontera entre lo inventado y lo real se encuentran cuestiones acerca del espíritu humano y de sus cualidades asociadas, tales como la apreciación estética y el amor. Concedo que esas cualidades, o al menos sus elementos fisiológicos, existen. La pregunta, entonces, es si la ciencia puede aclararlas.

No hay evidencia de que no pueda, y es razonable suponer que podrá hacerlo sin recurrir a mecanismos sobrenaturales. El amor es una emoción compleja que involucra respuestas controladas por la genética, secreciones hormonales, reflexiones intelectuales y otras consideraciones. La ciencia puede dilucidar tal condición, a pesar de que probablemente nunca podrá ser capaz de predecir si un individuo se enamorará de otro (aunque las agencias de citas tienen cierto éxito en este campo). El amor puede ser misterioso y complejo, pero sin duda se mantiene abierta la posibilidad de una explicación. La estética también puede ser comprendida. Los actos de valor, el heroísmo, la creatividad, la grandeza y la criminalidad están todas dentro del ámbito de la psicología, y la psicología es al menos una rama de la ciencia. Compleja, de acuerdo; impredecible, tal vez, pero no cerrada a la ciencia.

Existe, por supuesto, una gran pregunta aparentemente real: ¿De dónde vino todo? Aquí vemos más claramente la diferencia entre los métodos. La religión elige la respuesta adiposa: Dios lo hizo, por razones que quedarán para siempre en el misterio, hasta que, tal vez, nos convirtamos en uno con él (es decir, cuando estemos muertos). Dicha respuesta, aunque intrínsecamente absurda y maligna en sus implicaciones, parece satisfacer a quienes consideran a Dios una parte importante de su existencia. La ciencia, por el contrario, está avanzando constantemente e incansablemente hacia una explicación comprensible. Se han producido extraordinarios avances desde el desarrollo de la Relatividad General a principios del siglo XX. Aunque difícil y todavía incompleta, no hay ninguna razón para afirmar que la solución al gran problema (cómo surgió el universo y qué es) no será encontrada, y podemos esperar que esa solución será comprensible para la mente humana. Más aún, dicha comprensión será lograda a este lado de la tumba.

En resumen, mientras la religión desprecia el poder de la comprensión humana, la ciencia, la empresa más noble, la respeta.



Por_  Peter Atkins

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24 may 2016

El horror del pensamiento positivo

Uno de los engaños más crueles es decirle a la gente que ser positivo puede darle beneficios más allá de los emocionales y que sus enfermedades y tragedias son "su culpa" por no ser positivos.



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21 oct 2015

Piensa mal y acertarás



En todos los aspectos de nuestra vida necesitamos hacer conjeturas sobre lo que acontecerá en el futuro para no vernos sorprendidos por los acontecimientos. Y en no pocas ocasiones, esta actividad especulativa se rige por la norma general de “Piensa mal y acertarás”.

En esta ocasión nos hemos propuesto averiguar si debe considerarse una buena táctica la de desconfiar por principio de la honestidad de nuestros semejantes a fin de reducir el riesgo de ser traicionados o, por el contrario, sería más acertado pensar generosamente para evitar ser víctimas de nuestra propia maledicencia.

Tal vez, y como casi siempre, habría que encontrar un punto medio entre la desconfianza y la candidez, pero, si así fuese, ¿dónde está ubicado ese punto medio de máxima eficacia?
Esclarecer este tema y profundizar en él, es la tarea que nos hemos impuesto en esta ocasión.

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La necesidad de predecir el futuro es una constante en la existencia humana. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo haciendo conjeturas sobre lo que ocurrirá en el futuro y de ahí que consideremos la capacidad profética como la más admirable y valiosa de las facultades humanas.

Pero este afán humano de profetizar y vislumbrar por anticipado lo que acontecerá en el futuro resulta comprensible si consideramos que la vida está plagada de peligros que pueden manifestarse de improviso, sin concedernos el tiempo necesario para reaccionar y librarnos de ellos antes de que sea demasiado tarde. Es el caso del insecto que se cuestiona si debe pisar la tela de araña para alcanzar el apetitoso cebo. Sólo si es capaz de predecir el futuro, estará a salvo y podrá transmitir los genes a sus descendientes.

Buena parte de nuestro cerebro está dedicado exclusivamente a predecir el futuro, ya sea consciente o inconscientemente, desde lo que ocurrirá en el siguiente segundo, hasta lo que acontecerá en el plazo de veinte o más años. El resto de nuestro cerebro está dedicado a imaginar actuaciones adecuadas para cambiar ese futuro imaginado, si es que nos parece incompatible con nuestros intereses.

En realidad, y por razón de nuestra compleja estructura social, el trabajo más duro está enfocado a interpretar y a predecir la conducta de nuestros semejantes, porque son estos los  elementos más relevantes para nuestro éxito vital. Y aquí, debemos mencionar dos noticias importantes, una mala y otra buena.

La buena es que disponemos de las neuronas espejo para recrear en nuestra propia mente la de nuestros semejantes y saber así lo que piensan y lo que sienten y, por extensión, lo que harán en el futuro.

La mala noticia es que nuestros semejantes se han hecho expertos en engañarnos, en simular sentimientos falsos y en ocultar los verdaderos, con el único propósito de tergiversar nuestros minuciosos cálculos sobre cuáles serán sus conductas futuras.

Y si damos por cierto todo lo precedente, estaremos de acuerdo en que ha quedado meridianamente claro que nos encontramos inmersos en una compleja y tupida red de interacciones sociales, generadas por un gran número de agentes egoístas que tratan de aprovecharse de nuestra candidez, ya sea para vendernos un reloj de oro falso, ya sea para conseguir nuestros favores sexuales sin cumplir con la contraprestación pactada.

* Y puesto que nuestra propia experiencia personal nos dice que la práctica totalidad de las personas con las que nos relacionamos intentarán, tarde o temprano, abusar de nosotros, dedicamos cuantiosos recursos mentales a interpretar sus comportamientos para predecir cuándo y cómo se producirá el abuso o la traición, con el fin de evitarlo mediante una oportuna y sutil maniobra.

Pero, antes de continuar, convendría contestar a la siguiente pregunta: ¿por qué desean nuestros semejantes traicionarnos o perjudicarnos? Aunque no es el tema de este articulo, mencionaremos, a manera orientativa, las dos razones más frecuentes:

  • La envidia, que es dolor por el bien ajeno, y que puede contrarrestarse infringiendo daño al individuo envidiado y obteniendo placer con su sufrimiento.
  • El beneficio oportunista que se obtiene cuando se incumple un acuerdo tácito o explicito, en el momento en que su incumplimiento nos favorece.

Frente a este comportamiento generalizado de nuestros semejantes, la única actitud razonable y adaptativa es aquella que podríamos resumir en “piensa mal y acertarás” si es que queremos sobrevivir en una sociedad tan competitiva como la humana.

Y es tan obvia la necesidad de esta actitud de desconfianza sistemática, que no vamos a insistir en ella. Sin embargo conviene examinar con detenimiento un importante riesgo, asociado a esta actitud, que se suele pasar por alto: El de pensar mal de nuestros semejantes cuando no hay razón objetiva para ello.

Veamos ahora la razón por la que con cierta frecuencia pensamos “demasiado mal” y por qué esa estrategia nos lleva a “no acertar” con el consiguiente costo asociado.
El ser humano posee un enorme talento para construir historias coherentes (modelos o maquetas) a partir de hechos aislados e inconexos, como demuestran las múltiples teorías conspiratorias que existen para cada acontecimiento importante.

Pero no nos precipitemos en condenar nuestra facultad fabuladora. Esta habilidad resulta esencial para la supervivencia porque es la clave para hacer predicciones, hasta el punto de que antes de poder incluso pensar en hacer predicciones, necesitamos una maqueta virtual, un modelo mental de la situación que actúe a manera de bola de adivino y que admita ser interrogada en términos de: ¿Qué ocurriría si…?.

El problema está en que una vez que se ha esbozado un modelo explicativo, cuesta mucho renunciar a él, y antes que cambiarlo, se suele preferir seguir adelante con el mismo modelo. Para conservar su coherencia interna, se descarta, o reinterpretan los elementos que no encajan en la trama ideada, en lugar de revisar y cuestionar, desde el principio, la verosimilitud de la maqueta virtual. Es lo que suelen hacer los marxistas, los freudianos, o los creyentes en alguna fe religiosa, capaces de reinterpretar y asimilar sin dificultad, cualquier acontecimiento o descubrimiento nuevo que ponga en entredicho sus creencias irracionales, su modelo virtual, y con tanto más ahínco cuanto más tiempo e ilusión han invertido en él.

También se da este fenómeno en la elaboración y desarrollo de teorías sobre las personas y acontecimientos que tienen lugar en nuestras vidas. Por ejemplo, si somos celosos y nuestra pareja cancela una cita, sin aportarnos una explicación que nos resulte satisfactoria, empezamos a sospechar que nos está siendo infiel. A partir de ese momento, todo lo que ocurra, o deje de ocurrir, será interpretado en clave de la teoría inicial y, como consecuencia, nuestro comportamiento y actitud hacia ella irá evolucionando a media que se consolida la teoría de la infidelidad.

Aunque existe la posibilidad de que nuestra teoría de la infidelidad fuese correcta, y eso nos permitiera idear contramedidas para minimizar el perjuicio, también podría ocurrir que nos estemos equivocando desde el principio y hayamos perdido la oportunidad de cuestionarnos la hipótesis inicial (la infidelidad), impulsados por el afán de ver confirmada nuestra conjetura profética. Si continuamos por ese camino, es muy probable que nuestro cambio de actitud hacia  nuestra pareja, que ahora creemos infiel, genere una reacción adversa en ella que confirme nuestra teoría de que ha dejado de amarnos, llegando finalmente a la paradoja de haber generado una falsa profecía con el poder de autocumplirse.

No han sido pocas las relaciones familiares, de amistad, y amor que, en virtud de este proceso perverso, han evolucionado hasta romperse sin que ninguna de las partes acierte a explicárselo, siendo la verdadera causa del proceso una conjetura errónea de un individuo demasiado proclive a pensar mal o poco riguroso a la hora de valorar la objetividad de los hechos que ha desencadenado una escalada de agresiones mutuas.

Para evitar estos lamentables casos, que pueden traer a nuestras vidas muchos sinsabores y dolorosas pérdidas, es conveniente fijarse el propósito de evitar hacer conjeturas e interpretaciones que no estén plenamente justificadas y ratificadas por los hechos objetivos.
Dejarse llevar por una hipótesis sin fundamentar sobre la conducta de nuestros semejantes, puede meternos en un callejón sin salida que nos lleve a perder una valiosa relación.

--- Y ahora, recapitulemos:  Si queremos evitar los efectos nocivos que las conjeturas erróneas sobre nuestros semejantes pueden acarrearnos, sigamos estas sencillas normas:
  • Cuando detectemos en nuestros semejantes una conducta incomprensible, no nos empeñemos en encontrar una explicación a toda costa. En la mayoría de los casos, la causa nos resultará inaccesible por mucho que nos esforcemos en descubrirla.
    Por ejemplo, es posible que nuestra pareja haya recibido una noticia que la ha deprimido, pero que por su naturaleza privada no puede difundir. Si nos empeñamos en descubrir la causa de su estado de ánimo circunspecto, tal vez lleguemos a la conclusión de que se siente molesta con nuestra compañía y con ello iniciaremos una interpretación de alto riesgo que puede desembocar en una teoría tan errónea como peligrosa.
  • Si detectamos en la conducta de una persona con la que nos relacionamos, un cambio brusco de actitud hacia nosotros, suspendamos el juicio hasta que transcurran varias semanas. Démosle tiempo para que cambie o rectifique y respondamos con afecto ante sus actitudes provocativas o incomprensibles. Si su actitud persistiera y se hiciese crónica, cabría interrogarla con diplomacia sobre si hay alguna razón para su cambio de actitud (podría deberse a una interpretación errónea de algún hecho relacionado con nuestra propia conducta).
    En el caso de que no nos facilitara explicaciones satisfactorias, sería el momento de empezar a considerar una estrategia de defensa activa.
  • En cualquier caso, siempre existe la posibilidad de que el comportamiento atípico de la otra persona obedezca a un plan de ataque o de traición, como sería el caso de una pareja que ha encontrado otra alternativa mejor y se siente incómoda y agresiva con nosotros.
    Como nunca podemos estar seguros de si esta actitud es sólo aparente o auténtica, transitoria o permanente, producto de nuestra imaginación o de nuestra intuición certera, lo más práctico es actuar como si no nos hubiéramos dado cuenta, pero tomando las medidas oportunas para minimizar el riesgo de que se trate de una auténtica traición.
    Es decir, manejar las situaciones dudosas manteniendo la teoría emocional de que no existe una autentica traición, pero ajustando la propia conducta (no explicita) para prevenir, en la medida de lo posible, los daños más graves que podrían ocasionarse en el supuesto de que la traición se confirmase.
    Por ejemplo, si hemos decidido tener descendencia con nuestra pareja, habría que diferir la fecha aduciendo otras razones, hasta tener una idea clara de la naturaleza del problema que hemos detectado, o nos ha parecido detectar, en su comportamiento.

En resumen, evitar entregarse a interpretaciones negativas de la conducta de nuestros semejantes y no dejar que éstas interfieran con nuestra actitud, pero tomar precauciones discretas para prevenir los riesgos que se podrían derivar de una posible confirmación de nuestras conjeturas más pesimistas. 




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15 sept 2015

Mi patria es la humanidad

Reflexiòn sobre unidad y humanidad

Vìdeo


La manzana es un manzano
y el manzano es un vitral
el vitral es un ensueño
y el ensueño un ojalá
ojalá siembra futuro
y el futuro es un imán
el imán es una patria
patria es humanidad

el dolor es un ensayo
de la muerte que vendrá
y la muerte es el motivo
de nacer y continuar
y nacer es un atajo
que conduce hasta el azar
los azares son mi patria
patria es humanidad

mi memoria son tus ojos
y tus ojos son mi paz
mi paz es la de los otros
y no se si la querrán
esos otros y nosotros
y los otros muchos más
todos somos una patria
patria es humanidad

una mesa es una casa
y la casa un ventanal
las ventanas tienen nubes
pero sólo en el cristal
el cristal empaña el cielo
cuando el cielo es de verdad
la verdad es una patria
patria es humanidad

yo con mis manos de hueso
vos con tu vientre de pan
yo con mi germen de gloria
vos con tu tierra feraz
vos con tus pechos boreales
yo con mi caricia austral
inventamos una patria
patria es humanidad
autógrafo
Mario Benedetti


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17 ago 2015

Contra el culto a la juventud: morir viejo y tener razón

NUESTRA SOCIEDAD REPRIME A LA VEJEZ PORQUE LE RECUERDA LA INEVITABILIDAD DE LA MUERTE; ASÍ SE AFERRA ILUSORIAMENTE A ESTA VIDA MATERIAL, IGNORANDO LA GRAN FRONTERA QUE LA LLAMA Y LA POSIBILIDAD QUE LA MISMA MUERTE OFRECE PARA ENRIQUECER LA VIDA

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Ciertamente el culto a la juventud es un signo de nuestra época, especialmente porque vivimos en la época de la imagen pública, y por todos lados se nos bombardea –como estrategia de mercado– con cuerpos núbiles, lustrosos y aparentemente sanos como los que sólo podemos tener en la cúspide de la juventud. El arquetipo de la belleza, desde los griegos, es el del eterno puer, en perpetua florescencia, con una dicha que el tiempo no puede más que marchitar porque está ligada a la primavera y al verano, a la energía y al vigor que en un mundo impermanente imposiblemente no declinan. Así perseguimos el espejismo de la fuente de la juventud y ocultamos nuestra vejez y marginamos a nuestros viejos –poco vale para nosotros la sabiduría de la edad en comparación con la intensidad del placer sensorial y el rubor fogoso de los años mozos. Como escribe el poeta Ramón López Velarde, queremos siempre “ser de nuevo/la frente limpia y bárbara del niño”:
Volver a ser el arrebol, y el húmedo
pétalo, y la llorosa y pulcra infancia
que deja el baño para secarse al sol…

Carlos Monsiváis nos recuerda cómo el ardor del Fausto de Goethe por trascender la guadaña del tiempo a través de la filosofía oculta, hoy en día deviene en la compulsión obsesiva del consumismo y en el abaratamiento de los principios, un “canje del espíritu metafísico por los goces físicos”, habiéndose perdido “lo que [Alfonso Reyes] comprendía de este modo: ‘El éxito o el fracaso cuentan menos que el anhelo de desentrañar los secretos del mundo y darles forma comprensible, a través de la acción del arte, de la poesía, la filosofía, y la ciencia: ¿Qué otra cosa anhelaba Fausto?”‘. Explica Monsiváis en un formidable pasaje de su libro póstumo Las esencias viajeras:
…ya en el siglo XX, al convertirse la juventud en la meta suprema, incluso los propios jóvenes, el pacto fáustico deviene el centro de las obsesiones, de las ilusiones recónditas y públicas, hasta llegar a los finales de esta centuria convertido en búsqueda gozosa y patética de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana… La metáfora prodigiosa de un libro se convierte en el sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo.
Tenemos un pacto fáustico rebajado, versión lite, ni siquiera comprendido, en el que las masas se van por la carnada del placer y el materialismo y la literalidad sin comprender y menos buscar la dimensión metafórica, estética y metafísica. El problema de esto es que, como muestra en su sublime frivolidad El retrato de Dorian Gray, tarde o temprano lo que le hacemos al cuerpo alcanza al alma y viceversa. La corrupción es también holística (como los spas).  
Monsiváis recupera una cita de Bartolomé Mitre que encierra el espíritu que guía este ensayo: ”No hay que morir joven. El que sobrevive a sus coetáneos siempre acaba por tener razón”, y aquí el énfasis es en tener razón, no en tener la razón o superar a los demás para vindicar nuestro orgullo… razón que para los griegos era el Logos, lo divino en la mente humana… La vejez como la verdadera oportunidad de encontrar la sabiduría, aquello que se resiste a la veleidad de la moda, los fundamentos sólidos, los frutos precisos y disciplinados de la experiencia y de una vida al servicio de la antigua máxima de conocerse a sí mismo como vía regia para conocer el universo y sus secretos. Revivir quizás el “sueño íntimo de vencer la decrepitud” de Fausto y negarse “a la consigna ‘Los dioses mueren jóvenes’”. La dignidad de la vejez no es sólo la sombra amable y discreta de la juventud, es por su propia cuenta una potencia, misma que ya acaricia, rediviva, prístinos jardines. Los hombres que se vuelven dioses, nos dirían Sócrates y Platón, son aquellos que no se resisten a la muerte sino que la investigan y, habiendo vivido filosóficamente, logran hacer de la tumba la última cuna, el fin de la sufrida rueda. 
La vejez como virtud, el derecho a bien envejecer y la buena vejez como superno logro o al menos una senectud lúcida y socialmente aceptada son –a la luz de su ausencia– un punto débil en nuestra cultura, el talón de Aquiles de nuestra vida futura. Con el culto y la glamourización del cuerpo en su estado idílico perpetuo –siempre conservado, maquillado, acondicionado, la muerte es llevada a la sombra, ascépticamente borrada de la cotidianidad, como si pudiéramos así salvarnos de ella (contradictoriamente, puesto que la muerte es la única posibilidad de salvación que podemos soñar). Las improntas colectivas con las que crecemos en Occidente nos han enseñado a creer que debemos quemar todos nuestros cartuchos la primera mitad de nuestras vidas, ocultar todo signo de vulnerabilidad en nuestro deseo de atraer y ver a la vejez como algo detestable y desechable, cuya única actividad consiste en recordar lo que vivimos en nuestra juventud y en nuestra plenitud y en algunos casos excepcionales servir como consejera de la vida de los jóvenes (que es la que realmente importa). Como si uno no pudiera seguir perfeccionando, mejorando, creciendo y creando nueva belleza hasta el último día. En México por ejemplo, se tiene tan poca consideración por “la tercera edad” que ocupa el último lugar en la OCDE en pensiones y el penúltimo en América Latina, sólo antes de República Dominicana. Esto revela el poco respeto hacia los adultos mayores y la poca conciencia eutanánistica que se tiene, pese a que se celebra el Día de los Muertos –con colorida parafernalia y desvaída devoción– y pese a que se tiene un vigoroso culto a la Santa Muerte, al parecer se olvida el viejo proverbio: “el día de tu muerte es el más importante de tu vida”. Como en la política, en el espíritu, preferimos apostarle al corto plazo, al siguiente goce, a este sexenio y no construir y planear para la carrera larga de los siglos. 
Ciertamente no se trata de preferir un tiempo sobre otro, lo cual seguramente sería el resultado de un estupor perceptual, de un excesivo apego al cuerpo y a sus ilusiones o de una radical negación de la existencia física. En cambio, es posible abrazar la existencia en su totalidad y hacer consciente cómo cada momento y cada edad tienen sus propias particularidades y cualidades y cada una contribuye al entendimiento y a la construcción de la vida y su desenlace en la muerte. Sin una juventud y una madurez sana, disciplinada y creativa, la vejez se vuelve insoportable, tortuosa y prácticamente irredimible; sin una vejez sabia y serena y una buena aproximación a la muerte, la juventud se vuelve absurda, vana nostalgia, efímera irrealidad, un fuego de petate. Ambas se nutren y equilibran, como en una alquimia interna, una conjunción de polos arquetípicos: puer y senex, el encuentro de Cupido y Saturno, las dos puntas de un hilo que tejen un mandala y el posible uróboros de la vida que encuentra su puerto en la muerte. James Hillman escribe sobre el senex:
Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad…
No debemos olvidar que hay una cierta potencia y fecundidad en la melancolía y en la memoria saturnal de los viejos industriosos o contemplativos y una amplitud panorámica que sólo el padre (Cronos) atisba en la vicisitudes del tiempo. Una mirada que trasciende las pequeñeces y se concentra sólo en lo que, como su experiencia le ha enseñado, supera la vanidad y la futilidad. Para los chinos respetar a los padres, y a los hombres viejos en general, es respetar y seguir al cielo y a la ley cósmica. Por más que sean irritantes, neuróticos, amargos e intolerantes, se les respeta y escucha porque en ellos se reconoce la insondabilidad de mirar al fondo del abismo del tiempo, la dignidad de haber observado los patrones, conocer las causas ocultas y contemplar las formas que perduran, todo lo cual es insondable para una vida más corta.
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Como contraparte al senex, en la coniunctio interna de la psique, tenemos al puer. Así describe Hillman el arquetipo del puer, el eterno niño: 
Como el hijo de una cabra, el niño baila con un excedente de exuberancia; como un gatito explora todo y de súbito coge miedo; como un puerquito, ¡que rico sabe todo! El mundo es un buen lugar –cuando y sólo cuando, la imaginación con la que el niño desciende está todavía lo suficientemente viva para imbuir las cosas con su visión de belleza.
Hillman agregar también que, como un ángel, el niño llega al mundo seguido por “una nube de gloria”; llamada “por su verdadero nombre la niñez es el reino de la reminiscencia arquetípica”. Pareciera que el niño en su frescura y en su impresionabilidad trae consigo todavía la memoria de otro mundo: todo brilla con un resplandor prístino. Eros es representado como un niño mágico con alas como símbolo de su vínculo activo con el cielo y con la creatividad de las potencias celestes (ángeles, tronos, dominios…).  
La potencia del niño es la de trastocar todo con la luz de su mirada: su imaginación activa que se posa sobre las cosas y las transfigura; la potencia del viejo es la muerte, su capacidad de ver la vida bajo la luz de la muerte y la impermanencia y a todo dotarlo de su justa dimensión temporal. Ambos mantienen en su conciencia vislumbres de una misma frontera al límite de la conciencia: la muerte es un nacimiento y el nacimiento es una muerte. Al nacer, creían los griegos, bebemos del Río del Olvido, pero algunos llegan a beber del Río de la Memoria y conectan, por así decirlo, los hilos de las Moiras. Ambos extremos de la vida son reprimidos. Aunque adoramos al niño, lo tratamos como un dios idiota, una criatura preciosa extremadamente frágil que debemos proteger. Al protegerlo –creyendo que en su tierna tabla rasa toda patología se puede imprimir indeleblemente– lo desposeemos de su fértil originalidad, lo normalizamos, le proyectamos todos nuestros vicios y virtudes. Al criarlo para que encaje dentro de nuestra visión de mundo y de la “realidad” convencional y no sufra por ser él mismo –eso tan especial, raro y poco común que es y por lo que el mundo “real” podría rechazarlo– no reconocemos su propia inteligencia y lo despojamos de su genio particular, de la posibilidad de conservar consigo la memoria de su alma. Como dice el poeta William Wordsworth:
Our birth is but a sleep and a forgetting:
The Soul that rises with us, our life’s Star, 
Hath had elsewhere its setting,
And cometh from afar:
Not in entire forgetfulness,
And not in utter nakedness,
But trailing clouds of glory do we come 
From God, who is our home:
Heaven lies about us in our infancy!
Hillman considera que lo que más reprimimos en nuestra sociedad no es el sexo sino el deseo de belleza sin riendas, como ocurre en el deseo de los niños de vivir enamorados de las cosas, de unirse con ellas sin pena (como Pan), enfrentados siempre con la posibilidad gemela del “terror y la alegría”, con “los extremos en las fronteras de la curva de la normalidad”. Habría que añadir a este esquema de lo más represo también a la muerte y a la senectud como imagen progresiva, lenta e intolerable de la muerte. Reprimimos y expulsamos a la vejez para que no nos recuerde la muerte que seremos. Senex y puer, las dos terminaciones nerviosas de la existencia humana, extremos que nos enfrentan con lo desconocido, que se tocan remotamente en el azul de otro mundo… la posibilidad no reconocida de hacer de la vida una alquimia interna.
 Twitter del autor: @alepholo 

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8 jul 2015

El mito de las conversiones

¿Alguna vez han intentado convertir a un creyente en dioses a ATEO y no lo han podido lograr a pesar de tantos argumentos lógicos que se les presenten? Pues bien, enseguida les presento la solución ideal para que las conversiones sean cosa de niños y que queden en el pasado todos esos intentos fallidos de conversión:




                         Las religiones pregonan frecuente y permanentemente  amenazas de castigo y sufrimiento eterno en un infierno o lago de fuego y azufre y efectivamente, el VALOR es fundamental para enfrentar y superar todas esas y otras supercherías, desafortunadamente la gran mayoría de las personas en esta Tierra, no cuentan con el suficiente VALOR para tirar a la basura sus creencias en dioses, por tal razón cuando menos el 80% de la población mundial son TEODEPENDIENTES y solo unas cuantas personas tienen en grado suficiente el VALOR para desechar permanentemente de sus vidas a los dioses, a esas personas se les conoce comúnmente como ATEOS.



                    El que los creyentes soslayen los argumentos lógicos que se les presenten contra su creencia, solo indica que su creencia no tiene un origen RACIONAL, sino EMOCIONAL y es la emoción del MIEDO la que hace evidenciar la falta de valor en los teodependientes, por esa razón NECESITAN de la protección de un ser superpoderoso. Dice un refrán que “el MIEDO no anda en burro” y cuando una situación crítica en la vida te exige VALOR, pero no lo tienes, entonces es perfectamente comprensible encontrar refugio y protección en un ser todopoderoso, aunque este poderoso ser sea imaginario.

                  Saludos cordiales.


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Un mapa de metáforas de lo que pensamos todos los días

LA UNIVERSIDAD DE GLASGOW PUBLICÓ ESTE ENORME MAPA DE METÁFORAS, DONDE PODEMOS VER CÓMO HEMOS ESTRUCTURADO NUESTRO CEREBRO A PARTIR DE IMÁGENES DISPARATADAS

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La metáfora es una inmensa compensación existencial para aprehender el mundo. Es, sin duda, la mejor herramienta semántica que tenemos para entender el mundo a través de otro (a través del espejo). Uno de los grandes ejemplos sobre su extravagante fecundidad es que es casi imposible hablar de la metáfora sin ser metafórico (la palabra aprehender, en este caso,  ya significa “coger, asir, prender de alguien o algo”). Por ello este nuevo estudio, llevado a cabo por la Escuela de Estudios Críticos de la Universidad de Glasgow, es tan importante: ¿qué mejor para entender la geometría cognitiva que usamos para explicar(nos) el mundo que un mapa de las metáforas cotidianas? “Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle”, decía Fernando Pessoa.
Este mapa metafórico contiene más de 14 mil conexiones metafóricas tomadas de 4 millones de pedazos de información léxica, recuperada del Historical Thesaurus of English, el cual abarca 13 siglos. Y si bien este estudio se enfoca específicamente en el inglés, las metáforas, sobre todo las que han sobrevivido al tiempo, tienen la cualidad de estar en todas partes del mundo.
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Es difícil saber cuál fue la primera metáfora en inglés precisamente porque muchas de ellas fueron adoptadas de lenguas anteriores como el germánico, pero el mapa revela un vínculo popular entre las ovejas y la timidez, por ejemplo. El investigador principal del proyecto, dijo que los hallazgos respaldan la idea de que la metáfora es ubicua en el lenguaje y es también un mecanismo crucial de cambio de significado.
Por los últimos 30 años, se ha dilucidado que la metáfora no es simplemente un fenómeno literario; el pensamiento metafórico subyace a la manera en que hacemos sentido del mundo conceptualmente. Gobierna cómo pensamos y cómo hablamos sobre nuestro acontecer diario.
El mapa también devela ciertas aglomeraciones metafóricas, como todos los vínculos que existen entre los textiles y la estructura social, la navegación y el cuerpo humano, las relaciones sexuales y los felinos. En el sitio uno puede buscar prácticamente todos los temas que se le ocurran y encontrar sus metáforas directas más usadas en la historia. El acto metafórico es un modo esencial de la existencia y es por excelencia el instrumento de la imaginación.

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28 jun 2015

El peso del pasado


Una de las objeciones más comunes contra la concepción narrativa de las identidades es el peso del pasado. ¿Tiene una persona que cargar con su pasado? ¿no es posible decir "soy otra persona, distinta a la que fui entonces"? La teoría narrativista dice que somos una historia en la que se enredan los cambios que ocurren en nuestra mente, cuerpo y entorno.  De ser correcta la hipótesis parecería que vivimos en una pesadilla de Twitter, FaceBook o internet: no podríamos borrar nuestro pasado, o no podríamos hacerlo cuando necesitábamos hacerlo. Pero es que es cierto, no podemos borrar el pasado y hay que matizar lo de que a veces nos consideramos personas distintas de las que fuimos. ¿En qué sentido somos diferentes? Hay dos cuestiones envueltas en esta pregunta, una moral y otra metafísica.

No pocas veces queremos decir que no aprobamos lo que hicimos, nuestras actitudes entonces, y que si ahora estuviésemos en aquellas situaciones nos comportaríamos de manera distinta. En realidad estamos haciendo una petición a los otros para que no nos tengan en cuenta lo que fuimos porque ahora "somos" de otra manera. O tal vez querríamos olvidar nosotros mismos lo que fuimos e hicimos. Peter Goldie y Alba Montes han estudiado la vergüenza como la emoción que produce el peso de nuestro pasado, evaluando negativamente no ya lo que hicimos sino nuestro propio yo: ¿cómo pude hacer yo esto? La vergüenza sería -nos enseñan- una de las emociones más importantes en la configuración de la identidad, junto a la culpa y el resentimiento (hay una cierta duda sobre si la culpa se dirige a la identidad y no simplemente al acto, aunque el resentimiento, como está estudiando Cristina Peralta en su tesis, sí configura identidades completas). La vergüenza y el resentimiento serían pues indicadores del peso del pasado sobre nuestras vidas.

La cuestión interesante, entonces, es si tenemos derecho a olvidar o si, por el contrario, el daño que hicimos o pudimos haber hecho nos va a perseguir eternamente. Martin Amis, en Koba, se revuelve contra la generación de su padre Kingsley Amis, y contra él, incapaz de entender cómo fueron capaces de apoyar o disculpar al estalinismo, aún cuando sabían ya de sus crímenes. Por supuesto que Amis hijo tiene derecho a la pregunta, aunque el problema es si está insinuando la respuesta: "seguís siendo culpables de aquello, no es suficiente que me digáis que sois otras personas diferentes. No estoy dispuesto a olvidar vuestro pasado en mi valoración de vuestro presente".

Cuando uno llega a la edad que tengo, el pasado pesa ya más que el futuro y estas preguntas y posibles respuestas te rondan y acucian con saña. Husmean en tu historia, pero también te preguntan sobre tu derecho a preguntar sobre otros que conoces. Sabes, por ejemplo, que casi todos los filósofos que fueron las autoridades de tu juventud tuvieron un pasado ignominioso. Cuando los conociste eran personas de izquierda, lúcidos y ejemplares, pero sabes que fueron falangistas en su juventud, y no simples afiliados ocasionales, sino entusiasmados vestimentados de azul fascista. Sabes de otros, perseguidores feroces de todo lo nacionalista o abertzale, que fueron en su día simpatizantes o militantes de algùn grupo revoltoso o ciertos otros grupos cercanos a la violencia. Sabes de neoliberales que fueron comunistas con el mismo entusiasmo dogmático con que ahora defienden sus mercados. Ateos militantes que dejaron los hábitos, trajes talares y coronillas hace tiempo. ¿Tienes derecho a enunciarlo, a señalar con el dedo y recordarles, a ellos y a todos, el peso de su pasado?

Precisamente porque nuestras identidades son narrativas, las respuestas o el puro hecho de preguntar han de tratarse como serios dilemas morales. Cuando leí El cura y los mandarines de Gregorio Morán, tan lleno de invectivas y juicios sumarios sobre algunos y de agasajos y zalamerías a otros, me di cuenta de mis propias superficialidades y frivolidades con las preguntas sobre el pasado. No porque no tengamos derecho a preguntar o saber, sino porque tenemos la obligación de preguntar por, y conocer, la historia entera. El pasado no existe sin el presente y el futuro. El pasado significativo, quiero decir, el pasado formado por posibilidades alternativas, algunas de las cuales nunca debieron ocurrir, pero que pudieron tal vez dar ocasión a juicios, promesas y compromisos de "nunca más". O que, por el contrario, aún permanecen activas porque el daño nunca fue reconocido, ni se cambió el mundo para que no volviese a ocurrir, ni se intentó mirar a los ojos de las víctimas para declarar ante ellas el pasado. Es cierto que no podemos sino juzgar, pero también deberíamos acreditarnos antes como jueces: en nombre de quién, con qué autoridad,...

Y está la cuestión metafísica de qué es lo que individualizaría una historia como forma de identidad. Cuestión complicada, porque una historia, un relato, no es una secuencia de hechos, sino un encadenamiento de posibilidades que adquieren sentido en el presente, que a su vez se configura en un horizonte de futuros. Somos historia no porque la hayamos tenido, sino porque está pesando sin remedio sobre nuestra agencia y la constituye en una compleja estructura de niveles que operan unos sobre otros determinando nuestras decisiones, compromisos, actos de habla y acciones transformadoras.

Porque el pasado pesa, hay que aprehenderlo con cuidado.




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29 abr 2015

Mitos sobre ateos


A lo largo de la historia civilizatoria, se sucedieron decenas de guerras religiosas, una más cruel e irracional que la otra, pretendiendo mostrar que con la muerte de los “enemigos”, el dios de alguna facción se hacía más fuerte y grande, mientras que se “demostraba” la debilidad humana y la “superioridad” de los creyentes que resultaban victoriosos. En nombre de algún dios o de varios dioses se cometieron grandes crímenes contra los individuos, crímenes, que en la mayor parte de la historia quedaron impunes. Ante esto, ¿a cuántas miles de personas mataron los ateos en nombre del ateísmo?\n



Es común, pero falaz, asociar a grandes genocidas con el ateísmo; de pensar que habrá desorden moral y caos si se instala una moral atea y que los ateos somos dogmáticos y cerrados, “por no aceptar experiencias místicas”. Desarrollamos, entonces, para celebrar nuestro orgullo, una mini lista de mitos que solo alimentan la ignorancia. 


Mitos populares

- ¿El ateo es satánico?
- El ateo ve al diablo como un ser mitológico y por lo tanto no acredita su existencia. La idea de dios y de diablo solo son construcciones mentales y sociales de las diversas religiones. El ateo no puede ser satánico porque no cree en la existencia sobrenatural de Satán o los demonios.

- ¿Todos los ateos son comunistas?
- Uno de los mitos, que se acentuó más fuerte en Paraguay con la dictadura colorada y católica de Alfredo Stroessner, es que todos los ateos son marxistas que “comen niños”. No todos los ateos son marxistas. El marxismo es uno de las tantas corrientes filosóficas que introducen al ateísmo en su seno para utilizarlo. Hay diversas corrientes ateas, como por ejemplo la racionalista, la naturalista, la fatalista, etc. que se diferencian en varias cuestiones. 

- Hitler era ateo y fue uno de los más grandes genocidas de la historia
- Falso. Hitler nunca fue ateo, y además de creyente, ideó una especie de religión secular conocida como nazismo, que se manejaba con dogmas políticos, nacionalistas y sociales incuestionables, impuestos por Adolf Hitler.

Esto declaraba el líder totalitario en su libro “Mi lucha”:
“El hombre con conciencia de pueblo, en particular, cada uno en su propio grupo, tiene el deber sagrado de hacer que la gente deje de tomar la Voluntad de Dios superficialmente, de cumplir la Voluntad de Dios y de no dejar que la Palabra de Dios sea profanada”.

Porque la Voluntad de Dios dio a los hombres su forma, su esencia y sus capacidades. Todo aquel que destruya Su trabajo, declara la guerra a la Creación del Señor, a la Divina Voluntad. Por lo tanto, que cada hombre sea activo, cada uno en su propio grupo, y que cada hombre cumpla su primer y más sagrado deber de oponerse a cualquiera que en su actividad, por obras o palabras; sale de los confines de su comunidad religiosa y trate de hacer sorna de otra.

Consecuentemente, creo actuar de acuerdo a la voluntad del Creador Todopoderosoal defenderme de los judíos. Estoy peleando por la obra del Señor.

- Pero Stalin era ateo y también mató a millones de personas.
- Verdadero. El dictador comunista de la Unión Soviética Joseph Stalin era ateo, pero jamás mató en nombre del ateísmo. El comunismo es una especie de religión secular, como el nazismo, ya que posee dogmas incuestionables. La religión, para el marxismo, es un instrumento del sistema capitalista porque alinea al individuo, por lo tanto debe ser erradicada. De allí la lucha frontal y sanguinaria contra las religiones por parte del comunismo. Pero no hay un solo documento que avale que el ateísmo fue la causa de las masacres. 

- El ateísmo es otra religión más ya que los ateos “tienen fe en la evolución y en el big bang”.
- Falso totalmente. El ateísmo es una filosofía materialista, en la mayor parte, que niega la existencia de dioses y por lo tanto del mundo sobrenatural. No existen dogmas ateos o postulados intocables dentro del ateísmo. No hay iglesias ateas ni una organización que dicte las normas de comportamiento de los ateos en el mundo. No hay culto dentro de esta corriente. Y sí, el ateísmo racionalista o cientificista defiende la teoría de la evolución y la formación del Cosmos por el big bang porque tienen bases científicas comprobadas o testeadas. 

Aunque, como la ciencia no es dogmática, pueden ser mejoradas o desechadas ambas teorías. Pero no hay fe en dichas propuestas, ya que la ciencia utiliza un método que debe ser experimentado en la realidad para ser probado, algo que las religiones no tienen.

- El ateísmo es dogmático
- Falso. Los creyentes religiosos son los que basan su vida en escrituras de dudosa autoría y no los ateos, que no tienen dioses ni sacerdotes que les digan qué hacer. Los primeros basan su visión en la fe y solo en la fe, mientras que los segundos en la duda, en las hipótesis y experimentaciones.

- Bueno, pero Einstein era cristiano y no podemos estar en su contra.
- Falso al cuadrado. Einstein nunca fue cristiano y sí podemos estar en contra de los postulados einstenianos, si tenemos forma de argumentarlos y comprobarlos, claro. Uno de los mitos más difundidos es que el brillante físico estadounidense, de origen alemán, Albert Einstein, ganador de un premio Nobel de física, era cristiano porque afirmó la famosa frase de “Dios no juega a los dados”.

Carta del científico, de marzo de 1954, del libro “Albert Einstein: su lado humano”: 

“Era, por supuesto, una mentira lo que se ha leído acerca de mis convicciones religiosas; una mentira que es repetida sistemáticamente. No creo en un Dios personal y no lo he negado nunca sino que lo he expresado claramente. Si hay algo en mí que pueda ser llamado religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde nuestra ciencia puede revelarla”.

- Pero los ateos dicen que la vida no tiene sentido.
- Falso. Son los católicos, musulmanes, judíos e hinduistas, además de otros miles de religiosos, los que niegan que esta vida tenga sentido. Para un ateo materialista esta única existencia es la única oportuidad que tiene para ser feliz, por lo tanto es responsable de su vida y le busca el sentido en el único plano físico que tiene y puede vivir: la Tierra. El ateo sabe que nunca más tendrá otra oportunidad brillante para ejercer su libertad y vivir como mejor le plazca. El ateo sabe que puede encontrar su plenitud y realización total en este planeta.

- Entonces, ¿para los ateos todo termina con la muerte?
- Verdadero. Al menos, casi todas las corrientes ateas consideran que cuando el organismo vivo o la persona muere, se termina totalmente su existencia, ya que no hay una sola evidencia de trascendencia material a un plano espiritual. La memoria de los vivos mantendrán vivos a quienes ya murieron. Ideas como alma, cielo, purgatorio, infierno, limbo no tienen sentido para una persona razonable.

- Los ateos no tienen moral, pueden hacer lo que quieran, robar, matar, violar, etc.
- Falso. Los ateos son personas de diversas ideologías políticas, visión del mundo, sentimientos y por lo tanto necesitan una moral con la cual comportarse en sociedad. Será una moral materialista, en el sentido filosófico, ya que no esperan recompensas en el más allá. Son conscientes que solo pueden vivir aquí y actuar de acuerdo a la realidad. La moral es individual y única, por lo que no puede ser quebrantada si no se daña al otro. El ateo tiende a ser una persona racional y más respetuosa de la naturaleza porque sabe que forma parte de ella y debe proteger tanto su vida como la de quienes le rodean.

Mientras, el religioso que basa su vida en la biblia o corán ignoran que su libro sagrado apoya la esclavitud, el machismo, el feminicidio, el oscurantismo, el maltrato a los niños, la ablación, el miedo a la autoridad, etc. Para un ateo racional todo esto resulta inmoral y por lo tanto lo rechaza.

- El ateo parece un robot, no ama, no siente, no lucha
Falso. El ateo es un ser humano dotado de las mismas características físicas, químicas y biológicas de cualquier otro ser semejante de su especie y se comporta como tal. Puede amar, reír, llorar, emocionarse, luchar por una causa común en política y tener grandes aspiraciones personales a nivel académico, profesional, intelectual, deportivo, social, etc.

- Pero el ateo es soberbio, no acepta críticas
- Falso. Es el religioso quien ya tiene todas las respuestas y por lo tanto no necesita de otra visión que le ayude a entender el Universo. El ateo es más curioso y se interesa por lo que pasa a su alrededor. Solo que trata de entender el mundo a través de la ciencia, del escepticismo, de la duda y de la curiosidad, algo muy distinto al religioso, que ya tiene todo servido. 

El ateísmo es una muestra de humildad intelectual, ya que al no tener un dios o varios dioses que supuestamente dictaron los mandatos para vivir en el mundo, el ateo tiene que construir ideas y soluciones para la buena convivencia y entendimiento. Soberbia es aquella postura que afirma que todo ya está respondido de un libro de casi dos mil años y que no se puede criticar algo sagrado.

- El ateo debe aceptar que la religión hizo mucho bien a la humanidad.
- Aquello sustentando en una mentira no puede jamás hacer un bien a los seres humanos. Además de la inquisición, el índice de libros prohibidos, las cruzadas, etc., el cristianismo, que es el que más de cerca nos toca, no puede ir por el mundo a “hacer el bien en nombre de la nada”. Es una deshonestidad intelectual grave y un insulto a la inteligencia. No se puede difundir el conformismo en un momento en que la humanidad experimenta grandes logros.

- Todo bien, pero, ¿para qué milita un ateo?
- No está todo bien. Justamente por eso los ateos se nuclean y difunden sus ideas. Actualmente, en Irán, Arabia Saudita, Somalia, Sudán, Indonesia, Afganistán, Egipto, Nigeria y decenas de otros países libran batallas a favor de la religión y en contra de la libertad individual. Aunque parezca absurdo, el mundo sigue viendo morir por la causa de “un dios” a niños, adultos y ancianos por culpa de la perversidad y soberbia de las religiones. Es que todas se creen portadoras de la verdad y lo único que siembran es el caos, miedo y desesperanza. 

En los países latinoamericanos, en su mayoría católicos o protestantes, el problema es la persecución de la religión a las políticas laicas a favor de la despenalización del aborto, de las drogas, de la eutanasia y la implementación de una ley que ampare las uniones civiles entre personas del mismo sexo. Paraguay, un país con alto índice de creyentes, ni siquiera puede implementar un plan nacional de educación sexual en el sistema educativo por la presión de la Iglesia católica. Así que la militancia atea es una responsabilidad con la vida misma.

El ateo sabe que este es un Universo maravilloso y que como seres limitados podemos conocer una ínfima fracción de él. Respeta profundamente la libertad de creencias, pero sabe que el mundo estará mucho mejor cuando desaparezcan las religiones y se gobierne con inteligencia, escepticismo y ciencia.

Muchos estamos orgullosos de haber dudado un día. Hoy, la más grande certeza que tenemos es que las dudas continúan y crece el deseo de aprender más del Cosmos en el que vivimos.


¡Es mejor sin dioses!










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