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14 oct 2015

El verdadero milagro religioso

Una de las más incompresibles paradojas de la religión es que consigue que las personas más estúpidas del mundo acaben siendo respetadas y escuchadas, cuando no admiradas.


¿Te crees Napoleón? ¿escuchas voces? ¿tienes alucinaciones? Muy seguramente tus preocupados familiares y amigos verdaderos intentarán que acabes controlado y medicado bajo la atenta mirada de un psiquiatra colegiado. Ahora bien, si te crees el hijo de dios o el profeta elegido por cualquier oscura divinidad, por más risible o absurda que esta sea, ten por seguro que encontrarás fácilmente la comprensión, cuando no la admiración de tus amigos y familiares.

¿Opinas que los extraterrestres nos visitan, te hablan y te llevan a su nave espacial? Pues no lo digas muy alto, porque en ese caso tus vecinos y conocidos empezarán a apartarse de ti murmurando condescendientes. Pero por supuesto si hablas con una paloma extraterrestre u observas que una virgen incorpórea te visita en tu habitación, aún cuando nadie más que tú seas capaz de verla, no sólo no serás medicado sino que muy probablemente varios cientos cuando no miles de tus compatriotas y hasta bastantes ciudadanos de los más lejanos países te venerarán como una gran personas digna de la mayor de las atenciones. 

¿Intentas convencer a tus compañeros de trabajo de que la mejor guía para sus vidas es que sigan las enseñanzas del Señor de los Anillos o los libros de Harry Potter? Prepárate entonces a escuchar las más sonoras carcajadas. Sin embargo, si ese libro con el que das la tabarra a tus convecinos fue escrito hace milenios por algún ignorante pastor de cabras, ovejas o beduino analfabetos, y a pesar de que en él se defienda la discriminación más rampante, la persecución más irracional, el asesinato del diferente, el odio al extraño, la violación como castigo penal y cualquier otra barbaridad, no sólo tendrás toda la atención y respeto de todo aquel que se cruce en tu camino sino que si algún individuo osara mostrar cualquier tipo de reticencia, burla, critica o desprecio hacia ti o hacia las increíbles, soporíferas u ofensivas historietas con las que les aburres o insultas al intelecto,  ten por seguro que este blasfemo acabará teniendo problemas con la justicia, y dependiendo de en qué país te encuentres lo mismo consigues que sea ejecutado sumariamente por su herética falta de respeto.

¿Eres un ignorante y carente de cualquier conocimiento o preparación intelectual, pero aún así consideras estar en posesión de una arcana verdad totalmente ajena a la razón y a la realidad? Pues si adornas tu cretinismo con esa mágica propiedad llamada fe, podrás conseguir fácilmente que hasta los políticos poderosos, insignes pensadores, filósofos o científicos escuchen arrobados tu plática por más disparatados, absurdos y erróneos que sean tus "argumentos".

Este es el único y verdadero milagro de la religión, encumbrar a aquellos que por su debilidad mental deberían estar siendo tratados como lo que verdaderamente son: pobres e ignorantes alucinados necesitados de una cura de realidad dispensada por profesional médico debidamente cualificado.



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28 ago 2015

Elogio de la ignorancia

No he podido dejar de sintonizar con este artículo del New York Times titulado The case for teaching ignorance, un intento de resaltar la enorme importancia de enseñar no lo que se sabe sino precisamente lo que no se sabe. La consciencia de la ignorancia es un motor fundamental del progreso: las personas que encuentran cosas interesantes suele ser precisamente porque intentar averiguar cosas que no sabían. El artículo ofrece enlaces al trabajo de “estudiosos de la ignorancia” como Robert Proctor Stuart Firestein, e incluso a un curso académico sobre la sociología de la ignorancia.

Llevo muchos años enseñando innovación, una disciplina caracterizada precisamente porque, en un entorno en el que muy pocos pueden llegar a saber algo porque se mueve endiabladamente rápido y cambia constantemente sus reglas, lo importante es precisamente saber lo que no se sabe, entender cómo funcionan conceptos que antes, simplemente, no existían porque su contexto no existía, para poder así plantearse construir sobre ellos. Un planteamiento así genera en ocasiones elevadas dosis de frustración en algunos de mis alumnos que pretenden que la motivación para ofrecer un curso es comunicar lo mucho que se sabe de un tema, y terminan el curso pensando que, realmente, no les he dado ninguna “receta” o “método” mágico para solucionar su ignorancia y me he limitado a identificársela como tal. La alternativa, por supuesto, está en pontificar con falsa seguridad sobre las cosas que no se saben, algo que obviamente ni soy capaz de hacer, ni lo pretendo.

En realidad, una gran parte de la metodología que tengo organizada en torno a mi actividad, incluyendo el trabajo que pongo en esta página todos los días desde hace años, está precisamente destinada a generarme ideas sobre cosas que no sé, y a tratar de provocar la misma necesidad en otras personas. Con el material que destilo de esta página y de otras fuentes preparo casos de una manera que muchos de mis colegas encuentran insultante: mientras muchos profesores no se encuentran en absoluto cómodos planteando la discusión de un caso sin tener el apoyo de una teaching note preparada por el autor que solucione todas sus posibles incertidumbres, yo prefiero discutir sobre casos en los que no tengo todas las respuestas, y utilizar la discusión precisamente para aislar y localizar los temas en los que no sabemos nada.

El estudio de la ignorancia, por otro lado, ofrece una interesantísima contrapartida: te permite identificar sus fuentes más habituales, de manera que puedes ser rápidamente capaz – rápidamente se refiere en este caso a la velocidad a la que suele discurrir una conversación en clase, en la que no puedes detenerte a investigar concienzudamente un tema salvo que sea una clase online – de contestar en función de esa “taxonomía”. A menudo dedico tiempo durante la preparación de mis sesiones a tratar de preparar respuestas a los sesgos más comunes a la hora de pensar en un tema determinado, para poder pasar por ellas más rápido o de manera más eficiente e intentar llevar así a la clase a discutir sobre cuestiones que puedan ser más fructíferas… precisamente aquellas sobre las que sabemos menos.

¿Filosofía? ¿Exaltación absoluta de la paradoja socrática? Simplemente, que plantear que un profesor solo puede serlo en aquellos temas en los que crea saberlo todo me parece una limitación absurda. Obviamente, hay que saber mucho de un tema para poder lanzarse a dar clase sobre él sin que la ignorancia surja a las primeras de cambio, pero muchas veces lo importante es precisamente entender qué es lo que no se sabe, por qué, y cómo llevar la discusión a ello de una manera que resulte suficientemente atractiva para los alumnos y para la necesaria motivación del profesor. Enseñar lo que se sabe, pero también lo que no se sabe. La ignorancia como concepto potente para estimular la innovación.

Enrique Dans



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