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12 abr 2017

La delgada línea roja entre ilusión y realidad


Pensadores, filósofos y teólogos llevan siglos construyendo complejas teorías acerca de la religión, el cómo y su porqué, explicaciones que casi siempre implican apelar a nobles sentimientos y a etéreos conceptos, pero la realidad puede ser mucho más prosaica tal y como está desvelando la ciencia.
Lejos de las artificiales construcciones teóricas que se han ido desarrollando a lo largo de los siglos para justificar el hecho de que la religión es un elemento fundamental de sociedades de toda época, se puede observar que toda creencia espiritual (independientemente de los ritos particulares a los que cada grupo de acólitos rinda homenaje) pivota sobre el siempre insatisfecho deseo humano de ser un ente especial, dentro de este increíblemente complejo planeta, que orbita alrededor de una pequeña estrella de la periferia de una galaxia nada llamativa, que está ubicada en un insignificante rincón de un vastísimo y casi inconcebible universo.
Pero ¿cómo pueden unos seres dotados de un poderoso cerebro capaz de racionalizar, de entender y de desentrañar complejas relaciones científicas llegar a la conclusión de que existe un mundo alternativo a la percepción material cotidiana? Pues aunque pueda parecer sorprendente, por una mezcla de sugestión y malfuncionamiento de ese mismo cerebro.
El cerebro humano es un órgano perfectamente engrasado por la selección natural para la búsqueda de patrones. Así esta cualidad permitió a nuestros antepasados sobrevivir y prosperar en el entorno hostil de nuestra sabana ancestral al detectar esas muchas veces sutiles señales que relacionaban hechos aparentemente inconexos: ciertos ruidos podían indicar la presencia de un depredador o por el contrario de una presa, siguiendo a determinados animales se puede obtener agua en un paraje desértico, el movimiento de las estrellas sobre la bóveda celeste da cuenta del paso de las estaciones y por tanto de los diversos tipos de comida, etc. Por supuesto que este tipo de razonamiento no es infalible, pero en principio asociar algunos patrones erróneos no implica un gran problema siempre que estos fallos no pongan en riesgo la vida de los que los cometen, de tal manera que después de varios cientos de miles de años de prueba y error, los sapiens poseían un conjunto de comportamientos adaptativos para la supervivencia junto con otros no tan útiles.

Añádase ahora un segundo elemento característico del cerebro humano. Como animales sociales que son los sapiens, gran parte del desarrollo cerebral se ha especializado en reconocer caras y lo que es más importante, a reconocer expresiones osentimientos particulares en esas caras. Así numerosos experimentos científicos han demostrado que los bebes son unos grandes fisonomistas capaces de interpretar correctamente los gestos, primero de su madre y después de todos los adultos que les rodean. El valor evolutivo de esta adaptación es evidente, un niño pequeño que interpretara adecuadamente el miedo, el enfado o la alegría de sus progenitores tendría muchas más posibilidades de sobrevivir en un mundo ancestral plagado de peligros, en donde muchas veces no había tiempo para explicar las cosas y en donde tampoco existían los derechos de los niños y por tanto no sólo era factible, sino que muchas veces era además adaptativo, dejar de (mal)gastar esfuerzo y energías en seguir cuidando y alimentando a un vástago que se comportara incorrectamente. Es por ello que los humanos vemos caras en cualquier fenómeno u objeto que guarde unas mínimas proporciones, fenómeno denominado pareidolia o que tengamos la tendencia a extrapolar comportamientos humanos a los animales o a los fenómenos naturales en cuanto se asemejen mínimamente a nosotros. Y de ahí al animismo no hay más que un paso.
Pero para que aparezca la religión tal y como la conocemos en la actualidad falta todavía un elemento crucial: el mundo espiritual, resultado de la mezcla de dos fenómenos. El primero el sueño. Durante más de un siglo los antropólogos han documentado ampliamente la importancia del sueño como una fuente primaria para las ideas y prácticas de los pueblos tradicionales de todo el mundo. Así, en muchas de estas sociedades los sueños son considerados una evidencia directa y vivencial de un reino espiritual, de tal manera que los miembros de estos pueblos interpretan sus sueños como una prueba de que el alma del soñador deambula fuera del propio cuerpo y se relaciona con dioses y seres espirituales del mundo supernatural. Y el segundo elemento clave del mundo espiritual es la presencia de mediadores de lo divino. Es bien conocido que a lo largo de la historia diferentes profetas, santones y similares han presentado evidentes síntomas de enfermedad psiquiátrica: el Jesús cristiano que se creía hijo de una paloma y una zarza, la más que sospechosa conversión de Saulo de Tarso tras un accidente equino o esa pobre abulense llamada Teresa que mezcló delirios, alucinaciones y represión sexual en un cóctel más que explosivo.
Sin embargo lo que hasta ahora no quedaba claro es como esos pobres enfermos eran capaces de convencer a miembros mentalmente sanos de su especie, que vivían en sociedades mucho más estructuradas que las bandas animistas de cazadores-recolectores de esa increíble, y sobre todo invisible, patraña de espíritus o demonios. Pues bien, un estudio publicado hace un par de años en una prestigiosa revista de psiquiatría viene a poner un poco de luz sobre este tema.
Los autores del mencionado trabajo seleccionaron un extenso grupo de más de 31.000 personas provenientes de 18 países diferentes, individuos sin ningún historial previo de enfermedad psiquiátrica o de consumo drogas (ya que es ancestral el conocimiento de que numerosas sustancias naturales son capaces de alterar los estados de conciencia), y encontraron muy llamativamente que un nada despreciable 6% de estos individuos en principio sanos y normales indicaron que habían sufrido alguna vez episodios de severas alucinaciones que incluían el oír claramente voces dentro de sus cabezas u observar “seres o fenómenos” que nadie en su entorno era capaz de ver. Aunque de ellos un tercio solo habían tenido una de estas “experiencias” a lo largo de su vida, otro tercio de los estudiados reportaba entre dos y cinco de estos episodios y por tanto, el tercio restante de sujetos había tenido innumerables “contactos” con el más allá. Casi increíble, personas que en principio desarrollan una vida normal, luego resulta que pueden llevar años viendo, oyendo y quizás comunicándose con fantasmas, apariciones y espíritus varios sin haber sentido en ningún momento la necesidad de buscar consejo médico alguno. Y no olvidemos que esto ocurre en el civilizado siglo XXI, por lo que no es nada difícil de imaginar lo cotidiano que tenía que ser en épocas pretéritas el que las personas hablaran de sus “relaciones” con el más allá.
Entonces los datos de este estudio estarían indicando que no existe una línea definida entre la realidad y la ficción, sino que más probablemente existe un continuo psicológico: primero las personas totalmente sanas, a las que su cerebro nunca les juega malas pasadas y luego un conjunto de individuos que tienen cerebros cada vez más y más predispuestos a “detectar” entidades que no existen y a convivir con ellas en mayor o menor medida, parece ser que con total normalidad para sus vidas (y no lo olvidemos para la de sus más cercanos allegados) hasta llegar finalmente, por supuesto, a los clásicos enfermos mentales que pasan la mayor parte de sus vidas sino toda atrapados en el mundo virtual que ha creado su propio cerebro enfermo.
En resumen, a la vista de este estudio ahora es más fácil entender cómo, partiendo de un profeta claramente enfermo puede irse expandiendo el sustrato mágico-religioso entre una población más o menos susceptible, personas que por sus propias experiencias previas pueden estar ya predispuestas a ser más receptivas, tolerar, comprender o incluso ansiar esos más que infantiles cuentos sobre ángeles, demonios y espíritus varios.

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7 ene 2017

El sentido común no siempre tiene la razón


«Buena cantidad de hipótesis en las que se apoyan los seguidores de la conspiración lunar pueden ser refutadas sencillamente echando mano de conocimientos básicos de física aprendidos en Secundaria o en un Museo de la Ciencia. Pero para ello es fundamental dedicar unos minutos, usar la cabeza, pensar con cautela, tener en cuenta todos los elementos que entran en juego y, después de todo eso, buscar explicaciones racionales. Aunque la física estará presente en otros apartados, es en éste en el que deja tras de sí una huella más marcada. Para entender por qué algunas fotos no son fraudulentas, a pesar de que el sentido común nos dicte lo contrario, deben dominarse conceptos como presión, peso, combustión, atmósfera y vacío. Y es que el sentido común no siempre tiene la razón, puesto que éste busca el camino más corto hacia las explicaciones causales, sean lógicas o no. El camino más corto no siempre es el correcto».

La conspiración lunar ¡vaya timo! (2009)
[Extracto del libro de: Eugenio Manuel Fernández Aguilar]


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25 dic 2016

Mitos navideños y racionalismo infantil



bebe-leyendoHoy se celebran en medio mundo dos de los más increíbles mitos que ha inventado la siempre fértil y muchas veces también más que delirante inventiva humana: la existencia de dos colosos todopoderosos e inmortales capaces de hacer realidad los sueños, no sólo de los niños sino también los de los mayores, por más disparatados o imposibles que éstos puedan parecer. Sin embargo, a pesar de los más que evidentes paralelismos entre ambos personajes de cuento, la creencia en uno de ellos desaparece prontamente en la infancia mientras que la fe en el otro se mantiene incólume en miles de millones de adultos hechos y derechos.

fotos-trineo-de-papa-noelPapa Noel es un barbado anciano que debe ser capaz de cruzar medio mundo en tan sólo una noche, para lograr la más que ímproba misión de llevar regalos a millones y millones de ilusionados pequeños antes de que se despierten el día de Navidad. Y para conseguir esta más que imposible proeza debe además introducirse ágilmente por las chimeneas de todas las casas, a pesar de su más que oronda figura conseguida gracias a la ingesta masiva de toneladas de galletas y miles de litros de leche que le deja en agradecimiento la esperanzada chavalería, descomunal banquete del que debe además dar cuenta mientras realiza su hercúleo trabajo. Y para llevar a cabo este abrumador objetivo únicamente cuenta con la ayuda del desfase horario debido a la rotación de la Tierra y un trineo volador (con capacidad de carga casi infinita) tirado por nueve renos mágicos.
Pues bien, este más que increíble relato es creído por los niños más pequeños, pero cuando los chavales llegan a unos 8-9 años de edad alcanzan un nivel de desarrollo intelectual en el que comprenden las evidentes fallas conceptuales de un mito que contradice las leyes físicas sobre el espacio y el tiempo. Y es por ello que, tal y como mostró un estudio publicado hace algunos años por investigadores californianos, muchos de estos niños terminan por razonar sin ningún tipo de ayuda externa que, a pesar de lo que puedan decir padres, amiguitos, compañeros de colegio y familiares varios, Papa Noel no puede ser más que una disparatada invención de sus mayores. Es la puesta de largo del pensamiento crítico y el escepticismo humanos, momento que debería ser celebrado adecuadamente en la familia con una fiesta por todo lo alto que rindiera homenaje al más que evidente logro intelectual del pequeño, hito cognitivo que le capacita como un verdadero sapiens.
Sin embargo la creencia en el otro mito navideño: un híbrido resultante del ayuntamiento ¿carnal? entre una virgen judía y una entidad extraterrestre multiforme que de manera inexplicable es a la vez también el propio híbrido, un ser todopoderoso nacido en la Judea romana capaz de las mayores proezas tales como devolver la vista a ciegos, 13403234multiplicar panes  ypeces y convertir agua en vino, curar a leprosos, hacer correr a los paralíticos, despeñar a piaras de gorrinos por acantilados con el sólo poder de su mente, desafiar a la ley de la gravedad caminando sobre las aguas y hasta resucitar a muertos que llevaban cuatro días pudriéndose en su tumba, increíbles eventos todos ellos que violan de la manera más flagrante todas y cada una de las leyes de la Física, la Química, la Biología y la Medicina actualmente conocidas por la Ciencia realizados por el mismo ser omnímodo que es capaz además de escuchar constante e instantáneamente desde hace dos milenios las ansias y los deseos de más de mil millones de seres humanos, satisfaciendo de vez en cuando las necesidades más exigentes de algunos de los más piadosos miembros de su rebaño, y que además se transforma todos los domingos y fiestas de guardar en carne y sangre humanas a partir de una simple galleta tras un ritual digno de las novelas de Harry Potter, sigue siendo “cierta” para individuos de todas las edades en un sorprendente bloqueo de esa misma capacidad de raciocinio que los humanos desarrollamos antes de cumplir nuestra primera década de vida, pero que a la vista de los datos gran parte de la Humanidad nunca acaba de desarrollar adecuadamente. ¡Misterios insondables del más terrible adoctrinamiento mental!

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20 oct 2015

El peligro de los suplementos nutricionales


11-21-30En el Occidente desarrollado se da una curiosa paradoja, mientras vivimos en un mundo de superabundancia de alimentos, en donde el sobrepeso y la obesidad son una verdadera epidemia sanitaria, aún así millones de sobrealimentados ciudadanos, convencidos por agresivas campañas de marketing, compran y compran suplementos alimenticios sin necesidad alguna. Y este extraño comportamiento además de innecesario y derrochador pone en peligro la vida de decenas de miles de personas al año.

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El mercado de los suplementos alimenticios (concentrados de vitaminas, oligoelementos y minerales, además de bebidas y preparados alimentarios energéticos), utilizados habitualmente para combatir síntomas de enfermedad o de simple fatiga o para “mantener” o “mejorar” las condiciones de salud es un negocio milmillonario que no cesa de crecer. Así por ejemplo en los EEUU el número de estos productos que un consumidor puede comprar ha pasado desde los 4.000 en 1994 hasta la increíble cifra de más de 55.000 en el año 2012, por lo que gracias a agresivas campañas de publicidad en la actualidad alrededor de un 40% de los ciudadanos estadounidenses toma regularmente suplementos multivitamínicos y más de la mitad de la población norteamericana utiliza habitualmente suplementos dietéticos. Y estas cifras no hacen más que aumentar año tras año en todo el mundo occidental, de tal manera que sólo en EEUU las ventas de este tipo de productos alcanzan la astronómica cifra de unos 28 mil millones de dólares anuales.
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Y lo increíble del caso es que existe toda una creciente literatura científica que indica que el consumo de este tipo de productos no sólo no es beneficioso sino que en algunas ocasiones puede incluso ser perjudicial para la salud de los consumidores. Pues bien, un reciente estudio publicado en la prestigiosa revista médica “New England Journal of Medicine” ha empezado a poner cifras a este riesgo sanitario.

19946Analizando datos recolectados en los departamentos de urgencias médicas de 63 hospitales estadounidenses durante el periodo 2004-2013 los autores han podido estimar que sólo en los EEUU se producen anualmente más de 23.000 visitas a urgencias hospitalarias relacionadas con el consumo de estos suplementos. Aunque los pacientes pertenecen a todas las edades aparecen dos grupos de riesgo destacados. El 28% de los atendidos tienen edades comprendidas entre los 20 y los 34 años, es decir adultos en la mejor época de la vida. Y el segundo rango de edades más habitual entre los pacientes es el de niños menores de 4 años con un 22% de los ingresos. Los motivos suelen ser de lo más variado, desde alergias pasando por palpitaciones, ahogos, dolor de pecho o taquicardias hasta intoxicaciones más o menos graves, de tal manera que alrededor de un 10% de los atendidos en urgencias necesitan ser hospitalizados posteriormente. Y todo ello, no lo olvidemos, por intentar cubrir una necesidad ficticia, creada exclusivamente para aumentar la cuenta de resultados de grandes corporaciones transnacionales.

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14 oct 2015

El verdadero milagro religioso

Una de las más incompresibles paradojas de la religión es que consigue que las personas más estúpidas del mundo acaben siendo respetadas y escuchadas, cuando no admiradas.


¿Te crees Napoleón? ¿escuchas voces? ¿tienes alucinaciones? Muy seguramente tus preocupados familiares y amigos verdaderos intentarán que acabes controlado y medicado bajo la atenta mirada de un psiquiatra colegiado. Ahora bien, si te crees el hijo de dios o el profeta elegido por cualquier oscura divinidad, por más risible o absurda que esta sea, ten por seguro que encontrarás fácilmente la comprensión, cuando no la admiración de tus amigos y familiares.

¿Opinas que los extraterrestres nos visitan, te hablan y te llevan a su nave espacial? Pues no lo digas muy alto, porque en ese caso tus vecinos y conocidos empezarán a apartarse de ti murmurando condescendientes. Pero por supuesto si hablas con una paloma extraterrestre u observas que una virgen incorpórea te visita en tu habitación, aún cuando nadie más que tú seas capaz de verla, no sólo no serás medicado sino que muy probablemente varios cientos cuando no miles de tus compatriotas y hasta bastantes ciudadanos de los más lejanos países te venerarán como una gran personas digna de la mayor de las atenciones. 

¿Intentas convencer a tus compañeros de trabajo de que la mejor guía para sus vidas es que sigan las enseñanzas del Señor de los Anillos o los libros de Harry Potter? Prepárate entonces a escuchar las más sonoras carcajadas. Sin embargo, si ese libro con el que das la tabarra a tus convecinos fue escrito hace milenios por algún ignorante pastor de cabras, ovejas o beduino analfabetos, y a pesar de que en él se defienda la discriminación más rampante, la persecución más irracional, el asesinato del diferente, el odio al extraño, la violación como castigo penal y cualquier otra barbaridad, no sólo tendrás toda la atención y respeto de todo aquel que se cruce en tu camino sino que si algún individuo osara mostrar cualquier tipo de reticencia, burla, critica o desprecio hacia ti o hacia las increíbles, soporíferas u ofensivas historietas con las que les aburres o insultas al intelecto,  ten por seguro que este blasfemo acabará teniendo problemas con la justicia, y dependiendo de en qué país te encuentres lo mismo consigues que sea ejecutado sumariamente por su herética falta de respeto.

¿Eres un ignorante y carente de cualquier conocimiento o preparación intelectual, pero aún así consideras estar en posesión de una arcana verdad totalmente ajena a la razón y a la realidad? Pues si adornas tu cretinismo con esa mágica propiedad llamada fe, podrás conseguir fácilmente que hasta los políticos poderosos, insignes pensadores, filósofos o científicos escuchen arrobados tu plática por más disparatados, absurdos y erróneos que sean tus "argumentos".

Este es el único y verdadero milagro de la religión, encumbrar a aquellos que por su debilidad mental deberían estar siendo tratados como lo que verdaderamente son: pobres e ignorantes alucinados necesitados de una cura de realidad dispensada por profesional médico debidamente cualificado.



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3 sept 2015

La obediencia como virtud

O sobre el miedo cultural a decir que no


La mayoría de la gente siente literalmente agobio físico y miedo ante la idea de desobedecer a alguien con "Autoridad", no pueden decir "No, eso yo no lo hago", porque va en contra de sus muchos años de "programación y adoctrinamiento", aleccionados como han sido para creer que si obedeces eres bueno y si no lo haces eres malo, ese es el mensaje que transmite principalmente la escuela, y ese mensaje es machaconamente introducido en las tiernas cabezas de la gente. (...) Son educados e inducidos por sus padres, por la escuela, por el Gobierno, por la cultura, por todos los mensajes autoritarios incorporados en todo, a creer que la obediencia es una virtud. Erigid una cultura que induzca a pensar así y surgirá un sombrío psicópata en lo alto ordenando cosas insensatas y gente respondiendo “debo acatar órdenes, debo obedecer la ley, debo hacer lo que se me manda porque es una virtud”, y entonces se pondrán en marcha y harán cosas terribles.


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16 abr 2015

¿QUÉ ES SER ESCÉPTICO?


Cada hombre es una criatura de la época en que vive; unos pocos son capaces de elevarse por encima de las ideas de su tiempo.
Voltaire
Los escépticos hemos ido creciendo en número. Incluso muchos católicos son escépticos que no pueden cambiar el troquelado que sufrieron en la infancia, pero que viven sus vidas practicando el escepticismo. Sin dudas, creer para obedecer ha sido un aspecto fundamental en la formación de las sociedades organizadas. Cuando se piensa en la construcción de las pirámides de Giza resulta evidente que los seres humanos deben creer ciegamente en el poder de un jefe para ser capaces de obedecerle, hasta el punto de actuar como hormigas y con el sudor de sus frentes montar piedra sobre piedra hasta formar la gran termita o pirámide.
Ser escépticos, ¿será una condición genética? No se sabe, pero se sospecha que la química cerebral influye. En su libro The Believing Brain, Michael Shermer (Times Books, Nueva York, 2011) explica el cerebro como una máquina de creencias que recoge información por medio de los sentidos; información flotante en la realidad, en el mundo externo, y lo hace en forma de patrones a los que luego les dan significado. Cuenta como los creyentes tienden a encontrar más sentidos en patrones o en configuraciones que son solo ruido, mientras que los escépticos no lo hacen. La psicóloga experimental Susan Blackmore descubrió que la gente que cree en la percepción extrasensorial tiende a ver en conjuntos de datos sin sentido evidencia de lo paranormal. La cantidad de dopamina en el cerebro también influye en su funcionamiento: más dopamina, mayor capacidad de creer en cualquier cosa; así lo descubrieron Peter Brugger y su colega Christine Mohr. Cuando trataban de conocer la neuroquímica de la superstición y del pensamiento mágico notaron que las personas con altos niveles de dopamina eran más propensas a encontrar significado en las coincidencias y a ver patrones con sentido donde adrede había desorden de imágenes o letras.
Para ser escéptico sin tener un cerebro escéptico es necesario haberse criado en una familia escéptica. Los sicólogos saben que la infancia es una época en la cual somos como de plastilina; las creencias, el idioma, la forma de vivir, el afecto y muchas otras cosas como el partido político se fijan de manera casi que indeleble según las enseñanzas recibidas. Además quedamos ciegos para ver ventajas claras en otros mundos diferentes del nuestro.
Definamos qué es ser un escéptico. En palabras sencillas, escéptico es ese que no come cuento, que no cree que la información que recibe sea verdadera solo porque esté escrita en un libro o la diga alguien importante. Se repite una y otra vez la frase: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero; y no acepta la veracidad de un hecho simplemente porque “así esté escrito”. En el mundo contemporáneo, en el que todo comienza a estar en internet, en el que nos movemos de un blog o de un artículo a otro sin conocer las credenciales de sus autores, sí que es verdad que la información falsa se mezcla con la verdadera. También hay creencias que están en el mundo de lo probable, de las cuales no hay seguridad completa. El escéptico no cree en las palabras de su amigo porque sea su amigo; recibe la información pero con filtro, el de la duda. El escéptico es un enamorado de la búsqueda de la verdad, y para encontrarla pone en ejercicio ciertas reglas y comandos mentales. El primero es desconfiar de la “Tradición”, la “Autoridad” y la “Revelación”.
Creer por tradición es creer por el mero hecho de que otros han creído y desde hace tiempos. Un día la tierra dejó de ser plana y la evidencia fue tal que la tradición se tuvo que corregir. Adán y Eva han dejado de ser dos humanos para convertirse en una metáfora, por la misma razón. Con Juan Pablo II, el infierno, ese lugar terrorífico, siempre en llamas, se convirtió en el rechazo o alejamiento definitivo de Dios. Creerle a Juan Pablo II o al que sea sobre el infierno o sobre el paraíso es creerle a la autoridad, es creer sin ninguna demostración. Las sensaciones interiores mías o tuyas tampoco importan, pues muchas causas pueden tener, por lo que pueden a veces resultar verdaderas o falsas; así que una revelación, sin que importe de quien provenga, jamás aportará eso que el escéptico llama prueba.
La intuición para el escéptico es reconocimiento. No estás consciente de todos los datos que posees, pero tienes buenas indicaciones. Por ejemplo, intuyes que tu pareja te ama porque reconoces muchos pequeños actos como formas de amor. No hay nada mágico, hay reconocimiento. Para fiarnos de una intuición buscamos datos que la corroboren. Una amiga mía escéptica rompió relaciones con su pareja. Él alegaba que la amaba, pero siempre estaba muy ocupado y nunca tenía tiempo para verla, llamarla ni visitarla. Ella prefirió creer en los hechos y no en la “verdad” que él sostenía.
Por nuestra propia experiencia es probable que nunca tendremos evidencia de la existencia de los átomos, de los electrones o de que la luz viaja a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, pero se puede investigar qué pruebas existen a favor, o realizar los experimentos pertinentes, y entonces confiamos en ellas. Confiamos en que las razones que sustentan esas creencias son buenas y no provienen de ideas heredadas por mera tradición. Confiamos en los experimentos que otros han realizado, después de ver los resultados. Nos preparamos, el día del eclipse de sol, con instrumentos para observarlo (predicción de astrónomos), pero no lo hacemos el día del fin del mundo, según las predicciones de los Mayas.
La ciencia, como camino para buscar ideas confiables, parecería una elección con la misma validez de cualquier otra; sin embargo, presenta una sustancial diferencia en sus métodos y resultados. La ciencia no depende de la tradición ni del estatus de la persona que hace la afirmación; no, de hecho está siempre renovándose, ajustándose a los nuevos experimentos y nuevas confirmaciones, demostraciones o falseamientos de sus hipótesis. El escéptico puede no ser un científico pero confía en los métodos de la ciencia.
A los escépticos, rebeldes de pensamiento, debemos las grandes teorías: Newton olvidó lo que lo que griegos antiguos decían sobre el universo y sus leyes; Einstein negó muchas cosa que decía Newton y sus contemporáneos. Los creadores de la mecánica cuántica, Planck, Shröedinger y Heisenberg desafiaron las verdades de sus antecesores. La ciencia, las verdades de la ciencia, según Karl Popper, están siempre en periodo de prueba, a la espera de su refutación o cambio. Lo que se cree por fe no se puede discutir, renovar ni cambiar.
El escéptico primero observa cuidadosamente con el objetivo de buscar, de identificar un problema, un asunto, una verdad, un patrón; después, ya identificado el asunto, recopila evidencias que comprueben o refuten sus hipótesis, generaliza, promedia, deduce. La observación no es siempre visual, es también estadística o de observación de otros sucesos similares e igualmente obedece a una lógica. Luego, busca hallar confirmación a las predicciones que resultarían de su hipótesis y la coherencia entre resultados y predicciones. Tú aseguras que lees la mente, le dice un entrevistador al supuesto hombre portador de especiales poderes; luego, le da una cachetada y le dice ¿por qué no previste que yo haría esto? Es un chiste, un video de esos que circulan por Internet, pero comprueba con crueldad la falsedad del charlatán. Nunca hemos visto un hombre calvo que haya recuperado su melena después de usar los cientos de productos que se ofrecen para la caída del cabello. Es muy probable, piensa el escéptico, que tal producto no exista todavía. Lo mismo se aplica a aquellos que sirven para quitar las arrugas o la celulitis, ah, o a los que sirven para adelgazar, ¡ya se sabría!
El escéptico desconfía de las malas observaciones, su pensamiento es siempre crítico. Muchas personas alegan haber visto ovnis o brujas o fantasmas. Cuentan sus historias con seriedad, y muchos no mienten. Como el cerebro completa y construye y además bajo tensión o privación de estímulos inventa, el escéptico ve, en la narración, los huecos, resanados con el “deseo” o con el “miedo”.
El escéptico sabe que la baja probabilidad de que un evento ocurra no excluye la posibilidad de que ocurra. Los eventos improbables a lo largo de la vida se vuelven probables. La contingencia en las relaciones de causa y efecto pueden hacerlas muy difíciles de encontrar, lo que es bueno en una situación puede ser desastroso en otra. Equivocase es muy fácil, los expertos también se equivocan porque el mundo es complejo.
Ser escéptico es un ejercicio de la razón, es un ejercicio de control de las emociones. Es practicar el hábito de cuestionarse si lo que se está haciendo es bueno y si lo que se cree es confiable. Es obligarse a cambiar de creencia cuando la evidencia contradice la hipótesis. Es tener la disciplina de investigar y de dar prioridad a lo que es verdad sobre lo que queremos que sea verdad. Que no sea uno mismo el primero en decirse la mentira deseada.
El escéptico no puede enseñar a sus hijos en qué deben creer sino cómo deben pensar. Los beneficios son muchos. El beneficio más grande del conocimiento no es saber sobre algo que ya pasó sino poder predecir lo que todavía no ha ocurrido. En un mundo tan lleno de incertidumbre, saber qué va a pasar después, qué consecuencias tiene una acción, otorga ventajas significativas al que puede hacerlo. Todos lo hacemos naturalmente, esas son las ventajas del conocimiento, y todos aprendemos, pero el conocimiento basado en la evidencia se equivoca menos en su capacidad de predecir.
Si un conocimiento no se puede verificar no es útil. Suponga que le han dicho una frase secreta que debe repetir cien veces cada día. Le aseguran que después de hacerlo bajará de peso. Ahora, se repite el experimento, pero le aseguran que usted, en vez de bajar de peso, va a ganar seguridad en sí mismo. Entonces el probando pregunta cómo va a saber si ha ganado seguridad en sí mismo. La respuesta es vaga, algo así como: no, usted va a sentirse más seguro. En el primer caso, solo se necesita la balanza para comprobarlo; en el segundo, no se han entregado puntos claros para calificar, que demuestren la ganancia en seguridad. El escéptico experimenta con efectos que se puedan medir. Por ejemplo, toma medicinas cuya eficacia haya sido comprobada, y cuando no nota mejoría averigua, y si nada ocurre las suspende.
El escéptico cae menos frecuentemente en el engaño. El hábitat humano ya no es la naturaleza, son las ciudades, pero sobre todo es y han sido los otros humanos, el nicho social. En esa interacción social, que es muy compleja, las ventajas de ser escépticos son muchas: sirve para crear relaciones directas, claras y equitativas, también para evitar el engaño de embaucadores, y los hay por millones. Los escépticos ahorran mucha plata: no consultan adivinos, no compran brazaletes con poderes, no acuden a las medicinas alternativas ni al psicoanálisis, no atienden los anuncios de productos cuasi fantásticos para cortar cebolla, apio o repollo. Ser escépticos nos hace más sanos y más felices, pues somos conscientes cada día de la maravilla que es la vida, de la oportunidad única que es haber nacido; recordamos que una vez se termina no hay más.
El escéptico no se agacha ante la “autoridad”, su sentido de la dignidad es mayor. No está dispuesto a hacer genuflexiones ni a adorar a nadie ni a nada: budas, estatuillas de la virgen, libros sagrados, presidentes. Trata de hacer juicios imparciales sobre los demás. Como ve el mundo sin la oscura lente de las ideologías, los demonios se esfuman con los espíritus de toda índole. Sin ideologías, la mujer gana los derechos que fueron exclusivos del hombre. No obedecemos al marido ni nos quedamos casadas para siempre, cuando somos infelices en el matrimonio, evitamos los hijos, si así lo deseamos y de ser necesario abortamos. No encontramos ninguna razón que justifique perder la libertad de elegir una pareja del mismo sexo.
El escéptico no tiene que privarse de trabajar el Sabah o el domingo, puede comer carne el viernes porque no hay días santos, y morcilla confeccionada con sangre de animales, o peces con escamas y sin ellas y sin pasar por las manos de un rabino. Hace sacrificios que redunden en el bienestar de los demás, pero no sacrificios absurdos. La oración y el ayuno son tipos de soborno que se hace a las divinidades.
El escéptico no puede responderse todas las inquietudes ni preguntas, claro que no, pero tampoco está dispuesto a aceptar cualquier respuesta. Acepta la idea de que no hay manera de encontrar buenas explicaciones a todos los acontecimientos del mundo, pero se maravilla de lo desafiante que puede ser la búsqueda de la verdad y de las gratificaciones que trae ser escéptico.

Por: Ana Cristina Vélez


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23 mar 2015

¿Por qué dejamos de hacer preguntas?


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¿Quién no se ha visto sorprendido alguna vez por una pregunta aguda de un niño?, de esas que se hacen a su vez preguntarte, ¿cómo no se me había ocurrido esa pregunta? La curiosidad, el afán de conocimiento es algo innato a nuestra especie y se pone más de manifiesto en la niñez. Es esa época de la vida en la que se absorben datos y experiencias como una esponja. Es en esa etapa cuando se hacen preguntas cruciales. Dudas como ¿por qué vemos el cielo azul o por qué las plantas son verdes y no de otro color? pueden parecer ingenuas, pero son muy complicadas de responder. De hecho en su respuesta están algunas de las claves que ayudan a entender la biofísica de la naturaleza.
Sin embargo cuando nos hacemos adultos esa curiosidad innata parece desaparecer en muchas personas. La mayoría deja de preguntar con ese afán. Ya sea por timidez o por una falsa seguridad, la adolescencia hace que la curiosidad en lo que nos rodea disminuya. Pasear con un niño por el campo o por un museo implica un bombardeo constante de cuestiones de todo tipo. Sin embargo, con individuos adultos la cosa cambia. Lo incomprendido sigue ahí: minerales, animales, plantas, estrellas, nubes, estatuas, civilizaciones; todo eso que ni el más experto conoce completamente. Sin embargo, son los niños los que señalan hacia lo desconocido con más afán.
La duda es la base del conocimiento, cada dato que conocemos ha venido precedido de una pregunta. De hecho los grandes genios no sólo se caracterizan por mirar más allá y encontrar soluciones geniales, sino por plantearse preguntas que nadie se había hecho antes. En cierto sentido los genios siguen acompañados de ese niño que hace preguntas impertinentes, esa cuestión que parece no tener respuesta.
Pienso que un aspecto importante que debe cuidar la educación es el de la duda, estimular la capacidad de hacer preguntas y, con el tiempo, ir enseñando los mecanismos para encontrar respuestas a las mismas. O estimularles a que ellos mismos creen los caminos para encontrar las respuestas. Hay preguntas para los que no conocemos la respuesta, incluso estamos tan lejos que ni siquiera sabemos cuál es el camino para obtenerla. Inventar primero ese camino es la forma de alcanzarla. ¿Y cómo se llega a esa estimulación? Mirando a los clásicos, contemplando qué aspectos cuidaban en su educación. Los griegos plantearon campos multidisciplinares, enseñando a la vez matemáticas y filosofía, ciencias naturales e historia, literatura y arte. Realizando una educación integral. Todo ello moldea el cerebro, sin cerrarlo a ningún campo del saber. ¿Ciencias o letras?: ciencias y letras. Llenos de contenidos y de estímulos para que aprendan las herramientas para plantear dudas y buscar las respuestas.
Los nuevos planes de estudio indican que se va a ir por otro camino: preferencia por lo utilitario y las aplicaciones de las diferentes disciplinas. Se olvida el propio saber y su razón del ser: el pensamiento y la duda, algo que nos distingue a los humanos del resto de organismos de la biosfera. Pero ahora quiere prevalecer el rédito y la aplicación. Da la sensación de que sólo aquello que se puede aplicar y da dinero tiene cabida. Me acuden a la mente nombres como Newton, Galileo, Copérnico, Darwin, Einstein. Cambiaron el mundo con sus descubrimientos, cambiaron mucho más que eso, cambiaron la imagen que tenemos de nosotros mismos y de nuestro entorno. Fueron revolucionarios. No buscaban aplicaciones, sólo conocimiento, desentrañar los misterios del cosmos. Y no estaban encasillados en sus disciplinas, también estaban interesados en el arte, la literatura: pintaban, tocaban algún instrumento, se extasiaban ante una gran obra musical, escribieron libros. La formación artística, lejos de ser un estorbo como algún ministro de educación ha perpetrado manifestado, es un complemento más de esa cultura en la que hay que introducir al alumno. Todo ello parece pasado de moda, y sólo lo aplicado interesa. Confío en que al menos algunos jóvenes sigan siendo curiosos, que levanten los ojos de su tablet cuando estén en el campo y se pregunten por qué hay personas que siempre están sanas, mientras otras enferman continuamente o dónde apareció el primer organismo vivo en la Tierra. Preguntas que parecen ingenuas, pero cuyas respuestas revolucionarían la ciencia.

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8 mar 2015

Qué es un debate y cómo debatir




Debatir racionalmente es una excelente forma de aprender cosas nuevas, pero día a día nos encontramos con personas que no están dispuestas a debatir, sino que están convencidas de que lo que saben es cierto, y no aceptarán nunca cambiar de opinión.

Muchas veces estas personas somos nosotros mismos, y no nos damos cuenta que el debate no va a llevar a nada útil y que es una pérdida de tiempo total. También puede pasar que además de ser una pérdida de tiempo se transforme en una pelea personal, en la que está en juego el orgullo de cada uno.

Si queremos que nuestros debates y discusiones sean provechosos, debemos saber cómo hacerlo correctamente, con ciertas reglas que están universalmente aceptadas y que sí, también se pueden cuestionar, pero han demostrado ser las más eficientes. En muchas ocasiones, cuando se debate con una persona que sostiene una postura religiosa o pseudocientífica, es probable que el debate esté condenado desde el principio, porque las dos partes prácticamente hablan en distintos idiomas.

Cuando estamos convencidos de una idea, creemos que tenemos los fundamentos suficientes, y que estaríamos dispuestos a cambiar de opinión si la otra persona nos muestra una cantidad de pruebas suficientes de que está en lo correcto, podemos hacerle saber cuáles son los requisitos para proceder con el mismo, antes que se vuelva una lucha de orgullos.

José María Mateos tradujo el siguiente diagrama publicado en el blog escéptico Pharyngula, es realmente útil para aclararnos muchas cosas, y para explicar el tema a otras personas. Se relaciona mucho con la importancia de no caer en muchas falacias lógicas.



Clic en la imagen para verla en tamaño original


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