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23 ene 2018

¿Cómo usas tu poder?


¿Cómo usas tu poder?, ¿cómo consigues lo que quieres/deseas/necesitas de los demás?, ¿cómo te sientes cuando no lo logras?, ¿cuales son tus estrategias para persuadir a tu gente conocida, ¿y a la desconocida?, ¿te impones siempre, cedes mucho, o sientes que hay un equilibrio entre tus intereses y los de los demás?, ¿ejerces el poder desde la dominación o la sumisión?, ¿quién te domina/explota/oprime y a quienes oprimes y explotas tú?, ¿cómo usas tu poder en tus relaciones de pareja?, ¿cómo te lo trabajas?

 Reflexionando sobre cómo usamos nuestro poder, cómo lo regalamos, cómo lo ocultamos, cómo lo ejercemos sobre los demás, cómo nos posicionamos en la jerarquía del patriarcado y el capitalismo, y cómo podríamos transformar el concepto de poder para transformar el mundo que habitamos.

Nuestra forma de organizarnos es piramidal: arriba unos pocos, abajo las grandes mayorías. Todos ocupamos una posición determinada en una jerarquía en las que tenemos gente arriba y abajo. En la cúspide de la pirámide están los pocos hombres blancos y occidentales que acumulan el 80% de la riqueza en el mundo, y en el escalón más bajo está la anciana lesbiana negra o indígena, pobre y del mundo rural, discapacitada o enferma. Arriba los más privilegiados, abajo los nadie. Abajo del todo, la masa de mujeres pobres que viven por debajo de los hombres más pobres del planeta.

En cualquiera de las posiciones en las que estamos ejercemos nuestro poder para evitar que abusen de nosotros, pero también para abusar de los demás. Cada uno de nosotros tiene sus intereses, sus necesidades, sus apetencias, sus proyectos, su visión de mundo, y casi siempre chocan entre sí. Las relaciones humanas son tan conflictivas porque funcionan bajo la estructura de la dominación y la sumisión: desde ambas posiciones ejercemos nuestro poder, y a menudo esto significa entrar en batalla y que una de las dos personas gane sobre la otra.

Desde que nacemos vivimos inmersos en luchas de poder. Ya desde bebés tenemos que utilizar estrategias para pedir amor, alimento, calor, que nos cambien el pañal, que nos quiten el miedo, que nos presten atención. Algunos humanos adultos desprecian esta capacidad para manipular que tienen los bebés, porque sienten que son pequeños tiranos que tienen que sufrir y pasarlo mal para aprender a sobrevivir. Por eso se insiste tanto en que los niños tienen que ser disciplinados y mutilados para que crezcan y no sean malcriados (niños que reciben "demasiado" amor), que no se rebelen cuando reciben órdenes, que se conformen con lo que hay, que no se acostumbren a los brazos, al amor y a las caricias, que se callen y no hagan ruido, que no lloren, que no den la lata. Por eso los niños que no lloran y no piden cosas son "buenos", y los niños que se comunican y se expresan para conseguir lo que necesitan, se les llama "malos". Un bebé es malo si llora porque su objetivo es joderte. Hay gente a la que ni se les pasa por la cabeza que lo hacen para comunicar que se sienten mal o necesitan algo. Por eso hay mucha gente que no les atiende ni les consuela: "es que le viene bien para ensanchar pulmones", que en realidad quiere decir: "que se joda y se acostumbre que la vida es dura".

También los animales están sometidos a la crueldad de los seres humanos adultos: ellos son los más débiles, los que soportan patadas, malos tratos, hambre y sed, dolor, soledad obligada. Destrozamos su hábitat natural para construir hidroeléctricas o minas, para extraer petróleo, para obtener materia prima de los bosques y las selvas. Los secuestramos, los domesticamos, los exhibimos, los compramos, los vendemos, los regalamos, los explotamos para que trabajen para nosotros, los ponemos a pelear a muerte para divertirnos, los explotamos reproductivamente para ganar dinero con sus bebés, los abandonamos en cualquier sitio cuando nos aburrimos, o los mandamos a dormir cuando molestan mucho, y no nos sentimos culpables porque los animales son "cosas", propiedades con las que puedes hacer lo que quieras porque su vida no vale nada.

A los humanos nos encanta ejercer el poder, tener la razón, resolver los conflictos a favor nuestra siempre, ganar todas las batallas, demostrar quién manda. Nos encanta que nos admiren, nos teman, o nos obedezcan. Nos encanta que nos idolatren, que los demás se relacionen de rodillas con nosotros, que todo gire en torno a nosotros. No nos importa acumular riqueza mientras la mitad del planeta pasa hambre, sólo pensamos en nuestro interés, y no somos capaces de pensar en el bien común. Por eso hacemos la guerra y masacramos poblaciones enteras con bombas, por eso nos hacemos la guerra dentro de las familias y las comunidades, y por eso también nos hacemos la guerra a nosotros mismos.

Estas luchas de poder nos quitan la mayor parte del tiempo y las energías que tenemos. Hacemos la guerra entre madres e hijas, padres e hijas, hermanos, compañeros del cole y del trabajo, y por supuesto, con la pareja. También batallamos contra el vecino que pone la música muy alta un sábado a las 7 de la mañana, contra el policía que quiere multarte, contra el teleoperador de la empresa de telefonía de la cual quieres darte de baja, contra el banco que nos ha cobrado de más, contra el casero que no te arregla una gotera.

Batallas contra tu abuela porque no le da la gana tomarse la pastilla de la tensión, contra tu hija porque no ha hecho los deberes, contra tu madre porque le ha dado chocolate a tu hijo y estaba castigado, contra tu jefa porque llevas un año pidiéndole un aumento de sueldo, contra tu hermana porque insiste en meter a la abuela a una residencia, contra tu compañero de trabajo que te tiene envidia y está siempre criticándote, contra tu marido porque se pasa toda la tarde en el gimnasio, contra tu ex porque quiere llevarse a la niña en Nochebuena, contra tu suegra porque les pone la televisión a los niños miles de horas.

En algunos casos ganan las mujeres  las luchas de poder, en otros casos ganan los demás. Unos utilizan el juego sucio, otros batallan con las mínimas dosis de ética, empatía, generosidad y solidaridad que se requiere para que una relación funcione. No nos es fácil conseguirlo porque desde la infancia nos enseñan a relacionarnos en la competición constante entre nosotros para ver quién saca mejores notas, quién es más listo, quién corre más, quién mete más goles, quién es más guapo/a, quién es más valiente, quién es más sexy, quién es más poderoso. Es fácil verlo en los colegios: las posiciones más altas de cualquier grupo siempre están ocupadas por dos o tres personas, da igual que tengan 9 años: a esas edades ya tienen muy claras las jerarquías.

Lo mismo sucede cuando estamos en pareja. Desde el momento en que definimos el modelo de relación que queremos tener y pactamos normas de convivencia, ya estamos interaccionando, construyendo un vínculo, negociando para que ambos miembros estén contentos con los pactos alcanzados. Todo va bien cuando ambos coincidimos en el tipo de relación que queremos (pareja de amor total y oficial, amigos con derecho a roce, amantes clandestinos, etc), pero si uno quiere una cosa y la otra persona quiere otra, empiezan los problemas.

A los humanos enamorados nos cuesta pensar con claridad, no sólo porque estamos con la borrachera del enamoramiento que nos coloca a todos en las nubes, sino porque hemos interiorizado muchos de los mitos que nos hacen creer que el amor es perfecto, eterno, y maravilloso. A veces nos pasa que preferimos creer que en algún momento el milagro del amor romántico nos pondrá a los dos en el mismo nivel, nos amaremos con la misma intensidad y al mismo ritmo, nos acoplaremos a la perfección, tendremos los mismos intereses y necesidades, trabajaremos en equipo para ser felices.

Lo más práctico sería ser realista y ponerse a pensar: si la otra persona no se enamora de tí, si no quiere el mismo tipo de relación, si te pone barreras porque no sabe disfrutar del amor, si le da pereza, si es un mutilado emocional, si no le apetece comprometerse, si no siente la borrachera del enamoramiento...lo mejor es dejarlo. Pero lo que hacemos es quedarnos y empeñarnos en que funcione la cosa y llegue a donde nosotras/os queremos que llegue.Y ahí ejercemos nuestro poder sobre el otro, cuando exigimos o mendigamos amor.

Las mujeres hemos sido educadas para someter al amado con nuestras artes de seducción y con victimismo. Los hombres han sido educados para someter a la amada utilizando sus encantos y su poder patriarcal, su capacidad para dominar e imponerse, su fuerza física y su violencia.

Así las cosas es bien complicado relacionarse desde el compañerismo: todas nuestras relaciones están basadas en la estructura hegeliana del amo y el esclavo. Unos mandan, otros obedecen. Pero siempre estamos en movimiento y haciendo las dos cosas: mandamos y obedecemos, damos y recibimos,  vamos alternando según el contexto en el que batallamos.

En las relaciones igualitarias también hay luchas de poder. Hay gente que las saca a la luz, que habla de ellas, que bromea con ellas, que se las trabaja. Pero la mayor parte de la gente no logra hablar de sus batallas y reflexionar sobre ellas. Simplemente se enfocan en lograr lo que necesitan utilizando los medios que hagan falta para lograr los fines.

Y en esto se basa un poco la dinámica de nuestra sociedad: en andar batallando unos contra otros en lugar de cooperar y colaborar para que a todos nos vaya bien. Mientras sigamos dentro de las estructuras de la jerarquía patriarcal y capitalista, seguiremos unos arriba y otros abajo, alternando posiciones según el momento del día: en el lapso de 24 horas podemos ser empleados sometidos, y reyes de nuestro hogar, podemos ocupar posiciones directivas en un sindicato, y podemos estar sometidos al poder de un padre tiránico. Así es el poder, nos contaba Foucault: un mecanismo de ida y vuelta en el que nos movemos y cambiamos de posición constantemente.

Otras formas de ejercer el poder son posibles. Es cierto que unos usan su poder de forma autoritaria, absolutista, y fascista, pero también es verdad que muchos otros usan su poder para la lucha por un mundo mejor. Unos usan su poder para acumular más poder, más recursos, más mujeres, más dinero. Otros usan su poder para ayudar a los demás. No todas las estrategias valen: no las que se utilizan para engañar, coaccionar, manipular a los demás. No las que hacen daño, ni las que se hacen con afán vengativo o destructivo. Vivimos en un mundo violento porque la mayor parte de nosotros sólo sabe ejercer su poder utilizando la violencia física, emocional, sexual, psicológica, económica.

Nos cuesta mucho verlo porque todos nos creemos que somos buenas personas, que llevamos la razón, que nos merecemos lo que obtenemos en nuestras luchas de poder. Y no solemos pararnos a pensar si realmente estamos siendo buenas personas, o si estamos haciendo daño a los demás. Y esta es la clave para pensar la ética del poder: ¿cómo podríamos ejercer el poder sin violencia?


¿Cuales son tus estrategias? 

Algunas de las estrategias que utilizamos para conseguir de los demás lo que necesitamos/deseamos/queremos son:

- Coacción: obligar a la otra persona o chantajearla. Por ejemplo, presionar e intimidar a alguien para que deje de hablar con su ex, para que te preste dinero, para que te conceda una cita, para quedarte con más dinero de la herencia, para que recoja su habitación, para que tenga sexo contigo, para que se enemiste con su familia, para que te diga en todo momento donde está y qué está haciendo.

- Manipulación perversa: engañar, mentir, machacar la autoestima, confundir a la otra persona para que cambie de opinión, para que haga lo que quieres, para controlarla, para someterla, para manejarla según te convenga. Por ejemplo: amigas que quieren enemistarte con otra amiga y utilizan mentiras para hacerte creer que ella no te quiere y habla mal de ti. Contar una historia con partes inventadas para que los demás se compadezcan de ti y culpabilicen a la otra persona.

- Victimismo: chantajear emocionalmente, amenazar, arrojar toneladas de reproches y acusaciones, montar tragedias y dramas para hacer sentir culpable, o hacer sentir mala persona a la que no hace lo que tú quiere o no te da lo que tú necesitas. Es un arte de dominación que se ejerce desde la sumisión: el victimista quiere dar pena y se exime de toda responsabilidad sobre sus actos y sus sentimientos para que tú te sientas responsable de su bienestar, de su salud, y de su felicidad. En los casos más extremos los victimistas se auto-lesionan y amenazan repetidas veces con "suicidarse". Son violentos y egoístas, pero con sus llantos y sus dramas se colocan en la posición del ser débil que necesita protección, mimos, cuidados, recursos, y lo que haga falta. Lloran, reprochan, patalean, hacen berrinche para que tú no les lleves la contraria, para que les quieras como ellos quieren, para que estés siempre atenta a sus necesidades y apetencias.

- Inacción: no hacer nada para ganar una batalla en la que se te pide que hagas algo, que cambies algo, que des algo. Por ejemplo: que te pidan un favor y tú digas que sí sabiendo que no vas a hacerlo. O hacer esperar a alguien a ver si se harta o se le olvida, o renuncia a sus propósitos. O no contestar cuando se dirigen a ti haciendo como que no te das por aludido.

- Seducción: utilizar tus encantos para despertar su deseo. Pedir las cosas con una sonrisa, con amabilidad, con buenas vibras, con alegría. Hacer reír a la otra persona, hacerle sentir especial. Por ejemplo: que se enamore de ti, que te de su juguete que tanto gusta, que te haga mimos, que te de de comer, que te hagan regalos, que te dejen salir de fiesta con tus amigas en la adolescencia, que te suban el sueldo, que te concedan una cita, que te den una beca para poder estudiar, que te den ese puesto de trabajo, que te firmen ese papel, que te perdonen una infracción.

- Negociación: utilizar la asertividad para comunicar lo que queremos o lo que necesitamos. Hablamos desde nosotras mismas, de cómo nos sentimos, de cómo vemos la situación, sin utilizar el juego sucio: ni chantajes, ni mentiras, ni amenazas, ni tratar de meter miedo, ni tratar de dominar al otro con estrategias ocultas. Se trata de parar la batalla para sentarse a hablar evitando el victimismo, las coacciones, la violencia, o la manipulación. Es una conversación que se realiza en horizontal, de tú a tú, con el corazón abierto, y en estado de escucha activa y afectiva. Cuando logramos hablar así, escuchando amorosamente, hablando con sinceridad y cuidando a la otra persona sin dejar de cuidarnos a nosotras mismas, entonces es posible pactar, ceder en algunas cosas, que la otra persona ceda en otras, que nadie salga perjudicado, y que ambas personas se queden lo más contentas posibles con los acuerdos alcanzados.


¿Cómo trabajar mi poder?

Yo me trabajo mi poder desde hace años, cuando empecé a leer sobre feminismo. He utilizado todas las estrategias explicadas anteriormente, y por eso me trabajo la asertividad, la empatía, la solidaridad con la gente con la que batallo, tanto con las personas que quiero como con las desconocidas. Mi objetivo es aprender a comunicarme mejor, a decir lo que siento, a ejercer mi poder desde una posición amorosa. Quiero llevar la teoría feminista a la práctica, a mi día a día, y así poder aprender a relacionarme en igualdad, desde el respeto y la empatía. Quiero transformar la manera en la que construyo y vivo mis relaciones con los demás, y aportar en la transformación política, económica, social, sexual y emocional del mundo en el que vivimos.

Lo personal es político y lo romántico es político: hay que trabajarse mucho el poder, individual y colectivamente. Si queremos acabar con las jerarquías que nos sitúan a unos encima de otros y que generan tanta desigualdad, discriminación, explotación, y violencia, tenemos que cambiar el concepto de poder, y utilizarlo para el bien común. Para acabar con el odio hacia el otro, para dejar de construir enemigos, para parar las guerras tenemos que repensar la forma en la que nos relacionamos sexual, afectiva, sentimentalmente. Transformar el modo de organizarnos política, social y económicamente, para que unos pocos no se queden con todo. Pensar entre todos qué tipo de familias y comunidades afectivas queremos, qué tipo de parejas queremos construir, cómo podríamos vivir mejor todos, cómo podríamos distribuir los recursos equitativamente.

Yo me lo trabajo con esta sencilla pregunta: ¿cómo podría yo hacer para que mi poder no perjudique, no someta, no abuse, no apague la luz de las personas con las que me relaciono?

Lo primero es analizarse a uno mismo para entender cuales son los privilegios que tenemos, cómo los usamos, cómo nos aplastan los privilegios de los que están arriba, cómo aplastamos nosotras a los que están abajo. Es un trabajo que requiere mucha honestidad, y mucha autocrítica amorosa. Se trata de ver cómo dominamos y cómo nos sometemos, cómo luchamos por conseguir nuestros objetivos y nuestras metas, y ver si estoy haciendo daño a los demás, o si me estoy haciendo daño a mí misma.

Se trata de ser honesto: ¿me estoy resignando, me estoy imponiendo, me estoy sintiendo humillado, me siento poderoso, me estoy dejando explotar, me estoy dejando tratar mal, estoy yo tratando mal a la otra persona?

Y sobre todo, pensar constantemente en qué ocurre cuando ganamos una lucha de poder, cómo afecta a los demás que yo consiga lo que necesito o lo que quiero. Si podría yo contribuir a que nos vaya bien a todos, no sólo a mí.


Otras cuantas preguntas para trabajarnos el tema del poder y el amor:

¿Cómo puedo trabajarme el Ego para dejar de necesitar la admiración de los demás, para abandonar esa obsesión por ser importante, por ser especial, por ser necesaria?, ¿cómo puedo valorarme a mi mismo sin necesitar constantemente el reconocimiento de los demás?, ¿por qué creo que me da valor tener pareja?, ¿por qué mi Ego y mi autoestima se hunden si no tengo pareja?

¿Cómo construir relaciones más bonitas, más sanas, más equilibradas, más honestas?. ¿Cómo amar y querer de forma desinteresada, con toda la generosidad del mundo?, ¿cómo cuidar a la otra persona y cuidarme yo durante las luchas de poder?, ¿cómo elimino la necesidad de control y dominio sobre la persona que amo?, ¿desde qué posición pacto los términos de mis relaciones sexoafectivas, me pongo sumisa o dominante, me pongo victimista o agresiva?, ¿cómo negocio esos pactos sin que nadie tenga que ceder en todo?, ¿cómo alcanzar autonomía para relacionarme desde la libertad, y no desde la necesidad?

¿Soy honesto/a con mi pareja?, ¿y conmigo misma?, ¿cómo me relaciono con la culpabilidad: la que se crea en mi y la que creo en los demás? ¿Soy capaz de aceptar al otro tal y como es, o mi secreto deseo es cambiarlo para que sea como quiero?, ¿cuáles son mis límites y los de la otra persona?, ¿son compatibles nuestras particulares apetencias y gustos sobre el sexo y el amor?,

¿Cómo relacionarme en un plano horizontal con mis parejas?, ¿cómo amar y defender mi poder?, ¿cómo me relaciono con el poder del otro o la otra?, ¿cómo hago para seguir siendo yo aunque me enamore locamente?, ¿cómo hago para no ponerme en un altar o no ponerme de rodillas a la hora de relacionarme con mi pareja?, ¿cómo hago para no machacar la autoestima de la otra persona?, ¿cómo amo y defiendo mi libertad, y la de mi pareja?,

¿Qué pasa si dejo de ganar siempre en todos los sitios y con todo el mundo?, ¿qué ocurre si me harto de someterme a los demás para que me usen como alfombra?,

¿Cómo me siento cuando no me aman como quiero/como sueño/como necesito?, ¿cómo me siento cuando la otra persona me ama ciega e incondicionalmente, y yo no siento lo mismo?, ¿me siento responsable del bienestar y la felicidad de tu pareja?, ¿hago responsable al otro de mi bienestar y mi felicidad, o soy yo la que asumo mi cuido personal?,

La pregunta más importante para mí es la que se centra en el placer, en el disfrute, en la alegría de vivir: ¿cómo utilizar mi poder para que me haga la vida más bonita a mí y a la gente a mi alrededor?


Coral Herrera Gómez


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12 jul 2016

La estupidez del nacionalismo

El nacionalismo es una posición irracional, discriminatoria, insostenible y caprichosa. Todos los nacionalismos. Inevitablemente, al subrayar diferencias artificiales y separar esfuerzos en la lucha por una sociedad mejor, es indefectiblemente reaccionario y regresivo, sin importar cómo se disfrace.


Un tratamiento más amplio del tema en otra web, 


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9 may 2016

Narcisismo social


Me resulta familiar:
El narcisismo, en términos clínicos, debe considerarse como una patología del cuerpo que la vida social posmoderna tiende a fomentar. Y como trastorno de la personalidad tiene su origen en un fracaso de la confianza básica ocurrido en la infancia: el niño no logra reconocer satisfactoriamente la autonomía de su principal cuidador y se siente incapaz de establecer sus propios límites psíquicos, alternando los sentimientos de omnipotencia y los de vacío y desesperación. Si esos rasgos persisten en la edad adulta, configura un tipo de individuo dependiente de los suministros afectivos de los demás para mantener la autoestima y con dificultades para adecuarse a los riesgos de la vida actual. Tal prototipo es frecuente en la sociedad posmoderna, a lo que ha contribuido el aumento de los llamados «padres tóxicos», que tienden a rechazar las diferencias individuales de los hijos, desprotegiéndolos y haciéndolos por ello dependientes. Esos hijos serán luego narcisistas, para quienes lo más importante son ellos mismos, organizando sus vidas de un modo egocéntrico y hedonista. Tratan de expansionarse cuanto pueden, de disfrutar al máximo, de ser permanentemente jóvenes, estar sanos, ganar dinero y comprar mucho. Pero esto no les asegura la permanente autogratificación, pues el narcisismo se asienta sobre el debilitamiento o la pérdida de identidad del yo, que a menudo se siente invadido por una fuerte sensación de vacío. 
(...) Retraída socialmente, mucha gente está necesitada de intimidad, de una intimidad que, por otra parte, se ofrece entre muy diversas posibilidades. Los clubes de corazones solitarios, las citas registradas por Internet o las secciones de contactos en periódicos y revistas demuestran que es posible una elección plural para las relaciones íntimas, pero también que la incomunicación es un hecho.
(...) El individuo posmoderno trata de compensar la apatía y el vacío derivados del retraimiento social intensificando la esfera de lo privado, de lo personal, mirándose permanentemente el ombligo y buscando siempre la propia verdad. Cada cual se ocupa fundamentalmente de sí mismo y no se compromete fácilmente con nadie (...).
Todo el interés de un individuo gira en torno al presente inmediato: pretende mantenerse perpetuamente joven, no soporta el dolor ni la enfermedad, teme la vejez y niega la muerte. (...) Se siente libre y dueño de sí mismo, sin percatarse de que en realidad está sometido a una serie de imposiciones institucionales y a un sistema de modelos que le incita a la imitación y le inhibe la creatividad. De este modo, se va adecuando a un entorno fragmentario aunque cohesionado, empapándose del llamado narcisismo social. La lógica del mercado y la cultura de masas hacen que los individuos se ocupen sobre todo del consumo de productos flexibles y antagonizables, destruyendo sus pautas de sociabilidad y dispersándolos. Y los individuos se retraen sobre sí mismos, trabajando, relajándose, haciendo deporte, viajando sin objetivos definidos, oyendo música frenéticamente, buscando amor o sexo sin compromiso, consumiendo lo que sea.  

Enrique González Duro, 2005
El riesgo de vivir: las nuevas adicciones del siglo XXI.


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11 sept 2015

El efecto pigmalión

Pigmalión, escultor que vivía en la isla de Creta, esculpió una estatua tan perfecta y tan bella, que se enamoró de ella y rogo a los Dioses que le dieran vida y sensibilidad para poder hacerla su esposa. Apiadada de la pasión amorosa de Pigmalión, la Diosa Afrodita concedió su deseo dando vida a la estatua, una joven bellísima, de nombre Galatea, a cuya boda con Pigmalión se cuenta que asistió la propia Afrodita…

Este mito, partiendo de la capacidad de superación que mostró Pigmalión al realizar una escultura perfecta, ha sido empleado por psicólogos, sociólogos, empresarios y deportistas bajo el conocido como efecto Pigmalión para explicar el funcionamiento del comportamiento humano, especialmente para la determinación de lo que las personas pueden llegar a ser a través de la consecución de nuestros objetivos.
En relación con este mito, se presenta  la obra del Neurólogo Pedro Bermejo, Neuroeconomía Cómo piensan las empresas (Editorial Lid), en la que se trata sobre la repercusión del efecto Pigmalión en el mundo empresarial. La lectura de este libro, y especialmente este tema, ha despertado mi interés por lo positivo que puede ser para los abogados y otros profesionales reflexionar sobre las consecuencias del efecto Pigmalión sobre sus recursos humanos y sus organizaciones.
Con estos antecedentes, podemos señalar que la psicología considera que el efecto Pigmalión se refiere a las consecuencias que generan sobre el comportamiento de una persona las expectativas que los demás tienen sobre ella. Según Robert Merton, si un individuo percibe que se le valora negativamente, ese comportamiento se verá reflejado en sus acciones, de modo que estas acciones serán reflejo de lo que el resto de las personas piensan sobre el mismo. Por el contrario, si este individuo advierte que los demás lo valoran positivamente, su comportamiento mejorará en todos los aspectos, cumpliendo con ello las expectativas que los demás tienen sobre el mismo.
Siguiendo a Pedro Bermejo, la neurociencia, dando un paso adelante a través de la observación del funcionamiento del cerebro, ha confirmado la teoría psicológica, concluyendo que los pensamientos que tengamos sobre las percepciones que los demás puedan tener sobre nosotros activan ciertas áreas cerebrales que pueden favorecer un comportamiento u otro, y determinan por tanto el éxito o el fracaso de nuestro propio desempeño e cualquier área ya sea esta laboral, social y personal. La explicación científica de dicho proceder parece que deriva de una hormona, denominada oxitocina o hormona de la confianza o del amor, que nuestro cerebro libera y que en dicho proceso genera una serie de alteraciones que provocan que nos sintamos con más confianza en nosotros, en nuestros compañeros y en quien ha depositado la confianza en nosotros, provocando un efecto de realización de acciones (naturalmente positivas) que nos conduzcan a obtener dicho reconocimiento.
Llevadas estas conclusiones al campo de la empresa, puede afirmarse que los empleados responderán según crean que son las expectativas de sus superiores. Del mismo modo, si éstos consiguieran que unos trabajadores creyesen y confiasen en los otros, estaríamos sentando las bases para conseguir una excelente productividad y alcanzar una ventaja competitiva.
Con estas premisas, qué duda cabe que los emprendedores, quienes como verdaderos empresarios lideramos y administramos organizaciones en las que participan activamente los recursos humanos, bien sean compañeros de profesión como otros empleados, pueden sacar un rendimiento inapreciable a las teorías elaboradas en torno al efecto Pigmalión.
Podrá alegarse que esto ya lo sabíamos, que a la gente hay que motivarla, reconocerle sus comportamientos acertados y corregir los erróneos. Si, si, pero, en esta ocasión, contamos con la solvencia de teorías científicas, y nada menos que fundadas en el funcionamiento del cerebro, que demuestran la importancia que sobre las personas que nos rodean tiene la forma en la que las veamos y les transmitamos dicha percepción, es decir, en la forma en la que podemos influir en su comportamiento eliminado con nuestro apoyo las limitaciones psicológicas que puedan concurrir en su conducta. Si con ello conseguimos la mejora del desempeño de nuestros colaboradores y empleados, la mejora del trabajo en equipo, una cultura basada en la confianza en las aptitudes de todos sus miembros, un buen ambiente de trabajo y, en definitiva, mayor productividad y ventaja competitiva sobre otros despachos, creo que merece la pena sentarse a reflexionar seriamente sobre estas conclusiones.
Dicho esto, solo me queda  indicar algunas recomendaciones para aquellos emprendedores o profesionales que quieran hacer uso de esta técnica y beneficiarse de sus efectos:
1º.- Ser conscientes de la importancia que tiene para los que nos rodean lo que esperamos de ellos y la forma en la que los tratamos. Dicho de otra forma, asumir nuestra responsabilidad en el desarrollo y crecimiento de aquellos.
2º.- Conocer a las personas con las que trabajamos, especialmente sus habilidades y buscar la forma de potenciarlas.
3º.- Cuidar la forma en la que nos dirigimos a los que nos rodean, procurando emplear un lenguaje verbal y no verbal, acorde con nuestro propósito de contribuir a una mejora de su desempeño.
4º.- Potenciar a través de nuestra comunicación opiniones favorables respecto de las personas con las que trabajamos, reafirmándoles nuestra confianza y satisfacción por su proceder.
5º.- Ante conductas erróneas o disfuncionales, actuar positivamente, es decir, otorgando confianza, buscando siempre el compromiso y capacidad de mejora de la persona afectada.
6º.- Fomentar la confianza recíproca entre todos los trabajadores de la organización.
Y para concluir, no debemos olvidar que la teoría del efecto Pigmalión es plenamente aplicable a muchos otros ámbitos de nuestra vida, como el familiar, de los amigos, deportivo, etc..., así que más nos vale sacar partido de ello...

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28 ago 2015

Elogio de la ignorancia

No he podido dejar de sintonizar con este artículo del New York Times titulado The case for teaching ignorance, un intento de resaltar la enorme importancia de enseñar no lo que se sabe sino precisamente lo que no se sabe. La consciencia de la ignorancia es un motor fundamental del progreso: las personas que encuentran cosas interesantes suele ser precisamente porque intentar averiguar cosas que no sabían. El artículo ofrece enlaces al trabajo de “estudiosos de la ignorancia” como Robert Proctor Stuart Firestein, e incluso a un curso académico sobre la sociología de la ignorancia.

Llevo muchos años enseñando innovación, una disciplina caracterizada precisamente porque, en un entorno en el que muy pocos pueden llegar a saber algo porque se mueve endiabladamente rápido y cambia constantemente sus reglas, lo importante es precisamente saber lo que no se sabe, entender cómo funcionan conceptos que antes, simplemente, no existían porque su contexto no existía, para poder así plantearse construir sobre ellos. Un planteamiento así genera en ocasiones elevadas dosis de frustración en algunos de mis alumnos que pretenden que la motivación para ofrecer un curso es comunicar lo mucho que se sabe de un tema, y terminan el curso pensando que, realmente, no les he dado ninguna “receta” o “método” mágico para solucionar su ignorancia y me he limitado a identificársela como tal. La alternativa, por supuesto, está en pontificar con falsa seguridad sobre las cosas que no se saben, algo que obviamente ni soy capaz de hacer, ni lo pretendo.

En realidad, una gran parte de la metodología que tengo organizada en torno a mi actividad, incluyendo el trabajo que pongo en esta página todos los días desde hace años, está precisamente destinada a generarme ideas sobre cosas que no sé, y a tratar de provocar la misma necesidad en otras personas. Con el material que destilo de esta página y de otras fuentes preparo casos de una manera que muchos de mis colegas encuentran insultante: mientras muchos profesores no se encuentran en absoluto cómodos planteando la discusión de un caso sin tener el apoyo de una teaching note preparada por el autor que solucione todas sus posibles incertidumbres, yo prefiero discutir sobre casos en los que no tengo todas las respuestas, y utilizar la discusión precisamente para aislar y localizar los temas en los que no sabemos nada.

El estudio de la ignorancia, por otro lado, ofrece una interesantísima contrapartida: te permite identificar sus fuentes más habituales, de manera que puedes ser rápidamente capaz – rápidamente se refiere en este caso a la velocidad a la que suele discurrir una conversación en clase, en la que no puedes detenerte a investigar concienzudamente un tema salvo que sea una clase online – de contestar en función de esa “taxonomía”. A menudo dedico tiempo durante la preparación de mis sesiones a tratar de preparar respuestas a los sesgos más comunes a la hora de pensar en un tema determinado, para poder pasar por ellas más rápido o de manera más eficiente e intentar llevar así a la clase a discutir sobre cuestiones que puedan ser más fructíferas… precisamente aquellas sobre las que sabemos menos.

¿Filosofía? ¿Exaltación absoluta de la paradoja socrática? Simplemente, que plantear que un profesor solo puede serlo en aquellos temas en los que crea saberlo todo me parece una limitación absurda. Obviamente, hay que saber mucho de un tema para poder lanzarse a dar clase sobre él sin que la ignorancia surja a las primeras de cambio, pero muchas veces lo importante es precisamente entender qué es lo que no se sabe, por qué, y cómo llevar la discusión a ello de una manera que resulte suficientemente atractiva para los alumnos y para la necesaria motivación del profesor. Enseñar lo que se sabe, pero también lo que no se sabe. La ignorancia como concepto potente para estimular la innovación.

Enrique Dans



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8 jun 2015

Conservadora

Dícese de aquella persona que conserva una determinada institución más por miedo o por inercia que por valentía o buenas razones. 

Una institución se define comúnmente como un complejo distintivo de actos sociales. Así, podemos hablar de la ley, de la clase, del matrimonio o de la religión organizada como instituciones establecidas (…) Las instituciones proporcionan maneras de actuar por medio de las cuales es modelada y obligada a marchar la conducta humana, en canales que la sociedad considera los más convenientes. Y este truco se lleva a cabo haciendo que estos canales le parezcan al individuo los únicos posibles.
Peter L. Berger, 1963


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18 may 2015

¿SE PUEDE MEDIR LA FELICIDAD?

Hay dos modos, uno es de la ONU


El método más admitido en los círculos socioeconómicos es el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, basado en las ideas de Amartya Sen (Nobel de Economía en 1998). Aparte del PIB, tiene en cuenta el índice de alfabetización y la esperanza de vida.
Otro sistema más “psicológico” y que atiende menos a la riqueza económica es el Índice del Planeta Feliz, de la británica New Economics Foundation (NEF).

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23 mar 2015

Poder y estupidez


o por qué el Poder no selecciona a los buenos, a los escépticos, etc. 
La incompetencia de los poderosos no se debe a su inteligencia. Vamos a concederles que la tienen. Se debe a su falta estructural de racionalidad. Y no es por casualidad sino porque la carrera del poder está organizada para que quienes suban por las escalerillas lo hagan impulsados por formas de juicio, decisión o acción que bordean sistemáticamente la sociopatía. Quizá tenga su lógica (en ciertos contextos lo más efectivo es comportarte como un loco), pero cuando miramos desde lejos el bosque del poder descubrimos con terror que está lleno de monstruos (o casi).

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17 ene 2015

LA IDENTIDAD PERSONAL.

En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira.” Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina.

Pero ¿Qué es ese cristal que permite ver a un mismo objeto de diferente manera? Pues la percepción y esta se considera como el acto de seleccionar, organizar e interpretar nuestras sensaciones, asignándoles significado y propósito, es decir que solo vemos lo que queremos y podemos ver.

Entendemos como identidad personal el sentido que un individuo da a sus actos, percepciones, motivos e intenciones, es decir que la identidad es una fuente de fortaleza de tipo ideológico que proporciona un sistema de ideas que brinda una imagen del mundo convincente y confiable para el individuo.

Conservar la identidad personal es una necesidad fundamental en los individuos y se lucha hasta la muerte para evitar perder la identidad, de esta manera una persona que considera la idea de dios como parte de su identidad, es decir un creyente en dioses, protegerá esa idea de cualquier cambio, incluso a costa de su vida misma, de esta manera, aunque la realidad no es tan grosera como en el dibujo de las barras, en el improbable caso de que ambos pudieran intercambiar posiciones, resultará que el que ve tres barras seguirá viendo tres y el que ve cuatro, seguirá viendo cuatro barras, debido a que las tres y las cuatro barras forma parte de la identidad de cada persona y aceptar lo contrario es perder la identidad personal, lo cual es inaceptable. Eso explica la dificultad que tienen los creyentes en dioses para desechar su creencia.

Alguien podrá decir que hay creyentes que se han vuelto ateos o viceversa, sin embargo, es menester reconocer que hay personas que perciben el mundo en forma ambigua y por lo tanto poseen una identidad personal igualmente difusa, esos son los llamados agnósticos, cuya identidad es confusa, ambigua y su inseguridad no les permite ver con claridad si lo que perciben son tres o cuatro barras y optan por cualquiera de las dos de acuerdo a las circunstancias.

La conclusión es que no se puede perder la identidad personal cuando esta está en relación a una deidad, divinidad o trascendente, independientemente de que esta identidad esté definida como la de los creyentes y ateos o indefinida como la de los agnósticos. Cada uno mantendrá intacta su identidad personal de ateo, agnóstico o creyente, durante toda su vida.


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27 sept 2014

Las mujeres inteligentes no tienen hijos

  Cameron Díaz: “Tengo una vida increíble en muchos sentidos porque no tengo hijos”  
Es un estudio incendiario, y su autor, Satoshi Kanazawa, ya se había ganado la medalla de polémico y excesivo por trabajos anteriores. Yo lo archivo como inquietante broma estadística. Voy al grano. Lo que concluye Satoshi es que cuanto más alto es el CI (Cociente Intelectual) de una mujer, menos hijos tiene.
Satoshi Kanazawa es investigador de la London School of Economics y, para realizar su trabajo, ha recogido datos de mujeres, con o sin hijos, y los resultados de los test de inteligencia que les hicieron durante la infancia, momento en el que estas pruebas (más o menos discutidas) se realizan en los colegios británicos.
Lo que ha encontrado Kanazawa es que: “La media del CI de las mujeres que no han tenido hijos era de 105.3, mientras que el CI de las que han sido madres es de 101.7”.  La diferencia en el promedio es casi de cuatro puntos, muy grande y estadísticamente significativa.
El estudio se ha publicado en un momento en el que el lema “Hijos No” (No Kids) gana fans. En 2009, Cameron Diaz declaraba: “Tengo una vida increíble y, en cierto sentido, tengo la vida que tengo porque no tengo hijos. No creo que sea una obligación tener hijos y no creo que sea una obligación no tenerlos, simplemente me parecen opciones distintas”. Desde entonces, a la “confesión” de Cameron se sumaron grandes del cine como Renée Zellweger (Bridget Jones):  “La maternidad nunca ha sido una ambición para mí. Tan sólo quiero ser independiente y ser capaz de cuidar de mí misma”, y la contundente Helen Mirren: “No tengo instinto maternal alguno”. Pero la tendencia No Kids llega cuando en Occidente la natalidad se tambalea peligrosamente. Y el estudio de Kanazawa echa nueva leña para avivar el fuego. Dice el autor del estudio que si el descenso de hijos se produce entre las mujeres más inteligentes, el CI de la población mundial descenderá.
Para Kanazawa: “Dado que las mujeres tienen un mayor impacto en la inteligencia media de las generaciones futuras, es previsible que se produzca una disminución de la inteligencia media de la población en los países industriales avanzados”.  La pregunta importante me parece que es: ¿Por qué algunas personas deciden no tener hijos?
El “invierno demográfico” (Demographic Winter)
La natalidad cae en picado en Occidente, y es una preocupación de primer orden. Si el sociólogo francés Auguste Comte tenía razón cuando dijo “La demografía es el destino”, echémonos a temblar para lo que se nos viene encima. Los expertos que estudian las razones de este Efecto Hamelín, en el que los niños desaparecen de las ciudades, apuntan que todos los aspectos de la modernidad van a favor de la vida sin hijos.
Un hijo es caro, muy caro, y (afortunadamente) ya no es una inversión para la vejez. Tenerlos ya no es una férrea ley social: ya solo las abuelas mantienen la cantinela del “se te pasa el arroz”. Además, las mujeres de hoy no vinculan su felicidad exclusivamente al hecho de ser madres.  En estudios recientes en los que se mide la felicidad, los hijos apenas alimentan la satisfacción, e incluso en algunas encuestas se valora como negativo. Conciliar vida laboral con vida profesional es un nudo que ahoga y, sobre todo en España, el hecho de tener hijos está aún muy asociado al abandono de la formación y el desarrollo personal. Así que todo apunta a que tendremos que abrigarnos para paliar el granizo del invierno demográfico que vaticinan los expertos.
Queda otra “broma” de Satoshi Kanazawa, lo que él llama La paradoja de la inteligencia.  Los humanos hemos desarrollado herramientas que nos permiten ir más allá de los “mandatos biológicos”. Los anticonceptivos permiten que reproducirnos sea una elección, que nada tiene que ver con perpetuar la especie o darle sentido a nuestra vida, ni siquiera con el disfrute del sexo. La naturaleza No siempre es sabia.
Y con todo esto, qué opinas tú: ¿Qué te parece una vida sin hijos?
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¿Qué te parece una vida sin hijos?

nokids
“No es el deseo de mi vida ser madre”, dice Johanna. “Tener hijos no es la única manera de dejar tu huella en el mundo”.
Mujeres sin hijos. Mujeres que no quieren tener hijos porque no les da la gana. Ni razones económicas, ni desarrollo personal, ni aplazamientos biológicos… “No soy madre porque no quiero”, continúa Johanna en su comentario dejado en mi último post en el que pedí respuestas a esta pregunta: ¿Qué te parece una vida sin hijos?
En EE.UU hablan del movimiento No Kids (Sin Hijos) o Childfree (Libres de niños). Son mujeres y hombres que pueden, o no, tener pareja y que aumentan la cifra de las estadísticas en un apartado que hace unos años era mínimo, el de los que eligen no reproducirse.  Esta tendencia ha sido llamativa en los comentarios que he recibido.
El informe “El déficit de natalidad en Europa. La singularidad del caso español”,  elaborado por la Fundación “la Caixa” en 2013, llamaba la atención sobre el porcentaje de mujeres españolas que deciden no tener hijos. En comparación con las europeas, este porcentaje es reducido. Pero ha ido en aumento con los años. En la generación de las mujeres que rondan los cincuenta años el porcentaje de sin hijos roza el 13%, cuatro puntos más que el porcentaje de las mujeres que ahora pasan los setenta. Las británicas que deciden no ser madres rondan el 20%.
“Se puede ser feliz sin ser madre”, continúa Johanna y añade: “Me parece mas importante mi pareja, conocer, vivir, disfrutar, amar y compartir con él”.
Pero Johanna apunta que a día de hoy esa decisión no es fácil. “Nadie comprende que pueda tener expectativas de la vida tan diferentes, y se me juzga, como si fuera una mala persona. Pero me alejo mucho de ser así, simplemente no es el deseo de mi vida ser madre. Siempre se ha dicho que la mujer nació para dar vida, y que convertirse en madre es una realización. ¿Eso significa que una mujer que toma la decisión de no ser madre es una fracasada?
Han sido muchos los comentarios recibios a mi pregunta similares a los de Johanna.
German Nananiana escribe en Faceebook: “Mejor sin hijos. Prefiero vivir la vida para mí mismo, que para otro. Los hijos requieren una dedicación tan grande.. y durante tantos años…  Quizá es un pensamiento algo egoísta, pero es sincero”.
Y también en Facebook Angela Jover, que sí es madre, comenta: “Me parece genial que cada vez más mujeres decidan libremente no tener hijos. Yo decidí libremente tenerlos y no me voy a meter con nadie por ese rollito que se traen algunos con el amor infinito y grande y esas cosas… adoro a mis hijos, pero es la misma clase de amor “incondicional” (como les gusta esa palabrita a algunos…) que siento por mis padres o hermanos por ejemplo. Les quiero y daría mi vida por ellos sin pensarlo. Nadie, repito NADIE debería ser padre/madre por obligación o por presiones sociales”.
Andrea Veronica Caselli: “Admiro a la gente que se anima a vivir sin hijos… esto de tener hijos es una de las maneras que tiene la sociedad y el sistema de mantener cierto esquema…fijémonos no más en cuánta gente que conocemos sigue en pareja sólo por sus hijos”.

Cuando tener hijos Sí importa.

Por supuesto, también he recibido numerosas opiniones a favor de la opción A, desde luego la más extendida, la de hijos “Sí”. La mayoría de las razones tienen que ver con el hijo como “complemento” vital, o como experiencia única en la vida. Y, sobre todo, con la idea de que es algo que ocurre porque quienes optamos por el Sí lo deseamos muchísimo.
Comenta en mi muro de Facebook Mayte Titu: “Yo tengo uno, y para mí hubiera sido diferente completamente. Seguro que mucho más libre en mis decisiones, pero no por ello más reconfortante. En mi caso, es lo mejor que he hecho”.
David Mary Helen P. añade: “Yo sólo sé que soy padre, y para mí es la experiencia más maravillosa y apasionante del mundo. No me cambio por nadie ahora mismo”.
Erik Mia: “Intentar explicar el amor maternal o paternal a alguien que no tiene hijos es como hacer entender a un niño lo que significa estar enamorado”.
Y este es el comentario de Valentina Preza Flores en Facebook: “La única respuesta verdadera se encontrará cuando el tiempo haya pasado y las arrugas nos llenen la cara, y miremos hacia atrás. Ahí es cuando nos daremos cuenta si fue buena idea o no…”.
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20 sept 2014

Relación entre tu olor corporal y tu preferencia política

EN EL CUENTO DE PINOCHO, LA NARIZ SIMBOLIZA LA MENTIRA QUE SE CONFIESA A SÍ MISMA. PERO EL OLFATO, DE HECHO, PODRÍA OCULTAR UNA CLAVE DE LA ATRACCIÓN SEXUAL Y SU RELACIÓN CON LA IDEOLOGÍA.

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El olfato, sobre cualquier otro de nuestros sentidos, parece ser el más congruente política y amorosamente. Al menos eso parece revelar una investigación de la Universidad de Brown, donde 146 personas de entre 18 y 40 años realizaron un curioso experimento: “oler” las preferencias políticas de otros podría estar ligado a la atracción sexual.
Aunque los sociólogos saben desde hace tiempo que las parejas de mucho tiempo tienden a compartir ideas políticas, la relación con el olfato es menos clara. Para probarla, los investigadores crearon una escala de siete niveles para situar a los participantes dentro del espectro político.
Luego, tomaron a 21 participantes (10 liberales y 11 conservadores) y les colocaron parches de gasa en las axilas. La consigna fue no realizar actividades que pudieran afectar el olor “natural” durante 24 horas: no fumar, beber, comer alimentos condimentados, tener sexo, jugar con mascotas, al igual que no usar desodorante.
Al día siguiente, los 125 participantes olieron cada parche (limpiándose el olfato entre cada olisqueada con un poco de aceite de pimienta), sin que supieran a quién pertenecía. Los participantes prefirieron el olor de los parches de aquellos con quienes se identificaban políticamente, a pesar de que no se conocieran.
La hipótesis es que los humanos tienden a agruparse con aquellos que comparten sus posturas ideológicas. Según el estudio, “si las actitudes sociales están ligadas al olor, como sugiere la literatura, entonces un mecanismo de preferencias olfativas que se transfiere de padres a hijos podría operar a través de la elección de pareja de las madres. De este modo, los procesos sociales podrían regular algunos de los caminos por los que los individuos prefieren a aquellos cuyo ‘aroma’ ideológico es compatible con el suyo.”
Tal vez a causa de su relación con la nariz, las mentiras políticas sigan caracterizándose con la famosa imagen de Pinocho…

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