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21 ene 2014

Yo tengo razón, tú estás equivocado

Somos adictos a "tener razón", pero quedar cautivos de nuestras opiniones es una trampa

Escuchar a los demás es prueba de empatía y respeto, claves para crecer y estar en paz



La mayoría de nosotros creemos que podemos cambiar lo que los demás piensan; de otro modo, no pasaríamos tanto tiempo en la vida dándole vueltas a “qué opinan los demás de nosotros” y tratando de mejorar su juicio sobre nuestra persona. Eleanor Roosevelt dijo: “Nadie puede hacer que te sientas inferior si tú no lo permites”. Esta afirmación pone el foco de atención hacia nosotros mismos y no en los demás; por ello, quizá el único pensamiento que precisa ser cambiado es la creencia de que “los demás deberían pensar diferente”.
Querer tener razón es la enfermedad crónica de la humanidad, seguramente una de las causas que han enfrentado más a las personas, las naciones y las religiones organizadas del planeta. La posesión de las personas por sus propias ideas es siempre una causa de sufrimiento. El problema, al consistir las creencias en “posesiones mentales” no visibles, ha sido buscar la solución a nuestras diferencias tratando de cambiar a los demás antes que examinar la causa real de los conflictos (la necesidad de tener razón).
En demasiadas ocasiones comprobamos cómo querer imponer nuestras razones y opiniones a los demás nos cuesta caro. Tal vez logremos desautorizar las ideas de alguien, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no. El resultado es que querer estar siempre en posesión de la verdad consume una gran cantidad de energía y tiempo que nos impide disfrutar de los demás y de la paz mental de saber que en el fondo todos tenemos nuestra propia lógica.
¿Es mejor tener razón a toda costa antes que ser feliz? Que cada uno responda esta pregunta con sinceridad.
Una creencia es algo a lo que te aferras
porque crees que es verdad”
Deepak Chopra
La perspectiva materialista o newtoniana del universo nos conduce a cosificar todo con lo que entramos en contacto, ya sea algo material o inmaterial. Incluso lo no material, como un pensamiento, acaba tomando forma y se convierte en objeto de conflicto. Así, una idea o una creencia se acaban convirtiendo en una posesión, una propiedad, algo que debe ser defendido para que no perezca.
Todo pensamiento consciente, repetido durante un tiempo, se convierte en un programa mental invisible. Con el tiempo acumulamos opiniones, creencias, que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si lanzara un ataque personal, porque confundimos pensamiento e identidad. No parece sensato confundir lo que somos con lo que pensamos, pero esto no lo tienen tan claro quienes se aferran a sus creencias con desesperación.
Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias… pero que esas ideas y predilecciones le tengan a uno cautivo o secuestrado es una trampa. El libre pensamiento es una conquista humana, pero la libertad de opinión se convierte en una desventaja cuando las posiciones mentales impiden abrirse a nuevas perspectivas o puntos de vista que no concuerdan con las propias.
La pregunta ¿somos nuestras creencias? se responde con un rotundo no. Desde luego, tenemos convicciones, pero en esencia no somos lo que pensamos; a un nivel profundo y esencial, nuestras opiniones no pueden definirnos. Pero llegar a esta claridad no es sencillo ni rápido. De hecho, los conflictos del mundo son tanto disputas por pertenencias materiales (cosas) como por posesiones inmateriales (ideales). Cuando entendemos que tenemos una mente y la usamos, pero que no somos esta, nos liberamos de su contenido y nos autoexcluimos de cualquier conflicto y, por tanto, sufrimiento.
Todos mantenemos un diálogo interior que reafirma continuamente lo que creemos, y después nos pasamos la vida buscando personas y situaciones en las que encajen nuestras creencias para poder así reafirmarlas. El objetivo de toda creencia no es, como debería ser, contrastarse, sino validarse una y otra vez aunque sea a la fuerza. Estas creencias o historias mentales no cuestionadas acaban por suponer un problema: no tienen ninguna relación con la realidad. ¿Qué pasaría si no tuviéramos ningún criterio mental no validado que contarnos? Seríamos libres de la necesidad de dividir el mundo entre los que están de acuerdo y los que no lo están. Y sobre todo, no estaríamos condicionados por cosas que creemos, pero no son verdad.
O bien nos apegamos a los pensamientos, sin más examen, o bien los cuestionamos en busca de la verdad. No hay más opciones.
Cuando una creencia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Pero hay opiniones para todos los gustos, la diversidad construye el mundo, y aunque parezca extraño, hay personas que creen cosas muy diferentes a las que nos parecen normales. Ver las cosas desde distintas perspectivas no es fruto de un lavado de cerebro, sino de preferencias, cultura, contextos… Sin duda, aquellos que no esperan que todo el mundo esté de acuerdo con ellos gozan de una mayor tranquilidad mental, que es de lo que va la vida.
¿Pero cómo liberarse del apego a las creencias? No es el apego el problema real, sino la identificación. Pelear contra una creencia o un hábito no tiene sentido, es una lucha perdida. En cambio, dejar de identificarse con esa forma de pensar, cuestionarla, examinarla, soltarla, incluso sacrificarla, es el principio de la libertad o de cómo librarse de esta par­ticular tiranía.
No reaccionar con hostilidad a las ideas de los demás es una de las maneras más sencillas de superar el apego a las propias. Pero solo se puede no reaccionar a sus creencias si se entiende que estas no son su identidad, sino una posesión mental, que además siempre se puede cambiar por otra. Una vez más, todos tenemos opiniones y criterios, pero eso no significa que sean lo que somos. Cuando lo comprendemos, la distancia entre las personas es exactamente… cero.
Aceptar las ideas de otros es en realidad más sencillo de lo que parece. Basta con tener presente que aceptarlas no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo, ni que todo el mundo nos entenderá. Es más sencillo aceptarlos a ellos (aunque tal vez no sus ideas) porque no hacerlo complica la vida de todos. Resistirse, negarlos, es luchar, y vivir así es verdaderamente muy, muy difícil.
Una de las mejores maneras de persuadir
a los demás es escuchándolos”
Dean Rusk
El disgusto que sentimos ante las ideas que no nos son afines es proporcional al grado de apego que tenemos a las propias (o la poca disponibilidad para cambiarlas por otras). Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.
Para llevar todo lo anterior a la práctica sirve recordar que cada vez que alguien exprese una creencia alejada de las propias, y ello genere un cierto disgusto, podemos preguntarnos: “¿qué está sucediendo ahora en mi mente?”. Y “¿en qué parte de mi cuerpo siento el rechazo?”. No se trata de cambiar nada, sino simplemente de observar lo que sucede. La observación desapegada y neutral hará posible la aceptación.
Disponemos de una técnica para aceptar comportamiento y creencias ajenas, y se llama asertividad. Consiste en no reaccionar al pensamiento o comportamiento de los demás de forma vehemente, pero sí con autorrespeto y autoestima. Es decir, no adoptando una actitud defensiva o agresiva (ambas son el mismo error), sino reafirmando y expresando la posición personal sin tratar de imponerla al otro.
Y una palabra final: escuche. Escuchar con interés a las personas, aunque lo que digan esté en contra de la propia opinión, es la prueba máxima de la empatía, el respeto y la aceptación, claves todas ellas para la paz en el mundo. Escuchar a los demás les hace sentir valorados, entendidos, importantes. Tal vez eso sea todo lo que necesitan de verdad, y al conseguirlo podría ser que renunciaran a imponer sus opiniones y creencias.
* Claro, dicen que es bueno escuchar y escuchar, es buen conversador aquel que escucha, me pregunto a titulo personal, ¿y en que momento debemos ser escuchados o hablar?

No somos nuestras historias

“Con frecuencia utilizo la palabra historia para referirme a los pensamientos o secuencias de pensamientos que tenemos el convencimiento de que son reales. Una historia puede ser sobre el pasado, el presente o el futuro; sobre cómo deberían ser las cosas, como podrían ser o por qué son. Las historias aparecen en nuestra mente cientos de veces al día. Las historias son teorías que no han sido probadas ni investigadas y que nos explican el significado de estas cosas. Ni tan siquiera nos damos cuenta de que son teorías. ¿En qué medida tu mundo está construido por historias que no has examinado?”.
Amar lo que es, Byron Katie
LIBROS
‘Amar lo que es’ Byron Katie. (Ediciones Urano)
‘El combustible espiritual: cómo dejar de querer tener razón y empezar a tener paz’, Ari Paluch. (Planeta)

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21 ago 2013

Ridículum Vitae

La experiencia es el nombre que damos a nuestros errores
—Oscar Wilde

Los currículum vítae se crean  para hacernos parecer capaces, formados, experimentados, fiables y dignos del trabajo al que aspiramos. Tendremos que crear un currículum  adecuado al puesto, y que muestre y demuestre  lo mejor de uno mismo. Hay todo un arte de la creación de CVs; modelos  que emplear, tipo de papel, formatos, estructura, qué incluir, qué no incluir, cómo adaptarlo al empleador, cómo destacar de la masa. Etcétera, etc.


Bien, todo esto es conocido, pero en este espacio hemos empezado a hablar de la mentalidad experimental y el sentido del ridículo, de responder de manera original a las preguntas de los entrevistadores,  del poder de los pequeños cambios, de hacer prototipos, y del cambio por el cambio; simplemente para ver qué pasa y ver si podemos aprender algo de estos pequeños intentos-experimentos o al menos divertirnos un poco y evitar que la rutina termine perdiendo la t.
Así que seamos consecuentes.-

Ridícula propuesta

Propongo lo siguiente: la próxima vez que aspires a un puesto construye un tipo distinto de currículum. Redacta tu Ridículum Vítae (RV), el detalle pormenorizado de tus fracasos profesionales y existenciales.  Lo puedes anexar a tu CV oficial si quieres o —si eres más audaz—  entregarlo como única carta de presentación.
¿Rompedor? ¿Excéntrico? ¿Raro? ¿Extraño? ¿Provocará prevención en el potencial empleador? ¿Ni-se-molestarán en leerlo? ¿Tirarán mi RV a la basura?¿Es posible que me incluyan en alguna lista negra de la empresa? ¡¿Del sector?! ¿Seré catalogado como bicho raro o como candidato a alguna enfermedad mental grave? ¿Algún amigo o compañero que tenga noticia murmurará a mis espaldas? ¿Mi jefe llegará a conocer mi RV? ¿Me amonestarán en mi trabajo actual? ¿Me despedirán? ¿Seré condenado al ostracismo social  o al exilio laboral ? ¿Mi novia me dejará por algún otro con un CV como Dios manda? ¿Me daré a la bebida y añadiré una nueva línea a mi RV? ¿Terminaré mis días solo, pobre, sin amigos, repudiado por mi familia y el complejo militar-industrial?  - Respuesta: probablemente sí. Probablemente te ocurran todas o algunas de esas cosas. No podemos descartarlo.-

Consejos para redactar un buen RV

Aceptado ese extremo, ¿qué supondría el redactar y publicar un buen Ridículum Vítae? ¿cómo podríamos estructurarlo y dotarlo de contenido?
—Estructura tu RV por importancia de los fracasos.  Un buen RV incluiría un detalle sincero de los principales errores  o fracasos profesionales. Busca tu fracaso más sonoro, ponlo en lo alto de la lista. Después en orden decreciente.
 Has de provocar el máximo impacto en el reclutador. Tu objetivo es que en dos o tres líneas hayas provocado el pasmo y estés despedido sin ni siquiera haber sido entrevistado. Así, a bote pronto, recuerdo un trabajo en el que duré poco tiempo: a la hora renuncié sin despedirme y salí por la puerta buscando praderas profesionales más verdes. Supongo que elegí mal el trabajo o no fui persistente. También podría traer a colación varios proyectos que fueron sonoros fracasos en los que quizá pequé de ambición o bisoñez.
 Adicionalmente, podría  relatar la vez en que dos guardias de seguridad tuvieron que acompañarme a la salida de mi ex – empresa cuando acababa de ser despedido por no cumplir ciertas reglas. No necesitan ser fracasos muy grandes o que produjeran mucho daño; es más importante que sean ilustrativos de tu actitud y  orientación vital.
—Alternativamente, puedes diseñar un RV cronológico  en el que detalles tus fallos y fracasos desde la primera vez que entraste en una organización formal hasta la actualidad; podrías empezar con la escuela de pre-escolar, por ejemplo. Uno de mis errores: una vez robé un paquete de chocolatinas a otro niño; lo guardé debajo de la camisa pero la profesora no nos dejó salir del aula hasta que se descubriera al autor del robo o en su defecto se encontraran las chocolatinas. Llegada la hora de salir las madres esperaban fuera y los niños eramos registrados uno por uno. Al final fui descubierto y se devolvió el paquete de chocolatinas a su legítimo dueño. Este hecho en apariencia insignificante, o alguno parecido, puede mostrar algo de tu carácter y de cómo se fue forjando desde la más tierna infancia.
—Personaliza tu Ridículum. Los fracasos, errores, fallos, etc. dicen más de ti que tus éxitos, que tenderán a ser convencionales, previsibles y del montón: seguramente que haya muchos como tú con mejores credenciales académicas, con más proyectos exitosos o resultados en su haber, con más idiomas que tú, con mejores cualidades personales, con más orientación a resultados. Pero seguramente pocos puedan igualar la particularidad de tus fracasos. Explota tus fracasos, sé conciso, ve al grano, no los expliques en demasía como buscando causas ajenas, asume la autoría de ellos  con gallardía.
—No dudes en incluir los fracasos existenciales o errores personales más rotundos. El trabajo y el ocio están relacionados, son vasos comunicantes, el aspecto profesional contamina el aspecto personal y viceversa. Saca partido a  tus derrotas.
—Prueba siempre que puedas tus episodios más bochornosos. Aporta documentos de las cartas de despido procedente, si las hubiera. Proporciona el vínculo a tu página de facebook y asegúrate de incluir las fotografías del último fin de semana en ese bar de copas; evita la tentación de retirar las fotos más comprometidas.  Aporta referencias de gente que conozca el detalle de tus fracasos o que pueda hablar  de ti. Ya sabes, que hablen de uno, aunque sea bien.
Si tienes un blog ombliguista, donde te desahogas emocionalmente, proporciona también el enlace. Tu futuro empleador (¿?) tiene derecho a conocer el tipo de fracturas emocionales que escondes y que a primera vista no se detectarían en una entrevista de trabajo.
—En el RV es muy importante detallar las lecciones aprendidas de todos esos ridículos vitales anteriores. Los fracasos son cicatrices que hay que llevar con un cierto orgullo. Toda cicatriz tiene una historia que contar y que forma parte de tu biografía. En el RV esbozas la cicatriz pero sin extenderte demasiado: en la entrevista (que dudo que llege a celebrarse) tendrás posibilidad de ampliarla y explicarla.
—Preguntas que te puedes hacer para extraer lecciones de los ridículos: ¿qué me enseño ese golpe?, ¿qué dice esa cicatriz de mí,?, ¿cómo conseguiré cicatrices distintas en el futuro?, ¿cuál es el hilo conductor de mis cicatrices?, ¿cómo he ido aprendiendo a fracasar mejor?, ¿cómo me levanto con más gracia? Analiza bien tus experiencias (perdón, fracasos) y obtén toda la información que puedas. Esto te servirá para tu aprendizaje tanto como para publicitar el tipo de persona que eres.
—Mantén actualizado tu Ridículum Vítae. Si vas en el buen camino, no dejarás de escribir nuevas líneas periódicamente. Un empleador necesita saber qué clase de derrotas has sufrido últimamente. El mayor peligro es que dejes de cometer errores y te duermas en los laureles. Si hay lapsos o lagunas temporales en tu RV en las que no has sufrido contrariedades, frustraciones o fracasos, tu futuro empleador querrá saber por qué. No se lo pongas fácil, intenta excavar en tu memoria y explorar fracasos en esos tiempos sin aparentes equivocaciones: seguramente existen, pero los has olvidado. El error de los errores es cometer una equivocación y volverte conservador por ello: vuelve a fracasar. Rápido. Ya. ¿Qué haces que no estás fracasando ahora?
—Todo éxito incluye muchos errores.  Aprovecha tus pretendidos éxitos para encontrar nuevos ridículos. Seguro que los encuentras. ¿Por qué pudo haber sido mejor y no lo fue? ¿Por qué ese trabajo del que me sentía tan orgulloso no fue espectacular? ¿Por qué mi último proyecto no dejó una muesca en el universo?
Como puedes haber deducido, se necesita estar hecho de una pasta especial para ser capaz de enviar tu RV a un empleador y ser sincero y objetivo sobre tus experiencias profesionales o vitales. Pero un primer paso es que crees ese RV para consumo personal, que  escribas un nuevo relato objetivo distinto a la historia oficial, y que te des cuenta de que esos fracasos son los que te vuelven interesante y dan color a tu vida. Con el tiempo aprenderás a fracasar con eficacia y levantarte con gracia.
Si a pesar de las bondades del RV, estás todavía reacio a enviarlo y  tienes miedo a no ser contratado, no te preocupes demasiado: siempre es posible que hagas el ridículo por ti mismo; en solitario o en compañía de otros tan ridículos como tú. -
Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
—Samuel Becket.
 . 

18 ago 2013

El poder de la mediocridad

Hoy en día, la expresión “es mediocre” es una de las peores que se pueden usar para definir a un producto, un proyecto o una persona. Todo lo gris y lo fallido, lo que no tiene brillo, se adscribe al calificativo de mediocre.
Muchas de nuestras acciones, tanto las que hacemos para ser brillantes como lo que hacemos para evitar ser tildados de pertenecientes al montón, están pensadas para alejarnos del campo de la mediocridad.
  Groucho y Dumont  
En una película de los hermanos Marx, la actriz Margaret Dumont  le dice a Groucho después de que le haga una perrería: “¡Usted es un hombre horrible!”, a lo que él responde: “Un momento, señora.  ¿Comparado con quién?”
Este es el quid de la cuestión

Mediocre, comparado con quién

La mediocridad exige siempre un término de comparación: y ese término suele estar en nuestro entorno. Dada la ubicuidad de las comunicaciones, en cualquier cosa que hagamos vamos a encontrar ejemplos de excelencia a nivel mundial.
Si te pones a programar, en un par de clics puedes encontrar ejemplos de programadores geniales que llevan programando desde que tienen uso de razón y a los que difícilmente te acercarás nunca en expertismo. Si empiezas a dibujar o pintar, tienes delante de ti toda la historia de la pintura mundial para ponerte en tu sitio; o puedes ir a una academia y compararte con otros compañeros; no de nivel mundial, pero sí expertos que te harán sentir inferior sin ni siquiera proponérselo. ¿Eres bueno jugando al ajedrez? Quizá con tus amigos y en tu barrio o en tu club, pero prueba a participar en un torneo a nivel nacional para sentir que eres un principiante al lado de los verdaderos maestros.
No importa el campo de actividad humana que elijas; cuando empieces y cuando lleves años de práctica, vas a poder sentirte mediocre con mucha frecuencia. Si quieres obviar el dato, solo lo podrás hacerlo aislándote en una burbuja donde no interacciones con gente que haga lo mismo que tú. Quizá en una disciplina muy concreta y en un entorno muy cerrado puedas sentirte, no digo ya  el rey de la montaña, sino un jugador, programador, pintor, bailarín o trabajador competente.

La mediocridad es el modo inicial y por defecto del ser humano

Así que ahora que ya hemos descubierto y aceptado que seremos siempre comparativamente mediocres, y que nuestra presunta excelencia seguramente palidecerá ante muestras presentes y futuras de expertos más expertos que nosotros,  veamos qué actitud podemos tomar ante este hecho incómodo de la existencia:
  • Cualquiera que empieza a hacer algo nuevo es mediocre. Aceptar la mediocridad al principio es la única forma de aprender algo. O cejaras en el empeño muy pronto.
  • Después de años de practicar algo, vas a encontrar ejemplos de personas que son mucho mejores que tú o que aprendieron lo mismo en mucho menos tiempo o con más facilidad. Los seres humanos somos tan diversos que hay siempre  gente que aprende cosas más rápidamente y con menos esfuerzo. Siempre será así. Repite conmigo: “soy mediocre y siempre que esté vivo lo seré”.
  • Los errores son síntomas de mediocridad, pero también prueba de que estás empujando tu  frontera de posibilidades vitales. Estás embarcándote en un proyecto que te queda grande, eres un “quiero y no puedo”. Bravo. Quizá estés aprendiendo algo.
  • La actitud experimental, base del cambio y el crecimiento, solo puede ir de la mano de una tolerancia instrumental de la mediocridad. Siempre serás mediocre en la mayoría de las cosas; solo en unas pocas podrás dejar de serlo, al menos un poco. Vive con ello.

Adopta una mentalidad de crecimiento y no una mentalidad fija

Quizá lo más importante para vencer el miedo a la mediocridad sea elsacar al ego de la ecuación: no estar pendiente constantemente de lo que tus resultados dicen de ti, de tu valía, de tu carácter, de tu valor como persona. Así que será mejor que te fijes en lo que quieres conseguir, y en lo que consigues, para acercarte más a lo primero. No uses  tus acciones para apuntalar el ego.
La mentalidad fija es la mentalidad que va asociada a una concepción frágil del ego: lo que obtengo en un momento dado es un signo inequívoco de mi potencial y del concepto que tengo que tener de mí mismo. Digo que es frágil, porque depende de los términos de comparación. Y porque cualquier error o fracaso es una prueba de que no eres bueno o que si te creías bueno quizá no lo seas tanto.
Para el que vive en una mentalidad fija, la mayor prueba de mediocridad es que las cosas no le salgan fluidas o que tenga que esforzarse mucho para dominar algo. Cuanto más se esfuerza, mayores las pruebas de mediocridad. El mayor elogio para alguien que vive en una mentalidad fija es: “eres inteligente” o “eres brillante” o “esto se te da bien”.
La mentalidad de crecimiento es la que considera los recursos personales, la inteligencia entre ellos, como una variable, no una cantidad fija. De esta manera no podemos decir “soy inteligente” sino “estoy siendo inteligente” (en un momento, lugar y para una actividad determinada). Los errores no son más que señales de que hay que cambiar el rumbo o intentar una meta de otra manera.
El mayor elogio para alguien que vive en una mentalidad de crecimiento es: “te has esforzado mucho”, o “en esta ocasión has hecho esto y eso con éxito para conseguir aquello o lo otro”. El esfuerzo, la frustración temporal, las dificultades, son un síntoma natural de que estás avanzando o aprendiendo algo. La facilidad no es más que repetición de lo que ya haces bien, no un signo de brillantez personal.

En resumen, ¿cuál es el poder de aceptar la mediocridad?

Te libera para equivocarte con gracia, te quita el lastre del cuidado continuo de la imagen personal de cara al exterior y ante ti mismo; pone el foco en lo que importa: lo que haces y su relación con los resultados que obtienes; y te ayuda a cultivar una sana y chispeante mentalidad experimental.
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15 oct 2012

Morbo, ¿Dónde está el límite?

Es el deseo de poseer lo prohibido, inaccesible o misterioso. De cómo lo abordemos puede depender que reavive el fuego o nos haga perder la cabeza.


  El cuero, el rubber, las esposas,
   la dominación de la pareja…
  son algunos lugares comunes
  en el morbo en la sociedad actual.  
El diccionario lo define como tendencia obsesiva hacia lo prohibido, atracción por lo malsano, insinuando que toda inclinación al morbo podría tener algo de patológica. No desestimaremos ni una sola de las razones que dan los académicos, pero cuando el morbo es sexual cabe relajar el término con matices de sensualidad e incluso lascivia. En este contexto, y servido en dosis razonables, no es escandaloso ni repulsivo, siempre que no simbolice abuso físico, psicológico o social, y la conducta que lo sigue esté consensuada y no genere quebraderos internos de cabeza, según explica el psicólogo y sexólogo Eugenio López.
¿Qué o quién nos provoca morbo? “Sobre todo”, responde López, “aquello que guarda algo de misterio y parece inescrutable, lo que no encaja en los estándares de atracción habituales y aceptados socialmente”. A partir de ahí, el repertorio es inacabable.
Lugares comunes
A Gustavo Adolfo Bécquer, por ejemplo, le subía la libido imaginarse en un cementerio practicando sexo con una virgen desnuda. Con Camilo José Cela los platos volaban durante el coito. Y Salvador Dalí enloquecía con el uniforme de Hitler. La escritora Roser Amills descubrió el morbo de estos y otros personajes como Einstein, Jorge Luis Borges y Amy Winehouse mientras recababa información para un trabajo. Y lo que iba a ser un poemario sobre erotismo acabó en Las 1.001 fantasías más eróticas y salvajes de la historia.
En sus páginas es fácil dar con aquellos argumentos o pretextos que acaloran también al resto de los mortales y apresuran su libido. Si, como decía Plutarco, el morbo es la desobediencia de la razón, una vez que esta se nubla cabe esperar cualquier cosa de la portentosa imaginación humana, principal alimento del deseo morboso. “El interés sexual que despierta una persona o una situación debe más a lo que esconde, representa o insinúa que a lo que puede apreciarse a simple vista. A veces incluso es un pensamiento repentino y fugaz, aunque por un instante haga perder la cabeza”, explica Eugenio López.
En general, las relaciones desiguales despiertan un morbo a veces casi paralizante. La pianista, de Elfriede Jelinek, dejó páginas inolvidables sobre entrega, amor, sumisión y sexo. También lo obsceno se convierte en morbo cuando confluyen odio y deseo. En Portero de noche, Charlotte Rampling y Dirk Bogarde dejan sin aliento a sus miembros más suspicaces en esa ardiente relación de dependencia que resurge años después de que él, agente nazi, abusara sexualmente de ella, joven judía, en un campo de concentración. Lo que parece incuestionable es que el morbo es un componente rotundo de la sexualidad, incluso de la civilización misma. Como ha dicho en alguna ocasión el escritor Mario Vargas Llosa, es válido si combate prejuicios, inválido si empobrece el acto sexual y lo vuelve un ejercicio puramente físico, desprovisto de sensibilidad y emoción.
Pero ocurre que, con el tiempo, en la pareja aumentan los antagónicos del morbo. En un sondeo realizado en 2010 entre mujeres casadas, las psicólogas norteamericanas Karen E. Sims y Marta Meana detectaron que la sensualidad y el erotismo femenino declinan cuando la mujer, “empantanada con las obligaciones del día a día”, asume sus responsabilidades de esposa, madre y profesional. Por eso, el morbo debería ser bienvenido cuando los guiones sexuales se han agotado. Es el espetón que remueve las ascuas de las chimeneas, y un lenguaje de códigos  complejos en el que la emoción cuenta tanto como los genitales.
“Pero a veces se busca más, y la sutileza se vuelve grosería u ordinariez, y se llega incluso al fetichismo patológico y soez”, advierte Eugenio López. Patológico. Es cuando el deseo morboso se convierte en perversión y el sexo en crueldad física, psicológica e incluso sanguinaria.
Son patológicas muchas formas de sadomasoquismo y la atracción hacia personas con un defecto físico o enfermedad; sobre todo porque, como indica López, pueden implicar alguna forma de abuso. También pueden llegar a serlo algunas prácticas de riesgo que provocan una subida de adrenalina, precursora de las hormonas sexuales.  Hay quien siente morbo con el dolor. El Kama Sutra dispone de sinuosos consejos para los más entusiastas: ligeros cachetes que en dosis prudentes pueden proporcionar sensaciones únicas y altos niveles de adrenalina.
El problema empieza cuando ese dolor llega al extremo y genera en el cerebro descargas de endorfinas y dopamina. Véase, si no, el desenlace de El imperio de los sentidos, la película que dirigió el japonés Nagisa Oshima en 1976. Una vez más, la raya que separa el placer del tormento la marca el sentido común particular.


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