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9 nov 2015

Vida virtual tras la muerte

Las nuevas tecnologías y la ciencia está transformando el modo en que nos enfrentamos a nuestro final y al de nuestros seres queridos




Cualquiera que sea la forma de inmortalidad que nos depare el futuro —holograma o avatar, curación o clonación—, hay una de la que ya disponemos en estos tiempos,  la permanencia en las redes sociales, una forma de vida virtual después de la muerte que seguramente deje al muerto tan frío como estaba, pero de algún modo deposita una copia suya en la nube para consuelo de sus allegados, o al menos de sus amigos en Facebook. Nos guste o no, esta es la manera de morirse en los albores del tercer milenio, y faltar a ella empieza a parecer tan desconsiderado como ponerse una corbata roja en un entierro.
Por mentira que parezca, Facebook todavía no ha cumplido un decenio, 
pero ya se le han muerto 30 millones de usuarios, siguiendo esa fatídica costumbre que tenemos todas las cosas biológicas en este valle de lágrimas. Ese es por tanto el número de almas que andan penando por el lado oscuro de la red social de Mark Zuckerberg. Es como un Shanghái y medio de espectros digitales fotando por el hiperespacio —la ciudad más poblada del otro mundo—, y sus efectos se están dejando notar en este.
Ritos funerarios e inhumaciones
Ritos funerarios e inhumaciones
No es infrecuente, por ejemplo, que te llegue una petición de amistad de un muerto, lo que te puede dejar en un estado de ánimo filosófico, por llamarlo de alguna forma. Facebook, de hecho, ofrece la posibilidad de crear una cuenta conmemorativa de los usuarios que nos han dejado, y hay sitios como Duelia.org que están dedicados exclusivamente a ese tipo de cosas. Otras empresas, como el Grupo Mémora, permiten recopilar el legado digital del finado, lo cual puede resultar pavoroso, al menos en ciertos casos. Por fortuna, hay otras firmas, como Postumer.com, que se centran en todo lo contrario: eliminar las cuentas del muerto y borrar su paso por este mundo para empezar de cero en el otro. La gente se muere y para la mayoría parece trivial qué va a pasar con todos sus me gusta y sus tuits. Pero el legado digital crece sin medida: cerca de 55 millones de fotos se publican en Flickr cada mes, Youtube da alojamiento a cientos de miles de vídeos a diario y uno de cada cinco habitantes del mundo tienen una cuenta en Facebook.
No es infrecuente que llegue una petición de amistad de un muerto, lo que deja un estado de ánimo filosófico
Pese a todo lo anterior, los entierros, incineraciones y funerales siguen siendo tan reales como antes de que se inventara el transistor, aunque no por ello permanecen inmunes al empuje tecnológico. Un tercio de los asistentes a los entierros, por ejemplo, se hacen selfies en el cementerio, y muchos de ellos cuelgan la foto en Instagram sin haber esperado ni al soterramiento de la caja, según un estudio con 2.700 encuestados encargado por la funeraria británica Perfect Choice Funerals. La razón por la que la funeraria encargó ese estudio no está del todo clara; tal vez piensen alquilar palos de selfie a la llegada de la comitiva mortuoria: en esos tristes momentos siempre hay quien lo olvida en casa.
Sí, puede parecer escandaloso, irritante, de mal gusto, pero recordemos esos funerales de Nueva Orleans que todos hemos envidiado en secreto, cuando, una vez la carne mortal se ha dejado en el hoyo, la orquesta vuelve al bollo con brillante bronce y achispada síncopa. ¿Qué importa un selfie al lado de todo eso?
O, ampliando el foco de la pregunta: ¿qué hay de realmente nuevo en el duelo en el mundo contemporáneo?, ¿nos otorgan la ciencia y la tecnología alguna forma nueva, siquiera metafórica, de inmortalidad? Y si no lo hacen ahora, ¿lo llegarán a hacer?
Respecto a la primera pregunta, relativa a la situación presente, Facebook, los blogs y las demás webs dedicadas al duelo y la memoria están extendiendo a la población general lo que hasta ahora era el privilegio de los grandes escritores, los memorialistas y otras celebrities: la forma de inmortalidad que otorga la obra. Pero este asunto ya lo zanjó hace tiempo Woody Allen, que no quería ser inmortal en su obra si no a través de no morirse. Exacto. Y ahí está el problema.
Internet está extendiendo a la población general lo que hasta ahora era el privilegio de los grandes escritores
El problema es que, por más que digan los curas, los metafísicos y los libros de autoayuda, la muerte no es un asunto religioso, metafísico ni psicoanalítico, sino tan material como la vida misma, que está hecha de cosas que se deterioran, degeneran y se desintegran. Pocos principios habrá tan generales como ése. Todos entendemos perfectamente la muerte, siempre que sea la muerte de los otros. Nuestra incapacidad para aceptar la nuestra, y de vivir tranquilamente hasta que llegue, no es más que una consecuencia de lo díficil que resulta entender la idea de no ser. Pero también es difícil entender el bosón de Higgs, y ahí lo tienen fotografiado en Ginebra.
¿Nos hará inmortales la clonación? No, por el amor de Dios. Un clon no es más que un hermano gemelo, solo que vive más tarde. Y, viendo a una pareja de gemelos, a nadie se le ocurre que, si se muere uno, el muerto vaya a sobrevivir en el otro. Son dos personas, todo lo parecidas que se quiera, pero dos. Entonces, ¿no será posible descargar la estructura cerebral de uno, incluidas todas sus experiencias y sus recuerdos, en algún tipo de soporte físico o lógico? Pues seguro que sí, pero el resultado no serás tú, sino otra cosa que se parecerá a ti todo lo que quieras, pero será otra cosa. Lo mejor será que nos olvidemos de ser inmortales. Si cada uno dejamos una página de Facebook, no habrá nadie para leerlas y seguiremos solos e ignorados durante una eternidad de silicio, un infinito interminable, una nada como cualquier otra, un aburrimiento.

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17 ago 2015

Contra el culto a la juventud: morir viejo y tener razón

NUESTRA SOCIEDAD REPRIME A LA VEJEZ PORQUE LE RECUERDA LA INEVITABILIDAD DE LA MUERTE; ASÍ SE AFERRA ILUSORIAMENTE A ESTA VIDA MATERIAL, IGNORANDO LA GRAN FRONTERA QUE LA LLAMA Y LA POSIBILIDAD QUE LA MISMA MUERTE OFRECE PARA ENRIQUECER LA VIDA

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Ciertamente el culto a la juventud es un signo de nuestra época, especialmente porque vivimos en la época de la imagen pública, y por todos lados se nos bombardea –como estrategia de mercado– con cuerpos núbiles, lustrosos y aparentemente sanos como los que sólo podemos tener en la cúspide de la juventud. El arquetipo de la belleza, desde los griegos, es el del eterno puer, en perpetua florescencia, con una dicha que el tiempo no puede más que marchitar porque está ligada a la primavera y al verano, a la energía y al vigor que en un mundo impermanente imposiblemente no declinan. Así perseguimos el espejismo de la fuente de la juventud y ocultamos nuestra vejez y marginamos a nuestros viejos –poco vale para nosotros la sabiduría de la edad en comparación con la intensidad del placer sensorial y el rubor fogoso de los años mozos. Como escribe el poeta Ramón López Velarde, queremos siempre “ser de nuevo/la frente limpia y bárbara del niño”:
Volver a ser el arrebol, y el húmedo
pétalo, y la llorosa y pulcra infancia
que deja el baño para secarse al sol…

Carlos Monsiváis nos recuerda cómo el ardor del Fausto de Goethe por trascender la guadaña del tiempo a través de la filosofía oculta, hoy en día deviene en la compulsión obsesiva del consumismo y en el abaratamiento de los principios, un “canje del espíritu metafísico por los goces físicos”, habiéndose perdido “lo que [Alfonso Reyes] comprendía de este modo: ‘El éxito o el fracaso cuentan menos que el anhelo de desentrañar los secretos del mundo y darles forma comprensible, a través de la acción del arte, de la poesía, la filosofía, y la ciencia: ¿Qué otra cosa anhelaba Fausto?”‘. Explica Monsiváis en un formidable pasaje de su libro póstumo Las esencias viajeras:
…ya en el siglo XX, al convertirse la juventud en la meta suprema, incluso los propios jóvenes, el pacto fáustico deviene el centro de las obsesiones, de las ilusiones recónditas y públicas, hasta llegar a los finales de esta centuria convertido en búsqueda gozosa y patética de la cirugía plástica, los gimnasios, las dietas estrictas, el maquillaje, las ropas rejuvenecedoras, la liposucción, hasta llegar a la ilusión química de la feromona humana… La metáfora prodigiosa de un libro se convierte en el sueño masivo de consumo y ansiedad por resistir al tiempo.
Tenemos un pacto fáustico rebajado, versión lite, ni siquiera comprendido, en el que las masas se van por la carnada del placer y el materialismo y la literalidad sin comprender y menos buscar la dimensión metafórica, estética y metafísica. El problema de esto es que, como muestra en su sublime frivolidad El retrato de Dorian Gray, tarde o temprano lo que le hacemos al cuerpo alcanza al alma y viceversa. La corrupción es también holística (como los spas).  
Monsiváis recupera una cita de Bartolomé Mitre que encierra el espíritu que guía este ensayo: ”No hay que morir joven. El que sobrevive a sus coetáneos siempre acaba por tener razón”, y aquí el énfasis es en tener razón, no en tener la razón o superar a los demás para vindicar nuestro orgullo… razón que para los griegos era el Logos, lo divino en la mente humana… La vejez como la verdadera oportunidad de encontrar la sabiduría, aquello que se resiste a la veleidad de la moda, los fundamentos sólidos, los frutos precisos y disciplinados de la experiencia y de una vida al servicio de la antigua máxima de conocerse a sí mismo como vía regia para conocer el universo y sus secretos. Revivir quizás el “sueño íntimo de vencer la decrepitud” de Fausto y negarse “a la consigna ‘Los dioses mueren jóvenes’”. La dignidad de la vejez no es sólo la sombra amable y discreta de la juventud, es por su propia cuenta una potencia, misma que ya acaricia, rediviva, prístinos jardines. Los hombres que se vuelven dioses, nos dirían Sócrates y Platón, son aquellos que no se resisten a la muerte sino que la investigan y, habiendo vivido filosóficamente, logran hacer de la tumba la última cuna, el fin de la sufrida rueda. 
La vejez como virtud, el derecho a bien envejecer y la buena vejez como superno logro o al menos una senectud lúcida y socialmente aceptada son –a la luz de su ausencia– un punto débil en nuestra cultura, el talón de Aquiles de nuestra vida futura. Con el culto y la glamourización del cuerpo en su estado idílico perpetuo –siempre conservado, maquillado, acondicionado, la muerte es llevada a la sombra, ascépticamente borrada de la cotidianidad, como si pudiéramos así salvarnos de ella (contradictoriamente, puesto que la muerte es la única posibilidad de salvación que podemos soñar). Las improntas colectivas con las que crecemos en Occidente nos han enseñado a creer que debemos quemar todos nuestros cartuchos la primera mitad de nuestras vidas, ocultar todo signo de vulnerabilidad en nuestro deseo de atraer y ver a la vejez como algo detestable y desechable, cuya única actividad consiste en recordar lo que vivimos en nuestra juventud y en nuestra plenitud y en algunos casos excepcionales servir como consejera de la vida de los jóvenes (que es la que realmente importa). Como si uno no pudiera seguir perfeccionando, mejorando, creciendo y creando nueva belleza hasta el último día. En México por ejemplo, se tiene tan poca consideración por “la tercera edad” que ocupa el último lugar en la OCDE en pensiones y el penúltimo en América Latina, sólo antes de República Dominicana. Esto revela el poco respeto hacia los adultos mayores y la poca conciencia eutanánistica que se tiene, pese a que se celebra el Día de los Muertos –con colorida parafernalia y desvaída devoción– y pese a que se tiene un vigoroso culto a la Santa Muerte, al parecer se olvida el viejo proverbio: “el día de tu muerte es el más importante de tu vida”. Como en la política, en el espíritu, preferimos apostarle al corto plazo, al siguiente goce, a este sexenio y no construir y planear para la carrera larga de los siglos. 
Ciertamente no se trata de preferir un tiempo sobre otro, lo cual seguramente sería el resultado de un estupor perceptual, de un excesivo apego al cuerpo y a sus ilusiones o de una radical negación de la existencia física. En cambio, es posible abrazar la existencia en su totalidad y hacer consciente cómo cada momento y cada edad tienen sus propias particularidades y cualidades y cada una contribuye al entendimiento y a la construcción de la vida y su desenlace en la muerte. Sin una juventud y una madurez sana, disciplinada y creativa, la vejez se vuelve insoportable, tortuosa y prácticamente irredimible; sin una vejez sabia y serena y una buena aproximación a la muerte, la juventud se vuelve absurda, vana nostalgia, efímera irrealidad, un fuego de petate. Ambas se nutren y equilibran, como en una alquimia interna, una conjunción de polos arquetípicos: puer y senex, el encuentro de Cupido y Saturno, las dos puntas de un hilo que tejen un mandala y el posible uróboros de la vida que encuentra su puerto en la muerte. James Hillman escribe sobre el senex:
Saturno retiene los atributos de Kronos; es un dios de la fertilidad. Saturno inventó la agricultura; este dios de la tierra y el campesino, la cosecha y la saturnalia, es regente de la fruta y la semilla. Incluso su castrante guadaña es una herramienta de siembra. Tendría que ser Saturno quien inventara la agricultura: sólo el senex tiene la paciencia que equipara a la de la tierra y puede entender la conservación de la tierra y la conservaduría de aquellos que la trabajan; sólo el senex tiene el tiempo necesario para las estaciones y su repetición crónica; la habilidad de abstraer para amaestrar la geometría del arado, la esencia de las semillas, de hacer las cuentas para rendir ganancias, el abono, la soledad…
No debemos olvidar que hay una cierta potencia y fecundidad en la melancolía y en la memoria saturnal de los viejos industriosos o contemplativos y una amplitud panorámica que sólo el padre (Cronos) atisba en la vicisitudes del tiempo. Una mirada que trasciende las pequeñeces y se concentra sólo en lo que, como su experiencia le ha enseñado, supera la vanidad y la futilidad. Para los chinos respetar a los padres, y a los hombres viejos en general, es respetar y seguir al cielo y a la ley cósmica. Por más que sean irritantes, neuróticos, amargos e intolerantes, se les respeta y escucha porque en ellos se reconoce la insondabilidad de mirar al fondo del abismo del tiempo, la dignidad de haber observado los patrones, conocer las causas ocultas y contemplar las formas que perduran, todo lo cual es insondable para una vida más corta.
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Como contraparte al senex, en la coniunctio interna de la psique, tenemos al puer. Así describe Hillman el arquetipo del puer, el eterno niño: 
Como el hijo de una cabra, el niño baila con un excedente de exuberancia; como un gatito explora todo y de súbito coge miedo; como un puerquito, ¡que rico sabe todo! El mundo es un buen lugar –cuando y sólo cuando, la imaginación con la que el niño desciende está todavía lo suficientemente viva para imbuir las cosas con su visión de belleza.
Hillman agregar también que, como un ángel, el niño llega al mundo seguido por “una nube de gloria”; llamada “por su verdadero nombre la niñez es el reino de la reminiscencia arquetípica”. Pareciera que el niño en su frescura y en su impresionabilidad trae consigo todavía la memoria de otro mundo: todo brilla con un resplandor prístino. Eros es representado como un niño mágico con alas como símbolo de su vínculo activo con el cielo y con la creatividad de las potencias celestes (ángeles, tronos, dominios…).  
La potencia del niño es la de trastocar todo con la luz de su mirada: su imaginación activa que se posa sobre las cosas y las transfigura; la potencia del viejo es la muerte, su capacidad de ver la vida bajo la luz de la muerte y la impermanencia y a todo dotarlo de su justa dimensión temporal. Ambos mantienen en su conciencia vislumbres de una misma frontera al límite de la conciencia: la muerte es un nacimiento y el nacimiento es una muerte. Al nacer, creían los griegos, bebemos del Río del Olvido, pero algunos llegan a beber del Río de la Memoria y conectan, por así decirlo, los hilos de las Moiras. Ambos extremos de la vida son reprimidos. Aunque adoramos al niño, lo tratamos como un dios idiota, una criatura preciosa extremadamente frágil que debemos proteger. Al protegerlo –creyendo que en su tierna tabla rasa toda patología se puede imprimir indeleblemente– lo desposeemos de su fértil originalidad, lo normalizamos, le proyectamos todos nuestros vicios y virtudes. Al criarlo para que encaje dentro de nuestra visión de mundo y de la “realidad” convencional y no sufra por ser él mismo –eso tan especial, raro y poco común que es y por lo que el mundo “real” podría rechazarlo– no reconocemos su propia inteligencia y lo despojamos de su genio particular, de la posibilidad de conservar consigo la memoria de su alma. Como dice el poeta William Wordsworth:
Our birth is but a sleep and a forgetting:
The Soul that rises with us, our life’s Star, 
Hath had elsewhere its setting,
And cometh from afar:
Not in entire forgetfulness,
And not in utter nakedness,
But trailing clouds of glory do we come 
From God, who is our home:
Heaven lies about us in our infancy!
Hillman considera que lo que más reprimimos en nuestra sociedad no es el sexo sino el deseo de belleza sin riendas, como ocurre en el deseo de los niños de vivir enamorados de las cosas, de unirse con ellas sin pena (como Pan), enfrentados siempre con la posibilidad gemela del “terror y la alegría”, con “los extremos en las fronteras de la curva de la normalidad”. Habría que añadir a este esquema de lo más represo también a la muerte y a la senectud como imagen progresiva, lenta e intolerable de la muerte. Reprimimos y expulsamos a la vejez para que no nos recuerde la muerte que seremos. Senex y puer, las dos terminaciones nerviosas de la existencia humana, extremos que nos enfrentan con lo desconocido, que se tocan remotamente en el azul de otro mundo… la posibilidad no reconocida de hacer de la vida una alquimia interna.
 Twitter del autor: @alepholo 

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21 abr 2015

En la hora final


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación–  y fue una llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.
Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte
no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

12 dic 2014

El sentido pesame

Algún día dirán estas palabras por ti. Pero antes que eso suceda, te pido amigo lector, amiga lectora, acompáñame leyendo esta propuesta.


¡Quiero comprarme un Auto!
 
¿Viste esos zapatos que hacen juego con esa cartera? Mañana me los compro, es justo lo que estaba buscando.
 
Vamos al “mall” es temporada de ofertas.
 
Expresiones que hemos escuchado alguna vez o tal vez tú, las hayas dicho. En una realidad materialista en que vivimos, donde en muchas ocasiones te valoran más por lo que tienes, que por lo que eres. 
 
¿Es esto, todo lo que deseamos?
 
Lo material, el poder, lo rápido, lo fácil y cada vez más.
 
Qué hay del último viaje que haremos, ese en el cual no hay retorno, lo haremos sin amigos, sin familia, completamente solo, sola; del que ya nos tienen la reserva hecha, es solo de ida, y desconocemos completamente la fecha.
 
Muchas veces nos creemos invencibles y que estaremos por siempre, es decir, que nuestro tiempo no se acabará, especialmente cuando somos jóvenes y todo nos va muy bien, así lo percibimos y creemos.
 
Quien llega a conocer sus limitaciones es más fuerte del que se cree invencible.
 
Ello contribuye, cuando tienes una vida en abundancia, todo te va muy bien. De pronto un día te llevan de emergencia al hospital y te das cuenta que no eres tan fuerte y eterno como pensaste. Tu realidad cambió y te envolvió. Si la aceptas, y razonas sobre las limitaciones de la vida, tu vida, podrás empezar a apreciar las generosas bondades terrenales de una forma diferente.  Ya sabes que existe un final y es inevitable.
 
Por más que hayamos acumulado casas, carros, ropa, tengamos riquezas que creemos infinitas. No las podremos llevar con nosotros.
 
Podemos ser capaces de pagar a los mejores médicos para que nos curen de enfermedades, pero tarde o temprano nuestro cuerpo no soportará el paso del tiempo y se deteriorará finalmente. El dinero, ni el poder, pueden comprar salud.
 
Algunos no lo queremos ver, aunque sabemos que nos tocará. Es como el secreto que todo el mundo sabe, pero nos negamos a hablar sobre ello. .
 
Personajes tales como, Ghandi, Mandela, Madre Teresa, Juan Pablo II y otros como, Hitler, PolPot, Idi Amin. A unos se les recuerda por su vida ejemplar, sus buenas obras, a otros por el mal que hicieron. Cada uno es recordado de diferente manera.
 
Una pregunta que siempre tengo presente es, ¿Cómo deseas que te recuerden? ¿Tu obra te sobrevivirá? En resumen ¿Cuál es tu legado?
 
Aspiremos a que nuestra familia y amigos nos recuerden y que sea con cariño, por las palabras dichas, consejos, tiempo dedicado a escuchar, esas conversaciones interminables, tiempo de calidad. No por los regalos costosos que dabas, los regalos impresionan y se acaban; en cambio los buenos recuerdos te sobreviven.
 
Por ello,  hemos escrito sobre este tema. Envíanos tus sugerencias.
 

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20 sept 2014

¿Qué hay después de la muerte?

  Click en la Imagen para ver Video  

Gran pregunta esa, me llama la atención el esfuerzo que ha realizado la humanidad para responderla y el poco que ha dedicado a la diametralmente opuesta, ¿qué hay antes de la vida? Da que pensar que toda esa creatividad pueda ser solo resultado del miedo a morir. En cualquier caso, la ciencia tiene la respuesta, aunque no sea la que muchos esperen.

Han subtitulado un vídeo de ScientificAmerican para Naukas, y puedes encontrarlo en este enlace o pinchando sobre la imagen.


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10 sept 2014

No todos los muertos son iguales

FOTO: BrittanyMyers13


Hay muertos bien muertos. Muertos cuyas decisiones y ambiciones causaron tanto dolor, que apenas merecen caer en el olvido de los vivos. Huelga decir que nunca he deseado la muerte de nadie, ni mucho menos matar. Pero al menos permitidme no sentir punzadas por la muerte de algunos. Mis lágrimas, al igual que las tuyas, son un bien escaso y sólo se derraman por y para quien merece recibirlas: los que hicieron de mi mundo un lugar más confortable, los que grabaron gratos recuerdos en mi memoria, los que ayudaron a construir la historia de mi vida, los que motivaron con su ausencia un vacío difícil de restaurar. Sufrí la muerte de muchos seres queridos y ya llevo mucho peso cargado en mis hombros de ataùdes, quiero decir.
Pregúntate, pues, si tus acciones merecen el desprecio de alguien. Pregúntate si habrá quien se alegre de tu muerte. Pregúntate si el odio provocado mereció la pena. En caso afirmativo, tu paso fugaz por el mundo habrá sido un auténtico fracaso.  Y todo el dinero cosechado no te absolverá de nada. No hay muertos VIP, no hay cadáveres de oro. La nada no entiende de eso. No así el recuerdo de los vivos cuando mueres, capaz de revivir tu nombre.

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