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21 abr 2015

En la hora final


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación–  y fue una llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.
Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte
no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

17 mar 2015

El significado político de las fiestas


La función y el significado de las fiestas es un tema apasionante, y ha sido tratado por historiadores, antropólogos, sociólogos y filósofos. El sentido de una celebración es siempre múltiple y complejo, como le ocurre a cualquier manifestación cultural. Pero me voy a ceñir a uno de esos sentidos, que tiene especial relación con lo político: la fiesta como una institución generadora de orden y conformidad. Veamos.

Las leyes políticas, y el orden social que instituyen, no sirven de nada si la gente no las obedece, esto es, si carecen de poder. El poder, en general, es la capacidad para generar conformidad. Una ley o institución política es poderosa si la gente se conforma con ella y la obedece.

El poder u obediencia a la ley parece que se genera de dos formas: por coacción externa, sea “positiva” (mediante premios o sobornos), o “negativa” (mediante castigos y amenazas), y porconvicción interna. Prácticamente, ningún régimen político se mantiene únicamente por coacción (siempre hay gente que no se deja someter por la fuerza o el soborno, y los que lo hacen, lo hacen solo externamente). El método más eficaz es la convicción, por el que las personas se someten voluntariamente a las leyes y aceptan el orden que estas establecen, en cuanto las perciben como legítimas o justas.

Ahora bien, ¿cómo lograr convencer a la gente de que las leyes que han de obedecer son legítimas? También aquí hay varias maneras. Una, tal vez ideal, podría ser eldiálogo argumentativo (supuesta una educación racional previa), pero este medio es raro, y cuando se da en la práctica, en la medida en que se dé, nunca va solo, sino acompañado de otro, aparentemente más efectivo, que podemos llamar, el de la“seducción” emocional. Es aquí donde cabe situar esa función generadora de orden que atribuimos a la fiesta.

En todas las culturas existe un sinfín de sinfín de ritos y ceremonias colectivas, también llamadas “fiestas”, una de cuyas funciones es justificar, de modo fundamentalmente emotivo e inconsciente, el orden social y político establecido. Tal como han mostrado autores como Georges Balandier, las fiestas legitiman el orden de dos modos: directamente (escenificando el orden vigente), e inversamente (a través de la celebración del desorden). Habría así, desde este punto de vista, dos tipos básicos de fiesta: las que conmemoran la institución de la ley y el orden; y las llamadas “fiestas de inversión” (como el carnaval) en la que se celebra, de modo ritual, la ruptura con la ley y el orden (para regenerar, de modo sumamente “astuto”, el orden que se subvierte). Profundicemos en estos dos tipos de fiesta.

Las "fiestas de institución del orden" son muy variadas. En unos casos se celebra el orden de modo positivo. Por ejemplo, en las fiestas de entronización (se celebra la llegada al trono del rey o gobernante), las conmemoraciones patrias (el día del patrón, la fiesta nacional, el día de la victoria), los desfiles militares, las celebraciones religiosas (las romerías, la semana santa), el homenaje a los héroes de la patria, los días en que se celebran ciertos valores (el día internacional de los derechos humanos, el día del trabajo...), o incluso ciertos acontecimientos deportivos masivos. En otros casos también se celebra el orden, pero, cabe decir, en "negativo". Por ejemplo, en las ejecuciones públicas (antaño eran días de fiesta), o en ciertas celebraciones en las que se escenifica el castigo al “enemigo” común o "chivo expiatorio" (el hereje, el traidor, el criminal...). Es común, por ejemplo, en estas fiestas, que se pasee por las calles a la figura que representa al “villano”, para que sea objeto de burla y castigo por todo el pueblo.

En cualquier caso, algo común a todas estas fiestas es el especial tono estético con el que se busca dotar de eficacia (de poder de "convicción") a la conmemoración festiva, que tiene siempre un formato teatral (ritual, simbólico) rígidamente preestablecido (en estas fiestas no hay sorpresas, todo está previsto). En todas ellas se escenifican la jerarquía social (el desfile es un buen ejemplo de esto), los valores comunes (que son sacralizados, y de los que nadie osa burlarse), los modelos morales (los héroes, santos, dioses y sus hazañas), la majestad de los poderosos, la identidad y cohesión del grupo, así como su origen mítico y trascendente (casi siempre a través de un relato en el que el Orden vence al caos enemigo). Por supuesto, también se escenifica, con la misma eficacia teatral y estética, el castigo de todo aquel que osa “salirse” del orden y atentar contra él. Lo importante es que todas estas celebraciones dan una impronta “sagrada”: estética, emotiva, misteriosamente seductora, a la estructura social, al orden y a la ley, lo cual ejerce un poder de convicción casi irresistible.


¿Cómo desobedecer al policía que desfila en traje de gala, al son de un música solemne, y entre los vítores de todos, junto a una figuración teatral del dios llevado en andas por unos compungidos penitentes?...

Ahora bien. Estas fiestas (de institución del orden) no bastan para generar toda la conformidad que se precisa para que la sociedad (la ley) funcione. Todo orden social se “monta” sobre la represión o inhibición de fuerzas muy poderosas, y que están siempre latentes en los individuos. No son solo las pulsiones sexuales, o el uso libre de la violencia (los dos “impulsos” que primariamente se “civilizan” y reprimen en toda institución social, al decir de algunos antropólogos), sino algo socialmente más peligroso aún: la tentación de la duda, la crítica, la polisemia, la acción alternativa, el cuestionamiento no ya solo del orden social vigente, sino de cualquier otro orden posible. 

William-Adolphe Bouguereau. The Youth of Bacchus. (1884)
Estas poderosas fuerzas no se pueden someter fácilmente; hay que "darles salida", y esto podría ser la función del carnaval y del resto de “fiestas de inversión”. Son muchas: las saceas babilónicas, las crónicas griegas, las saturnales romanaslas  misas de locos medievales, las fiestas de esclavos antillanos, o todas las formas conocidas del carnaval -aunque en algunos casos este esté ya tan ritualizado que cueste trabajo reconocer en él su primitiva función—. En todas estas fiestas se escenifica justo lo contrario a lo que se celebra en el resto de las fiestas. En lugar de entronizar a un rey majestuoso, se hace desfilar a un bufón o a un grotesco “rey de burlas”. En lugar del héroe se celebra a un truhan pícaro y subversivo. En vez del orden tradicional, se inaugura un orden inverso: el mendigo es el rey, el burro hace de obispo, el varón se disfraza de mujer, y cada uno de su opuesto. La música majestuosa y emotiva de la celebración institucional se torna en ritmo desenfrenado, en baile improvisado, sin más coreografía que la natural del espasmo sexual. En lugar del discurso o el relato mítico del orden vigente, se abre paso la burla, la parodia, la crítica descarnada de todo, la risa sin censura (todo se vuelve cuestionable, risible). Los himnos se trastocan en canciones burlescas, los símbolos se invierten y desacralizan. Se busca la sorpresa, la aventura, en la bacanal y en la ingesta de sustancias enervantes. 

En los verdaderos carnavales, la policía, y todo asomo de orden, desaparecen de las calles. La violencia aflora, con la misma naturalidad que el sexo... El objetivo parece claro. Permitir, por unos días, que la fiesta conduzca al desorden más absoluto y, por tanto, a la convicción de la necesidad del orden que, tras los días del carnaval, vuelve triunfante (mediante una nueva escenificación teatral) a renovar su poder sobre el caos. En esta especie de mecanismo “metabólico” del poder, la inversión simbólica del orden ha de llegar a representarse en su grado más extremo, el de lo grotesco; solo así el poder se asegura una nueva y mayor demanda de orden y un renacimiento, temporalmente purificado, del deseo de conformidad. El mensaje del poder está claro: o el caos, o Yo.


Para más información sobre esta teoría de la función política de la fiesta puedes pulsar  aquí.


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10 jun 2014

La violencia nos cambió la cara

El rostro de nuestros antepasados se modificó por la violencia


El rostro de nuestros ancestros, especialmente el de los australopitecos, unos homìnidos que vivieron hace entre 4 y 2 millones de años y que darían origen al género Homo que engloba a nuestra especie,podría haber evolucionado para minimizar la gravedad de las heridas que sufrían en la cara los machos cuando se enfrentaban entre sí.

Así lo sostiene un equipo de científicos de la Universidad de Utah, en EE. UU., en un artículo publicado en la revista Biological Reviews. La hipótesis predominante hasta ahora establece que la robusta tez de nuestros antepasados surgió como una respuesta a la necesidad de masticar  nueces y otros alimentos muy duros.

Por el contrario, este nuevo trabajo destaca que se trataría de una adaptación que apareció más o menos al mismo tiempo que otros rasgos en el sistema musculo-esquelético de los australopitecos, especialmente en las proporciones de la mano, que les permitirían darle forma de puño y utilizarla para golpear a sus rivales, como si fuera una maza.

“Cuando los humanos modernos pelean cuerpo a cuerpo, el rostro suele ser su primer objetivo”, señala el biólogo David Carrier, que ha coordinado la investigación. “Hemos descubierto que los huesos que más se fracturan durante estos enfrentamientos son los mismos que han ido robusteciéndose durante la evolución de los homínidos.

Son, además, las regiones del cràneo que muestran mayores diferencias entre machos y hembras, tanto en los australopitecos como en los humanos; esto es, la cara de los varones es distinta de la de las mujeres porque las zonas más susceptibles de sufrir heridas en una pelea son más grandes en ellos”. El estudio impulsado por estos expertos sugiere que la violencia jugó un papel fundamental en la evolución humana, una idea que defienden no pocos antropólogos.


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12 jul 2013

La nueva mirada: visiòn, audiciòn y tacto del mundo

Ensayos, sazonados de reflexiones filosóficas y biológicas, repasan la evolución y nos ponen en nuestro lugar: sintonía con la naturaleza y asumir que somos una pieza más en el reino animal


 Somos una pieza más en el reino de los animales, y no a todo el mundo le resulta fácil colocarse ahí.
Imagen de la película El origen del planeta de los simios'.
Tenemos una visión del mundo y no una audición o un tacto; nos preguntamos cómo lo vemos, no cómo lo olemos o cómo lo gustamos. Somos seres visuales. La vista es, probablemente, el más humano de los sentidos y la mirada es el mascarón de proa de nuestra personalidad. Los filósofos, de la mano de los biólogos, están lanzando una nueva mirada a nuestro entorno para poner de relieve detalles que habían pasado inadvertidos o que no se habían querido ver. Estamos empezando a ver miradas que nos conmueven, ojos detrás de los que vemos algo más que animales y que nos ayudan a colocarnos en nuestro sitio.
 “La filosofía se ha convertido en un juego de palabras en el que unos se citan a otros, y yo pretendo centrar la reflexión en la realidad misma. El libro más interesante de todos es el gran libro de la naturaleza”. Jesús Mosterín, filósofo, profesor de investigación del CSIC, es el autor de El reino de los animales, un ensayo que pretende “colocarnos en nuestro sitio”. Para ello es necesario prestar atención a lo que tenemos más cerca, para ver con una nueva mirada lo más próximo. “Se ha producido el fenómeno curioso de que cuanto más cerca de nosotros están las cosas, más hemos tardado en conocerlas. Históricamente, las ciencias más establecidas son la matemática y la astronomía, astros y estrellas lejanas; de lo cercano, de nosotros mismos, hasta hace poco no sabíamos nada”.
Somos una pieza más en el reino de los animales, y no a todo el mundo le resulta fácil colocarse ahí, como una especie más. “Antes teníamos que inventar mitos, parecía que daba vergüenza estar donde estábamos, así que inventamos que éramos hijos de dioses o de ángeles. Sin embargo, deberíamos reconocernos como lo que somos y sentirnos bien, en sintonía con la naturaleza. Por eso la nueva mirada es esta especie de visión realista, por así decir, intelectualmente honesta. Y creo que, de paso, relaja verlo tal y como es”.

El libro más interesante de todos es el gran libro de la naturaleza
Mosterín dedica su libro, precisamente, a explicar cómo es el mundo que nos rodea, este Reino de los animales que nace con la química y llega a la célula y continúa modificándose lentamente. Se trata de un repaso de la evolución aderezado de reflexiones filosóficas y biológicas para explicar la función de la alimentación, de la reproducción, de la locomoción y, en definitiva, de todo aquello que nos hace animales y que nos iguala al resto de seres que habitan el planeta. Es decir, nos coloca en nuestro sitio.
El cerebro, la conducta y la opinión de diversos filosóficos sobre estas cuestiones llevan al lector de manera natural a las ideas sobre la muerte y de ahí al concepto de especie y a su esencia, el genoma, “lo que más describe a un ser humano, el proyecto más notable desde el punto de vista biológico y antropológico. Se trata de una revolución en nuestro autoconocimiento pero del que hace cien años no se sabía nada, ni siquiera que existían los genes”. Y ese estudio del genoma nos aproxima aún más a los grandes simios, porque “estamos emparentados con todos los animales, desde las medusas hasta los conejos, pero estamos más cercanamente emparentados con los primates, con quienes llevamos juntos toda la evolución”.
Por eso también los vemos más próximos y por eso también la nueva mirada se ha detenido en ellos con más insistencia. Chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes forman parte del Proyecto Gran Simio, “que no es una organización, es una idea. La idea es pedir para estas especies más próximas no derechos que no tendrían sentido en su caso, como el de votar o la libertad de expresión, si no tres derechos en concreto: el derecho a la vida, a que no se les mate; el derecho a no ser torturados, y el derecho a no ser encarcelados ni metidos en una jaula sin necesidad”.
Para Miguel Ferrer, biólogo doctorándose en filosofía, investigador del Consejo Superior de Investigaciones, Científicas y presidente de la Fundación Migres, “el deseo de reconocer valores intrínsecos a los animales es la expresión secundaria de un comportamiento humano muy importante que es la empatía. La capacidad para determinar el estado de ánimo del otro es fundamental y está sometido a una fuerte selección en animales tan sociales como nosotros. Intuir la receptividad, la cólera, el engaño, etcétera, lo que llamamos sentimientos, es un factor de éxito en un contexto social, indudable. La extensión de esa capacidad de intuir al otro y su estado de ánimo a animales diferentes de nosotros es inevitable y explicaría porque nos empeñamos en atribuirles derechos tanto más cuanto más se parezcan a nosotros en su capacidad de comunicar socialmente. Pero considero que posiblemente sea más realista pensar no en el dolor que ellos puedan sufrir, cosa que desconocemos, sino en el dolor que sentimos nosotros mediante la empatía y protegerlos en la medida en que protegemos nuestra propia sensibilidad. Esto sería menos antropocentrista que atribuirles una de las invenciones más humanas del planeta, los derechos y los valores”.
De eso trata, precisamente, el libro de Frans de WaalLa edad de la empatía, también en cierta medida elaborando filosofía desde la biología. Para este primatólogo el altruismo no es rasgo único de los humanos, ni siquiera de los primates o de los más mamíferos, sino que está impreso en círculos anteriores de nuestro comportamiento, surge en momentos evolutivos anteriores. De Waal, holandés afincado en Estados Unidos, director del Centro Nacional Yerkes de Investigación de Primates, en Estados Unidos, ha escrito algunos de los libros más impactantes y audaces sobre los chimpancés, incluidos La política del chimpancé (1993), Primates y filósofos (2007) y El mono que llevamos dentro (2007).
Extraordinariamente provocadores, por lo que tienen de sacudida interna, nos convocan también a mantener una nueva mirada tanto sobre los grandes simios como sobre nosotros mismos. Nos viste la mirada con un guiño que nos confunde porque pone ante nosotros un espejo en el que no sabemos si lo que vemos es un reflejo o es otra cosa que nos mira con la misma empatía que miramos.
El reino de los animales. Jesús Mosterín. Alianza Editorial. Madrid, 2013. 
La edad de la empatía. Frans de Waal. Tusquets. Barcelona, 2011. 

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12 nov 2012

'Yo, mono': el simio que llevamos dentro

   Pablo Herreros, jugando con un colega orangután. |   

¿Por qué somos como somos? ¿Cómo podemos explicar el comportamiento de ese insólito mono pensante que llamamos 'Homo sapiens'? ¿Cuál es la mejor estrategia para entender a nuestra excéntrica especie? Dos años después de regresar de su mítico viaje a bordo del Beagle, Charles Darwin proclamó que "aquel que entendiera a los primates, haría más por comprender la esencia del ser humano que el filósofo John Locke". Por eso, para intentar conocernos un poco mejor a nosotros mismos, la sección de Ciencia de ELMUNDO inaugura hoy la sección 'Yo, mono' del primatólogo Pablo Herreros.
Hoy sabemos que compartimos más del 95% de nuestro genoma con nuestros parientes más cercanos, como los chimpancés y los bonobos. Y gracias a las investigaciones históricas de figuras como Jane Goodall y Frans de Waal, hemos descubierto hasta qué punto existen paralelismos entre el comportamiento de simios y humanos. Hoy sabemos que nuestros hermanos primates también sienten emociones, fabrican herramientas, forjan alianzas políticas, se rebelan contra líderes incompetentes, realizan intercambios de favores y entienden el concepto de la reciprocidad, tiene un sentido de la justicia, e incluso se ponen en huelga.
Siguiendo la estela de los grandes pioneros como Goodall y De Waal, Pablo Herreros (Torrelavega, Cantabria, 1976) está convencido de que la mejor manera de entendernos a nosotros mismos es partiendo de la base de que somos primates. Y por lo tanto, hay muchos aspectos de nuestra psicología que sólo podemos comprender si tenemos en cuenta de dónde venimos desde un punto de vista evolutivo, y lo que seguimos compartiendo con los simios.
A Herreros la pasión por los animales le viene de muy lejos, ya que su familia fundó el zoológico de Santillana del Mar y de pequeño jugaba entre lobos y otras especies de la fauna ibérica. Tras licenciarse en sociología y antropología, decidió que si realmente quería entender al animal humano,necesariamente tendría que comprender primero a sus 'primos' peludos, y decidió lanzarse a la aventura de la primatología.
En la actualidad es Presidente de la Asociación Española para la Investigación y Divulgación de la Conducta Animal y la Evolución humana, director científico del programa de Inteligencia Emocional y Social de la Fundación Eduard Punset, y miembro del grupo de investigación de Evolución Humana y Cognición en la Universidad de las Islas Baleares.
Pero por encima de todo, y más allá de su impresionante currículum académico, el autor de 'Yo, mono' es un sabio primate que tiene muchas ganas de compartir sus conocimientos con la gran manada de lectores curiosos que leen la sección de Ciencia de ELMUNDO y compartidos con el blog Planetafios. Si quieren disfrutar como monos, no se la pierdan, siempre, en este rincón de la jungla digital.


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1 mar 2008

El rostro digital de Bach

Unos expertos reconstruyeron digitalmente el rostro del compositor alemán del siglo XVIII Johann Sebastian Bach y dijeron que los resultados podrían sorprender a sus aficionados.

Fuente: REUTERS

Utilizando sus huesos y un modelo informático, los expertos lograron una imagen de un hombre de complexión gruesa y cabello blanco corto.


El nuevo rostro de Bach, creación de la antropóloga forense escocesa Caroline Wilkinson, se exhibirá el mes próximo en el museo de Bachhaus en el pueblo de Eisenach, en el este del país, lugar de nacimiento del compositor.

Los retratos del siglo XVIII lo muestran de manera muy diferente.

"Para la mayoría de las personas, Bach es un hombre viejo con una peluca. Pero es una imagen elegante, no tenemos ningún retrato real de él", dijo a Reuters Joerg Hansen, gerente del museo.

"Sabemos que era un hombre físico, que bailaba, que golpeaba el suelo con los pies cuando tocaba, que cantaba. Era un hombre muy dinámico, con esta reconstrucción se puede apreciar eso", añadió.

Los huesos de Bach fueron desenterrados en 1894 y escultores los utilizaron para ayudar en la creación de un busto en 1908.

Pero estaba basado principalmente en un retrato del compositor y críticos contemporáneos dijeron que era tan inexacto que podría ser perfectamente su colega Handel.

"No es tan importante saber cómo era, amamos a Bach por su música, es por ello que las personas vienen al museo", dijo Hansen.

"Aunque también están interesadas en el hombre", admitió.


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