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23 ene 2018

¿Cómo usas tu poder?


¿Cómo usas tu poder?, ¿cómo consigues lo que quieres/deseas/necesitas de los demás?, ¿cómo te sientes cuando no lo logras?, ¿cuales son tus estrategias para persuadir a tu gente conocida, ¿y a la desconocida?, ¿te impones siempre, cedes mucho, o sientes que hay un equilibrio entre tus intereses y los de los demás?, ¿ejerces el poder desde la dominación o la sumisión?, ¿quién te domina/explota/oprime y a quienes oprimes y explotas tú?, ¿cómo usas tu poder en tus relaciones de pareja?, ¿cómo te lo trabajas?

 Reflexionando sobre cómo usamos nuestro poder, cómo lo regalamos, cómo lo ocultamos, cómo lo ejercemos sobre los demás, cómo nos posicionamos en la jerarquía del patriarcado y el capitalismo, y cómo podríamos transformar el concepto de poder para transformar el mundo que habitamos.

Nuestra forma de organizarnos es piramidal: arriba unos pocos, abajo las grandes mayorías. Todos ocupamos una posición determinada en una jerarquía en las que tenemos gente arriba y abajo. En la cúspide de la pirámide están los pocos hombres blancos y occidentales que acumulan el 80% de la riqueza en el mundo, y en el escalón más bajo está la anciana lesbiana negra o indígena, pobre y del mundo rural, discapacitada o enferma. Arriba los más privilegiados, abajo los nadie. Abajo del todo, la masa de mujeres pobres que viven por debajo de los hombres más pobres del planeta.

En cualquiera de las posiciones en las que estamos ejercemos nuestro poder para evitar que abusen de nosotros, pero también para abusar de los demás. Cada uno de nosotros tiene sus intereses, sus necesidades, sus apetencias, sus proyectos, su visión de mundo, y casi siempre chocan entre sí. Las relaciones humanas son tan conflictivas porque funcionan bajo la estructura de la dominación y la sumisión: desde ambas posiciones ejercemos nuestro poder, y a menudo esto significa entrar en batalla y que una de las dos personas gane sobre la otra.

Desde que nacemos vivimos inmersos en luchas de poder. Ya desde bebés tenemos que utilizar estrategias para pedir amor, alimento, calor, que nos cambien el pañal, que nos quiten el miedo, que nos presten atención. Algunos humanos adultos desprecian esta capacidad para manipular que tienen los bebés, porque sienten que son pequeños tiranos que tienen que sufrir y pasarlo mal para aprender a sobrevivir. Por eso se insiste tanto en que los niños tienen que ser disciplinados y mutilados para que crezcan y no sean malcriados (niños que reciben "demasiado" amor), que no se rebelen cuando reciben órdenes, que se conformen con lo que hay, que no se acostumbren a los brazos, al amor y a las caricias, que se callen y no hagan ruido, que no lloren, que no den la lata. Por eso los niños que no lloran y no piden cosas son "buenos", y los niños que se comunican y se expresan para conseguir lo que necesitan, se les llama "malos". Un bebé es malo si llora porque su objetivo es joderte. Hay gente a la que ni se les pasa por la cabeza que lo hacen para comunicar que se sienten mal o necesitan algo. Por eso hay mucha gente que no les atiende ni les consuela: "es que le viene bien para ensanchar pulmones", que en realidad quiere decir: "que se joda y se acostumbre que la vida es dura".

También los animales están sometidos a la crueldad de los seres humanos adultos: ellos son los más débiles, los que soportan patadas, malos tratos, hambre y sed, dolor, soledad obligada. Destrozamos su hábitat natural para construir hidroeléctricas o minas, para extraer petróleo, para obtener materia prima de los bosques y las selvas. Los secuestramos, los domesticamos, los exhibimos, los compramos, los vendemos, los regalamos, los explotamos para que trabajen para nosotros, los ponemos a pelear a muerte para divertirnos, los explotamos reproductivamente para ganar dinero con sus bebés, los abandonamos en cualquier sitio cuando nos aburrimos, o los mandamos a dormir cuando molestan mucho, y no nos sentimos culpables porque los animales son "cosas", propiedades con las que puedes hacer lo que quieras porque su vida no vale nada.

A los humanos nos encanta ejercer el poder, tener la razón, resolver los conflictos a favor nuestra siempre, ganar todas las batallas, demostrar quién manda. Nos encanta que nos admiren, nos teman, o nos obedezcan. Nos encanta que nos idolatren, que los demás se relacionen de rodillas con nosotros, que todo gire en torno a nosotros. No nos importa acumular riqueza mientras la mitad del planeta pasa hambre, sólo pensamos en nuestro interés, y no somos capaces de pensar en el bien común. Por eso hacemos la guerra y masacramos poblaciones enteras con bombas, por eso nos hacemos la guerra dentro de las familias y las comunidades, y por eso también nos hacemos la guerra a nosotros mismos.

Estas luchas de poder nos quitan la mayor parte del tiempo y las energías que tenemos. Hacemos la guerra entre madres e hijas, padres e hijas, hermanos, compañeros del cole y del trabajo, y por supuesto, con la pareja. También batallamos contra el vecino que pone la música muy alta un sábado a las 7 de la mañana, contra el policía que quiere multarte, contra el teleoperador de la empresa de telefonía de la cual quieres darte de baja, contra el banco que nos ha cobrado de más, contra el casero que no te arregla una gotera.

Batallas contra tu abuela porque no le da la gana tomarse la pastilla de la tensión, contra tu hija porque no ha hecho los deberes, contra tu madre porque le ha dado chocolate a tu hijo y estaba castigado, contra tu jefa porque llevas un año pidiéndole un aumento de sueldo, contra tu hermana porque insiste en meter a la abuela a una residencia, contra tu compañero de trabajo que te tiene envidia y está siempre criticándote, contra tu marido porque se pasa toda la tarde en el gimnasio, contra tu ex porque quiere llevarse a la niña en Nochebuena, contra tu suegra porque les pone la televisión a los niños miles de horas.

En algunos casos ganan las mujeres  las luchas de poder, en otros casos ganan los demás. Unos utilizan el juego sucio, otros batallan con las mínimas dosis de ética, empatía, generosidad y solidaridad que se requiere para que una relación funcione. No nos es fácil conseguirlo porque desde la infancia nos enseñan a relacionarnos en la competición constante entre nosotros para ver quién saca mejores notas, quién es más listo, quién corre más, quién mete más goles, quién es más guapo/a, quién es más valiente, quién es más sexy, quién es más poderoso. Es fácil verlo en los colegios: las posiciones más altas de cualquier grupo siempre están ocupadas por dos o tres personas, da igual que tengan 9 años: a esas edades ya tienen muy claras las jerarquías.

Lo mismo sucede cuando estamos en pareja. Desde el momento en que definimos el modelo de relación que queremos tener y pactamos normas de convivencia, ya estamos interaccionando, construyendo un vínculo, negociando para que ambos miembros estén contentos con los pactos alcanzados. Todo va bien cuando ambos coincidimos en el tipo de relación que queremos (pareja de amor total y oficial, amigos con derecho a roce, amantes clandestinos, etc), pero si uno quiere una cosa y la otra persona quiere otra, empiezan los problemas.

A los humanos enamorados nos cuesta pensar con claridad, no sólo porque estamos con la borrachera del enamoramiento que nos coloca a todos en las nubes, sino porque hemos interiorizado muchos de los mitos que nos hacen creer que el amor es perfecto, eterno, y maravilloso. A veces nos pasa que preferimos creer que en algún momento el milagro del amor romántico nos pondrá a los dos en el mismo nivel, nos amaremos con la misma intensidad y al mismo ritmo, nos acoplaremos a la perfección, tendremos los mismos intereses y necesidades, trabajaremos en equipo para ser felices.

Lo más práctico sería ser realista y ponerse a pensar: si la otra persona no se enamora de tí, si no quiere el mismo tipo de relación, si te pone barreras porque no sabe disfrutar del amor, si le da pereza, si es un mutilado emocional, si no le apetece comprometerse, si no siente la borrachera del enamoramiento...lo mejor es dejarlo. Pero lo que hacemos es quedarnos y empeñarnos en que funcione la cosa y llegue a donde nosotras/os queremos que llegue.Y ahí ejercemos nuestro poder sobre el otro, cuando exigimos o mendigamos amor.

Las mujeres hemos sido educadas para someter al amado con nuestras artes de seducción y con victimismo. Los hombres han sido educados para someter a la amada utilizando sus encantos y su poder patriarcal, su capacidad para dominar e imponerse, su fuerza física y su violencia.

Así las cosas es bien complicado relacionarse desde el compañerismo: todas nuestras relaciones están basadas en la estructura hegeliana del amo y el esclavo. Unos mandan, otros obedecen. Pero siempre estamos en movimiento y haciendo las dos cosas: mandamos y obedecemos, damos y recibimos,  vamos alternando según el contexto en el que batallamos.

En las relaciones igualitarias también hay luchas de poder. Hay gente que las saca a la luz, que habla de ellas, que bromea con ellas, que se las trabaja. Pero la mayor parte de la gente no logra hablar de sus batallas y reflexionar sobre ellas. Simplemente se enfocan en lograr lo que necesitan utilizando los medios que hagan falta para lograr los fines.

Y en esto se basa un poco la dinámica de nuestra sociedad: en andar batallando unos contra otros en lugar de cooperar y colaborar para que a todos nos vaya bien. Mientras sigamos dentro de las estructuras de la jerarquía patriarcal y capitalista, seguiremos unos arriba y otros abajo, alternando posiciones según el momento del día: en el lapso de 24 horas podemos ser empleados sometidos, y reyes de nuestro hogar, podemos ocupar posiciones directivas en un sindicato, y podemos estar sometidos al poder de un padre tiránico. Así es el poder, nos contaba Foucault: un mecanismo de ida y vuelta en el que nos movemos y cambiamos de posición constantemente.

Otras formas de ejercer el poder son posibles. Es cierto que unos usan su poder de forma autoritaria, absolutista, y fascista, pero también es verdad que muchos otros usan su poder para la lucha por un mundo mejor. Unos usan su poder para acumular más poder, más recursos, más mujeres, más dinero. Otros usan su poder para ayudar a los demás. No todas las estrategias valen: no las que se utilizan para engañar, coaccionar, manipular a los demás. No las que hacen daño, ni las que se hacen con afán vengativo o destructivo. Vivimos en un mundo violento porque la mayor parte de nosotros sólo sabe ejercer su poder utilizando la violencia física, emocional, sexual, psicológica, económica.

Nos cuesta mucho verlo porque todos nos creemos que somos buenas personas, que llevamos la razón, que nos merecemos lo que obtenemos en nuestras luchas de poder. Y no solemos pararnos a pensar si realmente estamos siendo buenas personas, o si estamos haciendo daño a los demás. Y esta es la clave para pensar la ética del poder: ¿cómo podríamos ejercer el poder sin violencia?


¿Cuales son tus estrategias? 

Algunas de las estrategias que utilizamos para conseguir de los demás lo que necesitamos/deseamos/queremos son:

- Coacción: obligar a la otra persona o chantajearla. Por ejemplo, presionar e intimidar a alguien para que deje de hablar con su ex, para que te preste dinero, para que te conceda una cita, para quedarte con más dinero de la herencia, para que recoja su habitación, para que tenga sexo contigo, para que se enemiste con su familia, para que te diga en todo momento donde está y qué está haciendo.

- Manipulación perversa: engañar, mentir, machacar la autoestima, confundir a la otra persona para que cambie de opinión, para que haga lo que quieres, para controlarla, para someterla, para manejarla según te convenga. Por ejemplo: amigas que quieren enemistarte con otra amiga y utilizan mentiras para hacerte creer que ella no te quiere y habla mal de ti. Contar una historia con partes inventadas para que los demás se compadezcan de ti y culpabilicen a la otra persona.

- Victimismo: chantajear emocionalmente, amenazar, arrojar toneladas de reproches y acusaciones, montar tragedias y dramas para hacer sentir culpable, o hacer sentir mala persona a la que no hace lo que tú quiere o no te da lo que tú necesitas. Es un arte de dominación que se ejerce desde la sumisión: el victimista quiere dar pena y se exime de toda responsabilidad sobre sus actos y sus sentimientos para que tú te sientas responsable de su bienestar, de su salud, y de su felicidad. En los casos más extremos los victimistas se auto-lesionan y amenazan repetidas veces con "suicidarse". Son violentos y egoístas, pero con sus llantos y sus dramas se colocan en la posición del ser débil que necesita protección, mimos, cuidados, recursos, y lo que haga falta. Lloran, reprochan, patalean, hacen berrinche para que tú no les lleves la contraria, para que les quieras como ellos quieren, para que estés siempre atenta a sus necesidades y apetencias.

- Inacción: no hacer nada para ganar una batalla en la que se te pide que hagas algo, que cambies algo, que des algo. Por ejemplo: que te pidan un favor y tú digas que sí sabiendo que no vas a hacerlo. O hacer esperar a alguien a ver si se harta o se le olvida, o renuncia a sus propósitos. O no contestar cuando se dirigen a ti haciendo como que no te das por aludido.

- Seducción: utilizar tus encantos para despertar su deseo. Pedir las cosas con una sonrisa, con amabilidad, con buenas vibras, con alegría. Hacer reír a la otra persona, hacerle sentir especial. Por ejemplo: que se enamore de ti, que te de su juguete que tanto gusta, que te haga mimos, que te de de comer, que te hagan regalos, que te dejen salir de fiesta con tus amigas en la adolescencia, que te suban el sueldo, que te concedan una cita, que te den una beca para poder estudiar, que te den ese puesto de trabajo, que te firmen ese papel, que te perdonen una infracción.

- Negociación: utilizar la asertividad para comunicar lo que queremos o lo que necesitamos. Hablamos desde nosotras mismas, de cómo nos sentimos, de cómo vemos la situación, sin utilizar el juego sucio: ni chantajes, ni mentiras, ni amenazas, ni tratar de meter miedo, ni tratar de dominar al otro con estrategias ocultas. Se trata de parar la batalla para sentarse a hablar evitando el victimismo, las coacciones, la violencia, o la manipulación. Es una conversación que se realiza en horizontal, de tú a tú, con el corazón abierto, y en estado de escucha activa y afectiva. Cuando logramos hablar así, escuchando amorosamente, hablando con sinceridad y cuidando a la otra persona sin dejar de cuidarnos a nosotras mismas, entonces es posible pactar, ceder en algunas cosas, que la otra persona ceda en otras, que nadie salga perjudicado, y que ambas personas se queden lo más contentas posibles con los acuerdos alcanzados.


¿Cómo trabajar mi poder?

Yo me trabajo mi poder desde hace años, cuando empecé a leer sobre feminismo. He utilizado todas las estrategias explicadas anteriormente, y por eso me trabajo la asertividad, la empatía, la solidaridad con la gente con la que batallo, tanto con las personas que quiero como con las desconocidas. Mi objetivo es aprender a comunicarme mejor, a decir lo que siento, a ejercer mi poder desde una posición amorosa. Quiero llevar la teoría feminista a la práctica, a mi día a día, y así poder aprender a relacionarme en igualdad, desde el respeto y la empatía. Quiero transformar la manera en la que construyo y vivo mis relaciones con los demás, y aportar en la transformación política, económica, social, sexual y emocional del mundo en el que vivimos.

Lo personal es político y lo romántico es político: hay que trabajarse mucho el poder, individual y colectivamente. Si queremos acabar con las jerarquías que nos sitúan a unos encima de otros y que generan tanta desigualdad, discriminación, explotación, y violencia, tenemos que cambiar el concepto de poder, y utilizarlo para el bien común. Para acabar con el odio hacia el otro, para dejar de construir enemigos, para parar las guerras tenemos que repensar la forma en la que nos relacionamos sexual, afectiva, sentimentalmente. Transformar el modo de organizarnos política, social y económicamente, para que unos pocos no se queden con todo. Pensar entre todos qué tipo de familias y comunidades afectivas queremos, qué tipo de parejas queremos construir, cómo podríamos vivir mejor todos, cómo podríamos distribuir los recursos equitativamente.

Yo me lo trabajo con esta sencilla pregunta: ¿cómo podría yo hacer para que mi poder no perjudique, no someta, no abuse, no apague la luz de las personas con las que me relaciono?

Lo primero es analizarse a uno mismo para entender cuales son los privilegios que tenemos, cómo los usamos, cómo nos aplastan los privilegios de los que están arriba, cómo aplastamos nosotras a los que están abajo. Es un trabajo que requiere mucha honestidad, y mucha autocrítica amorosa. Se trata de ver cómo dominamos y cómo nos sometemos, cómo luchamos por conseguir nuestros objetivos y nuestras metas, y ver si estoy haciendo daño a los demás, o si me estoy haciendo daño a mí misma.

Se trata de ser honesto: ¿me estoy resignando, me estoy imponiendo, me estoy sintiendo humillado, me siento poderoso, me estoy dejando explotar, me estoy dejando tratar mal, estoy yo tratando mal a la otra persona?

Y sobre todo, pensar constantemente en qué ocurre cuando ganamos una lucha de poder, cómo afecta a los demás que yo consiga lo que necesito o lo que quiero. Si podría yo contribuir a que nos vaya bien a todos, no sólo a mí.


Otras cuantas preguntas para trabajarnos el tema del poder y el amor:

¿Cómo puedo trabajarme el Ego para dejar de necesitar la admiración de los demás, para abandonar esa obsesión por ser importante, por ser especial, por ser necesaria?, ¿cómo puedo valorarme a mi mismo sin necesitar constantemente el reconocimiento de los demás?, ¿por qué creo que me da valor tener pareja?, ¿por qué mi Ego y mi autoestima se hunden si no tengo pareja?

¿Cómo construir relaciones más bonitas, más sanas, más equilibradas, más honestas?. ¿Cómo amar y querer de forma desinteresada, con toda la generosidad del mundo?, ¿cómo cuidar a la otra persona y cuidarme yo durante las luchas de poder?, ¿cómo elimino la necesidad de control y dominio sobre la persona que amo?, ¿desde qué posición pacto los términos de mis relaciones sexoafectivas, me pongo sumisa o dominante, me pongo victimista o agresiva?, ¿cómo negocio esos pactos sin que nadie tenga que ceder en todo?, ¿cómo alcanzar autonomía para relacionarme desde la libertad, y no desde la necesidad?

¿Soy honesto/a con mi pareja?, ¿y conmigo misma?, ¿cómo me relaciono con la culpabilidad: la que se crea en mi y la que creo en los demás? ¿Soy capaz de aceptar al otro tal y como es, o mi secreto deseo es cambiarlo para que sea como quiero?, ¿cuáles son mis límites y los de la otra persona?, ¿son compatibles nuestras particulares apetencias y gustos sobre el sexo y el amor?,

¿Cómo relacionarme en un plano horizontal con mis parejas?, ¿cómo amar y defender mi poder?, ¿cómo me relaciono con el poder del otro o la otra?, ¿cómo hago para seguir siendo yo aunque me enamore locamente?, ¿cómo hago para no ponerme en un altar o no ponerme de rodillas a la hora de relacionarme con mi pareja?, ¿cómo hago para no machacar la autoestima de la otra persona?, ¿cómo amo y defiendo mi libertad, y la de mi pareja?,

¿Qué pasa si dejo de ganar siempre en todos los sitios y con todo el mundo?, ¿qué ocurre si me harto de someterme a los demás para que me usen como alfombra?,

¿Cómo me siento cuando no me aman como quiero/como sueño/como necesito?, ¿cómo me siento cuando la otra persona me ama ciega e incondicionalmente, y yo no siento lo mismo?, ¿me siento responsable del bienestar y la felicidad de tu pareja?, ¿hago responsable al otro de mi bienestar y mi felicidad, o soy yo la que asumo mi cuido personal?,

La pregunta más importante para mí es la que se centra en el placer, en el disfrute, en la alegría de vivir: ¿cómo utilizar mi poder para que me haga la vida más bonita a mí y a la gente a mi alrededor?


Coral Herrera Gómez


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10 dic 2016

El mito del amor materno

“Deberían los hombres buscar otra manera de engendrar a la prole sin sexo femenino, y así no sufriría mal alguno el varón” (Euripides en boca de Medea).
madres-arrepentidas
Claro que una madre puede arrepentirse de haber sido madre
Todo el mundo sabe que el arquetipo materno contiene un tabú universal, la madre es un intocable cercano a lo sagrado y por eso, la maternidad es también un hecho que se supone arcangélico, algo más allá de lo humano. Pero la verdad es que también sabemos todos que las madres no solo aman a sus hijos sino que también les rechazan y muchas veces les odian. En casos extremos -como Medea- les asesinan.
Pensar otra cosa sería inhumano, ¿pues qué razones deberían tener las madres para amar y solo amar a sus hijos? ¿Por qué una mujer deberia acceder a una maternidad ideal sin tener en cuenta sus intereses?. Intereses que muchas veces se hallan lejanos con respecto a los del hijo.
Una de las razones por las que las madres aman a sus hijos y quizá la de mayor peso es que los hijos son suyos. La naturaleza ha previsto que la maternidad sea un hecho seguro, la madre sabe que sus hijos son sus hijos, una certeza que el hombre no tiene. es el nepotismo el principal aliado del amor materno. “Lo amo porque lleva mis genes” aunque lo más corriente es que “le amo porque es mio” y “depende absolutamente de mi”. Hay algo en el recién nacido que nos conmueve y nos moviliza la ternura. Son tan vulnerables.
Otra de las razones naturales por las que las madres aman a sus hijos es una tormenta de hormonas y neurotransmisores que se desencadenan durante el embarazo,parto y puerperio y que cambian la conectividad cerebral privilegiando el cuidado, la lactancia y la protección del pequeño. Una verdadera inundación de prolactina,oxitocina, hormonas de filiación y de estrés incluyendo a las beta-endorfinas acuden al rescate para favorecer el vínculo.
Por ultimo las madres aman a sus hijos porque existe una prescripción social para que asi sea.El amor materno es algo así como un mito al que se le supone por defecto a las mujeres como el valor a los reclutas. Y un mito ya se sabe que es una historia verdadera contada con un lenguaje equivocado.
Pero para decir toda la verdad,  existen conflictos de intereses entre madre e hijo y son transversales a toda la escala animal siendo más obvios entre los vivíparos sometidos a la “cruel atadura” es decir a la necesaria convivencia entre madre -portadora en su propio vientre de un feto- y la necesaria inversión de recursos más allá del destete.
Es por eso que algunos autores hablan de la relación madre-hijo como una competencia agonística.
El embarazo es un paradigma excelente (Haig, 1973) para las explicaciones evolutivas de cómo deriva y se reactivan los conflictos no resueltos de rivalidad de la madre En este sentido se ha señalado que más del 70% de los huevos fertilizados no llegarán a implantarse (Nesse y Williams 1994), se sabe que la madre aborta usualmente fetos con malformaciones o fetos a veces incompatibles con la vida o al menos con escasas
probabilidades de llegar a la edad adulta y reproducirse. El aborto espontáneo es pues un mecanismo fisiológico que la evolución ha preservado para reducir las inversiones maternas en la crianza de hijos con escasas posibilidades de supervivencia, se trata en este caso –contemplado desde la óptica evolutiva-de un triunfo de la madre en su conflicto agonístico con su feto, su inversión genética, en este caso superflua. Lo mismo sucede conel aborto voluntario, se trata en todos los casos de la hegemonía de la decisión de la madre que prevalece sobre los “intereses” del feto y del padre.

Los conflictos de intereses entre madres y sus crías son comunes en toda la escala animal, las “campañas de reducción de la natalidad”que organizan los estorninos en sus constantes y escandalosas reuniones antes de la época de reproducción tienen como propósito realizar periódicos censos de población, a fin de hacer balance entre los recursos alimentarios esperados, la densidad demográfica y el tamaño de las nidadas (Wynne-Edwards 1962).

El embarazo de la hembra humana no ha sido nunca contemplado en clave de un conflicto de intereses, quizá porque a la maternidad se le supone un origen divino que ha dejado en el tintero la evidencia de que la reproducción para la hembra humana tiene un coste adicional a la de cualquier otra hembra. Para empezar el parto es en la mujer doloroso a consecuencia de la estrechez de su canal del parto y de la bipedestación, por no hablar de los costos en vidas maternas ocasionados
por los partos y que actualmente y gracias a la moderna obstetricia han desaparecido por completo en los países desarrollados. Se ha pasado por alto que las
enfermedades de la gestación pueden contemplarse enclave evolutiva como un conflicto agonístico entre la madre y el hijo y en todo conflicto agonístico hay
alguien que gana y alguien que pierde. La eclampsia, la diabetes, o las malformaciones tumorales de la placenta no han sido jamás interpretadas en clave de este
conflicto de intereses, aunque algunos autores han señalado que:

1.- No sabemos como la madre “reconoce” o “sabe”que su feto contiene malformaciones graves que pueden poner en peligro su supervivencia, pero es evidenteque los abortos espontáneos y su frecuencia hacen presumir
que existe algún mecanismo de “reconocimiento” al menos celular de tal evidencia (Buss 1999). 

2.-Las mujeres que presentan hiperemesis del primer trimestre, es decir aquellas que desarrollan durante el embarazo aversiones o preferencias alimentarias (de
l 75-89% según autores) tienen un índice de abortos espontáneos menor que aquellas que no presentan esta curiosa enfermedad (Profet 1992). Es posible suponer
que la nausea o el vómito sean una manera fisiológica de desprenderse de posibles toxinas alimentariasteratógenas o a un fallo del reconocimiento de las
mismas especifico y muy activo durante la fase de formación de órganos.
3.-El feto también tiene estrategias de competir con la madre, por ejemplo puede segregar un exceso de gonatropina coriónica (HcG) para hacerle saber a la
madre que se encuentra bien fijado al útero y librarse así de un aborto espontáneo (Buss 1999).

4.-El feto absorbe sus nutrientes del torrente sanguíneo de la madre, muchas veces al precio de enfermarla, es el caso de la hipertensión o preeclampsia materna o de
la propia diabetes. El mecanismo para extraer nutrientes que utiliza el feto es liberar substancias que tienen efectos sobre la presión arterial de la madre, a través de la
vasoconstricción (Buss 1999), de hecho existe una correlación negativa entre hipertensión materna y el aborto espontáneo (Haig, 1993).

Pero existen más razones por las que una madre podria rechazar a su hijo. Al fin y al cabo tener un hijo supone aparcar los propios proyectos, carreras, trabajo, sexo y enredarse en una tarea hercúlea para la que se precisarán grandes apoyos sociales que pueden estar o no estar disponibles. La implicación y el compromiso de la pareja en esta tarea es una variable critica cuya ausencia, desinterés o falta de compromiso puede disparar una depresión post-parto.
La depresión es una de las máscaras en la que se oculta el rechazo, pues aquello que no puede ser verbalizado acaba en el inconsciente reprimido y vigilado no sólo por los mecanismos de censura individuales sino también con los grupales: los vigilantes de la norma y la norma es que las madres amen a sus hijos incondicionalmente y si no les aman es que algo anda mal en sus cabezas.
El periparto es un periodo crítico para la díada madre-hijo, en realidad puede pensarse como escaladas de rivalidad entre ambos protagonistas. El niño exige,llora, mama, defeca y mantiene la atención permanente de su madre que pierde horas de sueño, nutrientes, capacidad y autonomía física y muy frecuentemente menoscabos en su autoestima.
Es un periodo critico para la madre, porque en ella se han activado no solamente las pulsiones de nursing y de apego sino también las pulsiones agresivas derivadas de las exigencias de su hijo contra el que no puede luchar y del que no puede tampoco huir debido a la “cruel atadura”que prevalece en todos los vivíparos y con más
evidencia entre los humanos necesitados de cuidados durante un tiempo mucho mayor que el resto de las crías de toda la escala animal. Se conoce este periodo como
postpartum blues, un estado subdepresivo muy frecuente y que tiene que ver con las dificultades de la madre con respecto al manejo de su hijo.modelo que encuentra refrendo clínico en las teorías de Brown (Brown et alt 1986) y Goldberg (Goldberg 1991).

Por no hablar de la pobreza, de la ignorancia, de la falta de experiencia, de los embarazos forzados o de conveniencia. Todos ellos son pistas que nos ayudan a comprender que el amor de las madres por sus hijos no es algo que debieramos dar por descontado. La tarea que encuentro más importante de salud mental en este campo es ayudar a las madres a soportar las cargas de sus embarazos, asistirlas a través de las redes sociales que aun puedan mantenerse vivas y sobre todo mostrarles que los sentimientos negativos contra el feto son normales, que el amor y el odio van en un mismo paquete y que no es conveniente privilegiar a uno y desatender al otro. Ayudar a las madres a comprender que no hay un amor mítico sobrevolando los partos y que en cualquier caso la ambivalencia frente al hecho de ser madre es algo completamente natural, tan natural como el hecho de ser madre, algo que en cualquier caso supone el nacimiento de una subjetividad nueva no necesariamente en sinergia con la otra identidad de la mujer: la de ser mujer, persona o sujeto.
Y ayudarles a comprender que los hijos un dia u otro nos defraudarán.

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4 jul 2016

El termómetro del amor y el desamor

La herramienta ideal para sufrir menos, y disfrutar más


"Quiereme sin prisa", Verónica Ramilo Graña, artista y miembra del Laboratorio del Amor


En el Laboratorio del Amor estuvimos trabajando en la construcción de un termómetro del desamor, una herramienta muy útil para saber si todavía estamos o no enamorados, y si el otro o la otra sigue también enamorado de nosotros. Es una herramienta práctica y fácil de usar, y sirve para saber si estamos perdiendo el tiempo y las energías en una relación, o si merece la pena o la alegría seguir alimentando el amor.

Empezamos el trabajo por nosotros mismos, preguntándonos qué nos pasa cuando nos estamos desenamorando, cómo cambia nuestro comportamiento, cuales son las señales que nuestro cuerpo emite cuando llegan el desamor, el desencanto, la pereza y la falta de ganas... 

El segundo paso fue leer al revés el termómetro, es decir, darnos cuenta de que los demás también emiten esta señales cuando se desenamoran, pero no las vemos o no queremos verlas. Si, claro que preguntamos al otro qué ocurre, pero el otro tiene miedo de decirse la verdad y de contarnosla, y por eso tardamos tanto en asumir y aceptar la realidad: el amor se acabó, y es hora de separarse. 

Al leer todo lo que habíamos escrito en el proceso de investigación, la cuestión principal que nos encontramos fue: ¿por qué nos cuesta tanto darnos cuenta de que nos estamos desenamorando, y por qué nos cuesta aún más admitir que la otra persona nos está dejando de amar?. ¿Por qué preferimos instalarnos en los reproches eternos que a veces duran meses o años en lugar de utilizar el sentido común y romper la relación?. 

¿Cómo es que somos capaces de quedarnos con alguien que nos quiere poco o nada?, sabiendo que el amor ni se exige ni se mendiga, ¿por qué nos engañamos de esa manera, y engañamos a nuestra pareja?. Llegamos a la conclusión de que, en general, la mayor parte de nosotras practicamos el autoengaño porque nos cuesta muchos aceptar que una relación está llegando a su fin. En nuestra cultura amorosa los finales se viven como un fracaso: los divorcios se consideran una especie de derrota en lugar de una liberación. Los finales no se ven como inicios de otras historias que podemos vivir en una sola vida, sino como puertas que se cierran para siempre. 

Nos da miedo convertir el presente en pasado y empezar una nueva etapa, y todos los cambios que se producen en nuestras vidas cuando una relación se rompe. Y es que en nuestro mundo todos viven en pareja y la pareja es el epicentro de la existencia, por eso optar por la soledad y romper a menudo supone una transformación radical de nuestra vida cotidiana y de nuestras redes sociales y afectivas.  

Miedo al cambio: nos da miedo quedarnos solos o solas, nos da miedo el qué dirán los demás, nos da miedo no volver a encontrar el amor, nos da miedo hacer daño a la otra persona. Nos sentimos responsables de su felicidad, del tejido socio-afectivo que hay alrededor de la pareja (amigos y amigas, familia, hijos, etc) y que se rompe cuando decidimos seguir cada cual por nuestro lado. 

Nos sentimos culpables cuando dejamos de amar, especialmente las mujeres, que se sienten malas personas porque les han vendido la idea de que las mujeres nacen con un don para el amor incondicional, que el verdadero amor es para siempre, y que un pacto de amor jamás puede romperse. Confundimos separación con abandono, y nos cuesta aceptar que, para bien o para mal, en la vida todo cambia: nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás....

Se está mejor sola o solo que mal acompañado. Este sabio refrán lo que quiere decir es que la vida es más bonita cuando nadie nos está jodiendo. Se vive más tranquilo(a) sin pareja que sumergido en una guerra romántica. Estar con alguien que no te ama y no te trata bien tiene un coste enorme y es de las cosas más deprimentes que puede pasarte en la vida. 

Sin embargo, los cuentos que nos cuentan nos dicen que a veces el amor llega de pronto, que resurge de las cenizas, que hace milagros, y que si tenemos paciencia es posible que la otra persona vuelva a amarnos, o que nosotros nos veamos de nuevo invadidos por el romanticismo más empalagoso, todo así como por arte de magia. 

Aguantamos porque "la esperanza es lo último que se pierde" y porque nos han hecho creer que "los que más se pelean son los que más se desean". Esta es la razón por la cual nos hemos hecho adictos al placer del sufrimiento: todas las películas exaltan el masoquismo romántico femenino, y le rinden tributo a nuestra capacidad para aguantar, para llorar, para sufrir y pasarlo mal. 

Sin embargo, hay algunas abuelas que nos lo han repetido durante años: que se está mejor sola o solo que mal acompaño. Esto significa que no nacimos para sufrir, que separarse puede ser una buena decisión y un camino para la liberación, que la vida es muy corta y no merece la pena vivir amargado, y que no hay por qué sufrir innecesariamente en infiernos conyugales que no sirven para nada. Y es que no tiene sentido malgastar el tiempo y las energías en peleas, luchas de poder, escenas dramáticas, o tragedias pasionales... 
Es mucho más divertido ser feliz y dedicar nuestras energías a gozar y a disfrutar con la gente que nos quiere bien. 

El amor no debería de doler, ni al principio, ni en medio, ni al final de la relación. Si la otra persona nos trata mal, es un signo inequívoco de que no nos quiere, no nos quiso, no nos va a poder querer. Y sin embargo nos han dicho que en el amor todo vale, que el amor es una guerra, que la violencia es producto de la pasión, que "quien bien te quiere, te hará llorar", que si amas tienes que aguantar malos tratos y malos ratos. Rompamos con esta idea: es hora de que dejemos a un lado la violencia romántica y empecemos a trabajar para idear y construir otras formas de querernos y de relacionarnos.

"Rompamos con esta idea: es hora de que dejemos a un lado la violencia de hogar y de pareja, es hora de dejar de hacernos daño nosotros mismos y de fingir ante una sociedad a veces hipocrita"
 

Cómo evitar el autoengaño, cómo evitar que nos engañen: 

Esta es la cuestión que más nos preocupa en el Laboratorio del Amor, la escuela en la que aprendemos a sufrir menos, y a disfrutar más del amor y de la vida. Haciendo análisis y autocrítica amorosa, nos dimos cuenta de que a nosotros mismos nos pasa que cuando nos empezamos a desenamorar: querríamos ser sinceros, si, pero no queremos hacer daño. Si es la otra persona la que se desenamora, nos da rabia no tener información, no saber lo que está ocurriendo, no poder tomar decisiones, no poder inventar soluciones. Y sin embargo, es angustiante sentir la angustia del otro incluso cuando nos está diciendo que todo está bien y que no pasa nada. 

Para ahorrarnos meses o años de sufrimientos, es fundamental sentarse a hablar con uno mismo y encarar la situación. No es fácil admitir que nos estamos desenamorando, pero cuando aceptamos lo que nos está pasando y nos lo decimos en voz alta a nosotros mismos es completamente liberador. 

El siguiente paso es sentarnos a hablar con la pareja y contarle cómo nos estamos sintiendo con honestidad: cuando la otra persona por fin sabe lo que está ocurriendo, nos liberamos de la culpa y los remordimientos, y dejamos de vivir el proceso a solas. Poder compartir con la otra persona este proceso de ruptura es mucho más sano: separarse unidos supone poder cerrar las relaciones desde la generosidad, el cariño, la ternura, la madurez. 

Para dejar una relación con amor hay que poder hablar mucho, desahogarse, acompañarse mutuamente, liberarse de las angustias y los miedos, abrazarse, dar opción a la otra persona para que tome sus propias decisiones...  y todo esto requiere de mucha sinceridad, honestidad, coherencia y valentía. 

Cuando llega el desamor es importante tratarnos bien, cuidarnos a nosotros mismos y a la otra persona, ponernoslo fácil a nosotros mismos y a la persona a la que hemos estado unidos durante un tiempo en nuestras vidas.

No es fácil decirle a alguien: "ya no te amo", ni tener que escucharlo de la otra persona, pero si lo pensamos bien, es un acto de generosidad y de sensatez que nos puede ahorrar muchos dramas. Es una prueba de amor, también: decirte que ya no te amo mirándote a los ojos significa que me importas, que no quiero hacerte daño, que te libero, que te cuido y que quiero hacerlo bien. 

Si no hay amor, si una de las dos personas quiere volar y seguir su camino, es importante que se sienta libre para poder irse, para poder quedarse, para poder decir adiós sin rencores. Y es que cuando alguien te deja de querer, no te está traicionando. Son cosas que pasan: los humanos nos enamoramos y nos desenamoramos, las historias empiezan y acaban, y no es culpa de nadie. 

No hace falta portarse mal para separarse. De hecho, todo va mejor si nos portamos bien con la persona con la que hemos compartido un trocito de nuestras vidas. De ahí lo importante que es querernos bien en todas las etapas de la relación, tanto en los inicios como en los finales. Si se acaba el romanticismo, no tiene por qué acabarse el respeto, el cariño y la ternura entre dos personas. De hecho, no hay nada más hermoso que poder mirar a los ojos a la otra persona y decirle cómo nos sentimos desde lo más profundo de nuestro ser: "he sido muy feliz contigo, doy gracias a la vida por el tiempo de vida que hemos compartido juntos, ahora quiero seguir mi camino a solas"

"Sería como decirles de una manera muy sincera, ya lo experimente, ya lo viví, ya aprendí, ya se como es la convivencia y ahora deseo seguir otro camino"

Para terminar, aquí les dejo el termómetro del amor que construimos en el Laboratorio. En este listado están algunas de las señales que encontramos en nosotros mismos y en las parejas que hemos tenido para darnos cuenta de que se nos está acabando el amor;


- Cuando ya no te sientes conectado al cien por cien, cuando sientes que falta complicidad, cuando no fluye bien la comunicación con tu pareja, cuando evitas las conversaciones profundas, cuando te cuesta mirar a los ojos a la otra persona. 
- Cuando te sientes cada vez menos generoso(a), y cada vez más egoísta, por ejemplo con tu tiempo. 
- Cuando nos baja la libido y nos apetece menos tener relaciones sexuales, cuando evitamos la intimidad, cuando el cuerpo responde con frialdad a los requerimientos amorosos de la otra persona.
- Cuando nos hablan del futuro y se nos pone el cuerpo tenso porque no nos vemos en el futuro ya, y no nos gusta hacer planes más allá del fin de semana. 
- Cuando nos apetece ver menos a la pareja, espaciamos los encuentros, no sentimos tanta necesidad de estar con la persona amada, no queremos dedicar todo nuestro tiempo a la pareja o la situamos en un lugar secundario en nuestras vidas. 
- Cuando ponemos excusas porque no queremos hacer el amor o no queremos pasar la tarde con la pareja: excusas que no suenan bien, que se repiten, que resultan a veces absurdas, y generalmente provocan la protesta de la otra persona por que son inconsistentes. 
- Cuando la otra persona te cubre de reproches o tú la cubres de reproches. "es que tú siempre", "es que tú nunca", "es que yo siempre", "es que lo que te pasa a ti es...".
- Todo aquello que antes nos hacía gracia, ya no. Tenemos otra actitud, menos favorable al otro o a la otra, y lo que antes nos parecía maravilloso, puede llegar a irritarnos profundamente. 
- Discutimos mucho con la pareja pero no llegamos a la raíz de la cuestión. Nos ponemos a la defensiva o bien atacamos, a menudo por temas poco importantes, pero nos cuesta asumir el fondo de la cuestión. Esas discusiones constantes van erosionando aún más nuestros sentimientos y hacen daño a la otra persona. 
- Cuando sientes que te falta algo, cuando echas de menos cosas que antes no te afectaban tanto, cuando ya no te apetece conformarte con lo que hay, cuando no te resignas a que las cosas son así y no se pueden cambiar. 
- Cuando tu forma de tratar a la otra persona cambia, y ya no estás tan cariñoso o cariñosa y amable. 
- Cuando accedes a hacer un viaje sabiendo que es el último viaje. 
- Cuando te besa tu pareja y ya no sientes nada parecido a lo que sentías antes. 
- Cuando sientes que estás más pendiente del celular que de tu pareja, cuando evitas los momentos románticos. 
- Cuando echas de menos los inicios y te das cuenta de que todo tiempo pasado fue mejor. 
- Cuando ves otras parejas y te das cuenta de que la tuya no funciona ya, pero no queréis admitirlo ninguno de los dos. 
- Cuando estás con tu pareja pero te sientes muy sola. Cuando la otra persona está contigo y se siente muy sola. 
- Cuando los silencios empiezan a ser incómodos. 
- Cuando uno de los dos está permanentemente enfadado/a o dolido/a. 
- Cuando estás absorbida por el trabajo y sólo te preocupa sacar adelante las tareas pendientes, y utilizas el trabajo como excusa para no pasar tiempo con la otra persona. 
- Cuando escuchas hablar a tu pareja y sientes que ya no tienes muchas cosas en común, y te das cuenta además que te apetece compartir más con otras personas que con ella o el. 
- Cuando te gusta alguien más, cuando te atraen otras personas, cuando empiezas a fantasear con todo el mundo menos con tu pareja, cuando te entran ganas de vivir un romance pasional y no es con tu pareja. 
- Cuando empiezas a portarte mal con tu pareja, por ejemplo, cuando dejas de cumplir los acuerdos fundamentales, cuando rompes los pactos, cuando empiezas a mentir o a ocultar información, cuando contestas mal o gritas, cuando te sientes desquiciado/a o pierdes la paciencia, cuando dejas de contar con ella o el para hacer tus planes, cuando actúas con indiferencia y ya no cuidas a la otra persona....

" Si hemos llegado a este nivel creo que llegó el momento de dar ese grito de desahogo y libertad y decir a la MIERDA con todo y me quiero liberar de  este auto-engaño y salir de esta prisión "




Coral Herrera y el Laboratorio del Amor.



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6 may 2016

Fragmentos Sobre el Amor de CARL GUSTAV JUNG

EXPLÍCITAMENTE, CARL GUSTAV JUNG ESCRIBIÓ MUY POCO SOBRE EL AMOR; SIN EMBARGO, A LO LARGO DE SU OBRA ES POSIBLE ENCONTRAR DESPERDIGADAS SINGULARES PERLAS AL RESPECTO QUE NOS AYUDAN A COMPRENDER SU NATURALEZA PROBLEMÁTICA


Que el amor es un problema se trata de una afirmación que puede entenderse en varios sentidos, pero quizá el más adecuado de todos los posibles sea mirarlo como un asunto que implica dificultad y que requiere de nuestra atención y nuestros recursos para resolverlo.

Un problema que, además, ocurre en al menos dos grandes esferas, la social y la subjetiva, la cultural y la psíquica: por un lado, la idea del amor está moldeada por cientos y cientos de años de civilización y cultura, por los afluentes disímiles de la sexualidad, la moral, la religión, el derecho, la familia, el arte y otras muchas instituciones sociales que dan marco a la idea de "amor" y de esa manera ofrecen al sujeto, paradójicamente, la dificultad de amar. Del otro lado, subjetiva y psíquicamente el individuo recibe esto y en algún momento de su existencia, en el mejor de los casos, encuentra y construye su posibilidad de amar con lo que le es dado y le fue posible tomar. Esta tensión entre subjetividad y cultura es indisociable del amor y, en buena medida, está en el origen de la consideración y la experiencia del amor como un problema.

Una evidencia bastante sencilla para sustentar la naturaleza conflictiva del amor, más allá de lo que todos podemos aportar al respecto, está en todas las páginas y la tinta que desde siempre se han gastado para intentar explicarlo o entenderlo. Desde El banquete de Platón (al menos en Occidente) hasta un libro al que últimamente hemos aludido con frecuenciaLa agonía del Eros, de Byung-Chul Han, hay más de 20 siglos de esfuerzo intelectual en torno al amor, una generación después de otra relevándose en el intento de desanudar la madeja del vínculo amoroso y sus particularidades.

Entre estos trabajos y pensadores se encuentra uno que aunque destacó magistralmente en la investigación de los asuntos de la psique, según sus comentadores dedicó poco al problema del amor. Esto, al menos, explícitamente. Hablamos de Carl Gustav Jung, probablemente el discípulo más adelantado de Sigmund Freud y, ya fuera de la égida del maestro, uno de los más brillantes exploradores de la mente humana.

Acotábamos ese “explícitamente” porque, en términos generales, del psicoanálisis podría decirse lo mismo que Borges dijo del ajedrez y de su jardín de senderos que se bifurcan: por momentos puede parecer que en psicoanálisis no se habla nunca de amor porque en realidad todo el tiempo se está hablando de amor, el amor es el gran tema del psicoanálisis. Lo más obvio a veces es lo que más nos pasa por alto. La singularidad de este discurso, esta forma de hablar del amor, quizá podría ser que la perspectiva de esta disciplina sobre el amor es amplia, casi a la manera dantesca del amor como una suerte de élan vital que se encuentra en todo lo que hacemos, desde el amor que damos a una persona hasta el amor que ponemos en nuestro trabajo o en esas actividades que por cotidianas parecerían que están exentas de amor, pero no es así: regar una planta, ver a un amigo, cocinar, incluso limpiar nuestra casa o bromear con un compañero de trabajo.

Jung, aun siendo un ángel rebelde del psicoanálisis, comparte parcialmente dicha aproximación al amor. Los fragmentos aquí reunidos provienen de un tomo editado por Trotta en febrero de 2011 que, como decíamos, no es propiamente un trabajo que Jung dedicó al amor, sino más bien una colección de párrafos tomados de distintos escritos y que lo tienen como un eje común en torno al cual orbitan, como astros en apariencia distantes pero unidos invisiblemente por la misma fuerza de atracción. 

 *** ***
El amor es siempre un problema, con independencia de la edad de la persona de quien se trate. En la etapa de la infancia el problema es el amor de los padres; para el anciano el problema es lo que ha hecho con su amor.

El problema del amor se me aparece como una montaña monstruosamente grande que con toda mi experiencia no ha hecho más que elevarse, precisamente cuando creía casi haberla escalado.

El problema del amor pertenece a los grandes padecimientos de la humanidad, y nadie debería avergonzarse del hecho de tener que pagar su tributo.

El amor verdadero establece siempre vínculos duraderos, responsables. Necesita libertad sólo para la elección, no para la realización. Todo amor verdadero, profundo, es un sacrificio. Se sacrifican las propias posibilidades o, mejor dicho, la ilusión de las propias posibilidades. Si no requiere este sacrificio, nuestras ilusiones evitarán que se establezca el sentimiento profundo y responsable, con lo que se nos privará también de la posibilidad de la experiencia del verdadero amor.

El amor tiene más de una cosa en común con la convicción religiosa. Mal caballero de la dama de su corazón es quien se echa atrás ante la dificultad del amor. El amor se comporta como lo hace Dios: ambos se entregan sólo a su servidor más valiente.

Es la incapacidad de amar la que roba al hombre sus posibilidades. Este mundo solamente es vacío para aquel que no sabe dirigir su libido a las cosas y personas para hacérselas vivas y bellas. Lo que, por tanto, nos obliga a crear un sustituto a partir de nosotros mismos no es la carencia exterior de objetos, sino nuestra incapacidad de abrazar amorosamente algo que está fuera de nosotros.

La implicación del amor en todas las formas de vida, en la medida en que es general, es decir, colectiva, constituye la menor dificultad en comparación con el hecho de que el amor es también, eminentemente, un problema individual. Esto quiere decir que pierden su validez cualquier criterio y regla general.

Seguramente nos agobien las dificultades de la vida y las contrariedades de la lucha por la existencia, pero tampoco las situaciones externas muy difíciles pueden obstaculizar el amor, por el contrario, pueden estimularnos a realizar los esfuerzos más grandes. Las dificultades reales no podrán nunca reprimir la libido de forma tan duradera como para que surja una neurosis.

El amor libre sólo sería posible si todos los seres humanos fueran capaces de los máximos esfuerzos morales. Pero la idea del amor libre no se ha inventado con esa finalidad, sino para hacer parecer fácil algo difícil. Propias del amor son la profundidad y la sinceridad del sentimiento, sin las que el amor no es amor sino mero capricho.

Es muy difícil para un hombre racional admitir qué pasa realmente con su Eros. Una mujer no tiene mayor dificultad en reconocer que el principio de su Eros es el estar vinculada, pero a un hombre, cuyo principio es el Logos, se le hace muy difícil.

Aquí se trata de lo más grande y de lo más pequeño, de lo más lejano y de lo más cercano, de lo más alto y de lo más hondo, y nunca puede decirse una cosa sin la otra. Ninguna lengua se encuentra a la altura de esta paradoja. Sea lo que sea que pueda decirse, ninguna palabra expresa la totalidad.

Los hombres pueden andar con mujeres de la vida alegre y no obstante insistir en su propia corrección; y las mujeres pueden escaparse con auténticos diablos y sostener sin embargo que son esposas fieles. Nos tenemos que resignar al hecho de que el mundo es muy serio y, al mismo tiempo, muy ridículo.

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