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5 sept 2016

Internet influye en la memoria

Un nuevo estudio revela que cada vez que usamos la Red para consultar algún dato nos volvemos progresivamente más dependientes de ella.



Internet es información. Por la Red fluye una ingente cantidad de datos que aumenta cada segundo que pasa. Podemos acceder a ese ciberocéano de conocimiento en el acto y prácticamente desde cualquier punto del planeta, un fenómeno que ya está cambiando el modo en que resolvemos problemas y aprendemos. Benjamin C. Storm, del Departamento de Psicología de la Universidad de California, en Santa Cruz, está convencido de que también está afectando, y de un modo muy profundo, a nuestra capacidad de recordar.

"Utilizamos internet como una especie de muleta, como un apoyo para la memoria, pero cada vez que lo hacemos dependemos más de esta tecnología", indica Storm, que ha coordinado un estudio sobre este asunto en el que participan otros expertos de su misma universidad y de la de Illinois.
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¿Qué es la antimemoria?

Profundizamos en la formación de los recuerdos.


Los recuerdos son impulsos eléctricos. Cada vez que aprendemos algo, se crean en nuestro cerebro ciertas conexiones entre las neuronas llamadas excitatorias, pero ¿cómo se armoniza nuestro cerebro para no colapsar por el aprendizaje?. Un equipo de científicos de la Universidad de Oxford (Reino Unido) ha propuesto una nueva teoría acerca de la formación de recuerdos: las antimemorias.

Según los investigadores, estas antimemorias representarían las conexiones entre las neuronas que generan un patrón completamente opuesto a la actividad eléctrica original de la memoria y el aprendizaje.

¿Qué utilidad tienen en nuestro cerebro?

Mesura, armonía. El equilibrio de la actividad eléctrica del cerebro se debe a la interacción de las neuronas excitatorias (que provocan actividad cerebral) e inhibitorias (que la suprimen). Y es que una constante activación de las neuronas excitatorias estaría relacionada con enfermedades como la esquizofrenia, el autismo o la epilepsia, ya que provocan una actividad exagerada. De ahí que para estabilizar el sistema, las conexiones inhibitorias entren en escena. Se trata de anti-recuerdos que no destruyen los originales pero sí calman y normalizan el sistema.

Así, las conexiones excitadoras se equilibran con unas conexiones inhibidoras de la misma intensidad que no son sino réplicas de memorias, de ahí que hayan sido descritas como “antimemorias”. Según Helen Barron, líder del estudio que recoge la revista Neuron, este debate de neuronas permite que se puedan guardar los recuerdos y que podamos acceder a ellos cuando es necesario, pero también los silencian -por lo que no los olvidamos- cuando no es conveniente.

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4 feb 2014

Neuroètica y Moral

El termino neuroética fue ofrecido por William Safire, en una columna del New York Times, en Julio del 2003, para definir un campo de la filosofía que analiza, los actos correctos e incorrectos (moral)  y entre lo bueno y lo malo (ética)en el estudio del cerebro humano. La neuroética constituye una rama de la bioética cuyo campo define las acciones a medida de que los descubrimientos científicos se hacen más avanzados. De aquí que surja la necesidad de filósofos caces de discernir lo aceptable entre lo aceptable  y lo inaceptable.
El Profesor Dr. Gazzaniga, publicó su libro El Cerebro Ético (The etical Brain 2005 Nueva York Dana Press.) planteo la hipótesis, de la “neurótica de la vida” al considerar como el desarrollo del cerebro define la vida humana, igualmente en relación con los desafíos éticos que emergen a medida que el cerebro envejece. Muchos de los problemas bioéticos que involucran al cerebro están relacionados con las investigaciones de la neuroética, y el estudio de las formas que nos permiten facilitar el abordar los problemas sociales de una enfermedad neurológica.
Se ha demostrado que existe un sistema en el hemisferio izquierdo cuya función es descifrar nuestras acciones, los estados afectivos nuestros y de otros individuos. El cerebro humano, al recibir información: construye significados. En términos mas comprensibles: a Medida que acumulamos conocimientos mejora también la naturaleza del mundo.  
La idea es que puede haber un conjunto universal de respuestas biológicas, a los dilemas morales de la sociedad, expresado como un tipo de ética, identificarla y comenzar a vivir más acorde con ella y que podría llegar a eliminar el sufrimiento, la guerra, el conflicto,… si viviéramos conscientes de la ética universal.
Las investigaciones en neurociencia cognitiva, aportaran nuevos conocimientos de la conducta humana, de los que se espera facilitar las tomas de decisiones, aprendizajes y las estructuras de las emociones y especificar el traspaso de datos desde las estructuras fisiológicas a funciones psicológicas. 

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1 nov 2013

¿Cuántas veces al día piensa un hombre en sexo?


¿Cuánto tiempo al día piensa un hombre en tener sexo? Seguro que muchas graciosas dicen que 24 horas –y si pudieran, más–, pero lo cierto es que no hay ningún estudio científico que haya comprobado el mito de que los hombres piensan en sexo cada siete segundos.
En general, la gente no es muy buena contabilizando cuánto piensa en sexo, además de estar influenciados por lo que se ha hablado con anterioridad al respecto. De forma que, realmente, ¿cuánto pensamos en sexo?

Cómo saber cuánto pensamos en sexo


Uno de los estudios más recientes al respecto se hizo con un grupo de estudiantes de la Universidad de Ohio State. Se utilizó un pequeño contador que tenía cada estudiante, y para evitar que se sintieran coartados se informó que todos tendrían que recolectar las veces que pensaban en determinadas necesidades básicas: un día en sexo, uno en comida, otro en dormir. Se contabilizaba por día y se reseteaba antes de irse a dormir.
Se recogió información de 283 estudiantes de entre 18 y 25 años de edad por el período de una semana. No podían decir a nadie qué tipo de pensamientos estaban marcando. Se encontraron diferencias significativas entre hombres y mujeres; mientras que el promedio de los hombres era de 34, el de las mujeres era de casi 19. Además, el número no era muy diferente al que podían tener sobre dormir o comer, así que las tres necesidades básicas generaban más o menos lo mismo.

En sí, los hombres suelen pensar más en la satisfacción de sus necesidades básicas que las mujeres, independientemente de si sea en dormir, tener sexo o comer. Este estudio desecha la teoría de pensar en sexo varias veces por minuto, y da lugar a la idea de que el hombre piensa entre una y dos veces por hora en sexo, así como también en comer y en dormir.
Lo curioso es que, antes de comenzar el estudio, se les preguntó a los participantes cuántas veces al día creían que pensaban en sexo, dormir y comida; y mientras que los hombres creían que pensaban mucho más en sexo que las mujeres, no había diferencias significativas en dormir y comer.

Posibles fallos de la investigación


En este estudio no se tomó referencia de cuánto duran los pensamientos o la naturaleza de los mismos. Lo cierto es que el estudio también puede tener algunos fallos estructurales que puedan dejar lugar a dudas del resultado: tal vez los hombres no piensan más en sexo que las mujeres, sino que simplemente lo reconocen de forma más fácil y no se complican ante tan agradable y placentera actividad natural.
Además, se debe tener en cuenta que, en general, las mujeres suelen tener más reparos por decir que han tenidos algún tipo de pensamientos: aquellas mujeres que buscaban una mayor aceptación social solían tener menos pensamientos sobre sexo y comida. Aquellos participantes con mayor erotofilia –confort con su sexualidad– eran los que más cantidad de pensamientos sobre sexo tenían.
¿Crees que los hombres piensan más en sexo que las mujeres? ¿O más bien crees que cada persona es un mundo y que no se puede generalizar sobre eso? ¿Crees que existe la adicción al sexo o es un mito?

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2 feb 2013

Una nueva educación para la era de la hiper-información

Es urgente que los actuales modelos educativos se adapten a una era en la que la información fluye vertiginosamente; atrás quedó la memorización y la coerción, ahora toca el turno a la innovación y la programación de nuevos paradigmas.

Imagen vía Drapstakes

Hoy sería difícil requerir de una explicación para entender por qué somos miembros activos de la “sociedad de la información”. Actualmente este término, popularizado durante las últimas dos décadas, no es más un abstracto conceptual sino una realidad cotidiana: hoy irradiamos información, sudamos rítmicos flujos de bits, e incluso nuestra auto-percepción está cada vez más definida por esa “naturaleza” informativa.
Esta extrema informatización de la realidad ha impactado en prácticamente todos los rubros de nuestra existencia: desde procesos cognitivos hasta relaciones laborales, pasando por prácticas laborales, comunicación intrafamiliar y contiendas electorales. Pero ¿cómo repercute este fenómeno en el sistema educativo? ¿cómo puede la educación beneficiarse, en lugar de padecer, este escenario propio de la hiper-información?
La educación de ayer
Históricamente la forma tradicional de educar ha evidenciado aspectos cuestionables (sin ignorar que desde hace décadas existen loables alternativas, desde Montessori hasta Waldorf, por mencionar solo algunas). Ya sea por un pobre acercamiento al real entendimiento de cómo funciona la mente humana, a la poca sensibilidad para lidiar con los diversos tipos de personalidades, o a una filosofía cuya ética educativa es poco estimulante –por ejemplo un modelo que favorece la coerción sobre la confianza–, entre muchos otros factores, lo cierto es que millones de niños padecen su vida educativa (y decenas de sociedades se ven afectadas por los bajos niveles educativos).
Pero más allá de los vicios clásicos, y más recurridos, de los sistemas de educación alrededor del mundo, hoy la hiperconectividad exige una rápida revolución en este campo: es fundamental que el actual modelo educativo se adapte a la inédita intensidad con la que se comparte información. Por esta razón los funcionarios y educadores del mundo tienen ante sí un monumental reto: agilizar la característica lentitud de las reformas pertinentes en contraste con el vertiginoso ritmo que rige la transformación de las prácticas informativas. 
Sobre la memoria
La memorización es uno de los aspectos propios de la educación tradicional que caen en flagrante caducidad dentro del nuevo contexto –sin dejar de mencionar que tal vez, el memorizar, nunca debió ser un aspecto prioritario–. Hoy la accesibilidad a la información permite redirigir esos “recursos” mentales de los niños hacia procesos más complejos, y sin duda más estimulantes. “Hoy tenemos acceso en la red a la totalidad de la información de la historia del hombre y sus descubrimientos. Deberíamos hacer más contrastación (sic) en el aula: en vez de pedir que memoricen fechas importantes, quizás sea mejor pedir que comparen procesos o eventos, y analicen consecuencias”, advierte Nick Perkins, especialista en educación, en entrevista para un diario Importante.
La nueva era
Independientemente de que prescindir de la memorización informativa en pro de desarrollar otras aptitudes sea una exigencia actual, existen otras características fundamentales de la ‘nueva era’ que debiese ser tomadas en cuenta. Por ejemplo, concebir a los alumnos ya no solo como consumidores de contenidos, sino como productores de los mismos –e incluso utilizar sus propios contenidos para impartir la enseñanza–. “A veces pregunto en los colegios qué porcentaje del contenido que utilizan para enseñar proviene de los alumnos y me miran como loco. Un niño de octavo que es buen alumno podría escribir material que puede ser usado por niños de tercero. Eso es un buen incentivo para ambos”, enfatiza Perkins.
Y si vamos un paso más allá, entonces tendríamos que remitirnos a lo que propone Douglas Rushkoff en su libro, Program or be Programmed: nos advierte que las nuevas generaciones ni siquiera deben contentarse con ser productores de contenido, ya que deben incluso involucrarse en el diseño (y programación) de las plataformas que distribuirán sus creaciones, y las cuales, si tomamos en cuenta que el medio es, en buena medida el mensaje, son las que determinan una buena porción de los hábitos psicosociales y culturales de la sociedad contemporánea.
“Cada vez que obtenemos un nuevo medio la sociedad en general siempre esta un paso atrás. Cuando el lenguaje fue creado no emergió con ello una sociedad de generadores e discurso sino una de oyentes que se agrupaban en torno a aquellos que realmente dominaban el arte de la palabra. Siglos después el invento del alfabeto escrito no coincidió con el surgimiento de una sociedad de lectores sino de un grupo que se contentaba con sentarse alrededor de los o sacerdotes a escuchar las lecturas que ellos elegían para compartir. Algo similar ocurrió con el invento de la imprenta que, repitiendo la filosofía masiva del “un paso atrás” no presenciamos el nacimiento de una población de escritores sino de lectores que se regocijaban con la divina oportunidad de poder llevar un libro a su intimidad. Y ahora, con el nacimiento de internet, surgió una efusiva masa de generadores de contenido, sin embargo la programación de las herramientas que sirven para distribuir dicho contenido, y que son las que en buena medida definen las pautas psicoculturales, se mantiene a manos de una “élite”. Y por eso dentro de este nuevo medio resulta aún más fundamental conocer como funciona y aprender a manejarlo, a codificarlo, por nosotros mismos ya que ello nos permite combatir los las tendencias socioculturales que no nos benefician como sociedad y, mejor aún,  participar en su diseño.”
Una coyuntura histórica
Al parecer estamos frente a un momento decisivo en cuestiones educativas. Se trata de reformar los actuales modelos apuntando a una enseñanza analítica y no de memorización, que privilegie la innovación por sobre la replica, que transforme radicalmente la auto-percepción de los alumnos, que promueva una ética práctica en lugar del temor a la coerción –entendiendo que la libertad, sin responsabilidad, jamás será realmente libre–, y que permita aprovechar al máximo el delicioso caudal de información al que hoy estamos expuestos, materializándolo, idealmente a corto plazo, en una realidad de bienestar compartido.



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5 dic 2012

Tu cerebro podría ser el universo (y al revés)

Reciente investigación científica confirma que el cerebro humano se comporta de la misma forma que el universo; al parecer las personas somos metáforas vivas del cosmos.

Como es arriba, es abajo
Todo aquel que haya dedicado algo de tiempo a observar la naturaleza habrá notado que existen ciertos ‘arquetipos estructurales’ que moldean múltiples formas de nuestro entorno. Como una especie de ecos dinámicos, autoreplicantes, encontramos un sin-número de ejemplos que nos remiten a la íntima sintonía que une al microcosmos con el macrocosmos. Y sin duda la más majestuosa de estas manifestaciones, al menos para un ser humano, es la proyección analógica entre nuestro cerebro y el universo. 
Si bien está relación micro-macro había sido advertida hace siglos en distintas tradiciones místicas, por ejemplo el Hermetismo, no fue hasta  2006 que un grupo de investigadores confirmó la intrigante semejanza que existe entre una red neuronal y un cúmulo de galaxias. Y este equipo de astrofísicos incluso sugirió la posibilidad de que el cerebro humano y los cúmulos se desdoblaran de manera similar. Es decir, no solo había una marcada semejanza en la estructura, sino también en el funcionamiento.   
La mística siempre un paso adelante de la ciencia
Como ya hemos mencionado antes, resulta fascinante comprobar que muchos de los más espectaculares descubrimientos que la ciencia logra en años recientes, ya eran advertidos por ancestrales tradiciones místicas. El espejeante vínculo entre lo micro y lo macro era ya sintetizado explícitamente en una de las líneas de la Tabla Esmeralda –probablemente redactada por Hermes Trismigestus–, la cual aparece citada al inicio de este artículo. Esta premisa deriva en uno de los principios herméticos, la Ley de Correspondencia, y de algún modo termina resonando con la estructura holográfica, en la cual el todo está contenido en cada parte, y viceversa.
Pero no solo entre los adeptos de Hermes encontramos antecedentes directos a esta relación, también la escuela tántrica enfatizaba en esta proyección de correspondencia, y lo mismo sucede con algunos preceptos astrológicos. Incluso esa popular sentencia bíblica que afirma en palabras de Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. En síntesis, podríamos afirmar que  la mística va,  siempre, un paso adelante de la ciencia –aunque no por ello deja de resultar excitante cuando el conocimiento científico comprueba alguna de las verdades trascendentales–.
Nuevas pruebas
En un estudio reciente, publicado por la revista Nature, dentro de su apartado de Reportes Científicos, se comprueba que los diálogos eléctricos que sostienen las células del cerebro humano forman una réplica de las figuras que adoptan las galaxias al expanderse. Lo anterior, llevado a un plano aún más ambicioso, podría confirmar que el protocolo bajo el cual un sistema crece, concepto conocido como ‘dinámicas de crecimiento natural’, es el mismo en cualquier tipo de red, independientemente de que se trate de nuestro cerebro, el universo, las redes de colaboración entre individuos de un grupo social, o el propio Internet –nótese que este ineludible eco  no solo envuelve a los sistemas naturales, también a los modelos artificiales–. 
Esta investigación, que fue realizada por un grupo de científicos de la Universidad de California San Diego, representa una provocación directa al estudio científico de la naturaleza, ya que advierte importantes limitaciones propias de las perspectiva con la que la ciencia aborda el entorno original. “Para un físico es una señal inmediata de que hay algo que falta en nuestro entendimiento sobre como funciona la naturaleza” advierte Dimitri Kroukov, co-autor del estudio, ante la causal correspondencia entre la forma de desenvolverse de nuestro cerebro y la del universo.  

La unidad como protocolo universal
Al parecer podríamos estar acercándonos a una especie de protocolo único que rige el comportamiento de cualquier sistema, desde el infinito universo hasta la minúscula actividad celular. Y curiosamente, en caso de confirmarse esta máxima, estaríamos percibiendo el eco del más contundente de los principios ligados a lo divino: la unidad.   
¿Pero cuál es ese código detrás de la correspondencia entre la figura de un óvulo fecundado y la del sol envuelto rachas de gran actividad? ¿Qué clase de ritmos arquetípicos modelan a semejanza un embrión humano y la superficie lunar? ¿Se trata acaso del coqueteo de la ciencia con el hallazgo de ese lenguaje impreso en las manchas del jaguar que Tzinacán terminaría por descubrir? La respuesta a estas interrogantes, como la esencia misma del universo, es incierta. Sin embargo, parece cada vez menos excéntrico el acuñar términos lúdicos, como ‘cerebro celestial’ o ‘galaxias cromosómica’. Y por ahora baste saber  que nuestro cerebro, las realidades que se proyectan a partir de nuestra mente, y por lo tanto nosotros mismos, somos una metáfora viva del cosmos. 
Solo me resta recordarte que tu cerebro, y el mío, podrían bien ser, simultáneamente, el universo.

Twitter del autor: @paradoxeparadis 


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