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16 jun 2015

El mapa facial de las emociones


Los rostros de los seres humanos expresan lo que sienten a través de una serie de gestos que constituyen un lenguaje universal:
Ira: contracción de las cejas, mirada más intensa y tensión en los labios, que se preparan para gritar.

Alegría: elevación de los labios y las mejillas, a la vez que arrugamos la piel bajo nuestros párpados.

Sorpresa: las cejas se elevan adoptando forma circular, además de tener los párpados muy abiertos y la mandíbula baja.

Asco: suele expresarse levantando parte del labio superior y frunciendo el ceño.

Tristeza: descenso de los ángulos inferiores de los ojos y de los labios, que pueden manifestar temblor.

Miedo: elevación de los párpados y las cejas; los labios pueden estar tensos o bien abrir la boca.


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28 abr 2015

La felicidad se huele

La clave está en el sudor

La felicidad se huele
Los humanos podríamos ser capaces de transmitir emociones positivas, como la felicidad, por medio de la transpiración, de acuerdo con una investigación publicada en Psychological Science.
El trabajo señala que producimos compuestos o señales químicas cuando experimentamos algún momento de felicidad y quienes están a nuestro alrededor pueden olerlo. 
Se sabía que el miedo o el enfado se podían detectar por la composición química de nuestro sudor, pero no así la dicha.
“Nuestro estudio – señala Gün Semin de la Universidad de Utrecht y responsable de la investigación – muestra que el sudor producido en circunstancias de alegría, induce un simulacro de felicidad en los receptores y contagia este estado emocional. Esto sugiere que, quien es feliz, “infecta” a los demás. En cierto sentido, el sudor de la felicidad es como sonreír: es contagioso”.
Para realizar la investigación se contó con dos grupos de voluntarios, por un lado hombres y por otros mujeres. Se sabe que el sexo femenino tiene una mayor sensibilidad olfativa y una mejor percepción de las emociones. Así, mientras ellos eran sometidos a videos que podían provocar miedo, felicidad o indiferencia, ellas debían oler viales con el sudor generados por el grupo de hombres. El estudio era doble ciego, ni los voluntarios ni los científicos sabían qué contenía el vial que debían oler las voluntarias (miedo, indiferencia o felicidad).
El análisis de imágenes de vídeo reveló que las mujeres que “olieron miedo”, mostraban actividad en el músculo frontal, una característica frecuente en las expresiones relacionadas con el temor, mientras que aquellas que recibían el aroma de la felicidad, por así decirlo, mostraban la sonrisa Duchenne (bautizada así por el investigador Guillaume Duchenne), una respuesta involuntaria a una emoción genuina. 
El hallazgo tiene una gran importancia ya que la emociones y el sudor, de acuerdo con Semin, son “características fundamentales de la condición humana. Y la posibilidad de contagiar la felicidad a través del olor puede tener importantes implicaciones para la industria del perfume y aromas”

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10 jul 2014

Señales de que estás intelectualizando demasiado

EL INTELECTO ES UNA VENTAJA EVOLUTIVA QUE, SIN EMBARGO, PUEDE LIMITAR NUESTRA EXPERIENCIA EMOCIONAL DE MÚLTIPLES FORMAS

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La palabra “intelectual”, para referirse a una persona, puede tener connotaciones negativas de pedantería o testarudez; lo cierto es que el intelecto es la parte de nuestra conciencia que nos permite razonar, detener arbitrariamente el flujo de los acontecimientos y considerarlos en diferentes perspectivas, por lo que nuestro intelecto es tan importante como el pulgar oponible en la historia de la evolución.
Por otro lado, intelectualizar en exceso puede ser un dolor de cabeza –literal y metafórico– y, a la larga, una fuente de angustia. Para fines de este artículo, llamaremos “intelectualizar” al procesamiento innecesario y gratuito de información que genera angustia, procrastinación, ansiedad, etc. He aquí una recopilación de algunos síntomas de que tu cerebro está jugándote en contra (y, si en efecto tiendes a sobreintelectualizar las cosas, seguramente tendrás muchas horas de entretenimiento desenmarañando el por qué lo haces):
1. Te tomas tu tiempo para tomar decisiones… mucho… tiempo…
Uno de los problemas de sobreintelectualizar las cosas es que muchas veces la vida requiere decisiones prácticas, simples, cuyas consecuencias no son demasiado desastrosas. Pero si elegir un cereal o un tipo de leche puede parecer todo un rompecabezas en tu mente, tomar decisiones respecto a tu vida amorosa, profesional o académica implica considerar una lista siempre creciente de opciones y consecuencias. Por lo general, terminarás haciéndole caso a tu instinto o a tu premura… pero no estarás conforme con la decisión que tomaste. Cuida que el análisis no te provoque parálisis.
2. Pasas más tiempo planeando que haciendo
Si logras elegir un destino para tomar vacaciones (luego de considerar tus opciones), es probable que la mera idea de vagar por los rincones de una ciudad desconocida te parezca algo difícil de sostener en la práctica. Los intelectuales no se la pasan bien en medio de la incertidumbre (y conocemos bien el vértigo de estar frente a un estante de libros sin poder elegir uno; o, más sencillo, pasamos horas pensando qué ver en Netflix antes de ver por onceava vez la misma película de siempre).
3. Empiezas a sudar cuando alguien te dice “¿Podemos hablar más tarde?”
La escena puede tener lugar con tu jefe, tu pareja o los amigos. Desde el momento en que alguien te dice que quiere hablarte sobre algo asumes que es importante, impostergable; de lo contrario, ¿por qué no hablar de ello ahora? ¿Es que me van a despedir? ¿Vas a dejarme, mi amor? ¿Te ofendí de una manera horrible que ni siquiera me imagino? Probablemente el asunto a tratar es nimio o la gente simplemente quiere platicarte sobre sus vidas, pero para el hámster neurótico salido de una película de Woody Allen que vive en tu cabeza, la espera puede ser terrible.
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4. Admítelo: puedes ser MUY demandante
Si envías un correo electrónico, un DM o un mensaje de texto y la persona no te responde en un periodo de tiempo razonable (digamos, de inmediato o dentro de los 30 segundos siguientes), comienzas a considerar que: a) la persona que buscas no sólo está fuera del área de servicio, sino probablemente muerta o secuestrada por Al Qaeda, o b) a la persona no le importas y cada minuto de espera para ti es una dulce y sádica tortura que te inflingen. Lo cierto es que la gente está ocupada y, debemos admitirlo también, las personas sólo son prioridad para sí mismas.
5. Ir al supermercado requiere de toda tu concentración
Seguramente llevas una lista de todo lo que necesitas, pero mientras vas echando las cosas al carrito serás torturadx por la idea de que algo fundamental de vida o muerte se te ha olvidado. La sensación te perseguirá por cada pasillo, en la caja, en el auto, en el transporte público y rumbo a tu casa. Probablemente has vivido con esa sensación gran parte de tu vida.
Tal vez el punto aquí sea reconocer que no todas las cosas que tienen que ver contigo son tan importantes.
6. No vives el momento
¿Vivir el momento? Para una persona que utiliza su hemisferio cerebral izquierdo más que el derecho, cada momento está unido al siguiente, y al siguiente, y al siguiente, y así irremisiblemente hasta la muerte. El problema con esto es que se nos hace más difícil disfrutar lo que la “gente del hemisferio derecho” llama los pequeños placeres de la vida. Seguro: nuestros placeres están en fijarnos metas y alcanzarlas, en aprender algo nuevo o incluso en cambiar de opinión, pero la espontaneidad y el asombro de la contemplación son placeres más bien raros para nosotros.
7. Raramente “disfrutas al máximo”
Este punto es continuación del anterior, porque nos parece importante recalcarlo: cuando vives en tu mente y tus emociones son algo así como un ruido de fondo o un subproducto de tus razonamientos, tus entretenimientos y pasiones suelen ser sumamente complejos. Esto no es precisamente malo, pero las cosas “simples” o demasiado sencillas, que no te provocan la emoción del reto o el descubrimiento, sencillamente pasan de largo en tu radar. Y lo malo de esto es que la emocionalidad extrema también es sana. Reír y llorar a veces implica “olvidarse de uno mismo” y permitir que la emoción tome el control. Es, sobre todo, admitir que tener el control sobre todo lo que ocurre en nuestra vida no sólo es imposible, sino sumamente cansado.

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26 mar 2014

¿Estás seguro de que sabes leer?

¿Por qué nadie nos enseña a leer? ¿Será que los que enseñan no saben leer? A medida que voy envejeciendo, y es algo que vengo haciendo desde que nací, me voy dando cuenta de que casi todo en la vida puede reducirse nada más ni nada menos que a saber leer. Y no me refiero, por supuesto, (sólo) a leer textos; me refiero más bien a leer situaciones. Al igual que en la literatura (en la buena literatura) casi todas las circunstancias de la vida contienen un texto y un subtexto. Ser capaces de ver y comprender ese subtexto es la clave que nos permitirá comprender un poco más la realidad, conocernos mejor a nosotros mismos y ser mejores en lo que hacemos. Pero… ¿cuáles son esas circunstancias? Pues casi todas: relaciones personales o profesionales, contextos políticos o económicos, negociaciones de cualquier tipo, educación y formación, hacer amigos o enamorar, e incluso, y quizás la más importante, la de saber leernos a nosotros mismos.
Niños leyendo
En la comunicación oral, por ejemplo, una gran parte de la información intercambiada es no-verbal y, en general, no sabemos leerla. Solemos creer que en una entrevista de trabajo lo más importante es lo que decimos, cuando en realidad lo más importante es la actitud que adoptemos. Y lo mismo vale para el que realiza la entrevista; si esa persona no sabe leer como corresponde, se fijará más en lo que decimos que en cómo lo decimos o qué actitud mostramos. Si no sabe leer(nos) elegirá mal, muy mal. También nos puede ir muy mal a la hora de relacionarnos con otras personas si no sabemos leer el subtexto de un encuentro, una cita o una reunión.
En general, las personas exitosas son aquellas que saben leer el subtexto en determinadas situaciones. Y hasta me atrevo a decir que saber leer es incluso más importante que el nivel de preparación. Lamentablemente no existen programas de alfabetización para aprender a leer los subtextos; somos (sub)analfabetos. El texto (lo que se dice o se lee, lo explícito) es sólo la punta del iceberg; debajo, sumergido, existe un mundo de intenciones, actitudes, emociones, deseos, que pueden ayudarnos a comprender mucho mejor una determinada situación. Pero en general no lo vemos; no nos han preparado para buscar lo que hay bajo la superficie y mucho menos para saber cómo leerlo. Nos han instalado cómodamente en la superficie y allí nos hemos quedado. Creemos que sabemos leer cuando en realidad no sabemos. Y ese convencimiento nos instala permanentemente en el error, porque es mucho peor ir por la vida con un mapa erróneo que sin mapa.
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2 jul 2013

Ciencia y creencia

La ciencia y las creencias empastan mal, lo verdadero empasta fatal con lo que entendemos como bueno o deseable, es por eso que la gente tiene creencias, algunos demasiadas y otros demasiado pocas, pero lo cierto es que es imposible renunciar a las creencias, todos las tenemos. Y las tenemos porque representan atajos en el conocimiento, más vale tener una creencia falsa sobre algo vital que no tener ninguna y morir en el empeño.



Es por eso que hablamos de dos clases de falacias: la falacia moralista, “es verdadero porque es bueno que sea asi”  y  la falacia naturalista, “es bueno porque está en nuestra naturaleza” (o “es malo porque no está en nuestra naturaleza”). Las dos falacias dan lugar a un enorme montón de errores cognitivos y éticos. Los que más caen en la falacia moralista suelen ser los “progresistas”, los de izquierdas por así decir mientras que los que más caen en la falacia naturalista suelen ser los conservadores, los de derechas por así decir. No deja de ser curioso que los creyentes (sean del signo que sean) apoyen la falacia naturalista con más convicción que los progresistas a veces cometiendo otro error epistémico fundamental. Asi por ejemplo, los homófobos suelen argumentar que la homosexualidad no es natural, aun hoy cuando sabemos que las conductas homosexuales están bien representadas en la naturaleza, incluso hoy sabemos que la homosexualidad, al menos la masculina es heredable y hasta en el reino animal existe.
Pero voy a referirme en este post sobre todo a las falacias moralistas porque son sin duda las que más influencia tienen en la politica, en el gobierno de lo colectivo y en la educación y aun en la sanidad.
Todo el mundo estará de acuerdo que la Ilustración marcó el comienzo de la modernidad. Psicológicamente hablando podemos definir la modernidad como la sustitución del sujeto por un individuo, un individuo que tiene una subjetividad y es portador de valores éticos y morales por el sólo hecho de serlo. Algo así como si hubiera un órgano en el interior de cada cerebro que sostiene una especie de catálogo sobre lo bueno y lo malo, lo deseable y lo indeseable, lo moral y lo inmoral.
Naturalmente esta concepción del hombre tiene consecuencias sobre los individuos concretos, asi la responsabilidad y la culpa, la vergüenza, o la humillación aparecen como subproductos de un cerebro quizá averiado sin tener en cuenta lo contextual, lo que define este tipo de emociones o sentimientos. De manera que es posible asegurar que el individualismo es un subproducto de la modernidad, algo que ha aportado beneficios y tambien calamidades a nuestra especie.
Si tenemos en cuenta que la modernidad se caracteriza tambièn por la aniquilación de todo sentimiento religioso que fue el cemento de lo colectivo, es posible asegurar que el hombre moderno librado a sus únicas fuerzas se encuentra bien solo en su interacción con el mundo, dejando solo a un estado impersonal como garante de su condición humana.
Pero lo cierto es que los Estados tambien se hallan infiltrados por creencias acerca de la propia condición de sus ciudadanos, es por eso que se definen y redefinen constantemente “derechos humanos”, sin caer en la cuenta de que estos supuestos “derechos” son consensos acerca de la vida en común y no tanto estertores de la naturaleza. La falacia naturalista planea constantemente en las formas imaginarias con las que nos relacionamos con el Estado y sus gobernantes.
Pero sin duda es en la politica y en la educación de los niños donde podemos encontrarnos con frecuencia con este divorcio que existe entre la ciencia, es decir lo que sabemos hoy, y las creencias que impregnan lo cotidiano, o por decirlo más claramente los valores en los que la gente cree sin critica están siendo vapuleados constantemente por las cosas que la ciencia descubre día a día.
Un ejemplo concreto de esta dicotomía es la batalla de los sexos y las guerras que han tenido lugar -fundamentalmente en el siglo XX- en pro de los derechos de la mujer. Algo que se ha desarrollado hasta el paroxismo llevando la cuestión hasta la paradoja de ver como la sociedades acaban por resentirse cuando se desequilibran las balanzas de poder entre ambos sexos.
Para que el lector aprecie mejor el enfrentamiento que ha lugar entre la ciencia y ciertas creencias me referiré al fenómeno de las guarderias infantiles.
Los Estados modernos han invertido muchos recursos en garantizar el empleo de las mujeres, eso que ahora se llama la conciliación. Conciliación entre el trabajo fuera de casa y el hogar. Ingentes recursos se han dedicado a este menester, no sólo con los periodos de lactancia de madres y extendidas a los padres (que son costos laborales) sino en la inversión en guarderías.
La guarderia -como su nombre indica- es un lugar donde se lleva a los niños de corta edad hasta que comienzan su escolarización, de modo que los niños que acuden a ese lugar son niños sin destetar, que no retienen esfinteres y cuyas edades oscilan entre 1 y 3 años según paìses y tradición de nursing.
Lo usual es que las mamás que tienen trabajo depositen alli a sus niños y que o bien el padre o bien las madres o algun familiar lo recojan despues del horario pactado. Lo cierto es que las guarderias son lugares siniestros donde con independencia  de su calidad y dedicación o vocación de sus trabajadoras, los niños son “aparcados” ofreciéndoseles aseo, comida, compañia y conversación en el mejor de los casos si bien en un entorno impersonal, y que está en relación con la ratio cuidador/bebé.
Esto es lo que dicta el sentido común: las guarderias no son un lugar demasiado higiénico para un bebé de corta edad, no sólo por la acumulación de germenes por metro cuadrado (los niños que acuden a estos lugares estan siempre a merced de alguna enfermedad infecto-contagiosa) sino por el ruido ambiental, por los llantos continuos de otros bebés, por las diferencias de edad entre niños y en el caso más común por el aburrimiento de la hipoestimulación.
Pero faltaba demostrarlo, eso es lo que hizo Jay Belsky de la universidad de Londres, un experto en familias y en niños que hizo un descubrimiento no tan sorprendente: los niños que van a las guarderias son luego más agresivos y desobedientes que los que no van a ellas y se crian en entornos familiares normales.
Lo interesante de su investigación es que la variable crítica es el tiempo que se pasa en ellas y no tanto la calidad de la misma, lo que viene a señalar hacia la idea que es la guarderia por sí misma la que genera esta disfunción en los niños. El segundo hallazgo interesante de Belsky es su conceptualización de por qué sucede esto. Para él es la presencia de muchos niños lo que resulta disfuncional a esas edades y no tanto los cuidados que les son prestados, los niños no gustan de entornos parecidos a los camarotes de los hermanos Marx y prefieren entornos predecibles, sincrónicos y calmados.
Aqui hay una entrevista de Punset a Belsky.
Naturalmente el hallazgo de Belsky es politicamente incorrecto. ¿Es que Belsky propone que las mujeres vuelvan a quedarse en casa, gritan las feministas?
Naturalmente que no. Belsky no se pronuncia sobre lo que debemos hacer seamos hombres o mujeres, simplemente siente pasión por la verdad, el verdadero motor de un cientifico y si esa verdad entra en colisión con las verdades que sostenemos públicamente, allá ellos. El hombre del tiempo que predice un temporal para mañana no es un forofo de los temporales ni tiene ningùn interés en que llueva o haga sol, le pagan por predecir el tiempo y eso hace sabiendo que nunca llueve a gusto de todos.
La falacia moralista emerge aqui en toda su crudeza, puesto que es bueno y un gran adelanto que la mujer haya salido del círculo familiar y se haya incorporado al mundo del trabajo, entonces es deseable que el Estado dedique recursos a las guarderías que son instituciones buenas en sí mismas.
Y si algo es bueno en sí mismo entonces el que se opone a ello, lo critica o lo pone en tela de juicio o es un miserable, o es un machista o es simplemente un malvado. Así funciona la falacia moralista, con descalificaciones ad hominem y puesta en marcha de un plan para neutralizar, aislar y condenar a quien ha tenido la mania de entrometerse en esa santa institución que llamamos guarderias.
El resultado es que no se puede hablar u opinar sobre ciertas cosas, y lo peor: no se puede investigar sobre ello, se ha de pasar un ligero velo sobre ciertas cuestiones y no molestar a ciertos colectivos, usualmente gays, feministas o partidarios de la co-educación.
La co-educación, es decir el que niños y niñas vayan juntos al colegio es otra de esas instituciones intocables, la co-educación es buena por sí misma, luego es verdadera. Lo cierto es que existen pruebas de que la co-educación beneficia un cierto estilo educativo basado en la docilidad, la obediencia, lo memorístico en contraste con los aprendizajes que llevan a cabo los chicos mas bien modelados por la acción y la competencia. La co-educación es muy probablemente la causa de que los niños vayan más retrasados que las niñas incluso en CI, hasta que las cosas se igualan allá por los 16 años. El adagio que hizo famoso Kanazawa (Kanazawa y Lynn, 2011) es que las niñas son más inteligentes que los niños pero los hombres son más inteligentes que las mujeres, una sentencia que le valió la condena de buena parte de la opinión publica. Aqui en este post ya hablé de la co-educación, de modo que remito allí al lector interesado en esta falacia concreta.
Naturalmente a los que defienden la segregacion educativa les acusan de “beatos” o discriminadores. No me cabe duda de que los hay, pero ¿y si fuera verdad que la co-educación tuviera efectos secundarios en los cerebros de los chicos? Para saberlo hay que investigar.
Y para investigar hacen falta fondos. ¿Quien los pondrá, el Estado fascinado por los idearios de la igualdad, la Iglesia?
La igualdad es otra de estas ideas donde ciencia y creencia colisionan constantemente. El Estado moderno ha crecido en la idea de que hombres y mujeres somos iguales y cada vez se acumulan más las pruebas que señalan hacia la diferencia. Se trata de diferencias sobre la actitud (motivación) y no sobre la aptitud, los hombres se encuentran más interesados -en sus elecciones profesionales- por la fisica, la informática, la ciencia en general, mientras que las mujeres se sienten más interesadas por otras areas relativas al cuidado, medicina, psicología y enfermería o a las humanidades.
Esta verdad que cualquier persona sensata conoce empíricamente, ha soportado tantos ataques por parte de las feministas y los gobiernos de izquierdas de toda Europa que ha merecido una investigación por parte de las autoridades noruegas, uno de los paìses más igualitarios del mundo. Se trata de la paradoja noruega; se dice paradoja porque resulta chocante que en uno de los paìses mas igualitarios del mundo las mujeres elijan las profesiones tradicionales de su sexo, igual que sucede con los hombres, la conclusión es que a más igualitarismo más oportunidades para elegir según nuestras inclinaciones.
Es precisamente en estos paìses donde las mujeres pueden elegir con más naturalidad y no forzadas por cualquier otra cirscunstancia. Es ahi donde podemos observar a las claras cuales son sus preferencias.
Y es por eso que las mujeres no improvisan jazz, exceptuando a ésta (y algunas otras excepciones) claro.
Neurociencia / Neurocultura
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9 jun 2013

Saturados de injusticias

Indignados y tocados, así nos sentimos muchos ante la corrupción, la codicia, los recortes…

La ira nos moviliza, nos transforma, pero también puede engullirnos si nos enrocamos en ella





Un día en el que un caso de corrupción, de los que ya son cotidianos, había saltado a los periódicos, durante una comida con una elegante y entrañable señora de 85 años. Con su dulce voz dijo: “Yo, gracias a Dios, estoy bien, pero cuando pienso en todas las personas que no tienen nada y veo cómo algunos dirigentes estafan esas cantidades de dinero, entendería que alguna persona desesperada cometiera cualquier tipo de barbaridad”. Sus palabras chocaban con la dulzura de su voz, pero no con la indignación que le hervía por dentro.
En este mismo espacio, una redactora colaboradora confesaba que, pese a que siempre intenta ser mesurada a la hora de escribir, había llamado criminales a los parlamentarios contrarios a las iniciativas legislativas populares que favorecen al mas necesitado y las masas. Y, lejos de retirar sus palabras, reafirmaba que lo seguía pensando. Su ira es representativa del sentimiento de muchos ciudadanos. Multiplicada a extremos insufribles en aquellos que se encuentran directamente afectados.
Motivación y emoción son dos palabras que los psicólogos suelen asociar. De hecho, Motivación y emoción es el nombre de una asignatura de la licenciatura de Psicología, el título de una revista científica y de libros sobre el tema. Son dos conceptos que se solapan, que se entrelazan con fuerza. Podríamos decir que la emoción nos activa y la motivación nos dirige. A los homínidos, esta combinación nos ha permitido durante miles de años adaptarnos al medio. Las emociones negativas, como el miedo o la ira, activan una serie de procesos fisiológicos que nos permiten protegernos y defendernos. Esto es, la emoción supone una activación fisiológica que nos motiva o nos empuja a realizar una acción. “Me dio tanta rabia, que no pude más y se lo dije; probablemente si no me hubiera enfadado, no lo habría hecho”, “me calentó y estallé”, “si me enfrío, ya sé que no voy a hacer nada”. A veces necesitamos la rabia para movernos, pero ¿es una condición indispensable?

“Yo no tenía una creencia específica, excepto que nuestra causa era justa, era muy fuerte y que estaba ganando cada vez más y más apoyo”
Nelson Mandela
Los desahucios, los sobres, la codicia, los recortes, los sueldos abultados de muchos políticos… se han convertido en una realidad irrespirable. La ira y el enfado que nos provocan nos empujan a luchar. Nos movilizamos, protestamos, nos manifestamos, surgen iniciativas populares para ayudarnos entre nosotros. Estas acciones tan necesarias están en muchos casos impulsadas por la furia, por ese resentimiento que sentimos por este vergonzoso panorama. ¿Qué pasará si esa serpiente que se enrosca en nuestro estómago sigue siendo la que motive nuestras acciones? Quizá nos comerá a nosotros antes de que podamos cambiar algo.
La vida no es justa y nunca lo ha sido. La falacia de justicia se considera una distorsión cognitiva dentro de la psicología. Una distorsión que se caracteriza por considerar injusto todo lo que no coincide con nuestras creencias o valores. Nos exasperamos, experimentamos arranques de venganza, cuando creemos que el mundo es injusto con nosotros. Es el típico razonamiento de ¿por qué a mí?

Palabra de sabio

Dalai Lama: “Los científicos consideran importante examinar un problema objetivamente, estudiarlo sin mucha implicación emocional. Con esa actitud puedes decirte: ‘si se puede luchar contra el problema, lucha, ¡aunque tengas que llegar a los tribunales! Luego, si descubres que no hay forma de ganar, limítate a olvidarlo. Perpetuamos el dolor, lo mantenemos vivo cuando repasamos una y otra vez nuestras heridas, al tiempo que las exageramos. Volvemos una y otra vez sobre los recuerdos dolorosos, quizá con el deseo inconsciente de que cambie la situación, pero no cambia”.
Mahatma Gandhi: “No dejes que se muera el sol sin que hayan muerto tus rencores. Recordad que a lo largo de la historia siempre ha habido tiranos y asesinos, y por un tiempo han parecido invencibles. Pero siempre han acabado cayendo. Siempre”.
Martin Luter King: “Nada que un hombre haga lo envilece más que el permitirse caer tan bajo como para odiar a alguien. Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad, y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas”.
PELÍCULAS
– Inside job, de Charles Ferguson.
– Cadena perpetua, de Frank Darabont.
– Ladrón de bicicletas, de Vittorio de Sica.
– Pena de muerte, de Tim Robbins.
LIBROS
– Los rostros de la injusticia, de Judith Shklar. Editorial Herder, 2013. Un ensayo que muestra las mil caras de la injusticia y plantea la actitud con que afrontarla.
“Solo si nos comprometemos y, mediante procedimientos democráticos, expresamos permanentemente nuestro sentido de la injusticia, conseguiremos que los gobernantes se impliquen en tratar de aminorarla”.
Desgastamos la mente intentando entender las barbaridades que suceden a nuestro alrededor para digerirlas mejor. Todo sería más fácil si aprendiéramos a admitir que el mundo está lleno de injusticias y que algunas nos pueden tocar a nosotros. Cargar la mente con porqués incontestables nos consume. Aceptar duele menos. Cuando atravesamos épocas duras y vemos quién nos ayuda y quién no, nos solemos llevar auténticas sorpresas. Suele doler mucho cuando esperas algo de alguien y no ves movimiento alguno. Sin embargo, cuando recolocas a esa persona en otro sitio de tu cerebro, cuando ya sabes de qué palo va, pierde su capacidad de herirte. Si lográramos aceptar cómo es la naturaleza humana, quizá sería más fácil aceptar (que no resignarse) las injusticias. Solo podemos avanzar si sabemos dónde estamos y aceptamos la realidad tal cual es. Intentar ser activos desde la aceptación y no desde el resentimiento.
Cada día se escuchan más historias sobre cómo la dura situación por la que están atravesando muchísimas personas se traduce en un auténtico infierno doméstico. Dentro de las cuatro paredes donde se convive, gritos y menosprecios van golpeando a las parejas, a los niños, a los abuelos. Las emociones negativas se nos desparraman y ya lo están tiñendo todo. Somos animales. No podemos dejar de experimentar emociones. ¿Cómo manejar la rabia, la ira, el resentimiento que provocan las desigualdades que estamos viviendo?
No todos controlamos igual las emociones. Algunas personas son capaces de ponerlas en un cajón, en una mochila, esto es, les dejan un espacio limitado. No las eliminan; muy al contrario, las reconocen, lloran si hace falta, las explican a algún amigo… Sienten la rabia, la pena… Las miran, no las evitan, no huyen. Los sentimientos que soslayamos se vuelven más borrosos y se desbocan con más facilidad. Si los observamos, sus contornos se van volviendo más nítidos, se concretan.
El resentimiento es una de las emociones más amargas; observarla de cerca para comprobar su inutilidad nos puede ayudar a dejarla atrás. Hace un tiempo atras, durante el coloquio que siguió a una charla en una cárcel, un interno explicó que había vivido ocho años con mucho resentimiento por lo que le había hecho un amigo y también por un incidente relacionado con su ex-novia. Contó su corrosiva amargura. “Un día me levanté y vi que aquello no tenía sentido, y se me fue. De repente pasé página con una facilidad venida del cielo…”. El rencor contra los demás solo sirve para devorarnos por dentro, pero los otros se quedan igual. Como muy bien expresó William Shakespeare, “la ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro”. A aquel interno, el día que tuvo la certeza de la inutilidad de ese sentimiento le desapareció el odio incrustado.

“El resentimiento no daña a la persona contra la cual mantiene esta emoción; el resentimiento le está comiendo por dentro a usted”
Norman Vincent Peale
Ese interno vivió durante ocho años en dos prisiones: en la real y en la del resentimiento. ¿Cuál es peor de las dos? Al tiempo de abandonar la cárcel, Nelson Mandela declaró: “Al salir y ver toda aquella gente sentí mucha rabia por los 27 años de vida que me habían robado; pero entonces el espíritu de Jesús me dijo: ‘Nelson, cuando estabas en prisión eras libre, ahora que eres libre no te conviertas en tu prisionero”. Mandela vivió 27 años encerrado en la cárcel, aunque no en el resentimiento. La serenidad que logró cultivar fue la que le dio la fuerza para luchar contra las injusticias.
La vergüenza que provocan esas injusticias en quien las oye o lee en los medios de comunicación, la rabia e indefensión en quien las sufre en sus carnes, nos cargan de energía contaminante. Si queremos cambiar el mundo, mejor que nos recarguemos con la energía que proviene de las pequeñas alegrías que nos regala el día. Aunque ahora parecen estar muy escondidas, siguen ahí

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17 feb 2013

¿Qué es la alexitimia?


Alexitimia: cuando llegamos a perder la capacidad de amar


  Indiferencia entre una pareja 
  despuès de un  encuentro sexual  

Al menos un 10% de la población mundial ha perdido la capacidad de amar, según estima la Sociedad Española de Neurología (SEN). Se debe a un trastorno neurológico conocido como alexitimia que impide a las personas afectadas identificar las emociones que experimentan así como expresarlas verbalmente.

No obstante, no todos los pacientes presentan el mismo grado de afectación y es importante establecer una distinción entre la alexitimia primaria, producida porque las estructuras neurológicas vinculadas con las emociones están dañadas debido a esclerosis múltiple o tumores cerebrales, por ejemplo, y la secundaria, como consecuencia de un trauma emocional grave o por un desorden en el aprendizaje emocional. La incapacidad para expresar las emociones también puede ser un síntoma temprano de la enfermedad de Parkinson (EP).
“Los seres humanos somos capaces de sentir amor, odio, alegría, miedo, es decir, experimentar sentimientos y emociones, gracias a un cerebro que lo hace posible, tanto estructural como funcionalmente, así como a relacionar dichos sentimientos con estructuras que permiten su verbalización”, explica el Prof. Pablo Duque San Juan, Coordinador de la Sección de Neuropsicología de la SEN. “Si se nace con alguna una anomalía en zonas cerebrales que se encargan de analizar y formular las emociones, o se produce alguna lesión o disfunción que interrumpa el circuito de conexión entre estructuras, se puede generar la imposibilidad de verbalizar e identificar sentimientos”.

La importancia de sentir emociones es muy superior a lo que solemos pensar. "Las emociones influyen muchísimo en la atención, la memoria y el racionamiento, nos indican qué es lo importante y nos ayudan a tomar decisiones”, explica el Prof. Pablo Duque. “Cuando no somos capaces de reconocer nuestras emociones, ni de interpretarlas, no podemos utilizar una información que es muy valiosa, lo que hace que sea mucho más complicado tomar decisiones y crear vínculos sociales.”





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