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5 sept 2016

Internet influye en la memoria

Un nuevo estudio revela que cada vez que usamos la Red para consultar algún dato nos volvemos progresivamente más dependientes de ella.



Internet es información. Por la Red fluye una ingente cantidad de datos que aumenta cada segundo que pasa. Podemos acceder a ese ciberocéano de conocimiento en el acto y prácticamente desde cualquier punto del planeta, un fenómeno que ya está cambiando el modo en que resolvemos problemas y aprendemos. Benjamin C. Storm, del Departamento de Psicología de la Universidad de California, en Santa Cruz, está convencido de que también está afectando, y de un modo muy profundo, a nuestra capacidad de recordar.

"Utilizamos internet como una especie de muleta, como un apoyo para la memoria, pero cada vez que lo hacemos dependemos más de esta tecnología", indica Storm, que ha coordinado un estudio sobre este asunto en el que participan otros expertos de su misma universidad y de la de Illinois.
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¿Qué es la antimemoria?

Profundizamos en la formación de los recuerdos.


Los recuerdos son impulsos eléctricos. Cada vez que aprendemos algo, se crean en nuestro cerebro ciertas conexiones entre las neuronas llamadas excitatorias, pero ¿cómo se armoniza nuestro cerebro para no colapsar por el aprendizaje?. Un equipo de científicos de la Universidad de Oxford (Reino Unido) ha propuesto una nueva teoría acerca de la formación de recuerdos: las antimemorias.

Según los investigadores, estas antimemorias representarían las conexiones entre las neuronas que generan un patrón completamente opuesto a la actividad eléctrica original de la memoria y el aprendizaje.

¿Qué utilidad tienen en nuestro cerebro?

Mesura, armonía. El equilibrio de la actividad eléctrica del cerebro se debe a la interacción de las neuronas excitatorias (que provocan actividad cerebral) e inhibitorias (que la suprimen). Y es que una constante activación de las neuronas excitatorias estaría relacionada con enfermedades como la esquizofrenia, el autismo o la epilepsia, ya que provocan una actividad exagerada. De ahí que para estabilizar el sistema, las conexiones inhibitorias entren en escena. Se trata de anti-recuerdos que no destruyen los originales pero sí calman y normalizan el sistema.

Así, las conexiones excitadoras se equilibran con unas conexiones inhibidoras de la misma intensidad que no son sino réplicas de memorias, de ahí que hayan sido descritas como “antimemorias”. Según Helen Barron, líder del estudio que recoge la revista Neuron, este debate de neuronas permite que se puedan guardar los recuerdos y que podamos acceder a ellos cuando es necesario, pero también los silencian -por lo que no los olvidamos- cuando no es conveniente.

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1 mar 2016

La miseria del emergentismo



arcimboldo
“La mente emerge de la complejidad del funcionamiento cerebral”
Esta sentencia podría resumir de manera general el planteamiento emergentista con respecto al problema mente-cuerpo. Sentencia, por lo demás, que puede parecer bastante razonable para cualquier neurólogo, psicólogo o estudiante de la mente en general que tenga, como ya va siendo normal, una visión más o menos materialista del funcionamiento de nuestra psique.  Sin embargo, vamos a ver que realmente es un enunciado equívoco y bastante vacío.
Pensemos en que yo quiero saber cómo funciona cualquier electrodoméstico de mi cocina, por ejemplo, el frigorífico. Sin tener ni idea de ingeniería, observo sus piezas durante un rato y termino por decir: “La baja temperatura que enfría los alimentos emerge de la complejidad del funcionamiento del frigorífico”. Realmente, no habré dicho absolutamente nada, a lo sumo estaré intentando encubrir que no sé gran cosa del funcionamiento del aparato.
Pensemos ahora en qué significa la palabra “emerger”. Habitualmente se usa para decir que algo sale del agua a la superficie, pero también puede usarse para decir que algo sale del interior de otra cosa. Pues bien, cuando decimos que la mente emerge del cerebro estamos, en primer lugar, cometiendo un sesgo dualista: si la mente sale del cerebro es porque es algo diferente de éste, ergo la mente no es el cerebro. Y si la mente no es el cerebro… ¿qué diablos es? En segundo, estamos sugiriendo de modo implícito o dando la impresión de un “surgir por arte de magia”: a la hora de construir una mente artificial lo único que habrá que hacer es ir añadiendo piezas semejantes a las de un cerebro real hasta que, al final, la mente emerja por sí sola de entre todos esos elementos. Así llega la manida afirmación: “De la complejidad de Internet surgirá espontáneamente una nueva mente global” No, de Internet no surgirá ninguna mente a no ser que ingenieros se pongan a ello, y de ir construyendo piezas similares a las de un cerebro no surgirá una mente sin más. Ir construyendo piezas similares a un cerebro hará que vayamos comprendiendo cada vez mejor cómo funciona el cerebro hasta que, al final, podamos construir las piezas clave que, realmente, sean, constituyan o generen una mente. Y, en tercer lugar, la expresión “emerger del cerebro” parece implicar que la mente surge del cerebro pero que no hay camino inverso, es decir, que “el cerebro no emerge de la mente”, negando la posibilidad de que nuestro pensamiento tenga algún efecto sobre el mismo cerebro. El emergentismo estaría sugiriendo implícitamente un epifenomenalismo que, en general, parece poco convincente (a mí sí me gusta la idea de que muchos aspectos de la mente son efectos secundarios o epifenómenos del funcionamiento del cerebro, pero no me convence que esos efectos secundarios no tengan influencia alguna sobre el propio cerebro).
Y, pensemos por último, en que significa la palabra “complejidad” ¿Qué quiere decir que algo sea complejo? La complejidad es una propiedad subjetiva (una valoración) que no tiene existencia objetiva. Algo es simple o complejo siempre para un sujeto. Resolver una multiplicación es algo complejísimo para un niño de tres años pero trivial para un adulto ¿Diríamos que multiplicar tiene la propiedad objetiva de ser complejo? No, la palabra complejidad, en el mejor de los casos, solo es un indicador de la capacidad de comprensión del sujeto. Entonces, ¿es lícito decir que de la complejidad surge algo? No, de la complejidad no puede surgir absolutamente nada porque solo es una valoración, no es un objeto o proceso real con algún tipo de poder causal. Por lo tanto la afirmación “La mente emerge de la complejidad del cerebro” es un sinsentido o, en el mejor de los casos, es no decir nada.
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27 ago 2015

Trastornos Mentales y el Libre Albedrío


Esta entrada es un comentario a un artículo de la revista Aeon que utiliza la experiencia de las personas con trastornos mentales para defender la existencia del libre albedrío. El argumento central sería: dado que cuando sufrimos un trastorno mental no tenemos libre albedrío, entonces cuando no tenemos una enfermedad mental sí tenemos libre albedrío. La idea se le ocurrió al autor, Walter Glannon cuando un alumno suyo no pudo acudir a clase por sufrir una depresión. Cuando ya estaba recuperado y acudió le dijo literalmente a Glannon: “no tenía libre albedrío”.

A partir de ahí plantea que la respuesta al eterno dilema del libre albedrío no hay que buscarla en la Física o en la estructura de nuestro universo y las leyes de la naturaleza sino en el cerebro, en la capacidad del cerebro para permitir o no que actuemos y pensemos. Parece definir el libre albedrío como actuar de acuerdo con nuestras preferencias, creencias e intenciones (y así definido acepto que tenemos free will, el problema es que no elegimos nuestras preferencias, creencias e intenciones y esa no es mi idea de una "voluntad libre"). Cuando padecemos una depresión, un TOC o cualquier otro trastorno mental no podemos hacerlo y por tanto no somos libres. Cuando no estamos enfermos sí seríamos libres.

Bien, como forma de hablar a nivel coloquial podemos entender lo que el autor quiere decir y podemos admitir que cuando estamos enfermos no tenemos la voluntad que tenemos en estado normal. Pero el argumento si lo analizamos con un poco de seriedad o profundidad falla estrepitosamente y voy a intentar explicar por qué. 

Para entenderlo voy a utilizar el ejemplo de la psicopatía de la que se ha hablado antes (aquíaquí y aquí). Cada vez más autores están planteando que los psicópatas no son libres y que no pueden actuar de otra manera y se han propuesto alternativas a los fundamentos morales que utilizamos para condenarles y castigarles que actualmente se basan en condenarles porque pensamos que han elegido actuar de manera criminal y podían no haberlo hecho. Para los efectos de mi argumentación vamos a aceptar que los psicópatas no tienen libre albedrío (opinión todavía minoritaria). Si damos la vuelta al argumento obtendríamos el razonamiento de Glannon: si los psicópatas no tienen libre albedrío entonces los que no somos psicópatas sí lo tenemos.

La verdad es que ni los psicópatas ni los no-psicópatas tienen libre albedrío porque ninguno de ellos puede elegir. Libre albedrío es libertad para elegir otra cosa y eso no lo podemos hacer ni psicópatas ni no-psicópatas. A un psicópata no se le puede pedir que responda al castigo o que muestre las conductas morales propias de un cerebro moral, porque no lo tiene. Pero a una persona con cerebro moral tampoco se le puede pedir que tenga las conductas de un psicópata. Yo no puedo salir a la calle y violar a la primera mujer que me guste o robarle un reloj al peatón que pasa porque me he encaprichado con él (y de paso darle un navajazo si se resiste) o robar un banco (estoy caricaturizando un poco). Simplemente yo hago lo que está en mi naturaleza hacer y el psicópata hace lo que está en la suya, naturalezas que ni él ni yo hemos elegido. Tener libre albedrío sería poder tomar el otro camino, elegir la otra opción. Tener las dos opciones, no tener sólo una.

Y no es buena idea ir a buscar el libre albedrío en el cerebro (de esta manera) porque nuestro cerebro no es ajeno a las leyes de la Física, al contrario, está obligado a seguirlas. Y lo que observamos en este universo es que unos efectos tienen  unas causa previas, y estas a su vez otras causas previas y la voluntad no puede saltarse ese flujo causal y situarse al margen de él y decidir: “pues yo ahora voy por otro lado”…


Los humanos presumimos mucho del auto-control: nosotros no somos como los animales, que cuando quieren comer o tener sexo van y lo hacen, no…nosotros podemos esperar, auto-controlarnos…nosotros estamos al margen de la naturaleza…Pero no tenemos en cuenta una cosa muy importante. Si podemos ejercer ese autocontrol es porque tenemos unas fibras nerviosas que van desde la corteza hacia el sistema límbico que cumplen una función inhibidora de esos instintos básicos (y el control que tenemos es sólo parcial). Y esas fibras las ha puesto ahí la selección natural y lo ha hecho por una buena razón, porque en animales sociales inhibir esos instintos en situaciones grupales hace que pases más copias de genes a las generaciones futuras. Así que esa capacidad de autocontrol de la que presumimos no se salta las leyes de la Física ni proviene de Marte.

Por ampliar la discusión, voy a poner un ejemplo en base a factores determinantes ambientales para ilustrar la falacia del razonamiento de Glannon. Pensemos en el caso de Patricia Hearst y su famoso secuestro. Admitamos  que el grupo terrorista que la secuestró la lavó el cerebro con sus doctrinas maoístas y que Patty no era libre cuando atracó el banco con los componentes de ese grupo. Aplicando el razonamiento de Glannon diríamos:“Después del secuestro Patty no era libre porque le habían lavado el cerebro, pero antes del secuestro Patty sí era libre porque todavía no le habían lavado el cerebro”. Ya, ¿Y la influencia previa de su padres y su educación de niña rica no era un lavado de cerebro?

A donde quiero llegar es a que la conducta del ser humano ha evolucionado de la misma manera que la del resto de los animales. Tendremos más algoritmos, más lineas de código de programación si se quiere, pero no dejamos de ser criaturas programadas por la selección natural. Ya sé que eso no nos gusta. A Glannon se le escapa en el último párrafo de su artículo:“somos más que seres materiales”. Sí, preferimos seguir pensando que somos ángeles. Es muy fuerte la tendencia a pensar en “almas” “espíritus” y otro tipo de entidades al margen de la materia. No elegimos nuestras preferencias, creencias ni intuiciones. Pero nos hace mucha ilusión creer que sí lo hacemos.

@pitiklinov


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23 feb 2015

¿Qué nos hace humanos?


planeta simios zira








Durante milenios pensadores, filósofos y teólogos se han preguntado sobre la esencia del ser humano y su capacidad de pensamiento y consciencia sin llegar nunca a ninguna conclusión plausible, sin embargo las respuestas (como siempre) están empezando a llegar desde el campo de la biología.
Históricamente tanto desde el punto de vista filosófico como del teológico se ha considerado la existencia de una barrera infranqueable que separa a los humanos del resto de primates antropomorfos, pero en realidad los cada vez más abundantes estudios están difuminando más recurrentemente esta imprecisa frontera.
Así un grupo de investigadores estadounidenses a publicado un brillante estudio en el que han comparado los genomas de humanos y chimpancés buscando regiones implicadas en el desarrollo del córtex cerebral, la región donde se generan funciones mentales tan importantes como la percepción, la imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión. Los autores estudiaron la región génica denominada HARE5, un ”enhancer”, potenciador o amplificador, que controla la expresión de un gen clave para el desarrollo del cerebro. Dicha región está compuesta por unos 1.200 nucleótidos y entre chimpancés y humanos únicamente se diferencia en unos exiguos 16 cambios. A continuación los investigadores generaron ratones transgénicos que llevaban insertados ambos tipos de regiones HARE5: la humana y la de chimpancé y estudiaron el desarrollo del cerebro fetal en estos animales cuya única diferencia eran los mencionados 16 nucleótidos, encontrando llamativamente que aquellos ratones que poseían el fragmento de DNA humano desarrollaban un cerebro un 12% mayor que los correspondientes animales con el DNA homólogo proveniente de chimpancé tal y como se muestra en las siguientes fotografías:

HARE5
Además los cerebros de estos ratones humanizados contenían un 14% más de neuronas que los de sus homólogos de chimpancé. Y todo ello con el simple cambio de unos insignificantes 16 nucleótidos de un genoma total conformado por unos 3.200 millones de nucleótidos en el caso del ser humano. En la actualidad los autores del artículo están estudiando el desarrollo cerebral después del nacimiento en ambos tipos de ratones transgénicos, con el objetivo de probar la hipótesis de si los cerebros más grandes de los ratones humanizados les hacen más hábiles o inteligentes que los correspondientes que llevan insertado el DNA de chimpancé.
En resumen, pequeñísimas alteraciones en el DNA implican importantes cambios morfológicos (y quizás funcionales) en el cerebro del animal. Por supuesto, los cerebros de un chimpancé y de un sapiens se diferencian en mucho más que esta secuencia individual de DNA, pero haciendo un poco de ciencia ficción ¿Qué pasaría si se introdujera en el genoma de un chimpancé el equivalente humano de la región HARE5? ¿Tendrían estos animales el cerebro un poco más desarrollado? ¿Serían un poco más inteligentes o hábiles quizás? ¿Y qué ocurriría si además se fueran intercambiando en esos mismos chimpancés transgénicos otros elementos adicionales como algún que otro “enhancer” o gen proveniente de las secuencias homólogas de los sapiens, elementos que se encuentren implicados en otras facetas del desarrollo cerebral diferentes a las que modula HARE5? ¿Se podría entonces ir construyendo cual mecano un cerebro primate cada vez más similar al que poseemos los seres humanos? Y esto que ahora puede parecer sacado de la desbordante imaginación de un escritor o de un guionista de Hollywood puede ser posible en quizás menos de un siglo si continuamos con el exponencial desarrollo científico-tecnológico alcanzado en las últimas décadas. Y en ese caso, cuando vayan apareciendo propiedades hasta ahora “exclusivamente” humanas en estos monos transgénicos ¿qué quedará de nuestro pretendido papel como centro del Universo y cúlmen de la Creación?


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3 ago 2014

¿Tantas neuronas como estrellas en la galaxia?


Si sueles leer artículos sobre neurociencia o ves documentales, es más que probable que te hayas encontrado con esta comparación. Los que escribimos sobre temas científicos abusamos a veces de este tipo de recursos, como expresar el tamaño de algo en campos de fútbol o la potencia de una explosión en bombas de Hiroshima. Pero vayamos al fondo del asunto: ¿es verdad que tu cerebro tiene tantas neuronas como estrellas hay en la galaxia? ¿Es posible medir algo así?

(Neurolab)

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21 may 2014

¿Son innatas las ideas políticas?

¿De izquierda o de derecha? Un escáner de su cerebro puede tener la respuesta

  ¿Podemos "leer" las ideas políticas en un escáner?  


La política es una de las áreas más complejas del pensamiento humano. Así que fui escéptico cuando oí que escanear el cerebro de una persona podría predecir sus elecciones políticas.
La ciencia cognitiva está logrando avances extraordinarios, pero mapear las interacciones sociales humanas con lo que se puede medir en un escáner del cerebro es un salto enorme.
Es como intentar encontrar las correlaciones exactas entre dos platos de sopa: uno está hecho de vegetales, macarrones y caldo, y el otro está hecho con ideas abstractas como economía, igualdad e historia.
Pero en Estados Unidos y en Reino Unido, psicólogos y neurólogos están haciendo serias investigaciones para intentar relacionar las actitudes políticas con lo que está dentro de nuestro cráneo.
"Al observar cómo el cerebro está procesando los fenómenos políticos, podemos comprender un poco mejor por qué hacemos lo que hacemos", dice Darren Schreiber, de la Universidad de Exeter, en Reino Unido.
Schreiber comenzó usando la técnica de imagen por resonancia magnética (IRM) para investigar patrones de actividad en el cerebro cuando las personas tomaban decisiones, especialmente aquellas que involucraban riesgos.
Imagen del cerebro
 Varias investigaciones buscan la relación
entre  patrones de actividad del cerebro
 y las ideas políticas. 
Mientras que las decisiones no eran todas tan diferentes, el experto vio variaciones en las partes del cerebro que eran más activas en las personas que se describían a sí mismas como conservadoras y en aquellas que se consideraban liberales.
El científico no generaliza sobre cómo piensan exactamente conservadores y liberales, pero cree que su trabajo sugiere que diferentes actitudes políticas reflejan divergencias profundamente enraizadas en cómo entendemos el mundo.
Read Montague, de las universidades College London, Reino Unido, y Virginia Tech, EE.UU., era escéptico cuando comenzó a ayudar a los investigadores políticos en su estudio.
"Me reí de ellos en voz alta", dice.
Pero cuando John Hibbing y su equipo de la universidad estadounidense de Nebraska le mostraron sus datos, Montague cambió de tono.
Su trabajo sobre gemelos sugería que la lealtad política era en parte genética.
No de forma tan marcada como la estatura, por ejemplo, pero lo suficiente como para indicar que alguna gente realmente puede llevar el conservadurismo en la sangre, o al menos en el ADN.

Miedo y asco

¿Pero cómo, exactamente, podrían las diferencias genéticas expresarse en diferencias políticas en el mundo real?
Hibbing y Montague querían saber si estas predisposiciones innatas podían ser observadas en funcionamiento en el cerebro.
Así que probaron con respuestas instintivas a imágenes diseñadas para provocar asco y miedo, y hallaron un vínculo entre la fuerza de la reacción a las imágenes y cuán conservadores socialmente podían ser los puntos de vista de una persona.
Hombre comiendo gusanos
  Esta es una de las imágenes repulsivas del test de Hibbing.  
"Debemos aclarar la distinción entre conservadurismo económico y conservadurismo social", dice Hibbing.
"La gente que tiene actitudes más protectoras sobre temas como inmigración, que promueve mayores castigos a criminales, la gente que se opone al aborto… Estos son individuos que parecen tener una reacción mucho más fuerte a las imágenes repulsivas".
Estas respuestas se miden biológicamente, por lo tanto el estudio está vinculando explícitamente opiniones conscientes con respuestas inconscientes.
En las investigaciones que se han hecho hasta ahora, las actitudes hacia el riesgo, el asco y el miedo son las que muestran las conexiones más fuertes con las opiniones políticas manifiestas.
La dificultad llega al tratar de aplicar esta información a una situación específica.
Los conservadores sociales estadounidenses pueden estar también a favor de un estado más pequeño y un mercado libre.
Pero en los países que formaron parte del bloque socialista, el conservadurismo social podría más bien añorar la época comunista.

Determinismo biológico

El economista conductual Liam Delaney está estudiando la psicología de las campañas para el referendo sobre la independencia de Escocia, pero él no cree que los instintos subconscientes puedan ofrecer una guía completa del debate.
"El determinismo biológico es un poco tramposo con estas situaciones, porque hay demasiada variación entre los diferentes sistemas políticos".
Cerebro modelo
  La antigua teoría de la frenología vinculaba partes de la cabeza con la personalidad.  
"Creo que tiene el riesgo de simplificar las cosas al decir que hay algo innato que determina el resultado".
Darren Schreiber coincide: "La política humana es extraordinariamente compleja. No se reduce sólo al cerebro, y quiero dejar muy claro que no soy un determinista biológico".
Según él, nuestro cerebro está programado para no estar programado.
"Si las personas fueran simples no necesitaríamos estos cerebros muy grandes y complejos".
Ninguno de los científicos que trabajan en estas investigaciones sugiere que nuestras visiones políticas son completamente innatas.
El cerebro humano cambia a lo largo de la vida, por lo tanto los neurólogos dicen que las experiencias, tanto como los genes, han dado forma al cerebro que ellos ven a través del escáner.

Mano izquierda o derecha

Pero John Hibbing cree que los motores del subconsciente, que evolucionaron hace mucho tiempo en respuesta a peligros físicos urgentes, impulsan nuestras mentes políticas más de lo que nos gustaría creer.
"A las personas les 
gusta pensar que  
sus propias  
convicciones políticas 
son racionales, que  
son una respuesta 
sensible al mundo 
que las rodea."
John Hibbing, científico 
neurólogo de la 
Universidad de Nebraska
"A las personas les gusta pensar que sus propias convicciones políticas son racionales, que son una respuesta sensible al mundo que las rodea".
Hibbling compara las tendencias ideológicas innatas con qué mano preferimos usar.
Solíamos pensar que esto era un hábito que podíamos cambiar, cuando no sabíamos que estaba "profundamente integrado en la biología".
Eso tendría grandes implicaciones en la vida política. Si ser de izquierda es tan innato como ser zurdo, ¿por qué preocuparse por la política?
¿No podríamos meter a todos en un tomógrafo y deducir lo que piensan,siempre pensarán y además nacieron para pensar, y dejar de intentar convencer a nadie?
Ni siquiera Hibbling saca tal conclusión.
"No es tanto que yo piense que la gente debería callarse y aceptar que algunas personas son diferentes".
"Pero sí creo que deberían aceptar que alguna gente o bien no va a cambiar o bien será extremadamente difícil convencerlos de cambiar, y que simplemente seguir gritándoles no contribuye en nada".
Así que no vamos a cambiar las urnas por un tomógrafo en un futuro próximo.
Lo cual es bueno, porque aún creo que la política debería suponer llevar nuestras ideas al mundo más allá de nuestro cráneo, el mundo real de convicciones desafiantes y opiniones encontradas.
Pero quizás estemos programados para pensar así.

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23 abr 2014

Neurociencia y comprensiòn del ser humano

“¿NADA MÁS QUE…?”

La capacidad del cerebro humano

Para evitar los reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

La Neurociencia, al investigar el cerebro y los fenómenos más íntimos de la persona (pensamientos, decisiones, emociones, valoraciones, etc.) toca lo más esencial del ser humano, su supuesta dimensión de identidad libre y espiritual. Es decir, no se trata ya de cuestiones de análisis acerca ce lo que motiva el comportamiento humano, el carácter y el pensamiento de la persona humana, sino de la misma definición de ésta; y una definición que no sólo la identifique como individuo perteneciente a una especie, sino que exprese su misma esencia como humana.

Pretender que sólo la neurociencia –o en el caso de la moral, la neuroética- puede ofrecer una visión cabal del hombre nos pone ante un serio reduccionismo: Que el ser humano “no es más que...”

Recuerda José Ramón Ayllón que el esquema bioquímico causa-efecto permite explicar procesos como el sueño, el cansancio, el crecimiento y muchos otros. Pero es muy discutible que sea una explicación suficiente para comprender la conducta humana: “¿Fueron las neuronas de Einstein las que decidieron estudiar Física y proponer la teoría de la relatividad? ¿Pintaron las neuronas de Miguel Ángel la Capilla Sixtina?... Si la conducta de Hitler fue exclusivamente consecuencia de su actividad neuronal, los judíos no tienen motivos para odiarle. ¿Se concede el Nobel a una persona con méritos o a sus meritorias neuronas? ¿Están llenas las cárceles de neuronas asesinas y ladronas?...”

Para evitar este tipo de reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

Pero un diálogo interdisciplinar sólo es posible cuando quienes se proponen dialogar admiten la competencia del interlocutor.

Y mientras que la filosofía ha reconocido desde siempre el ámbito autónomo y válido de las ciencias experimentales (aunque es verdad que no siempre se ha interesado como debiera por sus resultados), la Ciencia moderna ha solido negar validez de verdad y de realidad a cualquier saber no empírico-material. Así como suele decirse que dos no pelean si uno no quiere, tampoco dos dialogan si uno no quiere.

A esto se suma que la neurociencia posee hoy un prestigio auténticamente deslumbrante y estos investigadores a menudo no ven ninguna necesidad de un diálogo que les aporte algo distinto. De manera que, cuando los defensores de la neuroética, por ejemplo, abogan por el diálogo interdisciplinario, es difícil evitar la impresión de que su objetivo es, más bien, colonizar nuevos ámbitos del saber y de la vida social.

En realidad, la discusión aquí es de gran calado, no sólo sobre el ser humano, sino sobre la naturaleza misma de la ciencia experimental. Así, la discusión acerca de la neuroética es también en gran medida una discusión metodológica sobre cómo mirar las preguntas esenciales sobre el ser y obrar humanos, sobre cómo plantearlas sin forzar aquello por lo que nos preguntamos, sobre cómo interpretar las hipotéticas repuestas sin desfigurar los datos de partida. Lo cual lleva lógicamente, a su vez, a replantearse más a fondo las cuestiones de contenido sobre la esencia de la persona humana.

La Escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1509-1510)

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato.

En definitiva, la neurociencia se aproxima a las grandes cuestiones de la antropología filosófica, y en particular la neuroética plantea abiertamente los problemas tradicionales de la bioética, pero a la vez aparecen las preguntas acerca de la naturaleza de la ciencia, de nuestro saber.

De entre éstas últimas, por ejemplo, ¿qué ciencias pueden y deben entrar en diálogo?, ¿sólo las ciencias experimentales entre sí o también otras formas de saber (como la filosofía) que en otro tiempo y sentido fueron consideradas asimismo como ciencias?; en el fondo, ¿a qué llamamos ciencia?, ¿qué significa saber?, ¿qué tipos de experiencia podemos considerar como fuente de saber; sólo la empírica de laboratorio o además otras?, ¿hasta qué punto es fiable, e incluso más segura, la intuición común que la demostración experimental?, ¿son dos modos de conocimiento realmente excluyentes o cabe a su vez una relación que favorezca la cooperación del conocimiento?...

Todo esto podría parecer una discusión simplemente académica o de matiz, pero está en juego cómo comprender la racionalidad y cómo tratar el objeto de la Neurociencia y la neuroética: el ser humano. Como botón de muestra, dentro del campo de la Psiquiatría (donde son insoslayables los dramas vitales y existenciales), piénsese en el progresivo abandono de la psicoterapia en favor de la psicofarmacología, que supone considerar a la persona cada vez más como puro ser biológico que como persona capaz, cognitiva y emotivamente, de dirigirse por un sentido de la vida.

Para terminar: Se ha hablado mucho de la reflexión e invitación al diálogo que brinda la neuroética como una oportunidad,como una necesidad y como algo difícil. Apuntemos ahora a su posibilidad. Pero tal vez la única manera de dialogar no sea tanto entre científicos por un lado y metafísicos o éticos por otro, sino más bien entre personas que antes hayan dialogado en su propio interior, por así decir. O sea, la unidad del saber (o de los saberes) pasa por su unidad en el interior de las personas, que es donde reside y desarrolla el saber.

Evidentemente, hoy no puede pretenderse una simultánea erudición científica y filosófica, pero sí una base y una actitud tanto científica como filosófica.

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato. El aspecto sectorial del saber –la tremenda especialización que se viene produciendo en el ámbito de las ciencias y de sus aplicaciones-, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del sentido, impide la unidad interior del hombre contemporáneo y fomenta la tentación de absolutizar de forma incorrecta sólo determinadas parcelas del conocimiento en detrimento de las demás, con lo cual la visión de la realidad y de lo humano será inevitablemente sesgada, y las decisiones que se tomen al respecto seguramente poco congruentes con la dignidad del ser humano en su integridad.


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10 feb 2014

El embrollo: ¿Naturaleza o cultura?

nature
La Spaltung (disociación) es fundacional en el ser humano (Freud)

Hay muchas versiones del embrollo, la más conocida de las cuales tiene hasta nombre: se llama el problema difícil de la consciencia. Siendo más descriptivo, el embrollo puede tambien adquirir tintes naturalistas, pero es lo mismo que hablar de cuerpo-alma, organismo-individuo o mente-cuerpo. En realidad se trata del mismo problema para el que aun no hemos encontrado una solución que satisfaga a todos.
Una manera poco elegante de resolver el embrollo es negar la mayor y decir que la cultura en el hombre es su naturaleza. Ese es el meme que se lleva ultimamente y que la discusión entre naturaleza y cultura es una discusión banal y pasada de moda.
A pesar de lo que diga edge: “que es una idea a jubilar”, lo cierto es que el problema no está resuelto y que si lo hacemos asi -negando lo cultural, como un atributo más de lo biológico- nos quedaremos solos frente a la naturaleza, es decir seremos un poco más deterministas y como suele decirse, reduccionistas y nunca llegaremos a entender los malestares del hombre que muchas veces están socialmente determinados. Dicho de otra manera, con frecuencia los malestares que nos aquejan proceden de las verdades que compartimos con nuestros semejantes, con los que comparten con nosotros una determinada nube de creencias.
En mi opinión el problema está planteado en torno a la idea de “dualidad”, algo que podría decirse de este otro modo: la dualidad es falsa, pero somos duales.
Lo que significa es que lo fundacional en nuestra especie, al menos desde la Gran Escisión que supuso la emergencia de una consciencia racional es la dualidad, Una dualidad que no necesariamente supone pensarla desde principios religiosos con la creencia en un alma inmortal, sino que al contrario de todo esto puede pensarse desde el lado de una simetría rota, es como si tuvieramos dos cerebros solapados, uno que procesa la realidad en términos de supervivencia y otra consciencia que piensa la realidad en terminos binarios de contradicción o si se quiere decir de este modo: a través de la dialéctica hegeliana y que emana del lenguaje.
Si es blanco no puede ser negro o si es de día no puede ser de noche. Este tipo de pensamiento que llamamos lógico-racional es en realidad el eje de torsión que nos apresa en esa serie de discusiones sobre si es la naturaleza o es la cultura la más influyente en nuestras conductas y creencias.
Lo cierto es que no podemos cerrar la cuestión diciendo que la cultura es la naturaleza del hombre, porque ambas magnitudes funden muy mal. Para empezar la cultura humana es diversa, no existen dos culturas iguales, es como si cada nicho geográfico hubiera llevado a cabo una evolución diferente y quizá arbitraria. Aun hoy coexisten en el planeta muchas formas de alimentarse, de procrear y criar a los niños, de relacionarse con la naturaleza, de organización social, por no hablar de creencias religiosas y del mundo incompatibles entre sí. Hay una diversidad de enfoques culturales a pesar de pertenecer todos ellos a una misma especie. Demasiados para no replantearse el concepto de especie o al menos el de raza.
Un ejemplo de este desfase entre naturaleza y cultura lo encontramos en ciertas enfermedades que son en realidad desajustes de las condiciones de vida actuales en relación con las adaptaciones ancestrales, la diabetes es un buen ejemplo que nos permite entender que el gen de resistencia a la insulina que en realidad emergió para proteger a los individuos de las hambrunas provoca enfermedades en entornos de opulencia alimentaria. La cultura parece navegar por caminos bien distintos a la naturaleza de la que emergimos. No es de extrañar que Freud hablara de “malestares en la cultura” y vale la pena recordar que para Freud la civilización era en realidad el enemigo del instinto al que necesariamente pone limites para garantizar una comunidad de intereses.
Otro ejemplo bien conocido es el descenso de natalidad provocado por la disociación entre reproducción y sexualidad que propició un invento cultural: la pildora anticonceptiva. Un invento cuyos costes estamos empezando a visualizar en los embarazos de alto riesgo que son cada vez más tempranos a la vez que comenzamos a valorar si seran tambien disgeneusicos.
Y no cabe dudar de que el retraso en la maternidad, el aumento de solteros, el aumento de diabéticos, los hogares monoparentales, o los trastornos alimentarios en general, las depresiones de la vida moderna y en general un buen número de trastornos psiquiátricos y somáticos están provocados por los entornos en que vivimos que son cualquier cosa menos naturales.
Y lo cierto es que la naturalización de todos estos problemas no ha traido una mejor comprensión de nuestra verdadera naturaleza. Admitámoslo: somos seres duales que mantenemos un anhelo de unidad perdida a la vez que renegamos de cualquier explicación que la ciencia pura y dura no pueda proporcionarnos en clave química o bien reglada.
Recomiendo ver este video de Arturo Goicoechea a propósito de este tema y ver como determinados conceptos como exclusión social, encajan mal con la “naturaleza” y mucho con lo que entendemos como “ambiente”.
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