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8 ene 2016

El problema de acumular conocimiento y no practicarlo

SI NO PRACTICAMOS Y VIVIMOS EL CONOCIMIENTO QUE TENEMOS, ENTONCES REALMENTE NO PODEMOS DECIR QUE SABEMOS. Y ESTO ES LO QUE NOS SUCEDE ACTUALMENTE, EN UNA ERA PRÁCTICAMENTE DE IGNORANCIA Y DISOCIACIÓN ENTRE EL CONOCIMIENTO Y LO QUE HACEMOS CON ESE CONOCIMIENTO.

SchoolOfAthens
La diferenciación ente el conocimiento y el ejercicio de ese conocimiento, que constituye la verdadera sabiduría, fue hecha desde un inicio por las diferentes tradiciones. Ya Platón había distinguido entre una vida filosófica integral, como la de Sócrates, y una filosofía discursiva como la de los sofistas, que eran capaces de grandes acrobacias lingüísticas para persuadir a casi cualquiera pero no que no eran capaces de poner en práctica sus argumentos ellos mismos. Aunque la filosofía moderna haya asumido ser un comentario de la filosofía platónica y considere que el espíritu helénico es su ilustre ascendente, podríamos afirmar que son los sofistas los que han triunfado. El conocimiento hoy en día, controlado por la academia (término que hoy parece mal tomado de la escuela de Platón) y las instituciones que la fondean, en gran medida se ha desviado de la concepción original de la filosofía. Presenciamos desde hace siglos una disociación entre el conocimiento intelectual y la vida moral y ascética necesaria para encarnar los principios que se discuten y se defienden como verdades. Pero es una verdad muy endeble la que sólo se sostiene con palabras y no con actos, ni con la transformación de la conciencia y el tangible mejoramiento del individuo, tanto moral como intelectualmente.
Seguramente esta disociación entre el conocimiento meramente intelectual y la aplicación del conocimiento a todos los aspectos de la existencia, especialmente aquellos que tienen que ver con nuestra relación cualitativa con el entorno,  ocurrió paulatinamente con la consolidación del materialismo científico y de la preeminencia de los valores económicos. En la actualidad hemos llegado al punto en el que lo importante es ser inteligente (en un sentido mundano) y no ser bueno; de hecho consideramos que la bondad es sinónimo de ingenuidad (lo es sólo en un mundo rapaz, donde lo importante es obtener mayores beneficios personales). Si creemos que sólo existe esta vida, que avanzamos irremediablemente hacia la nada y que el mundo no tiene un propósito ni una base eterna –sin alma ni karma–, es fácil pensar entonces que lo importante o deseable es simplemente apilar más poder y riquezas, pasarla bien un rato sin temer demasiado las consecuencias. En este sentido, la función del conocimiento se separa de la virtud moral y la transformación espiritual, para revelarse como una herramienta para satisfacer nuestros deseos y conseguir bienes materiales. El materialista podría contestar que existe la continuidad de la materia, de la especie humana, incrustada en la ciega evolución del universo, pero su egoísmo está tan instalado, que poca diferencia hace esto en sus actos y en la práctica le cuesta y no logra empatizar y “sacrificar” su vida para beneficio de las siguientes generaciones, con las cuales no tendrá vínculo tangible, puesto que él, en su totalidad, habrá dejado de existir. Necesitamos creer que estamos unidos profundamente con los demás para poder ejercitar el bien, la compasión, la virtud. 

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Lo que llamamos aquí disociación –pero que podríamos también considerar una incongruencia entre la sofisticación del pensamiento y la entereza del acto–,  hoy en día  ha llegado a un punto crítico, debido a la sobreabundancia de información, misma que no tiene un equivalente de confirmación y consolidación a través de la práctica. De la misma manera que en nuestra época hemos desarrollado el hábito de existir en espacios virtuales que se diferencian de lo que en relación llamamos el mundo real, también hemos desarrollado el hábito del conocimiento virtual a diferencia del conocimiento real. Nuestro conocimiento está basado en la información y cada vez tenemos más información, pero esa información sólo nos brinda un conocimiento virtual y generalmente superficial de las cosas, y no tiene una equivalencia práctica. Cada vez conocemos más cosas, pero no existe una relación proporcional con nuestra capacidad de hacer cosas, esto es desde objetos materiales, como también disciplinas inmateriales que produzcan resultados tangibles en el cuerpo o en la psique. Hemos comprado la idea de que la información es por sí misma un bien y que es equivalente a conocimiento e incluso a conciencia, pero esto es fácil de refutar mirando a nuestro alrededor y a nuestro interior. Para que la información se convierta en conocimiento es necesaria la experiencia, es decir la práctica, que hace que ésta se integre como un todo coherente. 
Algunos analistas de medios han detectado que nuestra era de la información es también la era de la desinformación o de la sobreinformación (el escritor Charles Simic la llama simplemente la era de la ignorancia), en la que el libre acceso se torna una inundación de información que no pasa por los antiguos filtros que, si bien a veces restringían la información con fines de control, también, sobre todo, nos instruían y daban sentido a la información, separando de alguna manera el grano de la paja. La abundancia de la información significa también que cada vez existe más información de poco valor y que el gran torrente de lo nuevo sepulta lo viejo que había perdurado por alguna razón (quizás porque tenía un valor basado en principios menos efímeros). A esto se suma que la gran libertad del hombre moderno –quien tiene el derecho de hacer y consumir lo que le de su regalada gana– también lo ha enfrentado con el vacío de no tener autoridades confiables que lo orienten dentro de este laberinto. Existe una gran diferencia entre tener acceso a información –por ejemplo un tratado de alquimia del siglo 17–Y tener un conocimiento valioso por haber consumido ese contenido. En muchos casos, como en el ejemplo citado, de hecho el contenido no tiene sentido sino es puesto en práctica, para lo que a veces necesario incluso un maestro que siga dentro de la tradición de ese conocimiento. Asimismo, la información que impera en los medios electrónicos refleja el paradigma materialista utilitario en el que se favorecen los contenidos que puedan tener un beneficio inmediato y que no requieran de un esfuerzo significativo de la audiencia. 
Si bien la filosofía occidental advirtió sobre este problema, en la filosofía oriental existe toda una tradición que categóricamente enfatiza que no existe conocimiento verdadero sin práctica y de hecho la práctica es en jerarquía superior a todo conocimiento intelectual. En el budismo, por ejemplo, es totalmente plausible alcanzar la iluminación sin leer ningún libro mientras que se lleve a cabo una práctica virtuosa, en cambio es completamente inaudito alcanzar un estado elevado de conciencia solamente leyendo libros sin que esto vaya acompañado de un accionar. De hecho existen numeroso maestros que recomiendan abandonar totalmente el aspecto intelectual y concentrarse únicamente en la práctica, en el trabajo diario de la mente y el cuerpo (evidentemente en este punto no debemos de ser demasiado extremistas, ya que la mayoría de los maestros budistas o de otra tradición estará a favor de un equilibrio, puesto que cada uno puede ayudar a profundizar en el otro).
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Rueda del Dharma con venados.
El maestro budista de la escuela Nyingma, Thinley Norbu, hace una buena labor recalcando esto. En su texto White Sail, escribe que para no hacer de nuestra vida un completo desperdicio, “toda la actividad humana debe de estar conectada al Dharma”. Dharma es un término interesante ya que refleja de manera muy especial lo que venimos diciendo aquí. Por una parte, Dharma se puede traducir como “ley”,  ”verdad”, o “realidad”, pero también significa el camino o la práctica misma, es decir expresa la identidad entre la verdad y la acción que refleja esa verdad. Coloca en el centro de la filosofía la congruencia entre el pensamiento y la acción, y conecta la estructura metafísica con los actos materiales que son el acabado de esa estructura. Norbu nos exhorta a evitar la tendencia a conocer mucho “pero sólo usar lo que aprendemos para nuestro propio beneficio temporal en esta vida”, puesto que  este conocimiento se convierte en “un obstáculo para romper la primacía del ego, ya que no tiene la intención positiva de alcanzar la iluminación para el beneficio propio y el de los demás… Si estamos más interesados en adquirir conocimieno que en conectar el conocimiento con la práctica, no tendremos beneficios incluso si estamos familiarizados con ideas espirituales”.  A esto último, Chogyam Trungpa, llama “materialismo espiritual”, una idea de acumulación de bienes espirituales que no encuentra su liberación en la práctica y en la que ocurre lo mismo que con el hombre que va guardando su dinero y sus tesoros sin nunca usarlos. 
Además, este mal hábito de acumulación tiene el efecto negativo de que bloquea el ingreso de nuevo conocimiento, debido a que al no practicarlo tampoco lo ponemos a prueba y mantenemos ocupado nuestros sistema de creencias y nuestro espacio de memoria por esta información que tenemos como cierta, pero que a lo mucho es una conjetura. Dice Norbu:
La esencia del aprendizaje es colocarnos en un estado de alerta ante nuestros hábitos para poder cambiarlos. Así podemos entender lo que sea que aprendemos y podemos liberarnos de la contradicción. Estudiar sin el aprendizaje más profundo de la practica puede causar un malentendimiento al desarrollar del hábito de la intelectualización.
El problema del conocimiento meramente intelectual es que se pierde del aspecto fundamental de la experiencia, de aquello que no puede comunicarse solamente con palabras. Leer sobre una experiencia mística o un estado de conciencia elevado nunca podrá hacernos experimentar un estado místico o elevar nuestra conciencia, especialmente si nunca lo hemos experimentado antes. En cambio, la práctica, eventualmente, después de mucho trabajo, puede conducirnos a esa experiencia. Norbu cita un sutra que dice: “Quien conoce el Dharma pero no lo practica es como un capitán de barco que lleva a otros a través del océano pero que él mismo naufraga en el océano”. Kunkhyen Longchen Rabjam, nos dice algo que podríamos adaptar perfectamente al Internet y a la cuasi infinita cantidad de data en la que estamos inmersos:
Ya que el conocimiento es como las incontables estrellas en el cielo,
El estudio de ideas nunca puede agotarse.
Así, en esta vida, es mejor descubrir la naturaleza profunda,
el significado esencial del Dharmakaya.
Tal vez podemos pensar que estamos lejos de tradiciones como el budismo con su clara disciplina hacia el Dharma, o tal vez no estemos inclinados al misticismo. Sin embargo, todas las tradiciones religiosas y filosóficas tienen un importante componente de práctica. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no hay filosofía sin ética ni estética, es decir sin experiencias que consoliden el saber filosófico. Por ello, en el platonismo encontramos una identidad entre las ideas de verdad, bondad y belleza, los cuales son una especie de Dharma a la occidental. Hacer el bien conduce a lo divino pero también contemplar la belleza nos lleva a lo bueno y nos permite encontrar lo universal en lo individual, acercándonos a un valor más profundo que lo meramente material. En este sentido también el arte puede ser una práctica filosófica –y no sólo la creación artística sino también la contemplación artística, no en tanto a que intelectualiza, sino a que experimenta directamente una esencia o un arquetipo.
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Buda Sakyamuni descendiendo la montaña después de retiro ascético.
No sólo en las filosofías orientales tenemos toda una gama de prácticas ascéticas, también en las diferentes filosofías grecolatinas. Pensemos en Pitágoras y todos los requerimientos que imponía para ser admitido a su escuela (entre ellos pasar hasta 5 años en silencio). Los cínicos, los estoicos, los epicúreos, etcétera, todos tenían una serie de prácticas identificables, ya sea que fueran dietas, oraciones, libaciones, sacrificios, o una serie de actos morales predefinidos. Como nos dice Pierre Hadot, la filosofía antigua es de hecho un “ejercicio espiritual”. 
Los tres grandes monoteísmos no podrían entenderse (y sobre todo vivirse) sin la práctica orientada a incrementar la disposición espiritual del practicante y acercarlo a unirse con su dios. Estas practicas –meditación, oración, ayuno, caridad, etc.,– van mucho más lejos de las costumbres modernas como ir a misa un día a la semana o cosas similares; están integradas a un continuum en la vida diaria y son inseparables de sus actos más comunes.
Hoy en día, los filósofos que son tomados como serios, encumbrados en las torres de marfil de las universidades, no se rebajarían a recomendar una serie de disciplinas ascéticas o condicionar el acceso al conocimiento a una serie de prácticas de refinamiento de la percepción –esto es considerado propio de gurús de autosuperación y personajes intelectualmente inferiores. 
El paradigma reinante de la filosofía como un disciplina mayormente intelectual prioriza la acumulación de conocimiento –él que más ha leído, el mejor informado, el que más argumentos puede barajar es considerado el más inteligente e incluso el más sabio. Esta concepción hace de la inteligencia algo similar a un bien material que debemos de atesorar cuantitativamente y la cual podremos usar como si fuera una divisa. En la visión oriental, pero que también encontramos en la tradición mística de Occidente, lo único que se busca acumular es virtud, todo lo demás es un peso adicional para liberarse de la rueda de ilusiones y la feria de vanidades que es este mundo.  

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La razón por la que la filosofía tradicional y la religión practican no sólo la purificación de las propias cualidades sino también la bondad y la virtud no es sólo por una idealismo intelectual, se basa en la convicción –que a su vez se basa en la experiencia mística– de que la vida personal que experimentos individualmente es sólo una fase transitoria –y por lo tanto ilusoria– hacia la realidad de la vida impersonal del ser universal, en el cual el individuo se abandona para unirse con la totalidad omnipresente. Esto es el Uno (o la Mónada) de Pitágoras, Platón y Plotino; el Tao de Lao-Tse; el Dharmakaya de los budistas; el En-Sof de los cabalistas; el Cristo de los cristianos. Una de las formas principales en las que un individuo deja el estado que lo separa de la unidad absoluta, es perdiendo importancia personal, olvidándose y abandonándose en el otro, dirigiendo sus actos ya no a la afirmación de su ego sino al beneficio de los demás que son la manifestación en el mundo actual de la totalidad a la cual desea unirse. Es por esto que en su más alta comprensión el amor y la compasión son afectos universales, dirigidos a todos los seres y no a un individuo –el cual puede servir únicamente como el umbral hacia los universal.     
Dice el filósofo Manly P. Hall, el gran recuperador de las tradiciones místicas, “si quieres conocer la doctrina, vive la vida” o, en otras palabras, la verdadera sabiduría no puede aprenderse, debe experimentarse, y no sólo experimentarse una vez en un salto de la conciencia sino que debe experimentarse de manera constante aunque discreta, de tal forma que se funda con la existencia misma, que no haya intervalo entre lo que conocemos y lo que hacemos. Esta es la función y el secreto mismo de la sabiduría: convertirse en aquello que uno conoce. 
Twitter del autor: @alepholo

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26 nov 2014

Lo que aún no sabemos


Hace unos 2500 años, Lao-Tsé dijo que saber que no se sabe es humildad, mientras que pensar que uno sabe lo que en realidad no sabe, es enfermedad. En ese sentido un físico comentó: “si le pides a un científico que escriba 5 cuestiones acerca de nuestros orígenes sobre los que no tenemos respuestas, lo hará en 10 segundos, mientras que si esa pregunta se la haces a un fundamentalista religioso te dirá que él sabe perfectamente la respuesta, dejando en blanco el papel”.
Cada disciplina científica ha generado enorme cantidad de conocimiento, especialmente en los dos últimos siglos. Eso a algún optimista le puede hacer pensar que estamos cerca de conocerlo todo y que cada vez es más difícil encontrar áreas novedosas donde investigar. Nada más lejos de la realidad. Cuanto más sabemos más preguntas se abren, cuanto más conocemos, más preparados estamos para cuestionar incluso aquello que fue contestado con anterioridad. Es una de las grandezas de la ciencia: hacerse preguntas, plantear hipótesis, realizar experimentos para testar esas hipótesis, obtener resultados y analizar como encajan los resultados en el conjunto de hipótesis y modelos planteados. Si no encajan se plantean nuevas hipótesis en función de esos resultados y vuelta a empezar. Probar, comprobar, recomprobar. Una tarea que no acaba nunca. Cuando se tiene una alta probabilidad de certeza se habla de leyes, pero en ciencia las leyes no están grabadas en la roca con un cincel, están constantemente en escrutinio en función de los nuevos resultados obtenidos. Algunos ven en esto una debilidad, una gran inseguridad. A mí me parece una grandeza, la grandeza de un trabajo humano y colectivo realizado durante siglos y que nunca termina, dado que llegar a conocerlo todo se antoja imposible.
Es fácil imaginar pues que, en cualquier área de conocimiento habrá múltiples problemas no resueltos. Algunos son tan célebres que la Wikipedia ha dedicado un artículo donde presenta dichos problemas en diversas áreas. Pinchando en ciencias de la vida nos encontramos con estos nueve:
Origen de la vida: ¿Cuándo y dónde se originó la vida que hoy encontramos sobre la Tierra? ¿Alguna de las hipótesis que existen es correcta?
El problema de la segmentación de los artrópodos: Hay controversia sobre el origen y distribución de la segmentación del cuerpo de los artrópodos, y cuál es la relación evolutiva entre las diferentes formas que existen en la actualidad.
¿Cuál es la causa del envejecimiento? Las principales hipótesis apuntan hacia una programación genética o a la acumulación de daños a lo largo del tiempo. Aunque ambas hipótesis presentan datos experimentales a favor, ninguna de ellas ha sido demostrada como la causa exclusiva de este proceso.
Vida extraterrestre ¿Es posible que la vida que hoy aparece en la Tierra se haya originado en otros planetas?, ¿existen otras formas de vida inteligentes en el universo? Son preguntas para las que aún no tenemos respuestas.
La paradoja del plancton La alta biodiversidad existente en el fitoplancton parece violar el principio de exclusión competitiva. Todavía no existe una respuesta satisfactoria a ese punto.
La explosión Cámbrica ¿Cuál es la causa de la gran diversificación de animales pluricelulares, con la emergencia de prácticamente todos los “phyla” actuales, que aparentemente ocurrió en una etapa de tiempo muy corta, durante el Cámbrico?
Aparato de Golgi. Todavía no se conoce con exactitud cuál es el mecanismo por el que las proteínas atraviesan y se mueven a través del aparato de Golgi.
Evolución del sexo ¿Cómo se desarrolló la reproducción sexual, qué ventajas evolutivas impulsaron la aparición de este tipo de reproducción?
Emigración de las mariposas ¿Cómo es posible que las mariposas monarca de Canadá y EEUU, después de varias generaciones residiendo en dichos países, acudan todas a unos pocos lugares situados a miles de kilómetros?
Si alguien está empezando a investigar en este campo aquí tiene 9 grandes preguntas que contestar. Es muy complicado que puedas contestarlas a la primera, pero se puede ir colocando las semillas (pequeñas aportaciones) que serán utilizadas por otros investigadores para realizar nuevas aportaciones hasta que alguien tirando del hilo de todas ellas llegue a la respuesta final. Esas aportaciones se unirán a las ya existentes; el que esas preguntas no se hayan contestado no significa que no se tengan datos que han permitido plantear hipótesis, lo que ocurre es que esas hipótesis aún no han sido confirmadas de forma inequívoca.
La ciencia es una tarea universal y colectiva, y quizás la frase que mejor lo resume sea la frase que escribió Newton en una carta a Robert Hooke: “Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes”.

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23 abr 2014

Neurociencia y comprensiòn del ser humano

“¿NADA MÁS QUE…?”

La capacidad del cerebro humano

Para evitar los reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

La Neurociencia, al investigar el cerebro y los fenómenos más íntimos de la persona (pensamientos, decisiones, emociones, valoraciones, etc.) toca lo más esencial del ser humano, su supuesta dimensión de identidad libre y espiritual. Es decir, no se trata ya de cuestiones de análisis acerca ce lo que motiva el comportamiento humano, el carácter y el pensamiento de la persona humana, sino de la misma definición de ésta; y una definición que no sólo la identifique como individuo perteneciente a una especie, sino que exprese su misma esencia como humana.

Pretender que sólo la neurociencia –o en el caso de la moral, la neuroética- puede ofrecer una visión cabal del hombre nos pone ante un serio reduccionismo: Que el ser humano “no es más que...”

Recuerda José Ramón Ayllón que el esquema bioquímico causa-efecto permite explicar procesos como el sueño, el cansancio, el crecimiento y muchos otros. Pero es muy discutible que sea una explicación suficiente para comprender la conducta humana: “¿Fueron las neuronas de Einstein las que decidieron estudiar Física y proponer la teoría de la relatividad? ¿Pintaron las neuronas de Miguel Ángel la Capilla Sixtina?... Si la conducta de Hitler fue exclusivamente consecuencia de su actividad neuronal, los judíos no tienen motivos para odiarle. ¿Se concede el Nobel a una persona con méritos o a sus meritorias neuronas? ¿Están llenas las cárceles de neuronas asesinas y ladronas?...”

Para evitar este tipo de reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

Pero un diálogo interdisciplinar sólo es posible cuando quienes se proponen dialogar admiten la competencia del interlocutor.

Y mientras que la filosofía ha reconocido desde siempre el ámbito autónomo y válido de las ciencias experimentales (aunque es verdad que no siempre se ha interesado como debiera por sus resultados), la Ciencia moderna ha solido negar validez de verdad y de realidad a cualquier saber no empírico-material. Así como suele decirse que dos no pelean si uno no quiere, tampoco dos dialogan si uno no quiere.

A esto se suma que la neurociencia posee hoy un prestigio auténticamente deslumbrante y estos investigadores a menudo no ven ninguna necesidad de un diálogo que les aporte algo distinto. De manera que, cuando los defensores de la neuroética, por ejemplo, abogan por el diálogo interdisciplinario, es difícil evitar la impresión de que su objetivo es, más bien, colonizar nuevos ámbitos del saber y de la vida social.

En realidad, la discusión aquí es de gran calado, no sólo sobre el ser humano, sino sobre la naturaleza misma de la ciencia experimental. Así, la discusión acerca de la neuroética es también en gran medida una discusión metodológica sobre cómo mirar las preguntas esenciales sobre el ser y obrar humanos, sobre cómo plantearlas sin forzar aquello por lo que nos preguntamos, sobre cómo interpretar las hipotéticas repuestas sin desfigurar los datos de partida. Lo cual lleva lógicamente, a su vez, a replantearse más a fondo las cuestiones de contenido sobre la esencia de la persona humana.

La Escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1509-1510)

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato.

En definitiva, la neurociencia se aproxima a las grandes cuestiones de la antropología filosófica, y en particular la neuroética plantea abiertamente los problemas tradicionales de la bioética, pero a la vez aparecen las preguntas acerca de la naturaleza de la ciencia, de nuestro saber.

De entre éstas últimas, por ejemplo, ¿qué ciencias pueden y deben entrar en diálogo?, ¿sólo las ciencias experimentales entre sí o también otras formas de saber (como la filosofía) que en otro tiempo y sentido fueron consideradas asimismo como ciencias?; en el fondo, ¿a qué llamamos ciencia?, ¿qué significa saber?, ¿qué tipos de experiencia podemos considerar como fuente de saber; sólo la empírica de laboratorio o además otras?, ¿hasta qué punto es fiable, e incluso más segura, la intuición común que la demostración experimental?, ¿son dos modos de conocimiento realmente excluyentes o cabe a su vez una relación que favorezca la cooperación del conocimiento?...

Todo esto podría parecer una discusión simplemente académica o de matiz, pero está en juego cómo comprender la racionalidad y cómo tratar el objeto de la Neurociencia y la neuroética: el ser humano. Como botón de muestra, dentro del campo de la Psiquiatría (donde son insoslayables los dramas vitales y existenciales), piénsese en el progresivo abandono de la psicoterapia en favor de la psicofarmacología, que supone considerar a la persona cada vez más como puro ser biológico que como persona capaz, cognitiva y emotivamente, de dirigirse por un sentido de la vida.

Para terminar: Se ha hablado mucho de la reflexión e invitación al diálogo que brinda la neuroética como una oportunidad,como una necesidad y como algo difícil. Apuntemos ahora a su posibilidad. Pero tal vez la única manera de dialogar no sea tanto entre científicos por un lado y metafísicos o éticos por otro, sino más bien entre personas que antes hayan dialogado en su propio interior, por así decir. O sea, la unidad del saber (o de los saberes) pasa por su unidad en el interior de las personas, que es donde reside y desarrolla el saber.

Evidentemente, hoy no puede pretenderse una simultánea erudición científica y filosófica, pero sí una base y una actitud tanto científica como filosófica.

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato. El aspecto sectorial del saber –la tremenda especialización que se viene produciendo en el ámbito de las ciencias y de sus aplicaciones-, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del sentido, impide la unidad interior del hombre contemporáneo y fomenta la tentación de absolutizar de forma incorrecta sólo determinadas parcelas del conocimiento en detrimento de las demás, con lo cual la visión de la realidad y de lo humano será inevitablemente sesgada, y las decisiones que se tomen al respecto seguramente poco congruentes con la dignidad del ser humano en su integridad.


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