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8 ago 2016

Desconfía del Predicador


Predicar es defender o extender una doctrina o unas ideas, haciéndolas públicas o patentes. Es pronunciar un discurso o un sermón de supuesto contenido moral. También tiene una acepción en la que dice aconsejar o reprender a una persona, amonestándole o haciendo observaciones para persuadirle de algo.

Todo esto y más es lo que hace el predicador, una figura muy extendida en estos tiempos (probablemente a estas alturas ya todos tengamos a varios en mente) Habitualmente, un predicador necesita de un púlpito para hacerse oír y, de eso, hoy en día vamos muy sobrados. En la época de la interconexión, de la información (o desinformación según se mire) cualquiera es susceptible de convertirse en predicador. Desde el Gobierno, la Iglesiala Patronal, los medios de comunicación, la cúpula del partido, el comité de empresa… pero también en la asamblea de tu colectivo, en tu grupo de amigos, en cualquier página de Internet… Muchos son los que sienten la necesidad de predicar la verdad, su verdad.

Desconfía del predicador que se atribuye una superioridad moral y/o intelectual para explicarte cómo funciona el mundo y en qué nos hemos estado equivocando, que asegura ser el portador de todas las respuestas y conoce todos los hechos habidos y por haber.

Desconfía del predicador que sabe en cada momento qué es lo que debes hacer, cómo debes pensar y cómo tienes que sentirte al respecto.

Desconfía del predicador que se sitúa a sí mismo como ejemplo a seguir, como faro intelectual o espiritual en un mundo de penumbras peligrosas.

Desconfía del predicador que afirma conocer la solución a tus problemas pero jamás se detiene a preguntar por ellos puesto que sus razonamientos son infalibles y carece de sentido el tener que apoyarlos en nada que no sean sus propias teorías.

Desconfía del predicador que se erige como el guardián de una teoría, la única, capaz de hacer realidad la salvación de la humanidad; que se atribuye la potestad de señalar a los que cumplen los preceptos de forma ortodoxa y a los que no son más que falsarios vendedores de humo cuyo único propósito en la vida parece ser reventar el inevitable triunfo de la verdadera teoría.

Desconfía del predicador que utiliza todos los medios a su alcance para bombardear intelectualmente, desconfía de mí. Lo que escribo es fruto de mis reflexiones y mis vivencias y, probablemente, sólo me sirva a mí en el mejor de los casos. Desconfía y que esa desconfianza te lleve a la duda y a la necesidad de reflexionar y experimentar, en definitiva a vivir. No rechaces sin más al predicador porque eso te lleva a convertirte en uno más que se dedica a replicar y repetir consignas y opiniones que carecen de sentido si no van acompañadas de la práctica en la vida cotidiana. Predicar es fácil, cualquiera puede hacerlo (yo mismo sin ir más lejos) y en una época en que el espectáculo es lo que prima la figura del predicador gana adeptos a cada segundo convirtiéndonos en meros hinchas fanáticos de uno u otro. Lo complicado es acompañar con hechos a las palabras. La coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos es la única manera de transitar por esta vida con un mínimo de certidumbre acerca de nuestro camino. Cuando esto sucede, sobran los predicadores. Hechos y palabras son necesarios pero siempre que caminen a la par.

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24 may 2016

El horror del pensamiento positivo

Uno de los engaños más crueles es decirle a la gente que ser positivo puede darle beneficios más allá de los emocionales y que sus enfermedades y tragedias son "su culpa" por no ser positivos.



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21 jul 2015

¿Somos el centro del Universo?

Desde tiempo inmemoriales el hombre ha supuesto, con pocas pruebas por cierto, que nuestra especie es el culmen de la creación y que todo en este vasto universo pivota alrededor de nuestra existencia. 

Pero para descubrir cuan de insignificante es el hombre se puede hacer el siguiente ejercicio mental, ajustar la existencia de la Tierra a un día de 24 horas y ir introduciendo los diferentes protagonistas en relación con los datos que hemos ido obteniendo del registro fósil.

Así en primer lugar podemos poner en hora el reloj a las 00:00 con la formación de la Tierra



A las 04:10 de la madrugada aparecen los primeros vestigios de la vida, los procariotas.


Hay que esperar hasta las 07:23 para poder observar a los primeros organismos fotosintéticos.


Los primeros eucariotas, similares a nuestras células aparecen bien avanzado el día, sobre las 13:34 horas.


Los primeros seres pluricelulares comienzan su existencia avanzada ya la tarde, a las 18:47.


La famosa explosión cámbrica, con su multitud de formas de vida complejas ocurre ya de anochecida, a las 21:14 horas.


Los primeros vertebrados que colonizan el suelo seco, anfibios y reptiles sólo aparecen a las 22:07 horas de la noche.


Nuestros primeros antepasados directos, los mamíferos surgen sobre las 23:40 de la noche.


Para poder observar a los Australopitecos, tenemos que esperar casi hasta el fin de la jornada, exactamente hasta las 23:58:07.


Nuestro tatara-tatara-tataraabuelo el Homo Habilis aparece en el último minuto del día, exactamente a las 23:59:04 cuando faltan sólo 56 segundos para las campanadas de media noche.


Su descendiente directo y todavía lejano ancestro humano, el Homo Erectus surge a las 23:59:41.


Y ya finalmente el supuesto centro del Universo, nuestra especie, el Homo Sapiens únicamente comienza a vivir en la Tierra  a las 23:59:59, es decir cuando falta únicamente 1 miserable segundo para que termine el día.



Pero eso sí intenten convencer a ulemas, rabinos, sacerdotes, predicadores, santones, pastores, monjes, imanes y demás pobres ignorantes carcomidos por el virus de la fe de esta incuestionable realidad, que lo más probable es que acaben siendo considerados en el mejor de los casos como unos intolerantes, maleducados, intransigentes y agresivo ateos; eso sí no terminan frente a un juez por graves ofensas a la imbecilidad religiosa, o mucho peor, lapidados por su intolerable blasfemia en según qué paises.


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16 abr 2015

¿QUÉ ES SER ESCÉPTICO?


Cada hombre es una criatura de la época en que vive; unos pocos son capaces de elevarse por encima de las ideas de su tiempo.
Voltaire
Los escépticos hemos ido creciendo en número. Incluso muchos católicos son escépticos que no pueden cambiar el troquelado que sufrieron en la infancia, pero que viven sus vidas practicando el escepticismo. Sin dudas, creer para obedecer ha sido un aspecto fundamental en la formación de las sociedades organizadas. Cuando se piensa en la construcción de las pirámides de Giza resulta evidente que los seres humanos deben creer ciegamente en el poder de un jefe para ser capaces de obedecerle, hasta el punto de actuar como hormigas y con el sudor de sus frentes montar piedra sobre piedra hasta formar la gran termita o pirámide.
Ser escépticos, ¿será una condición genética? No se sabe, pero se sospecha que la química cerebral influye. En su libro The Believing Brain, Michael Shermer (Times Books, Nueva York, 2011) explica el cerebro como una máquina de creencias que recoge información por medio de los sentidos; información flotante en la realidad, en el mundo externo, y lo hace en forma de patrones a los que luego les dan significado. Cuenta como los creyentes tienden a encontrar más sentidos en patrones o en configuraciones que son solo ruido, mientras que los escépticos no lo hacen. La psicóloga experimental Susan Blackmore descubrió que la gente que cree en la percepción extrasensorial tiende a ver en conjuntos de datos sin sentido evidencia de lo paranormal. La cantidad de dopamina en el cerebro también influye en su funcionamiento: más dopamina, mayor capacidad de creer en cualquier cosa; así lo descubrieron Peter Brugger y su colega Christine Mohr. Cuando trataban de conocer la neuroquímica de la superstición y del pensamiento mágico notaron que las personas con altos niveles de dopamina eran más propensas a encontrar significado en las coincidencias y a ver patrones con sentido donde adrede había desorden de imágenes o letras.
Para ser escéptico sin tener un cerebro escéptico es necesario haberse criado en una familia escéptica. Los sicólogos saben que la infancia es una época en la cual somos como de plastilina; las creencias, el idioma, la forma de vivir, el afecto y muchas otras cosas como el partido político se fijan de manera casi que indeleble según las enseñanzas recibidas. Además quedamos ciegos para ver ventajas claras en otros mundos diferentes del nuestro.
Definamos qué es ser un escéptico. En palabras sencillas, escéptico es ese que no come cuento, que no cree que la información que recibe sea verdadera solo porque esté escrita en un libro o la diga alguien importante. Se repite una y otra vez la frase: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero; y no acepta la veracidad de un hecho simplemente porque “así esté escrito”. En el mundo contemporáneo, en el que todo comienza a estar en internet, en el que nos movemos de un blog o de un artículo a otro sin conocer las credenciales de sus autores, sí que es verdad que la información falsa se mezcla con la verdadera. También hay creencias que están en el mundo de lo probable, de las cuales no hay seguridad completa. El escéptico no cree en las palabras de su amigo porque sea su amigo; recibe la información pero con filtro, el de la duda. El escéptico es un enamorado de la búsqueda de la verdad, y para encontrarla pone en ejercicio ciertas reglas y comandos mentales. El primero es desconfiar de la “Tradición”, la “Autoridad” y la “Revelación”.
Creer por tradición es creer por el mero hecho de que otros han creído y desde hace tiempos. Un día la tierra dejó de ser plana y la evidencia fue tal que la tradición se tuvo que corregir. Adán y Eva han dejado de ser dos humanos para convertirse en una metáfora, por la misma razón. Con Juan Pablo II, el infierno, ese lugar terrorífico, siempre en llamas, se convirtió en el rechazo o alejamiento definitivo de Dios. Creerle a Juan Pablo II o al que sea sobre el infierno o sobre el paraíso es creerle a la autoridad, es creer sin ninguna demostración. Las sensaciones interiores mías o tuyas tampoco importan, pues muchas causas pueden tener, por lo que pueden a veces resultar verdaderas o falsas; así que una revelación, sin que importe de quien provenga, jamás aportará eso que el escéptico llama prueba.
La intuición para el escéptico es reconocimiento. No estás consciente de todos los datos que posees, pero tienes buenas indicaciones. Por ejemplo, intuyes que tu pareja te ama porque reconoces muchos pequeños actos como formas de amor. No hay nada mágico, hay reconocimiento. Para fiarnos de una intuición buscamos datos que la corroboren. Una amiga mía escéptica rompió relaciones con su pareja. Él alegaba que la amaba, pero siempre estaba muy ocupado y nunca tenía tiempo para verla, llamarla ni visitarla. Ella prefirió creer en los hechos y no en la “verdad” que él sostenía.
Por nuestra propia experiencia es probable que nunca tendremos evidencia de la existencia de los átomos, de los electrones o de que la luz viaja a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, pero se puede investigar qué pruebas existen a favor, o realizar los experimentos pertinentes, y entonces confiamos en ellas. Confiamos en que las razones que sustentan esas creencias son buenas y no provienen de ideas heredadas por mera tradición. Confiamos en los experimentos que otros han realizado, después de ver los resultados. Nos preparamos, el día del eclipse de sol, con instrumentos para observarlo (predicción de astrónomos), pero no lo hacemos el día del fin del mundo, según las predicciones de los Mayas.
La ciencia, como camino para buscar ideas confiables, parecería una elección con la misma validez de cualquier otra; sin embargo, presenta una sustancial diferencia en sus métodos y resultados. La ciencia no depende de la tradición ni del estatus de la persona que hace la afirmación; no, de hecho está siempre renovándose, ajustándose a los nuevos experimentos y nuevas confirmaciones, demostraciones o falseamientos de sus hipótesis. El escéptico puede no ser un científico pero confía en los métodos de la ciencia.
A los escépticos, rebeldes de pensamiento, debemos las grandes teorías: Newton olvidó lo que lo que griegos antiguos decían sobre el universo y sus leyes; Einstein negó muchas cosa que decía Newton y sus contemporáneos. Los creadores de la mecánica cuántica, Planck, Shröedinger y Heisenberg desafiaron las verdades de sus antecesores. La ciencia, las verdades de la ciencia, según Karl Popper, están siempre en periodo de prueba, a la espera de su refutación o cambio. Lo que se cree por fe no se puede discutir, renovar ni cambiar.
El escéptico primero observa cuidadosamente con el objetivo de buscar, de identificar un problema, un asunto, una verdad, un patrón; después, ya identificado el asunto, recopila evidencias que comprueben o refuten sus hipótesis, generaliza, promedia, deduce. La observación no es siempre visual, es también estadística o de observación de otros sucesos similares e igualmente obedece a una lógica. Luego, busca hallar confirmación a las predicciones que resultarían de su hipótesis y la coherencia entre resultados y predicciones. Tú aseguras que lees la mente, le dice un entrevistador al supuesto hombre portador de especiales poderes; luego, le da una cachetada y le dice ¿por qué no previste que yo haría esto? Es un chiste, un video de esos que circulan por Internet, pero comprueba con crueldad la falsedad del charlatán. Nunca hemos visto un hombre calvo que haya recuperado su melena después de usar los cientos de productos que se ofrecen para la caída del cabello. Es muy probable, piensa el escéptico, que tal producto no exista todavía. Lo mismo se aplica a aquellos que sirven para quitar las arrugas o la celulitis, ah, o a los que sirven para adelgazar, ¡ya se sabría!
El escéptico desconfía de las malas observaciones, su pensamiento es siempre crítico. Muchas personas alegan haber visto ovnis o brujas o fantasmas. Cuentan sus historias con seriedad, y muchos no mienten. Como el cerebro completa y construye y además bajo tensión o privación de estímulos inventa, el escéptico ve, en la narración, los huecos, resanados con el “deseo” o con el “miedo”.
El escéptico sabe que la baja probabilidad de que un evento ocurra no excluye la posibilidad de que ocurra. Los eventos improbables a lo largo de la vida se vuelven probables. La contingencia en las relaciones de causa y efecto pueden hacerlas muy difíciles de encontrar, lo que es bueno en una situación puede ser desastroso en otra. Equivocase es muy fácil, los expertos también se equivocan porque el mundo es complejo.
Ser escéptico es un ejercicio de la razón, es un ejercicio de control de las emociones. Es practicar el hábito de cuestionarse si lo que se está haciendo es bueno y si lo que se cree es confiable. Es obligarse a cambiar de creencia cuando la evidencia contradice la hipótesis. Es tener la disciplina de investigar y de dar prioridad a lo que es verdad sobre lo que queremos que sea verdad. Que no sea uno mismo el primero en decirse la mentira deseada.
El escéptico no puede enseñar a sus hijos en qué deben creer sino cómo deben pensar. Los beneficios son muchos. El beneficio más grande del conocimiento no es saber sobre algo que ya pasó sino poder predecir lo que todavía no ha ocurrido. En un mundo tan lleno de incertidumbre, saber qué va a pasar después, qué consecuencias tiene una acción, otorga ventajas significativas al que puede hacerlo. Todos lo hacemos naturalmente, esas son las ventajas del conocimiento, y todos aprendemos, pero el conocimiento basado en la evidencia se equivoca menos en su capacidad de predecir.
Si un conocimiento no se puede verificar no es útil. Suponga que le han dicho una frase secreta que debe repetir cien veces cada día. Le aseguran que después de hacerlo bajará de peso. Ahora, se repite el experimento, pero le aseguran que usted, en vez de bajar de peso, va a ganar seguridad en sí mismo. Entonces el probando pregunta cómo va a saber si ha ganado seguridad en sí mismo. La respuesta es vaga, algo así como: no, usted va a sentirse más seguro. En el primer caso, solo se necesita la balanza para comprobarlo; en el segundo, no se han entregado puntos claros para calificar, que demuestren la ganancia en seguridad. El escéptico experimenta con efectos que se puedan medir. Por ejemplo, toma medicinas cuya eficacia haya sido comprobada, y cuando no nota mejoría averigua, y si nada ocurre las suspende.
El escéptico cae menos frecuentemente en el engaño. El hábitat humano ya no es la naturaleza, son las ciudades, pero sobre todo es y han sido los otros humanos, el nicho social. En esa interacción social, que es muy compleja, las ventajas de ser escépticos son muchas: sirve para crear relaciones directas, claras y equitativas, también para evitar el engaño de embaucadores, y los hay por millones. Los escépticos ahorran mucha plata: no consultan adivinos, no compran brazaletes con poderes, no acuden a las medicinas alternativas ni al psicoanálisis, no atienden los anuncios de productos cuasi fantásticos para cortar cebolla, apio o repollo. Ser escépticos nos hace más sanos y más felices, pues somos conscientes cada día de la maravilla que es la vida, de la oportunidad única que es haber nacido; recordamos que una vez se termina no hay más.
El escéptico no se agacha ante la “autoridad”, su sentido de la dignidad es mayor. No está dispuesto a hacer genuflexiones ni a adorar a nadie ni a nada: budas, estatuillas de la virgen, libros sagrados, presidentes. Trata de hacer juicios imparciales sobre los demás. Como ve el mundo sin la oscura lente de las ideologías, los demonios se esfuman con los espíritus de toda índole. Sin ideologías, la mujer gana los derechos que fueron exclusivos del hombre. No obedecemos al marido ni nos quedamos casadas para siempre, cuando somos infelices en el matrimonio, evitamos los hijos, si así lo deseamos y de ser necesario abortamos. No encontramos ninguna razón que justifique perder la libertad de elegir una pareja del mismo sexo.
El escéptico no tiene que privarse de trabajar el Sabah o el domingo, puede comer carne el viernes porque no hay días santos, y morcilla confeccionada con sangre de animales, o peces con escamas y sin ellas y sin pasar por las manos de un rabino. Hace sacrificios que redunden en el bienestar de los demás, pero no sacrificios absurdos. La oración y el ayuno son tipos de soborno que se hace a las divinidades.
El escéptico no puede responderse todas las inquietudes ni preguntas, claro que no, pero tampoco está dispuesto a aceptar cualquier respuesta. Acepta la idea de que no hay manera de encontrar buenas explicaciones a todos los acontecimientos del mundo, pero se maravilla de lo desafiante que puede ser la búsqueda de la verdad y de las gratificaciones que trae ser escéptico.

Por: Ana Cristina Vélez


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17 dic 2014

La verdad de Santa Claus


Maria Marin
 
Hace unos años celebré la Navidad en casa de mi hermana Liza, y su hijita radió de emoción al encontrar la torre de regalos que Santa Claus le dejó. Al terminar la niña de desenvolver su primer presente, que estaba envuelto en papel con dibujitos de muñecos de nieve, observó a su madre y confundida preguntó: “¿Mami, tú eres Santa Claus?” Mi hermana desconcertada, me vio con cara de: ¿Qué le digo? Para evadir la contestación tanteé a mi sobrinita: “¿Cariño, por qué preguntas?”, y en tono adorable dijo: “Es que Santa envolvió mis regalos con el mismo papel que mami decoró los de papi”. 
 
Así como mi hermana, muchos padres han sido “víctimas” de esta situación y también se han cuestionado: ¿¡Qué digo!? El debate sobre ocultarle o revelarle a un niño la realidad de Santa Claus es polémico. Muchos piensan que se debe esconder la verdad para no arruinar la fantasía de un niño, y estoy de acuerdo, sin embargo, si ellos preguntan no se les debe mentir. Hay que considerar que ésta es la primera pregunta trascendental que tu hijo te planteará y si mientes diciéndole: “Santa Claus es real” y sus amiguitos le dicen: “Santa Claus no existe”, cuando averigüe la verdad, desconfiará de ti y creerá más en sus amigos que en sus padres. ¿Acaso deseas que otro le explique a tu hijo las cosas importantes de la vida? Los niños tienen una imaginación extraordinaria, aprovecha ésta imaginación para mantener la ilusión de que Santa Claus existe.
Explícales que los papás colocan los regalos bajo el árbol, pero en el corazón de cada ser humano existe realmente ese hombre de barba blanca, gorro rojo, abdomen grande y carcajada reconfortante llamado Papa Noel. La magia de la Navidad está en saber que él existirá dentro de nuestros corazones para siempre. 
 
Cuando mi hermana terminó de explicarle a mi sobrina, le advertí:
“Ahora prepárate para cuando tu hija te pregunte de dónde vienen los bebés.” A lo que me respondió jocosamente: “¡Acaso no sabes que la cigüeña los trae!”.
 
síguela en twitter @maria_marin


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20 sept 2014

Relación entre tu olor corporal y tu preferencia política

EN EL CUENTO DE PINOCHO, LA NARIZ SIMBOLIZA LA MENTIRA QUE SE CONFIESA A SÍ MISMA. PERO EL OLFATO, DE HECHO, PODRÍA OCULTAR UNA CLAVE DE LA ATRACCIÓN SEXUAL Y SU RELACIÓN CON LA IDEOLOGÍA.

pinnochio.banner.shutterstock
El olfato, sobre cualquier otro de nuestros sentidos, parece ser el más congruente política y amorosamente. Al menos eso parece revelar una investigación de la Universidad de Brown, donde 146 personas de entre 18 y 40 años realizaron un curioso experimento: “oler” las preferencias políticas de otros podría estar ligado a la atracción sexual.
Aunque los sociólogos saben desde hace tiempo que las parejas de mucho tiempo tienden a compartir ideas políticas, la relación con el olfato es menos clara. Para probarla, los investigadores crearon una escala de siete niveles para situar a los participantes dentro del espectro político.
Luego, tomaron a 21 participantes (10 liberales y 11 conservadores) y les colocaron parches de gasa en las axilas. La consigna fue no realizar actividades que pudieran afectar el olor “natural” durante 24 horas: no fumar, beber, comer alimentos condimentados, tener sexo, jugar con mascotas, al igual que no usar desodorante.
Al día siguiente, los 125 participantes olieron cada parche (limpiándose el olfato entre cada olisqueada con un poco de aceite de pimienta), sin que supieran a quién pertenecía. Los participantes prefirieron el olor de los parches de aquellos con quienes se identificaban políticamente, a pesar de que no se conocieran.
La hipótesis es que los humanos tienden a agruparse con aquellos que comparten sus posturas ideológicas. Según el estudio, “si las actitudes sociales están ligadas al olor, como sugiere la literatura, entonces un mecanismo de preferencias olfativas que se transfiere de padres a hijos podría operar a través de la elección de pareja de las madres. De este modo, los procesos sociales podrían regular algunos de los caminos por los que los individuos prefieren a aquellos cuyo ‘aroma’ ideológico es compatible con el suyo.”
Tal vez a causa de su relación con la nariz, las mentiras políticas sigan caracterizándose con la famosa imagen de Pinocho…

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2 sept 2014

Lo que la verdad esconde

"La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad" Francis Bacon

La verdad. La bandera del conocimiento válido, la afirmación de la realidad, la justificación de los hechos, la confirmación de la razón, la base que legitima las acciones, la confianza en la relación entre lo que se cree, lo que se dice y lo que es. Todos actúan en nombre de la verdad. Todos son portadores de la verdad. Pero, ¿quién la tiene?




















La Historia de la Humanidad desde sus más remotos orígenes está repleta de enfrentamientos. Cuanto más amplia es la perspectiva con la que se analizan, más transparentes aparecen las razones. Podemos leer escritos que explican las causas de estos conflictos basándose en diferencias culturales, sociales, religiosas o políticas, y probablemente todos ellos se amparan en una verdad. Pero también podemos aceptar como una certeza el hecho de que cuando una sociedad ha convivido con excedentes de recursos, ha podido ampliar su complejidad y buscar un espacio común que pudiera alinear a todas las desavenencias en acuerdos, las hostilidades en colaboraciones, retroalimentándose con el objetivo de un beneficio común. Este ambiente de bienestar perdura mientras todos los componentes de la comunidad se encuentren colmados en sus necesidades básicas y aspiraciones.

Es un comportamiento similar al que ocurre en la naturaleza. En la sabana un predador como el león y una presa como la gacela conviven en armonía, hasta que la necesidades de ambos se contraponen. El león para subsistir ha de cazar y se fija en la gacela del grupo que menos posibilidades tiene de que se le escape. Elige a la que está herida, ya que las probabilidades de conseguir a la presa aumentan considerablemente. El resto de gacelas asume esta situación como cotidiana e incluso antes del ataque se acercan a su semejante, ya sentenciada por el propio grupo, para justo en el momento del ataque dispersarse y dejarla a merced del león. Se reúnen varias curiosidades en este acto. En primer lugar el león busca el mayor rendimiento energético cogiéndo la presa fácil. Una vez satisfecho, todo el entorno vuelve al inicial estado de equilibrio entre presas y predadores. El resto de gacelas miran hacia el futuro inmediato. Para el próximo ataque cada una de ellas espera no ser una de las heridas.


Mientras los excedentes de recursos nos mantienen satisfechos, nuestra única visión es la de optimizar los beneficios. El problema surge en el momento en que esos recursos esenciales que han mantenido esta etapa de relativa simetría empiezan a escasear, y es cuando empezamos a mirar quién está en disonancia. Es lo que el peak oil ha desvelado al frenar la marcha de la economía mundial.

En la actual era de la masificación informativa, la verdad pasa a ser un simple elemento estratégico de persuasión de masas. Mientras la tensión geopolítica crece, los grandes medios ya convertidos en potentes corporaciones financieras que engloban diversos campos de negocio, nos inducen a mirar a un lado y a otro para que como indefensas presas, asumamos que han de haber "heridos" en el grupo para mantener un "equilibrio". 

Cuando en el futuro se estudien los actuales conflictos internacionales, se editarán artículos,  documentales, libros, que fundamentarán las causas en divergencias políticas, en criterios democráticos, en diferencias étnicas, en enfrentamientos religiosos, en enfoques económicos, en culpar al imperialismo angloamericano, al totalitarismo chino, al absolutismo ruso, al papel comparsa de la Unión Europea, y seguramente todos tendrán una verdad.

No es un dilema entre buenos y malos. Existen los límites físicos. Existen las leyes de la Termodinámica. Existen los intereses contrapuestos. Existe la esencial necesidad de disponer de un espacio vital. Existe un sólo planeta.

Nadie quiere ser gacela herida. Pero no todos pueden ser leones.




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5 ago 2014

La Mentira

Mentir en red
La mentira y el engaño se encuentran en la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, ya sea porque practiquemos la mentira, ya sea porque la suframos. Pero, ¿quién miente?

No todo el mundo miente, pero puede mentir cualquiera.  Desde la mentirijilla a la mentira piadosa, las situaciones en las que se miente son muy variadas, normalmente para lograr un beneficio, poder, trabajo o un nivel social más alto.
Las redes sociales, se han convertido en un escenario en el que la mentira tiene gran protagonismo. Tanto es así, que las empresas indagan en ellas para saber si alguien al que van a contratar miente en su currículum tanto en temas laborales como personales, o para detectar perfiles falsos que el candidato al empleo les haya facilitado.
Hay personas que utilizan las redes sociales para crearse unos perfiles casi idílicos, llenos de datos muy positivos, con el ánimo de caer más simpáticas, contar con más amigos y seguidores o ligar más. Pero también ocurre que las redes sociales se convierten en descubridoras de mentirosos. Por eso las empresas rastrean en ellas para saber más de la vida privada de la persona a contratar.
En las redes sociales se publica cualquier cosa y, por ejemplo, alguien que en una entrevista de trabajo ha dicho que no prueba el alcohol, tiene colgadas en su red social fotos estando de copas con sus amigos. Esta mentira descubierta en la red puede llevar a una empresa a no contratar al aspirante. “Si miente en esto, ¿en qué más puede mentir?”, pueden pensar en la empresa.
Otra mentira relacionada con el terreno laboral son los idiomas. Son muchos los que en su currículum vitae presumen de un nivel bueno en un determinado idioma, pero suelen ser descubiertos en las primeras fases de selección. Pero no es el único dato en el que se miente a la hora de buscar trabajo.
Un buen número de españoles reconoce que “maquilla” sus currículos profesionales. Además de no ser sinceros en las entrevistas de trabajo, en las que suelen “engordar” los salarios de sus empleos anteriores y ocultando datos negativo de su experiencia laboral. Aumentar las responsabilidades de trabajos anteriores, exagerar experiencias, mencionar un nivel de idiomas que no se tiene o dar un domicilio falso son algunas de las mentiras más frecuentes a la hora de buscar un trabajo. Aunque la empresa valora mucho que el candidato tenga experiencia, la honestidad también se suele tener en cuenta.
Entre las mentiras más utilizadas en las redes sociales están la utilización de una foto antigua para el perfil, con el objetivo de parecer más joven, no usar fotos en las que no se sale favorecido, o retocar aquellas que se consideran interesantes para mostrar en el perfil.
Tratar de aparentar ser más cultos o lleva a muchas personas a comentar artículos de periódicos o revistas que ni siquiera han leído. Algo parecido ocurre con los gustos o aficiones, que se cambian para que coincidan con las del grupo al que se quiere pertenecer o para ser más popular.
Cada vez son más habituales los denominados “vídeos virales” que aparecen en Internet. De pronto, un personaje, famosos o no, protagoniza un vídeo en una situación extraña, cómica, comprometida, provocadora… Las imágenes se mueven por las redes sociales, llegan a los medios de comunicación, que convierten el vídeo en noticia. Pero luego se descubre que todo corresponde a un anuncio de una determinada marca, del nuevo disco del cantante o grupo de turno, de una película o a una campaña publicitaria.
Habría que preguntarse si estos “virales” son mentira o no, si engañan al público que ve una determinada escena que luego no resulta ser lo que, en principio, parecía. Especialmente cuando se convierten en noticias en los medios, que caen en la trampa y dedican varios de sus codiciados minutos de los informativos a una cosa que no es cierta.
La mentira es un elemento más de la sociedad. Parejas que se mienten, alumnos que mienten a sus profesores, hijos que mienten a sus padres, empleados a sus jefes (y a la inversa)… No es que vivamos en la mentira, pero quizá esté excesivamente presente en nuestras vidas. No todo es mentira. Si así fuera, la convivencia sería imposible, o es que, ¿algunas sociedades o grupos viven en una especie de inframundo inconsciente basado en sus mentiras?. Vivir en la verdad nos llevará a una sociedad mucho mejor.
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30 jun 2014

Medir la inteligencia



Existe la idea muy extendida de que puede medirse la inteligencia a través de un test. Esa es la obsesión de algunas personas e incluso de muchos sistemas educativos: sacar una puntuación alta que demuestre científicamente que son unos genios. Algo que explicaría lo poco que les entienden los demás debido a su superdotación.

En mi opinión el concepto mismo de “medir” algo tan voluble y cambiante como “la inteligencia” es absurdo. Es tan ingenuo como creer que unas notas en un boletín nos dicen lo listo que es alguien. Muchos han fracasado en el sistema educativo tradicional y oficial y después han sido personas extraordinariamente innovadoras, emprendedoras, inventoras, que han aportado grandes cosas a la humanidad.

Esas pruebas lo único que hacen es medir ciertas capacidades muy limitadas: la numérica y la visual (ser limitados memoristas). Poco más. Nada dicen de la inteligencia emocional, de la creatividad, de nuestro talento para innovar, para crear o de valores fundamentales en la vida como el trabajo en equipo, la constancia, el esfuerzo, la voluntad o los descubrimientos. Y esas son las verdaderas claves para tener éxito.

La mayor prueba de la inutilidad de cualquiera de esos test es el hecho de que es posible obtener un gran resultado en ellos y, después, llevar una vida sin sentido. La inteligencia es la comprensión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, lo que vamos aprendiendo en el camino. Si alguien es avaricioso, si se dedica a hacer daño a los que le rodean, entonces no estamos ante alguien inteligente, diga lo que diga una prueba. La inteligencia no se puede medir, pero se demuestra con cada uno de nuestros actos: es lo que somos.

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