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27 dic 2015

La neurociencia de las decisiones

¿Realmente crees que eliges las cosas racionalmente?

AL ELEGIR SOMOS MANIPULADOS POR DIVERSOS ESTÍMULOS EXTERNOS Y TAMBIÉN, SE PODRÍA, DECIR POR DIVERSOS SUBSTRATOS DE NUESTRO PROPIO CEREBRO.

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Las facultades intelectuales se desdoblan de un estado de ignorancia a un estado de conocimiento. La naturaleza emocional se desdobla de una condición de instinto a una condición de intuición.
-Manly P. Hall

Cuando pensamos en las personas que toman decisiones irracionalmente, manipulados por fáciles estímulos, prejuicios, fanatismos, pasiones y cosas del estilo, siempre pensamos que son otros. Sin embargo, nadie o casi nadie escapa de ser víctima de factores emocionales e inconscientes en sus decisiones y elecciones y no sólo en algunos momentos, sino cotidianamente; esto se debe a la forma en la que está construido nuestro cerebro.
Consideremos la investigación de Drew Westen en torno a la filiación partidaria en Estados Unidos. En un estudio personas de inclinación republicana y demócrata escucharon dos discursos en los que George W. Bush (republicano) y  John Kerry (demócrata) se contradecían de manera explícita. Los republicanos no notaban las contradicciones de Bush, pero rápidamente las de Kerry (y viceversa). Según Westen en este proceso cognitivo se apagaban los circuitos relacionados al razonamiento consciente:
Esencialmente, parece que los partisanos viran el caleidoscopio cognitivo hasta que obtienen las conclusiones que desean… Todos solemos razonar bajo juicios emocionalmente sesgados cuando tenemos intereses invertidos en “los hechos”.
Westen concluye que este tipo de procesos cognitivos tendenciosos operan a partir de un reforzamiento de las creencias puesto que el cerebro recibe una recompensa (de dopamina) cuando ve reflejado lo que piensa y así se autoafirma. En cierta forma nos volvemos adictos a que el mundo se ajuste a lo que creemos, como si éste estuviera dándonos el regalo de cumplir nuestro deseo.
Jonah Lehrer en su libro “How We Decide” nos presenta un ejemplo:
Digamos por ejemplo que estás analizando cereales para desayunar en el supermercado. Cada opción activa una serie de pensamientos en competencia. Tal vez la granola orgánica es deliciosa, pero demasiado cara; los Corn Flakes integrales saludables pero poco apetecibles; los Fruit Loops son una marca atractiva pero tienen demasiada azúcar. Cada uno de estos proceso detonará un conjunto particular de emociones y asociaciones que competirán por tu atención consciente.  Antoine Bechara, un neurocientífico de la Universidad del Sur de California, compara esta frenética competencia neural con la selección natural, con las emociones más fuertes (‘¡realmente quiero Honey Nut Cherrios!’) y los pensamientos más convincentes (‘debería de comer más fibra’) ganando terreno sobre los más débiles (‘me gusta el personaje de caricatura en la caja de los Fruit Loops’). El ensamble de neuronas que logre apuntalarse determinará lo que desayunes.  “El punto es que la mayoría  de la computación se hace a un nivel emocional, inconsciente y no a un nivel lógico”, dice Bechara.
La revista New Scientist pone un interesante ejemplo sobre cómo tomamos decisiones irracionalmente, principalmente por nuestra inhabilidad de hacer un juicio sin tener algo con que comparar. Consideren un menú:

Desayuno inglés completo £9.95
Salmón ahumado & huevos revueltos £5.95
Waffles con  miel de maple £4.75
Huevo hervido £4.00

Cuando vemos un menú así generalmente elegimos el salmón ahumado, puesto que en comparación con el desayuno completo nos parece una gran oferta. Si quitamos el desayuno inglés completo entonces experimentos muestran que las personas eligen una de las dos últimas opciones la mayoría de las veces. Esto es lo que el investigador  Dan Ariely  llama irracionalidad predictiva.Este tipo de pequeños trucos son utilizados constantemente en el marketing.
Otro de los grandes factores que determinan nuestras decisiones y nuestra percepción es la percepción social. En su excelente libro “Global Brain”, Howard Bloom explica como prácticamente la realidad es una alucinación consensual. Un ejemplo llamativo es el experimento que hizo el famoso investigador Solomon Asch. Se mostraron cartas con unas líneas a un grupo, en una de ellas las líneas eran exactamente iguales y en la otra eran claramente diferentes. Se trajo a un individuo que no sabía lo que estaba sucediendo y se pidió a nueve voluntarios previamente seleccionados que exclamaran que las líneas que no empataban eran las mismas, y que las líneas que sí eran iguales eran distintas. Los resultados mostraron que al preguntarle a este individuo (y a muchos más que hicieron el mismo experimento) sobre las líneas éste contestó de manera equivocada coincidiendo con los juicios erróneos que habían sido vocalizados. Examinando a los voluntarios, los investigadores notaron que no sólo habían cedido a la presión de conformarse, sino que incluso algunos habían alterado sus percepcions inconscientemente para ver algo que claramente no estaba ahí, sino que existía solamente en el consenso de la multitud. 
Ejemplos como este hay muchos y muestran lo endeble que es nuestro aparato perceptivo y cognitivo y lo ligado que está a la influencia del entorno. Como escribiera el novelista Don Delillo: “Estar aquí es una especie de abandono espiritual. Sólo vemos lo que otros ven, los miles otros quienes estuvieron aquí antes, aquellos que vendrán después. Hemos acordado ser parte una percepción colectiva”. Vivimos cada uno en lo que Robert Anton Wilson llamó”un túnel de realidad”, el cual se entrelaza con los túneles de realidad colectiva que forman nuestras creencias. Los túneles de realidad son una especie de constructos de memoria, ideología, creencias y prejuicios que funcionan como una visión de túnel sobre nuestra percepción de la realidad, eliminando todo lo que no coincide con esta preconfiguración y sólo arrojando una angosta luz mental a aquello que sí entra dentro de este rango. Esto ocurre a un nivel básico, ontológico de nuestra aprhensión del mundo, limitados por la necesaria discriminación que hacen nuestros aparatos cognitivos para no verse inundados por un exceso de estímulos. Escribe Robert Anton Wilson:
Todo tipo de ignorancia en este mundo resulta de no darnos cuenta que nuestras percepciones son solo apuestas. Creemos lo que vemos y luego creemos nuestra interpretación de ello; la mayoría de las veces ni siquiera sabemos que estamos haciendo una interpretación. Creemos que es la realidad.
Esto nos lleva a preguntarnos si podemos superar este escollo de filtrar la realidad a través de nuestros preconceptos, así como también si podemos dejar de ser víctimas de la manipulación emocional al decidir actuar. En este sentido tradiciones antiguas consideraron que existían facultades cognitivas más sutiles que podían acercarse más a una aprehensión pura de lo real. La neurociencia moderna tiene algunos casos raros en los que también parece coincidir con esta posibilidad.
El psicólogo holandés Ap Dijksterhuis descubrió que cuando se trata de decisiones complejas las emociones conocen razones que exceden las facultades de la razón. En un experimento se evaluó una serie de autos conforme a un conjunto de variables para determinar cuáles eran los mejores autos para un consumidor. Luego se les informó a un grupo de personas sobre las cualidades de cada auto (evidentemente sin decirles cuales eran los mejores evaluados). Posteriormente se les pidió que eligieran cuál era auto ideal para realizar una compra. Dijksterhuis descubrió que las personas que tuvieron tiempo para pensar de manera racional –cuidadosamente contemplar los datos duros y sopesar  cada alternativa—escogieron el auto ideal menos del 25% de las veces –una menor efectividad que una selección aleatoria. En cambio, personas que recibieron la información pero que luego se les distrajo realizando otra actividad –“aquellos que fueron forzados a decidir con sus emociones”, explica Lehrer en su libro “How to Decide2—eligieron el mejor auto un 60% de las veces. Otro estudio similar en el que expertos evaluaron las mejores mermeladas del mercado demostró que cuando a un grupo de sujetos experimentales se les pidió de botepronto que evaluaran las mismas mermeladas según su calidad, estos realizaron una evaluación a la par de los expertos, pero cuando se les pidió que realizaran esta evaluación pero explicando por qué habían hecho tales elecciones  su evaluación fue completamente distinta, sin lograr ajustarse al canon de la calidad de estos productos.
imagesOtro caso sobresaliente en este sentido es el del físico y jugador de póker profesional Michael Binger, quien sólo empezó a ganar cientos de miles de dólares cuando descubrió que saber contar las cartas no era suficiente para llevarse una mano de este deporte mental, que a veces había dejar de considerar las probabilidades matemáticas para apostarle a lo que sientes. “Como físico, es difícil admitir que simplemente no pueden razonar tu camino hacia una partida ganadora. Pero esa es la realidad del poker. No puedes construir un modelo perfecto para él. Esta basado en una aparentemente infinita cantidad de información. En ese sentido, el poker es cómo la vida real. Lehrer incluye otros estudios en su libro “How We Decide” que parecen indicar que cuando existe mucha información el cerebro racional entra en una especie de estado de pánico y no logra manejar los datos. El cerebro emocional, en cambio, al hacer uso de la mente subconsciente, que integra una mayor cantidad de información, resuelve con mayor soltura ante tal complejidad. A los indecisos, Ap Dijksterhuis recomienda: “Usa tu mente consciente para adquirir toda la información que necesitas para tomar una decisión. Pero no trates de analizar la información con tu mente consciente. Mejor toma un descanso mientras tu mente inconsciente la digiere. Lo que sea que tu intuición entonces te diga seguramente será la mejor elección”. Y Jonah Lehrer agrega, “las decisiones más difíciles son las que requieren de más sentimiento”.
Por último quizás sea prudente recordar la idea de Platón de que la educación debía estar destinada a abrir lo que llamó el ojo del alma o también el ojo de la mente. Aunque Platón y su maestro Sócrates están ligados en la historia del pensamiento occidental a la consolidación de la razón como la facultad mental por excelencia –y ciertamente Platón notó la importancia del proceder racional y la práctico con enorme profundidad–, el gran filósofo consideraba que la intuición era la culminación de la inteligencia. Lo más alto a lo que podía llegar un filósofo era al conocimiento intuitvo (noesis), puesto que así participaba en la región de las formas arquetípicas que descansaban en el alma y en la eternidad. Para Platón la facultad intuitiva era una forma de descubrir el conocimiento que estaba oculto en la propia alma, una forma de recordar (anamnesis). La noción que rige el planteamiento de Platón, es que sólo lo eterno es real, y entonces sólo las Formas (o Ideas) son reales en una cosa, la cual es sólo una sombra de esta realidad arquetípica.  
Si queremos aplicar la visión platónica a una decisión, debemos de considera entonces la posibilidad de que la mente humana puede desarrollar una facultad de ver en las cosas su naturaleza universal y no sólo particular, un destello de la esencia que revela o refleja en nuestra alma, el alma de cada cosa.

Twitter del autor: @alepholo

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20 sept 2015

La revolución en salud

La siguiente revolución en salud se encuentra en tus actuales decisiones



LA CRISIS DE LOS SISTEMAS DE SALUD PLANTEA LA POSIBILIDAD DE TOMAR LAS RIENDAS DEL BIENESTAR PROPIO Y ASÍ DEPENDER DE TU FORMA DE VIDA Y NO DE UNA INSTITUCIÓN

En términos generales, nunca en nuestra historia la población humana había sido tan sana. Es cierto que esta situación no es general y todavía hay graves enfermedades que asolan a muchísimas personas en el mundo, pero en rubros como la esperanza de vida, la cobertura de salud pública, la medicina preventiva y otros, los avances han sido notables.
Por otro lado, también el conocimiento práctico sobre un estilo de vida saludable ha permeado en casi todas las sociedades, preceptos básicos que, cuando se siguen, aseguran el correcto funcionamiento de nuestro cuerpo.
Paradójicamente, un mayor conocimiento sobre el hecho no se refleja siempre en las mejores decisiones individuales respecto a nuestra salud. En una época caracterizada por la abundante y a veces excesiva cantidad de información a nuestro alcance, no siempre optamos por la alternativa que en alimentación, actividad física, entretenimiento, etc., redundará en un beneficio para nuestro cuerpo.
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Para Nick Crocker, fundador de Sessions, una red de entrenadores enfocada en inspirar a que las personas tomen las riendas de su propio bienestar, la siguiente revolución en este ámbito se generará en las decisiones personales e informadas que cada quien tome sobre su estado de salud.
Los problemas con nuestro sistema de salud existente presentan una oportunidad. Libres de las limitaciones regulatorias del gobierno o de las limitaciones de recursos de los desarrollos farmacéuticos y de dispositivos, un nuevo tipo de compañías está ayudando a los individuos a conseguir ser saludables. Genuina innovación está emergiendo en tres áreas principales: captura de data, software y servicios humanos escalables.
Crocker alude a una amplia gama de productos que tienen en común responsabilizar al usuario de lo que hace con su cuerpo, ofrecerle la oportunidad de tomar conciencia tanto de su presente como de su porvenir y hacerle ver que las decisiones que tome ahora tendrán consecuencias directas sobre su estado de salud.
Se trata de alejarnos del inmediatismo cotidiano, de apostar por hábitos que nos beneficien a corto, mediano y largo plazo, asumiendo con responsabilidad y, por qué no, con disfrute los sacrificios que este camino implicará y sobre todo, asumirnos como los responsables directos de lo que ocurre con nuestra salud. El punto aquí es si estamos dispuestos a hacer lo que se necesite para realmente embalsamarnos en un estilo de vida sano o si preferimos ir posponiendo nuestra sanación integral consumiendo fármacos que mitiguen nuestras deficiencias en salud pero que, en algún punto, nos cobrarán monumentales facturas.
¿Tú estás tomando buenas decisiones ahora mismo?


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Los peores hábitos para tu salud mental


MÁS DE UNO PENSARÁ QUE ESTOS HÁBITOS SON DE LO MÁS NORMAL, PERO LO CIERTO ES QUE SE TRATA DE UN PROTOCOLO DESCRIPTIVO DE AUTOSABOTAJE

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La depresión es parte del acervo cotidiano de hábitos; parece ser ya una forma constante en la máquina contemporánea que nos aliena. La rutina de las redes sociales, la movilidad corporal y el estado anímico son comportamientos que, si adquieren formas inconscientes, sabotean tu estilo de vida.
Estas son las 12 formas en que ejerces ese autosabotaje, según Health.com:
1. Caminar encorvado
La personalidad, la composición física y el estado de ánimo afectan la postura considerablemente, según indican investigaciones del Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry. Los experimentos observaron que las personas que caminan agachadas experimentaron peores estados que las que tenían una postura más erguida. El lenguaje corporal decaído mostraba el pensamiento negativo bajo el que se encontraban.
Cómo mejorarlo: Levanta el mentón, evita las posturas encorvadas frente a la computadora. Camina erguido, alinea la columna y los hombros. Te sentirás extraño al principio, pero puedes llegar a una corrección total de la postura. Si no la recuerdas, acuéstate en el piso y levanta la frente, coloca los hombros en el suelo y sujeta un poco el abdomen.
2. Ser adicto a las fotos
“El lente de la cámara es un velo ubicado frente a los ojos de las personas y estas no se dan cuenta de que está posado delante de ellas”, dice la doctora Diedra L. Clay, profesora del Departamento de Consejería y Salud Psicológica de la Bastyr University en Kenmore, Washington. Ya sea una selfie o para Instagram, sacar fotos de todo lo que se vive y hace va logrando que se obstaculice la forma en que se percibe y recuerda el mundo, según la revista Psychological Science. En un estudio se observó a un grupo de participantes en un paseo por un museo en el cual se dedicaron a tomar fotos de algunos objetos, mientras otras personas sólo presenciaban el tour. A los que fotografiaron los objetos se les hizo más difícil recordar el contexto y las características relacionadas con ellos, mientras que los que los miraron directamente sí pudieron fácilmente recordar información relacionada con los objetos.
Qué hacer: Observa las cosas alrededor para contextualizar foto, o deja de tomar tantas fotos.
3. Permitir que un bully desgaste lo mejor de ti
El bullying existe en todos lados, escuela, trabajo, casa, calle y hasta en el propio hogar. -Más de 70% de las personas han reconocido haber tenido que lidiar con colegas abusivos en su trabajo, según explica la doctora Erin K. Leonard, psicoterapeuta en ejercicio y autor del libro Terrorismo emocionalRompiendo las cadenas de una relación tóxica. Aproximadamente 35% de la fuerza laboral de Estados Unidos (54 millones de trabajadores) es objeto de abusos cometidos por colegas en algún punto de su carrera profesional, según indica el Instituto de Supervisión de Abusos en el Trabajo de EE.UU:
Cuando las personas sufren ataques maliciosos continuos dentro de los lugares en los que deben preservar su dignidad y autoestima puede ser una situación devastadora para ellas. Los abusos constantes hacen que se vuelva volátil tu salud emocional y pueden ponerte en una situación en la que incluso algo tan sencillo como levantarte en las mañanas para ir a trabajar se convierta en una tarea difícil de realizar.
Cómo salir del bullying: El Workplace Bullying Institute recomienda que, primero, visites a tu doctor para discutir tu salud física y mental. Después, cuando hayas documentado la mayor cantidad posible de interacciones con el bully, sigue el plan de acción de tres pasos de la organización.
* Planetafios recomienda combatir el bullying con estrategias, caracter, personalidad e inteligencia por parte de los atacados hacia los atacantes y denunciarlo enseguida.
4. No hacer ejercicio
De acuerdo con un nuevo estudio de JAMA Psychiatry, si te haces más activo al menos 3 días a la semana, tu riesgo de estar deprimido disminuye en un 19%. Después de estudiar a más de 11 mil personas nacidas en 1958 y grabar sus síntomas depresivos y niveles de actividad física en intervalos regulares, investigadores del University College London encontraron una clara correlación entre la actividad física y la depresión. Las personas que estaban deprimidas eran las menos activas, mientras que aquellas más activas tenían una menor tendencia a deprimirse. De hecho, por cada vez que se encontraban activas, el riesgo de deprimirse disminuía en un 6%.
Cómo solventarlo: Haciendo ejercicio. Cualquier actividad física al menos cuatro veces a la semana, correr, nadar, practicar bicicleta, ir al gimnasio o practicar algún deporte, puede bajar tu nivel de depresión.
5. Postergas las cosas o Procrastinaciòn
Dejar para después lo que puedes hacer hoy (procrastinar) es una de las formas de no hacer lo que no nos gusta hacer, lo cual genera ansiedad, miedo al fracaso y destruye los nervios.
Hazlo ahora: Practica ejercicios antiestrés, terapia ocupacional, de gritos o escucha un poco de música, trota, ve al parque o a la lucha libre, ya que es importante que las actividades en las que te involucres puedan desintegrar la ansiedad. Incorpora diversión a tus hábitos.
6. Tomarse la vida demasiado en serio
Si te enoja que las cosas no se hagan como tú crees o cualquier cosa puede destruir tu día, por lo más mínima que sea, la solución es: ríete de las cosas. La risa es un remedio infalible para la ansiedad y la depresión.
Cómo reírse: Promueve y exponte a diario a la hilaridad, no es sólo que dejes de tomarte en serio las cosas o que te rías; lee libros de picaresca, y pasa el tiempo con amigos risueños o que hagan tu vida más risible.
7. Estar en una relación tóxica
“Yo tengo muchos clientes que sufren de ansiedad y depresión sin saber que eso obedece a que están inmersos en una relación sentimental tóxica para ellos”, explica Leonardo:
Ese tipo de relaciones devoran la autoestima de las personas. Sus compañeros sentimentales les hacen creer que son incompetentes o egoístas. Algunas veces, a las personas les toma varios años percatarse de que su depresión y ansiedad se originan en las relaciones sentimentales que sostienen, las cuales con el tiempo pueden llegar a desmantelar su seguridad personal por completo.
Cómo enfrentarlo: Es posible que necesites ayuda. Primero, lee las señales que tienes a tu alcance para determinar si tu pareja está siendo abusiva contigo. Luego pídele a un profesional, a un familiar o a un amigo cercano que te ayude a corroborar si los símbolos que has detectado son reales. De ser así, toma cartas en el asunto.
8. No dormir lo suficiente
Dormir es un recurso indispensable para poder restituir la energía. “Dormir afecta todo”, dice Clay.Los sueños pueden ayudar a resolver problemas.
Sin el sueño nuestro sistema biológico no podría funcionar correctamente, ya que es el mecanismo bajo el cual nuestros organismos se regeneran del desgaste sufrido por la actividad diaria.
Duerme bien: Toma las medidas necesarias: usa tapones para los oídos, no pienses en nada al acostarte, medita, descansa el tiempo necesario, promueve la oscuridad, no comas mucho antes de acostarte y anota cualquier preocupación o pendiente.
9. No poder estar solo
Entre los amigos, el novio, los compañeros de trabajo, tu mascota o tu hijo, no te es posible encontrar un momento para estar solo. Es importante contar con al menos 10 minutos para uno mismo, y que no sean en la ducha o en el baño.
Registra tu tiempo: Agenda también el tiempo a solas. Aprende a disfrutarlo y a evitar la ansiedad de estar solo, y cumple con ese compromiso.
10. No hablar con nadie
Si eres asiduo a las redes sociales para mantenerte en contacto con tus conocidos, no estás teniendo un contacto significativo con ellos. “Las páginas de Facebook son de entretenimiento“, dice Clay, “no son conversaciones reales que nos permitan entender a las personas. Al contrario, disminuyen nuestras experiencias y sentimientos”. Michael Mantell, profesor de ciencias de la conducta de San Diego, California, está de acuerdo con Clay: “Los electrónicos personales (como los celulares) también impactan en la atención, en la necesidad de tener una gratificación inmediata, y en las expectativas que tiene una persona de que, al oprimir un botón, puede tener una conexión instantánea con alguien“, menciona Mantell. “También hemos descubierto que tener únicamente interacciones virtuales impacta en nuestra habilidad e interés para sentarnos en un mismo lugar con alguien y tener conversaciones cara a cara”.
Cómo cambiar: Recuerda que los amigos reales son más importantes que los likes.
11. No poder vivir sin teléfono móvil
¿Recuerdas cuando no dependías de los gadgets? Si no lo puedes hacer, estás en problemas. “Todos los dispositivos que tenemos tienden a sobreestimularnos“, dice Clay, “y, si siempre estamos en línea, entonces nunca descansamos realmente y no regeneramos nuestros cuerpos y nuestras mentes”, lo cual desemboca en depresión y ansiedad, pues en realidad no hablas con nadie.
Cómo modificarlo: Cambia tus hábitos; crea un día a la semana de descanso de los aparatos electrónicos (aunque sea sólo medio día). Si Dios descansó un día, ¿por qué tú no?
12. Estar haciendo mil cosas al mismo tiempo
Como escribió Ray Bradbury, es más fácil hacer una buena novela que escribir mil cosas malas al mismo tiempo. En la contemporaneidad, realizamos más de una labor simultáneamente: comemos revisando Facebook, vamos al baño y leemos, nos vamos a acostar mientras estamos en WhatsApp o sacamos fotos para Instagram en una fiesta.
Alégrate ahora: Hacer muchas tareas no es ser más productivo, tampoco hacerlas aceleradamente. Suelta el teléfono y presta atención a tu alrededor.

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8 jun 2014

El empleo ubicuo

SERÍA INSENSATO PLANTEAR QUE NO ES POSITIVO QUE UNA PERSONA TRABAJE EN ALGO QUE AMA O DISFRUTA DE ALGUNA MANERA; EL PROBLEMA RESIDE EN LA INVISIBILIDAD Y LA ESPECIALIZACIÓN.
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Sin que nos diéramos del todo cuenta, uno de los campos en los que más modificaron nuestras vidas internet y las nuevas tecnologías es el del empleo. Nos dimos cuenta de algunos de los cambios pero, sobre todo, de los benéficos. Por ejemplo, tener prácticamente cualquier recurso y referencia a unos clicks de distancia, una nueva manera de conseguir trabajo basada en la construcción de redes y reputación o la posibilidad de trabajar desde cualquier parte del mundo siempre que exista una conexión disponible a internet, etc. Para los que trabajamos de una manera u otra con internet, los upgrades son evidentes. Pero, en el proceso, ocurrió algo imperceptible como la emergencia de internet, que se desarrolló a lo largo de varios años pero “de un día para el otro” invadió el mundo biológico. De un momento a otro (y bajo toda una serie de justificaciones sociales y morales) el empleo pasó a ser ubicuo. El concepto de oficina es anticuado, ya que nos llevamos la oficina a todas partes en nuestros bolsillos y la tenemos también en nuestras computadoras. En un mundo que transcurre en el presente y que se encuentra hiperconectado, el empleado debe de estar disponible las 24 horas del día -por lo menos mientras esté despierto (y que no duerma mucho, por favor; y que en la mañana se tome un café y esté lúcido lo antes posible, gracias)-.
No estar disponible es una carencia total de profesionalismo y una falta importante de compromiso. La unión alquímica entre ética protestante y capitalismo se muestra en todo su esplendor en la actitud requerida de una persona ante su carrera laboral. Esfuerzo, sacrificio, responsabilidad, progreso. Esperar otra cosa de la vida lo convierte a uno en un hippie, un vago al que no le interesa progresar y se encuentra en el límite, con un pie del otro lado de los valores de la sociedad: si no trabajas, eres un ladrón; o eres rico (o las dos cosas), por lo cual te odiaremos y envidiaremos. Debes decidir qué quieres hacer por el resto de tu vida antes de entrar en la universidad y hacer eso durante toda tu vida, hasta el retiro o la muerte, un mínimo de ocho horas al día. Malcolm Gladwell sostiene que, al dedicar unas diez mil horas a una determinada tarea, te conviertes en un experto. Teniendo en cuenta el calendario laboral, todos nos convertimos en expertos de lo que sea que hagamos alrededor de los cinco años y medio después de empezar. Vivimos en un mundo de expertos, entonces. De expertos aburridos y desperdiciados, porque en su amplia mayoría no aman sus empleos.
Una de las nuevas modalidades de contrición profesional se da bajo un axioma que es, en un sentido, positivo: haz lo que amas. Si te dedicas a aquello que te apasiona, ocurren varios imprevistos: por un lado, dejas de poder quejarte de cualquier injusticia, ya que “haces lo que amas”, y también debes hacerlo todo el tiempo posible aunque esas horas extra no sean pagadas ya que, bueno, haces lo que amas. A no ser que trabajes por tu cuenta como freelance, o como la personificación de cientos de miles de años de evolución biológica y cultural: el emprendedor. En ese caso, también te dedicarás a tus proyectos durante noche y día, pero no tendrás nadie ante quien quejarte sobre tus clientes y problemas. Debes estar agradecido por tu situación y trabajar. Las mismas keywords de siempre: sacrificio, responsabilidad, progreso. Sería insensato plantear que no es positivo que una persona trabaje en algo que ama o disfruta de alguna manera; el problema reside en la invisibilidad y la especialización. Cualquier otro interés que pueda tenerse no debe ser más que un hobby, algo con lo que distraernos alguna que otra noche libre de la semana o los fines de semana (siempre que no tengamos nada de trabajo). Se espera una relación monogámica con el empleo, una persona no puede amar más de una cosa a la vez. Si te dedicas al marketing, escribir novelas de ciencia ficción sólo puede ser un hobby. ¿Te gusta la naturaleza, la vida al aire libre? En tus vacaciones, por favor; pero lleva el móvil, aunque sea. ¿Adoras estar con tu familia? No hay problema; puedes hacerlo mientras trabajas con la laptop.
Mientras mayor sea el grado de especialización dentro de un área -cualquiera-, mejor. Un título universitario no es suficiente; hay que especializarse. Si no lo haces, si no te capacitas como para ser un experto o por lo menos tener mayor conocimiento sobre un subconjunto de conocimientos en particular, es probable que en algún momento te cueste conseguir empleo: le darán el puesto a alguien que sí se especializó en el área. Pero, más allá del grado microscópico de expertise al que estamos llegando, nadie pone en duda la especialización en sí misma: es la base de la división del trabajo y aumenta la eficiencia. El resultado es un grado de sincronización total entre lo que queremos ser y lo que hacemos, convirtiéndonos exclusivamente en nuestro trabajo. Algunos países europeos están intentando limitar aunque sea la ubicuidad del empleo prohibiendo, por ejemplo, que los jefes envíen correos electrónicos a sus empleados (por cuestiones laborales) en horarios de descanso. A mi parecer, esto será un espejismo, un oasis en el desierto de la cultura laboral. También hay límites de horas de trabajo por semana, pero no se respetan -y si uno ama lo que hace, ¿por qué quejarse por recibir un correo fuera del horario laboral, cuando estabas viendo una película, jugando a Xbox o cocinando la cena o leyendo Planetafios?
La única posibilidad viable es crear límites personales y navegarlos lo mejor posible; cualquier solución colectiva morirá aplastada por la saciedad semántica en cuestión de horas y no servirá para nada. No hay dos elementos antagónicos (vida y trabajo) que balancear (ni importa mucho la diferencia entre “trabajo” y “empleo”). Los elementos a balancear son individuales, pero son mucho más que dos: están los deseos, los miedos (hay que tenerlos en cuenta, a no ser que seas un yogi o un emprendedor), la situación laboral personal actual y las expectativas, todo aquello que ames y disfrutes hacer (incluyendo las personas a las que amas y tus plantas y mascotas), el contexto económico global y local, tus responsabilidades (para con las personas ames y aquellas puedan depender de ti) y las posibilidades de que ocurra una invasión alienígena a escala global en los próximos años o una guerra lo suficientemente grande como para que te obligue a replantear el futuro. Quizás no puedas hacer lo que amas en este momento, quizás sí; probablemente no te arriesgues a cambiar tu vida en una apuesta radical, y no hay nada malo en eso. Quizás prefieras intentar encontrar algo intermedio: algo que no ames, algo que disfrutes, algo que no odies. Quizás ya lo hagas y puede que no sea suficiente, y quieras cambiar. O te cansaste. O quieres mantener tu empleo aunque no te guste del todo, por una serie de motivos que no le importa a nadie salvo a ti. Es probable. Lo único que importa es que elijas, uno a uno, los elementos que consideras importantes (más de dos, siempre más de dos), los pongas en una balanza y los mires mientras algunos se desintegran, otros aumentan de peso y tamaño y algunos pocos se mantienen igual; y que (no como consecuencia sino como parte del proceso) encuentres un tiempo para desconectarte de todo: de aquello que amas, de ti y, sobre todo, de tu empleo.

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24 mar 2014

Cien mejor que uno


En el libro que les quiero comentar, el autor nos quiere convencer de que cuando hay que tomar una decisión es mejor hacer lo que decide un grupo de personas que no uno solo. De hecho, lo hacemos muchas veces, por ejemplo, cuando nos dicen “esto lo hace todo el mundo” y uno piensa que si lo hace todo el mundo, pues será la mejor opción. Aunque no siempre es así, pues a veces las decisiones que se toman desde el grupo no son siempre las más óptimas: para ello deben darse una serie de circunstancias. De estos temas y otros, como comportamientos sociales cuando actuamos en grupo, habla este libro del que les paso a hacer un resumen con algunos de los párrafos que más me han llamado la atención.


Los colectivos funcionan bien bajo determinadas circunstancias, pero mal cuando tales circunstancias no se dan. Por lo general, los grupos necesitan normas para mantener un orden y coherencia. Pero, a veces, tales normas fallan o son contraproducentes. Es conveniente para los grupos que sus miembros hablen y que aprendan los unos de los otros. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, un exceso de comunicación puede ser la causa de que el grupo en conjunto se conduzca de una manera menos inteligente. Los colectivos grandes resuelven mejor cierto tipo de problemas, pero muchas veces estos grupos son difíciles de dirigir e ineficientes. Los grupos pequeños, en cambio, tienen la virtud de ser más fáciles de dirigir pero corren el riesgo de adolecer de pobreza de ideas y exceso de consenso.
(…)
La diversidad y la independencia son importantes porque las mejores decisiones colectivas son producto del desacuerdo y de la polémica, no del consenso ni del compromiso. Un grupo inteligente, especialmente cuando se enfrenta a problemas cognitivos, no les exige a sus miembros que modifiquen sus posturas a fin de que el grupo alcance una decisión que contente a todo el mundo. (…) Paradójicamente, para que un grupo se comporte con inteligencia lo mejor es que cada individuo del mismo piense y actúe con la mayor independencia posible.

Los grupos homogéneos alcanzan la cohesión con más facilidad que los diversificados. Pero, a medida que aumenta la cohesión, también aumenta la dependencia del individuo con respecto al grupo, lo mismo que el aislamiento con respecto a las opiniones externas, y la convicción de que el juicio del grupo no puede estar equivocado en lo relativo a las cuestiones importantes. Los grupos de esta especie (…) comparten una ilusión de invulnerabilidad, la voluntad de descartar cualquier argumento contrario a la postura del grupo y la convicción de que la discrepancia no sirve para nada.

El punto principal del gregarismo es que funciona no tanto censurando la discrepancia como consiguiendo, de alguna manera, que la discrepancia parezca improbable (…) Como es obvio, este proceso funciona mejor cuando los miembros del grupo están compartiendo ya una mentalidad común (…) Las deliberaciones en un ambiente de gregarismo sufren el nefasto efecto de cerrar las mentes de las personas en vez de abrirlas (…) Las probabilidades de que un grupo homogéneo de personas alcance una buena decisión son más bien escasas.
Habla de sociedades que prosperaron y otras que no. Por ejemplo, los cuáqueros. Les pertenecía más de la mitad de la industria siderúrgica de Gran Bretaña. Figuraban entre los principales banqueros (Barclays y Lloyds fueron fundadas por cuáqueros). Dominaban sectores del consumo como los chocolates y la pastelería. Y tuvieron mucho que ver en la creación del comercio trasatlántico entre Gran Bretaña y América.

Al principio, su éxito fue la consecuencia de los beneficios que devengaba el comercio entre los mismos cuáqueros. Al disentir de la religión oficial anglicana, tenían vedados los cargos públicos y las profesiones liberales, y fue por eso que optaron por dedicarse al comercio. Cuando un cuáquero buscaba crédito o clientela, los encontraba con más facilidad que sus correligionarios. La fe común daba pie a la confianza y el comerciante cuáquero de Londres no tenía reparo en embarcar sus mercancías y hacerlas cruzar el océano, con la certeza de que le serían pagadas en cuanto arribasen a Filadelfia.

La prosperidad de los cuáqueros no pasó inadvertida en el mundo exterior. Eran ya bien conocido por el énfasis personal que otorgaban a la honradez personal, y como hombres de negocios alcanzaron fama por su seriedad en las transacciones y por el rigor con que llevaban sus libros. También introdujeron innovaciones como el precio fijo, que premiaba la transparencia por encima del regateo. Muchos que no compartían sus creencias empezaron a dar preferencia a los cuáqueros como socios comerciales, proveedores y vendedores. Y conforme aumentaba la prosperidad de aquellos, la gente estableció una relación entre dicha prosperidad y la reputación de rigor y seriedad que tenían. Por lo visto, la honradez encontraba su recompensa.

Habla también del dilema del prisionero pero en relación a los impuestos. Tenemos un ejército que nos protege unas escuelas que educan no sólo a nuestros hijos, sino a los hijos de los demás, policía, bomberos, investigación, etc. El problema estriba en que todas estas ventajas las disfrutamos tanto si uno paga sus impuestos como si no. Por ello, lo tradicional es tratar de librarse. Pero si se libra un número de personas demasiado grande, los bienes públicos se esfuman. Pero hay que tener mucho cuidado, pues si hay quien delinque y no pasa nada, entonces da la sensación de que, a quien paga, le están tomando el pelo.

Habla del funcionamiento de los grupos de personas y de que no tenemos muy claro por qué funciona. Por ejemplo, el descubrimiento del coronavirus que producía el SARS. Fue un trabajo en paralelo de laboratorios de todo el mundo; no estaban organizados por nadie. Sabemos quién fue la primera persona que lo vio: la operadora del microscopio electrónico del Centro de Control de Alanta: Cynthia Goldsmith; pero decir que fue ella quien lo descubrió no es realista. En pocas semanas aislaron el coronavirus que, de haber trabajado por separado, habrían tardado años en lograr.

La ciencia es una empresa colectiva porque requiere el intercambio libre y abierto de informaciones. Todo científico depende, en sentido estricto, del trabajo de otros científicos. Una idea es aceptada cuando la inmensa mayoría de los científicos la admiten si ningún asomo de duda. Es un proceso muy diferente al de los mercados o las democracias. Muchos científicos ni siquiera intentan reproducir los experimentos de otros, confían en que los datos sean correctos y en que los experimentos salieron según la descripción que han dado de ellos sus autores. Por supuesto, los experimentos pueden reproducirse, y hay quien lo hace. Así se descubren los fraudes en ciencia.

Hay ideas discrepantes sobre si las buenas ideas salen de un grupo o no, como la de Ralph Cordiner, ex presidente de General Electric:
Nómbreme usted un solo gran descubrimiento o una gran decisión que hayan sido realizados por un comité, y yo le nombraré a usted quién ha sido el miembro de ese comité que tuvo a solas la idea, quizá mientras estaba afeitándose, o de camino a la oficina, o tal vez mientras los demás miembros del comité estaban intercambiando palabras banales. La idea solitaria, digo, que resolvió el problema o que sirvió de base para la decisión.

Habla de alguna dinámica de algunos grupos que no es del todo correcta, como cuando se había desprendido la loseta térmica del Columbia. Sabían que se había desprendido y los ingenieros o bien no quisieron o bien no pudieron expresar sus inquietudes con la fuerza que hubieran querido. De hecho, no se permitió tomar fotografías del ala del Columbia, pues de encontrarse, poco podrían haber hecho. Nadie hizo preguntas en aquella reunión. Finalizada, el destino del Columbia estaba sellado. Esa ética no fue la que se siguió con el Apollo XIII. Uno de los peligros auténticos de los pequeños grupos es que se prefiere el consenso a la discrepancia.

En una reunión de grupo, como en los jurados, las primeras ideas expresadas quedan más que las que van después, así que es importante el turno para hablar. En los grupos en que todos se conocen mutuamente, la categoría social tiende a dominar las pautas del uso de la palabra, de manera que las personas de mayor nivel tienden a hablar más y con mayor frecuencia. Eso no importaría mucho si la autoridad de los sujetos guardase relación con el dominio del tema, lo que no sucede habitualmente.

Esto se comprobó durante una serie de experimentos en que se solicitaba a unos aviadores militares que resolvieran un problema de lógica. Resultó que los pilotos eran más propensos que los copilotos a hablar argumentando su solución en términos convincentes, incluso cuando los primeros estaban equivocados y los segundos tenían razón. Los copilotos, de alguna manera, daban por supuesto que la diferencia de grado implicaba que los pilotos estarían más probablemente en lo cierto. Esto es significativo al hablar de los expertos.

Habla de las diferentes compañías a lo largo de la historia con algunas de sus curiosidades y los problemas de falta de comunicación y coordinación como grupo. Por ejemplo, había compañías cuyas decisiones las tomaban unos y otras en que querían que fuera un consenso de más gente. Por ejemplo, allá por los años 1960-1970 en General Motors, para un tema tan sencillo como el rediseño de un faro pasaba por 15 reuniones diferentes y el director general de la compañía asistía a las cinco últimas. En 1970, en Ford mediaban quince categorías entre el presidente de la empresa y un encargado de la fábrica. En Toyota eran cinco.

También están las competencias entre departamentos. Los empleados deberían saber que trabajan para su compañía y no para su división. Una vez, el presidente de GM describió en los términos siguientes el procedimiento empleado por su compañía para diseñar y construir nuevos automóviles:
Los fulanos [del diseño] dibujaban una carrocería y repartían el proyecto y le decían al otro fulano: “Toma, fabrícalo si puedes, hijo de la gran p***” Y el otro fulano [el de la factoría de montaje] decía: “¡Dios!¡Pero si no se puede estampar la chapa de esta manera ni mucho menos soldarla!”

Y comenta que muchas de las bonificaciones que se ofrecen a los directivos con intención de perseguir metas inalcanzables a primera vista, lo que les enseñaba era a engañar. Por ejemplo, el directivo tratará de que se establezcan unos objetivos fácilmente alcanzables, negociando a la baja sus estimaciones exagerando las dificultades coyunturales. Por otro lado, hará cualquier artimaña para alcanzar dichos objetivos, sobrevalorando los resultados del ejercicio actual a expensas del próximo. El resultado dice que es que las compañías “pagan a la gente para que mienta”. Y en un experimento, lo mismo hicieron los torneros de un taller en el que se les ofrecía un incentivo extra cuando pasaba de una determinada llamada “normal”. Claro, si trabajaban demasiado deprisa la empresa podría acabar subiendo los niveles de esa “normalidad”. Acabaron dedicando más tiempo a manipular los tiempos concedidos con vistas a ganar lo máximo posible entre salario y prima.

Hace un símil entre la bolsa y las multitudes encarnizadas.

Una muchedumbre desmadrada se comporta en cierta medida como un organismo único, regido por una sola mente. Y obviamente, el comportamiento de una turba tiene una dimensión colectiva que un grupo de personas que pasan al azar por un mismo tramo de calle no tiene. El sociólogo Mark Granovetter dice que habrá siempre algunas personas que no cometerán desafueros en ningún caso, y otras que están siempre dispuestas a armar jaleo. Estos son los llamados “instigadores”. Pero la mayoría se sitúa en una posición intermedia. Su disposición para armarla depende de lo que hagan otros elementos de la multitud. En términos más concretos, depende de si los alborotadores son muy numerosos; cuanto más abunden éstos, más personas decidirán sumarse a los disturbios. Y eso es similar a la bolsa: cuanto más suben las acciones, más gente entra en el mercado. Cuando los instigadores son pocos y mucha la gente dispuesta a hacer algo, lo más probable es que no pase nada. Para que haya un alzamiento hacen falta instigadores “radicales” (gente con elevada propensión a la violencia”) y una masa de concurrentes que se deje llevar. Las turbas, vistas de esta manera, no son inteligentes, sino que obedecen a juicios externos.

Estas y otras muchas cosas. Un libro entretenido, con el que se puede estar de acuerdo o discrepar, pero que no deja indiferente. Bien escrito, argumentado y ameno. Con multitud de ejemplos de la vida real. Recomendado a todos los públicos.



Título: “Cien mejor que uno.”
Autor: James Surowiecki
Traductor: J. A. Bravo


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8 abr 2013

Claves para tomar decisiones

En nuestra vida cotidiana nos enfrentamos a la toma de decisiones constantemente. Los últimos estudios científicos revelan algunos trucos para garantizar que escogemos la mejor opción. 

Tras consultarlo con la almohada. Los neurocientíficos han identificado varios motivos por los que conviene dormir antes de tomar una decisión importante. Por un lado, tal y como ha demostrado Matthew Walker, de la Universidad de California en Berkeley, mientras soñamos -en la fase REM del sueño- nuestro cerebro suaviza las emociones dolorosas o desagradables almacenadas en la memoria. “Después de dormir las experiencias del día anterior han reducido su carga emocional, nos sentimos capaces de afrontarlas”, explica Walker. A esto se suma que investigadores de la Universidad de Duke demostraron que una noche sin dormir aumenta la actividad cerebral en regiones que evalúan los hipotéticos resultados positivos, de tal modo que la falta de sueño potencia las decisiones arriesgadas. 

Con la vejiga llena. De acuerdo con un estudio llevado a cabo por investigadores holandeses de la Universidad de Twente, mientras resistimos la necesidad urgente de ir al baño incrementa la capacidad de autocontrol del nuestro cerebro, lo que nos ayuda a elegir mejor entre varias opciones. Concretamente, los experimentos revelaron que las personas con la vejiga llena suelen optar por las decisiones que implican mayores recompensas a largo plazo.

Mejor con azúcar. Los niveles de glucosa en sangre afectan al proceso de toma de decisiones. A través de un experimento, Robert D. Dvorak y sus colegas de la Universidad del Sur de Dakota (EE UU) comprobaron que después de ingerir una bebida carbonatada con azúcar tomamos decisiones más orientadas hacia el bienestar futuro, mientras que tras consumir bebidas sin azúcar – edulcoradas con aspartamo- tendemos a ser más impulsivos y a buscar la recompensa inmediata.

Sin pensarlo demasiado. Cuando se trata de tomar una decisión importante, elegimos mejor si, en lugar de valorar concienzudamente todas las opciones, dejamos que sea nuestro pensamiento inconsciente el que escoja. Es la conclusión que se desprende de una serie de experimentos llevados a cabo por investigadores de la Universidad de Duke y dados a conocer en la revista Psychological Science. Los autores sugieren que “tener demasiado tiempo para pensar cuando el problema es complejo puede conducirnos a valorar la información menos importante y a cometer errores”. Por el contrario, las decisiones simples se resuelven mejor de manera consciente.

Videojuegos para entrenar. 
Los videojuegos de acción nos entrenan para elegir mejor en la vida real, tal y como han demostrado Daphne Bavelier y sus colegas de la Universidad de Rochester. En concreto, los “jugones” son más sensibles a lo que sucede a su alrededor, perciben mejor los detalles importantes y toman decisiones eficaces más rápido. Por si fuera poco, este tipo de videojuegos mejoran la capacidad de conducir, practicar la multitarea o seguir la pista de un amigo en medio de una multitud, según publicaban los investigadores en 
Current Biology. 



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