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17 jul 2017

La respuesta a la gran pregunta

Esta quizás sea la mejor contestación a esa pregunta que lleva atormentando a millones y millones de creyentes a lo largo de la historia de la Humanidad, esa cuestión que ha llenado decenas de miles de páginas en sesudos (a la vez que vacuos) tratados de filosofía y teología.

Pregunta: ¿Qué es dios? 

Respuesta: ¿Alguna vez has cerrado los ojos y has pedido con todo tu fervor algo que deseabas mucho? Pues Dios es ese tipo que te ignora.




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14 sept 2016

Sobre los distintos tipos de conocimiento

En un mundo en el que existen diversos tipos de conocimiento, hagamos una pequeña reflexión con la siguiente imagen:



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23 feb 2015

¿Qué nos hace humanos?


planeta simios zira








Durante milenios pensadores, filósofos y teólogos se han preguntado sobre la esencia del ser humano y su capacidad de pensamiento y consciencia sin llegar nunca a ninguna conclusión plausible, sin embargo las respuestas (como siempre) están empezando a llegar desde el campo de la biología.
Históricamente tanto desde el punto de vista filosófico como del teológico se ha considerado la existencia de una barrera infranqueable que separa a los humanos del resto de primates antropomorfos, pero en realidad los cada vez más abundantes estudios están difuminando más recurrentemente esta imprecisa frontera.
Así un grupo de investigadores estadounidenses a publicado un brillante estudio en el que han comparado los genomas de humanos y chimpancés buscando regiones implicadas en el desarrollo del córtex cerebral, la región donde se generan funciones mentales tan importantes como la percepción, la imaginación, el pensamiento, el juicio y la decisión. Los autores estudiaron la región génica denominada HARE5, un ”enhancer”, potenciador o amplificador, que controla la expresión de un gen clave para el desarrollo del cerebro. Dicha región está compuesta por unos 1.200 nucleótidos y entre chimpancés y humanos únicamente se diferencia en unos exiguos 16 cambios. A continuación los investigadores generaron ratones transgénicos que llevaban insertados ambos tipos de regiones HARE5: la humana y la de chimpancé y estudiaron el desarrollo del cerebro fetal en estos animales cuya única diferencia eran los mencionados 16 nucleótidos, encontrando llamativamente que aquellos ratones que poseían el fragmento de DNA humano desarrollaban un cerebro un 12% mayor que los correspondientes animales con el DNA homólogo proveniente de chimpancé tal y como se muestra en las siguientes fotografías:

HARE5
Además los cerebros de estos ratones humanizados contenían un 14% más de neuronas que los de sus homólogos de chimpancé. Y todo ello con el simple cambio de unos insignificantes 16 nucleótidos de un genoma total conformado por unos 3.200 millones de nucleótidos en el caso del ser humano. En la actualidad los autores del artículo están estudiando el desarrollo cerebral después del nacimiento en ambos tipos de ratones transgénicos, con el objetivo de probar la hipótesis de si los cerebros más grandes de los ratones humanizados les hacen más hábiles o inteligentes que los correspondientes que llevan insertado el DNA de chimpancé.
En resumen, pequeñísimas alteraciones en el DNA implican importantes cambios morfológicos (y quizás funcionales) en el cerebro del animal. Por supuesto, los cerebros de un chimpancé y de un sapiens se diferencian en mucho más que esta secuencia individual de DNA, pero haciendo un poco de ciencia ficción ¿Qué pasaría si se introdujera en el genoma de un chimpancé el equivalente humano de la región HARE5? ¿Tendrían estos animales el cerebro un poco más desarrollado? ¿Serían un poco más inteligentes o hábiles quizás? ¿Y qué ocurriría si además se fueran intercambiando en esos mismos chimpancés transgénicos otros elementos adicionales como algún que otro “enhancer” o gen proveniente de las secuencias homólogas de los sapiens, elementos que se encuentren implicados en otras facetas del desarrollo cerebral diferentes a las que modula HARE5? ¿Se podría entonces ir construyendo cual mecano un cerebro primate cada vez más similar al que poseemos los seres humanos? Y esto que ahora puede parecer sacado de la desbordante imaginación de un escritor o de un guionista de Hollywood puede ser posible en quizás menos de un siglo si continuamos con el exponencial desarrollo científico-tecnológico alcanzado en las últimas décadas. Y en ese caso, cuando vayan apareciendo propiedades hasta ahora “exclusivamente” humanas en estos monos transgénicos ¿qué quedará de nuestro pretendido papel como centro del Universo y cúlmen de la Creación?


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2 nov 2014

El mal, "el mejor mundo posible" y la inexistencia de Dios



El argumento del mal es posiblemente uno de los argumentos más poderosos contra la existencia de Dios, entendiendo por Dios un ser que es omnisciente, omnipotente y, perdónenme el palabro, omnibenevolente.

El problema surge al intentar conciliar la existencia de mal en el mundo con la existencia de un Dios que tiene esas características. Obviamente, si se está dispuesto a aceptar que Dios no tiene alguna de esas tres características, entonces, el problema es perfectamente resoluble, no obstante, no parece que muchos teólogos estén dispuesto a hacerlo, y resulta difícil pensar que Dios no tenga esos atributos.

Podemos plantear el argumento del mal, en forma de premisas y conclusión de la siguiente forma:
Premisa 1: Suceden cosas terribles
Premisa 2: Si hubiera un Dios, omnisciente, omnipotente y omnibenevolente, entonces no sucederían cosas terribles.

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Conclusión: No hay un Dios omnisciente, omnipotente y omnibenevolente.

Uno de los intentos de respuesta a este argumento que pretende resolver el problema sin tener que renunciar a un Dios con esos atributos es el argumento de “No existe el mejor mundo posible”, veamos en que consiste esa respuesta.

Es posible que Dios, a pesar de tener esos atributos, se encuentre en una situación, ciertamente complicada y similar a la siguiente:

Imagina que te hago la siguiente oferta: “elige un número. El número que elijas es el número de días que vas a pasar en el cielo, un cielo a tu gusto, donde vas a ser feliz, a disfrutar como nunca lo has hecho, etc.” No sé que número elejirías ¿1.000? ¿1.000.000? ¿10100? Si nos fijamos, se elija el número que se elija siempre podremos criticar esa decisión porque siempre se puede elegir un número mayor, ¿por qué no elegiste 10100+1? Probablemente coincidimos en que esa crítica no es muy justa.

Quizás la situación de Dios a la hora de crear el mundo es la misma. No importa el mundo que elija crear. Escoja el que escoja siempre podríamos recriminarle porqué no hizo un mundo un poco mejor. Si no existe el mejor mundo posible, entonces, creara el mundo que creara, siempre existiría un mundo mejor, por lo tanto no podemos refutar la existencia de Dios mediante el problema del mal, dado que cualquier posible mundo tendrá algo de mal en él, ya que no existe el mejor mundo posible.

Críticas a la respuesta “No existe el mejor mundo posible”,


Tal y como se ha enunciado el argumento, es un argumento por analogía, aunque no siempre se enuncie así, no está de más ver si podemos encontrar desemejanzas lo suficientemente fuertes como para, al menos, invalidar el argumento así expuesto.

La analogía reside entre los números, en concreto en el hecho de que siempre puede haber un número mayor a otro, y que siempre habrá un mundo mejor, por mucho que se intente nunca se alcanzará ni el mayor número posible ni el mejor mundo posible. El problema reside en que para los números conocemos la sencilla regla matemática que nos permite hacer un número mayor, a todo número siempre se le puede sumar otro, obteniendo como resultado un número mayor. Pero en el caso del mundo no sabemos si existe una regla que nos permita afirmar que siempre va a ser posible un mundo mejor, dado que esto es precisamente lo que se afirma en el argumento, la desemejanza es ciertamente importante, dado que no tenemos el análogo al principio matemático que nos permite saber que no existe el mayor número posible. Por lo que la analogía falla, pues en el caso de las matemáticas tenemos una justificación para aceptar que siempre habrá un número mayor pero esa justificación no existe, o al menos, no la tenemos para garantizar que siempre es posible la existencia de un mundo mejor.

Crítica aceptando que no hay un mejor mundo posible.


Vamos a asumir, por el bien del argumento, que de hecho es verdad que no existe ese mejor mundo posible. Aunque existieran infinitos posibles mundos y no existiera el mejor mundo de entre todos ellos de ahí no se sigue que cualquiera de esos mundos sea igualmente aceptable por un ser omnibenevolente y omnipotente. En realidad deberá existir un mundo que contenga la mínima cantidad de mal aceptable por un ser omnibenevolente y omnipotente. Si existe un Dios con esas características, entonces, aunque no exista el mejor mundo posible, ese Dios debería haber creado un mundo donde la cantidad de mal en él es la mínima aceptable.

Así que la cuestión es, ¿es nuestro mundo un mundo con la mínima cantidad de mal posible?

La primera premisa del argumento del mal dice que:” Suceden cosas terribles”. ¿Pero qué causas provocan esas cosas terribles? Podemos aglutinar esas posibles causas en dos categorías, las causas humanas, es decir, aquellas acciones y decisiones llevadas acabo por los seres humanos que provocan dolor, sufrimiento, y en resumen, que sucedan cosas terribles. Y por otro lado causas no humanas, como por ejemplo, toda clase de desastres naturales.

Se argumenta que el mal generado por nosotros, los seres humanos, es debido a que tenemos libre albedrío. No vamos a discutir si lo tenemos o no. Podemos suponer que lo tenemos, es más podemos suponer que un mundo en el que tenemos libre albedrío es siempre mejor que un mundo en el que no lo tenemos. Entonces en este caso, el mundo con el mínimo mal posible sería aquel en el que existe un mal causado por el libre albedrío de los seres humanos y al mismo tiempo no existe mal causado por causas no humanas.

Por otro lado, podemos negar que tengamos libre albedrío, o incluso podemos afirmar que un mundo sin libre albedrío siempre sería mejor que uno donde los humanos tuviéramos esa libertad. En este caso el mundo con la mínima cantidad de mal asumible sería un mundo en el que no tenemos libre albedrío y además no existe mal causado por causas naturales.

Parece quedar claro que nuestro mundo no es ninguno de los anteriores. Esto es así porque en nuestro mundo existen causas no humanas que son la fuente de cosas terribles, o por decirlo de otra forma, que introducen mal en el mundo. Por lo tanto la respuesta propuesta por la tesis de “No existe el mejor mundo posible” no rebate el argumento del mal. Si existe un Dios omnipotente y omnibenevolente y al mismo tiempo no existe el mejor mundo posible, entonces, ese Dios habría creado el mundo con la menor cantidad de mal admisible, pero como hemos visto ese no es el caso de nuestro mundo, por lo tanto no parece que exista un Dios omnipotente y omnibenevolente.

“No existe el mejor mundo posible” y la omnipotencia


Podemos encontrar un problema más con la tesis de la inexistencia del mejor mundo posible. Si no existe el mejor mundo posible, esto significa que dicho mundo no puede ser creado. Dicho de otro modo, debe haber una regla como la que sigue: “Es imposible crear el mejor mundo”, si Dios no puede desobedecer esa regla, entonces, hay una cosa que él no puede hacer, a saber, Dios no puede desobedecer esa regla, por lo tanto no puede ser omnipotente. Por otro lado, si sí puede desobedecer dicha regla o si sencillamente puede cambiarla permitiendo así el poder crear el mejor mundo posible, entonces surge la pregunta ¿Por qué no cambia o desobedece dicha regla? Si no puede desobedecer la regla o cambiarla, una vez más hay cosas que no puede hacer y por lo tanto no puede ser omnipotente. Por último, si no quiere cambiar o desobedecer la regla, entonces se niega voluntariamente a hacer el mejor mundo posible por lo tanto no puede ser omnibenevolente.

Por lo tanto, la respuesta de “No existe el mejor mundo posible” no consigue superar el argumento del mal. Por lo que la existencia de un Dios omnipotente, omnibenevolente y omnisciente sigue siendo más que dudable.


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28 abr 2014

Evolucionismo y teología


Siempre he admirado a las personas que dedican su vida a la búsqueda de la verdad, a los que tienen dudas,  tengan o no tengan fe; y siempre me han parecido odiosas las personas que, para chanchullear con el mundo, renuncian a buscar la verdad. A algunos de estos chanchulleros me los he encontrado departiendo sobre la tesis darwiniana del evolucionismo y los dogmas teológicos del cristianismo; enseguida, en cuanto los confrontas con esta espinosa cuestión, saltan como resortes: «No hay conflicto alguno entre evolucionismo y cristianismo». Y, ciertamente, no tendría por qué haberlo si ambos fuesen ciertos, porque la ciencia y la fe tienen el mismo fin, que es el hallazgo de la verdad, aunque sus procedimientos sean diversos (el método empírico en la ciencia, la Revelación en la fe). Pero la cruda verdad es que las tesis de Darwin y el dogma cristiano colisionan de frente. Esto es algo que todos los evolucionistas ateos o agnósticos con los que he conversado tienen clarísimo (en lo que, al menos, demuestran probidad intelectual); pero algo que los evolucionistas creyentes prefieren ignorar, en un ejercicio flagrante de deshonestidad intelectual. Ofreceré aquí, apenas esbozadas, algunas de estas colisiones insalvables:

1) Según el dogma cristiano, la Creación fue perfecta en un comienzo y la muerte apareció como consecuencia del pecado. Pero una cosa es afirmar que la perfección originaria de la Creación quedó luego degradada por el pecado, que hace inevitable la lucha por la existencia, y otra completamente distinta... ¡afirmar que esa lucha por la existencia habría sido el método elegido por Dios para llevar a cabo la perfección de la Creación originaria! El científico evolucionista Jacques Monod afirmó en cierta ocasión: «La selección natural es el medio más ciego y más cruel de desarrollar nuevas especies. La lucha por la existencia y la eliminación de los más débiles es un proceso horrible... Me sorprende que un cristiano quiera defender la idea de que este es el proceso que Dios estableció para realizar la evolución». En efecto, resulta inconcebible según la fe cristiana imaginar un mundo previo a la caída del hombre en donde la vida en la tierra estuviese regida por la selección natural. Sin embargo, parece evidente que la selección natural, según las tesis darwinianas, fue la ley que rigió la evolución de las especies desde que apareció la vida en la tierra, y no solo desde la caída del hombre, que necesariamente hubo de ser (según estas mismas tesis) muy posterior. Resulta llamativo que un científico ateo como Monod repare en esta paradoja y, en cambio, todos los científicos creyentes la soslayen.

2) Pero si la ley de la selección natural presupone un Dios cruel, mucho más cruel todavía resulta si tratamos de conciliar el dogma del pecado original con las tesis evolucionistas. En realidad, tal dogma solo resulta asumible desde una concepción monogenista de la especie humana, pues el pecado original es uno en origen y se transmite por generación, al modo de una enfermedad hereditaria. Pero la ley de selección natural exige aceptar el poligenismo: muchas, infinidad de parejas de homínidos progresivamente evolucionados que, a lo largo de los siglos, van transformándose hasta convertirse en seres humanos plenos. Aceptar que todo ese hormiguero de parejas pecaron sería tanto como defender un aciago determinismo y negar la libertad humana; o, todavía peor, aceptar que un Dios maquiavélico las creó sin libertad para resistirse al pecado. Si no fue una la pareja originaria, no puede concebirse la existencia del pecado original; y, si no hay pecado original, ¿para qué bautizar a los niños? Y, todavía más, si no hay pecado original, ¿qué sentido tiene la Redención de Cristo? H. G. Wells, en su Esquema de la historia, lo escribe sin ambages: «Si todos los animales y el hombre se han desarrollado mediante evolución, si no ha habido primeros padres, ni Edén, ni Caín, todo el edificio del Cristianismo, la historia del primer pecado y la razón de su expiación, se derrumban como un castillo de naipes». Y el publicista ateo G. Richard Bozarth lo dice de forma aún más descarnada: «El evolucionismo destruye por completo la razón por la cual la vida terrenal de Cristo habría sido supuestamente necesaria. Demoled a Adán y Eva y el pecado original y, entre los escombros, hallaréis los lamentables despojos del Hijo de Dios».

En Monod, en Wells y hasta en Bozarth puedo descubrir cierta probidad intelectual. No me ocurre así en los chanchulleros que pretenden que no hay conflicto alguno entre el evolucionismo y la fe cristiana.

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