6 nov 2012

Google: mapa del inconsciente colectivo (¿qué nos dicen de nuestra civilización las búsquedas realizadas?)

¿Qué dice de nuestra cultura, de nuestra sociedad, de este momento histórico, algo aparentemente tan trivial como los textos con los que Google sugiere de inmediato completar nuestra búsqueda?


En la prehistoria del Internet dos compañías se disputaban el liderazgo en el incipiente negocio de los motores de búsqueda, Google y Yahoo. De este último casi nadie se acuerda (aunque aún exista algún despistado que tenga cuenta de correo con ellos), pero el mundo como lo conocemos e inventamos día a día sería impensable sin Google. ¿Tienes una duda?, no te preocupes: escríbela en el gran oráculo de Google y la respuesta te encontrará —no puede hacer otra cosa, su famoso algoritmo está diseñado para eso. ¿No recuerdas la dirección de correo electrónico de alguien? No importa, si alguna vez te ha enviado o les has enviado un email su dirección está almacenada en tu Gmail. Podríamos seguir así con otros servicios de la compañía y tendríamos, grosso modo, una cartografía del Internet: Chrome, Maps, Gtalk, Reader, YouTube e incluso Android para nuestros dispositivos portátiles. Pero, ¿podría Google decirnos algo sobre los seres humanos actuales a pesar de sí mismo, o, para decirlo de otro modo, podría Google hacer un retrato involuntario de la sociedad postindustrial en que vivimos?
Cuando introducimos las primeras palabras de una búsqueda en Google, la función de autocompletar arroja búsquedas estadísticamente frecuentes entre los usuarios, algunas veces, con cómicos efectos. Fue en uno de estos ejercicios donde caí en cuenta que Google parece saber más sobre nosotros que los obsoletos gurús del marketing. Si bien es cierto que los resultados arrojados se determinan por el tipo de formulaciones que el usuario realice (así como de su nivel socioeconómico, la geografía y otra serie de variables demográficas), para cada una hay sugerencias graciosas, deslumbradoras o simplemente interesantes por lo que revelan de los usuarios. Por ejemplo, si ingresamos la formulación de pregunta “cómo hago para”, la función de autocompletar agrega
1) “—que me salga barba”,
2) “—desbloquear mi cuenta de Hotmail”,
3) “—que no se vean mis amigos en Facebook”,
4) “—tener gemelos.”
Los resultados, por azarosos que pudieran parecer, dicen mucho sobre el estilo de vida en la civilización actual. Es por eso que trataremos de ver en estas aparentemente inocentes sugerencias algunos rasgos de nuestra forma de hacer comunidad y sobre los registros o huellas que colectivamente conformamos en nuestras prácticas en Internet.

—que me salga barba
Suponemos que los cientos o miles de personas que han buscado “cómo hago para que me salga barba” deben ser predominantemente hombres —hombres que, puesto que no tienen barba, deben estar en el duro trance de la adolescencia. La adolescencia, esa deferencia que tiene para consigo misma la clase media, ese periodo donde la incertidumbre con respecto al futuro puede experimentarse con total impunidad (a excepción de otros periodos históricos y otro tipo de sociedades y clases sociales) es precisamente el periodo donde la avidez de la atracción sexual comienza a hacer fiestas en los pantalones de los que hace poco fueron niños. Si un adolescente hombre pregunta cómo hacer para tener vello facial es probablemente porque desea identificarse con los atributos simbólicos asociados a la barba: hombría, virilidad o la simple ligereza de quien no tiene que gastar un centavo en navajas de afeitar. Con todo, es posible que el deseo por tener una barba que no se tiene pueda deberse sobre todo a percibirse a sí mismos como hombres, y con ello, acceder al universo simbólico en el que no serán vistos más como niños.

—desbloquear mi cuenta de Hotmail
Otro de los grandes emporios del Internet es MSN, quienes lideraron durante años el servicio de correo electrónico con Hotmail y de comunicación instantánea con Messenger a principios del siglo XXI. Pero con la irrupción de nuevas maneras de comunicarse y estar en contacto como Twitter, Facebook y correos electrónicos tan eficientes como Gmail, mucha gente comenzó a dejar de utilizar el correo electrónico de MSN, o lo utilizan (como es mi caso) para dárselo a gente de la que no queremos saber nada, o igualmente para registrarnos en algunos servicios en línea, volviéndolo un enorme tiradero virtual de notificaciones, boletines de noticias, códigos de confirmación y toneladas de correo no deseado. El problema viene cuando sabemos que nos han enviado algo importante a Hotmail y no podemos recordar la estúpida contraseña con que dimos de alta nuestro correo hace muchos, muchos años. Ya se trate de un cambio generacional o tecnológico, Google en sus resultados sugeridos advierte también sobre el cambio de nuestros hábitos en línea y nuestras preocupaciones relacionadas con estos.

—que no se vean mis amigos en Facebook
Otra muestra de lo anterior es la gente que ha buscado maneras para que gente non grata sea incapaz de saber quiénes integran nuestra lista de contactos de Facebook. Desde que decimos “amigos de Facebook” estamos siendo demasiado optimistas: muchos son familiares, contactos de trabajo, antiguos compañeros de colegio, en fin, una cantidad de rostros dentro de un libro, libro según el cual estamos a seis contactos o grados de distancia de virtualmente cualquier otra persona en el planeta. Pero es posible que nuestros verdaderos y queridos amigos se encuentren también en Facebook (a menos que cultiven el olvidado arte de la discreción o sean auténticos misántropos), y que deseemos protegerlos de las irrupciones de gente desconocida.
Más allá de las maneras en que Facebook mismo permite personalizar los niveles de privacidad y visibilidad de nuestra cuenta, me parece sintomática la paradoja de que la gente busque maneras de volver un espacio casi por definición “público” como el Internet en pequeñas parcelas privadas, donde queden a resguardo de merodeadores y stalkers. Este resultado también da cuenta de la preocupación por la seguridad que se vive en distintos países del mundo, sobre todo desde que los medios masivos (especialmente los noticieros por televisión) han construido la percepción de que Internet es un sitio sumamente inseguro para ir a solas; en parte es cierto, pues con el conocimiento técnico y creativo suficiente uno puede conocer toda la información que una persona haya puesto en un sitio de Internet (incluso se sabe que Anonymous filtró los datos personales del infame oficial de policía que roció la cara de unos chicos con un spray de pimienta en Occupy Wall Street, me parece), pero creo que la angustia de los usuarios por mantener a resguardo su información no tiene que ver tanto con el riesgo de ser secuestrado o molestado virtualmente, sino con una visión desmedida sobre el propio ego, rasgo que podría ser definitorio de nuestra civilización: pasamos tanto tiempo personalizando las páginas y aplicaciones que usamos que, de pronto, parece como si todo dispositivo electrónico nos hablara precisamente a nosotros.
En un plano práctico esto es visible en los AdWords de Google en Gmail o en ciertas páginas que los utilizan, y en el plano obsceno, es audible en Siri de iPhone, voz computarizada que, como el algoritmo de búsquedas de Google, se va adecuando a tus búsquedas, intereses, recurrencias, obsesiones y haciéndote creer único por el hecho de que un dispositivo electrónico te conozca mejor que nadie.

—tener gemelos
Además de estas proyecciones fantaseadas que hacemos sobre nuestro propio yo, el tener hijos es una forma, para muchas personas, de realizar algo que puedan percibir como trascendente en sus propias vidas. La gente tiene hijos por las más diversas razones: descuidos con los métodos anticonceptivos, presiones familiares, tradición, delirios religiosos, y pareciera que la función reproductiva queda relegada a un ámbito ínfimo y secundario. Es por eso que si consideramos lo dicho anteriormente sobre la proyección idealizada del yo en los hijos y el hecho de que Google consigne en sus sugerencias para “cómo hago para” que una preocupación muy recurrente es el lograr engendrar gemelos, tenemos otra Polaroid del mundo actual: ¿por qué procrear sólo un mini me si puedo tener dos en el mismo viaje? Y de ahí, señores, sólo hay un paso para tener nuestro propio ejército de clones y conquistar la galaxia.
La hipótesis final es que Google está haciendo algo que anteriormente hizo el cine: no representan la proyección o la solución de nuestros deseos y problemas, sino que son en sí mismas lo que debemos desear, nos dicen que desear y cómo, aparentemente, conseguirlo. Si a partir del inconsciente freudiano Carl Jung desarrolló el concepto de inconsciente colectivo (la estructura persistente en las civilizaciones humanas que, a la manera de un lenguaje, registra y transmite a través de las generaciones residuos simbólicos que se manifiestan en el arte, el comportamiento social y la imaginación sin pasar por el filtro de la razón conciente), no sería descabellado pensar que el rizoma o tramado de puntos que conecta las subjetividades humanas puede funcionar de manera similar al algoritmo de búsqueda de Google: un sistema simbólico sumamente dúctil y adaptable que contiene, como un aleph borgeano, el estado de una civilización en un determinado momento. En este caso el de la nuestra.


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