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24 ene 2016

El invento de la autonomía moral


La autoconciencia, la autodeterminación y la autonomía se hicieron principios básicos de "la" praxis racional y revolucionaria. La invención de la autonomía es un largo camino intelectual y político en Occidente, un combate iniciado por Lutero, Calvino, el republicanismo escéptico, Suárez, Grocio, Pufendorf. 
El perfeccionismo racionalista, que giraba en torno al hombre moderno como autónomo, siguió madurando con el estoicismo "cristianizado", Descartes, Malebranche, Spinoza, en una línea bien nítida que culmina con Diderot, Lessing, Rousseau en lo político y Kant-Fichte-Hegel en lo teorético. Nietzsche sabía esta conexión intrínseca y primordial cuando afirma en el prólogo a Aurora que a Kant "le picó esa tarántula moral que se llamó Rousseau". El término era aquel con que Kant denominaba, en su Crítica de la razón práctica, la capacidad de la razón humana de darse a sí misma leyes morales sin derivarlas ni de algo inferior (deseos, intereses egoístas, etc.) ni superior (Dios) o exteriores y formales (autoridad, tradición, estado). 
Autonomía es negar toda trascendencia. Si las reglas de la propia acción vienen de alguna manera derivadas de otra cosa que no sea la razón del sujeto, nos encontramos en una situación de heteronomía. Un concepto difícil, pero que significa que se imponen leyes externas o ajenas al sujeto mismo. (...) el ciudadano es soberano, es autónomo, en cuanto él como sujeto es en acto poder legislativo y ejecutivo, y es el súbdito de sus propias y autogeneradas políticas. Análogamente Kant afirmaba que la moralidad (...) debe ser la sumisión incondicional a leyes que nuestra propia razón se ha impuesto. 
En sus propias palabras: "Un hombre dependiente ya no es un hombre, ha perdido toda dignidad, no es más que el accesorio de otro hombre". Es el valiente grito de Sapere aude! (...). La loca y subversiva idea del Sapere aude!, de la autonomía, penetra e invade todas las instituciones educacionales, llega a la universidad que la transmite a través de su Bildungsmaschine bajo la forma de la "Libertad de Cátedra" (...), que para Nietzsche es un escándalo. (...) Nietzsche, de vuelta recurriendo a la autoritaria paideia de Platón, tiene el medicamento preciso para esta enfermedad de la Modernidad: "En otras épocas creían deber implantar y trasplantar a los estudiantes la Dependencia, la Selección, la Sumisión al Orden natural, la Obediencia y un deber rechazar cualquier tipo de presunción de Autoemancipación o Autonomía".

Nicolás González Varela, 2010
Nietzsche contra la democracia


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3 sept 2015

La obediencia como virtud

O sobre el miedo cultural a decir que no


La mayoría de la gente siente literalmente agobio físico y miedo ante la idea de desobedecer a alguien con "Autoridad", no pueden decir "No, eso yo no lo hago", porque va en contra de sus muchos años de "programación y adoctrinamiento", aleccionados como han sido para creer que si obedeces eres bueno y si no lo haces eres malo, ese es el mensaje que transmite principalmente la escuela, y ese mensaje es machaconamente introducido en las tiernas cabezas de la gente. (...) Son educados e inducidos por sus padres, por la escuela, por el Gobierno, por la cultura, por todos los mensajes autoritarios incorporados en todo, a creer que la obediencia es una virtud. Erigid una cultura que induzca a pensar así y surgirá un sombrío psicópata en lo alto ordenando cosas insensatas y gente respondiendo “debo acatar órdenes, debo obedecer la ley, debo hacer lo que se me manda porque es una virtud”, y entonces se pondrán en marcha y harán cosas terribles.


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22 jun 2015

Contra la modernidad

El interés que guía al filósofo moralista es, más que rastrear el paso de la humanidad de un tipo de civilización a otro, distinguir en cada tipo de civilización lo bueno y lo malo que comporta.
Jorge Santayana, 1951
Dominaciones y potestades



Conviene dilucidar y reconocer llegado el caso qué ideas e instituciones modernas, y en qué medida, podemos aprovechar y reutilizar después de una criba antimoderna o posmoderna equilibrada (si se me pide podría proponer algunas, por aquello de concretar; valga de momento una rápida referencia al materialismo y al anarquismo, fuente de conocimiento el primero y de justicia el segundo; también entendidos como maneras, si bien parciales y matizables ad infinitum, de comprender y estar en el mundo respectivamente), es decir, un análisis que, al menos en la intención, sea imparcial y saque lo positivo de cada época y lugar de la Tierra (o dicho al revés, una crítica que también recuerde lo negativo que se ha dejado atrás y a los lados, que puede ser mucho o poco, pero algo en cualquier caso). Lo digo porque una omisión de estas características por nuestra parte -especialmente por la mía, dado mi conflicto de interés al sentirme identificado con gran parte de los ideales románticos, pesimistas y críticos con la idea de progreso- podría interpretarse como un anhelo o nostalgia desmedida por un mundo y un paradigma tradicionales, a mi juicio y hechas todas las cuentas, igualmente problemáticos en términos políticos y metafísicos. Tal vez no tan problemático como el actual, quién sabría decirlo con seguridad matemática, pero en algo probablemente sí: ¿acaso debe ser recuperada formalmente, tal como proponen desde la Revista Raigambre, aquella prescripción autoritaria de Federico II de Prusia, apodado el Grande y para los nazis el predecesor de Hitler: "Razonad sobre lo que queráis y tanto como queráis, pero obedeced"?

No somos pocos quienes pensamos y sentimos ahora y siempre que, de ser algo, fue más bien lo contrario de Grande (en lugar de enfrentarse al maltrato de su padre, lo cual, bien lo saben las víctimas, requiere más valor que mil hazañas de guerra, prefirió reprimir y disociar su odio primigenio y enfrentarse al mundo empezando por Austria y terminando por Polonia, igual que el niño asustado Nietzsche, igual que el niño herido Hitler, aunque cada uno a su manera y desde roles diferentes; no por casualidad el filósofo demostraba siempre que podía su aprecio y afinidad por otro célebre Federico II, en este caso de Hohenstaufen, "ese gran espíritu libre, ese genio entre los emperadores alemanes", así como por otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César"). Tampoco somos pocos quienes ante propuestas como la deltradicionalista -por decirlo con amabilidad- Manuel Fernández Espinosano podemos menos que disentir con la razón de los ilustrados y con el corazón de los niños maltratados que un día también fuimos: "El hombre moderno ha despreciado la autoridad y la tradición (sus motivos habría que irlos a buscar en profundos desarreglos del alma, en lo que la religión ha llamado pecados capitales). (...) La tradición, cuando lo es, forma un tipo humano mejor definido, con menos dubitaciones, con mayor seguridad (...), un individuo mucho más eficaz que cualquier filosofante que todo lo quiere someter a examen minucioso con su razón abstracta, en debates interminables que nada resuelven y más bien complican". Un individuo, en resumen, que obedezca a los que filosofan en su nombre. Debatir o dominar, dudar u obedecer, en casa o en el trabajo, he ahí el dilema irresoluble de la humanidad. Todo crítico debe abstraerse de la realidad visible, si bien parcialmente, para percibir el conjunto, para pasar de ver solo el territorio a ver el mapa y también el territorio (el capitalismo se mostró ante nosotros más fácilmente desde que los marxistas nombraron sus mentiras que no por abstractas dejan de ser materiales y medibles), y el que le niega esa capacidad a los demás por considerarlos inferiores en juicio mientras él la exprime en su beneficio de clase (jerga marxista, lo sé, pero no por ello dejan de existir las clases), no es un crítico de fiar, al menos no uno que nos considere sus iguales, uno que cuando nos mira vea personas libres en lugar de fichas en un tablero cuyas reglas, heredadas acríticamente de sus padres, ha impuesto él.  

En otras palabras, ¿hasta qué punto debemos "desmarcarnos definitivamente" y adoptar posturas "radicalmente ajenas al paradigma moderno", como propone Esaúl? Mucho hemos de alejarnos de la modernidad, sin duda, pero cuánto exactamente y en qué dirección, no estoy seguro. La obra del místico René Guénon es valiosa, y "la noción de alma" también, pero por sí solas o como hincapié intelectual me recuerdan, tal vez equivocadamente o sin motivo, a eso que se dice del efecto péndulo: un excesivo modernismo puede producir, por reacción natural, un igualmente excesivo antimodernismo. El exceso de racionalismo no se cura con exceso de tradicionalismo, y viceversa. Los crímenes -no solo físicos- en nombre de la Ilustración y del Progreso no deben hacernos minimizar los crímenes en nombre de la Tradición. Toda reacción, en un sentido o en otro, tiene algo de razón y algo de sinrazón, de luz y de oscuridad, aunque no siempre sea fácil distinguir lo uno de lo otro (he aquí, por cierto, una tesis pesimista: cuantificar u observar con los ojos y fabricar con las manos siempre será más sencillo para nuestra especie que demostrar con la razón, de ahí que este último modo de conocimiento aplicado, más abstracto que el empirismo y la tecnociencia, requiera una dedicación y precaución especiales).

Por ejemplo, el falangismo de José Antonio Primo de Rivera tenía razón en su reacción al liberalismo y a aquel socialismo que, siendo "justo su nacimiento" y "una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal", desgraciadamente "vino a descarriarse" (en sus propias palabras), ¡pero es que a renglón seguido no escatima en gastos, pues defiende sin tapujos ni empatía lo mismo pero en sentido opuesto, esto es, "un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden", un "Estado totalitario" que "alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes" y "la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria"! ¡Menuda tercera posición la suya! Para eso... para eso más vale una falsa democracia como la nuestra que una real dictadura como la suya. Antes la decadencia, el nihilismo y la alienación burguesas que una salvación impuesta y hecha a medida del que la propone. Tal vez el socialismo trajera, "lo mismo que el liberalismo económico", "la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres", pero ¿acaso no trajo lo mismo o peor el falangismo de Primo de Rivera primero y de Franco Bahamonde después? Si algo creo haber aprendido en estos últimos años y meses es que el moralismo llama a las puertas de los críticos sociales con tanta insistencia que no es fácil, aunque tampoco imposible, resistirse a sus cantos de sirena, al consuelo que da sentirse en posesión de la verdad, y tomar distancia de nuestras propias creencias morales y proponerlas con cuidado (siempre es mejor practicarlas uno mismo que recomendarlas, aunque esto último vaya implícito hasta cierto punto en nuestra naturaleza). La ética es una ciencia, lo mismo que la ciencia es una ética. Verlo de esa manera, lejos de hacernos más dogmáticos (¡bastante tenemos ya con lo nuestro!), ayuda a no dar nada por sentado durante más tiempo del debido (¿y quién dice cuánto es lo debido? Buena pregunta), a amar el Conocimiento por encima de nuestros conocimientos, a no tener nada por irrenunciable, salvo en mi caso la premisa sobre la que se sostiene todo lo anterior: libertad, siempre libertad. Ante la duda, ante el miedo y ante la angustia, libertad. ¿Queréis orden? Dejad de temer al desorden. 

¿Amas al prójimo, amigo católico? No me lo digas y enséñamelo. ¿Cómo? Deja que me pose en la copa más alta o que corra por las tierras más enfangadas. Fiat iustitia, et pereat mundus. Demuéstrame con tus manos de carpintero del mundo que no es cierto que el último cristiano muriera en la cruz. Porque aun en los tiempos más liberales ymodernos que hayan visto nuestros ojos de pequeños historiadores, la obediencia y el miedo a dioses viejos y nuevos han gobernado el mundo en sucesión. Por esa vía, con ropas tradicionales unas veces y progresistas otras, el mal no ha hecho más que acumularse mientras se arañaban algunos bienes (¿hace falta recordar el siglo veinte, o el diecisiete, aquel de las guerras civiles por antonomasia?), de manera que... ¿qué mal puede hacernos intentar lo contrario?, ¿acaso la solución, si es que existe, pasa por más autoridad y yo no me he enterado? No sería la primera vez :P


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23 mar 2015

Poder y estupidez


o por qué el Poder no selecciona a los buenos, a los escépticos, etc. 
La incompetencia de los poderosos no se debe a su inteligencia. Vamos a concederles que la tienen. Se debe a su falta estructural de racionalidad. Y no es por casualidad sino porque la carrera del poder está organizada para que quienes suban por las escalerillas lo hagan impulsados por formas de juicio, decisión o acción que bordean sistemáticamente la sociopatía. Quizá tenga su lógica (en ciertos contextos lo más efectivo es comportarte como un loco), pero cuando miramos desde lejos el bosque del poder descubrimos con terror que está lleno de monstruos (o casi).

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23 oct 2014

El mito de la concienciación

  El poeta tumbado (1915) de Marc Chagall  

Como casi siempre, las ideas que transformo en palabras y que después publico en este espacio se me ocurren a altas horas de la noche, justo cuando mi mente está más saturada o cuando amanèsco con una especie de sueño pensante pero también, por esa misma razón, más necesitada de compartir con vosotros mis solitarias horas de lecturas en forma de publicaciones que no por ser desinteresadas dejan de ser al mismo tiempo un tanto narcisistas (el acto de escribir tiene algo de presuntuoso, de endiosamiento transitorio, de malestar; todo escritor/a es un pequeño fanático, un sutil y comedido tirano de las ideas, y el que lo niega lo es aún más). Siempre he envidiado, aunque no hasta el punto de quitarme el sueño, el hábito y la disciplina de quienes se levantan temprano para ponerse a escribir. Por lo pronto, porque consumen menos electricidad. En mi caso, desafortunada y quizá temporalmente, no suelo tener nada interesante que escribir hasta bien entrada la tarde, como si durante el sueño nocturno hiciese borrón y cuenta nueva y me tomase las mañanas libres. Libres de todo razonamiento complicado o «intelectual» para centrarme en tareas más, por así decir, mundanas, y precisamente por eso más necesarias. Creo que el Hugo de por la mañana siempre es un Hugo más optimista y despreocupado, más cándido e iletrado, más corporal y menos mental. Seguro que no soy el único que ha experimentado esta especie de bipolaridad. 

Emil Cioran, predicador de la no predicación, conocido también por pasar largas noches en vela, escribió de buena tinta en el 33 y en el 49 respectivamente que "el sueño hace olvidar el drama de la vida, sus complicaciones, sus obsesiones; cada despertar es un nuevo comienzo y una nueva esperanza. La vida conserva así una agradable discontinuidad, que da la impresión de una regeneración permanente". ¿Cuántos podrían al poco de despertarse plantearse siquiera lo siguiente: "La injusticia gobierna el universo. (...) Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos"? Pocos, seguramente. Quizá ni el propio Cioran, quien puede que lo escribiera, o cuando menos lo pensara, durante la noche. Al parecer, la falta de luz natural, la artificialidad que reina en la ciudad, la ausencia de las distracciones matutinas, el silencio, el cansancio acumulado de todo el día y una vela para las «noches en vela» crean las condiciones idóneas para que tenga lugar una especie de lucidez de gran valor, aunque no sin riesgos. Estoy pensando por ejemplo en Nietzsche, o en Spengler, o en Mainländer. Atormentados que crearon igualmente una filosofía no menos atormentada. Aunque ya se sabe lo que ocurre con los nuevos mártires, ahora posmodernos: las noches de tormenta bien pueden matar al «iluminado», pero también pueden alumbrar a los demás. Como escribía un joven Cioran en algún lugar de Transilvania, "los paseos solitarios -extraordinariamente fecundos y peligrosos a la vez para la vida interior- deben realizarse sin que nada turbe el aislamiento del ser humano en este mundo, es decir, por la noche, a la hora en que ninguna de las distracciones habituales puede ya interesarnos, cuando nuestra visión del mundo emana de la región más profunda del espíritu". 

En fin, lo que viene a continuación -que es lo que realmente da título al post de hoy y que poco tiene que ver con lo anterior salvo que sucedió de madrugada- es lo que se me ocurrió pensar la otra noche: cambiar el modo de pensamiento está bien, cambiar el modo de comportamiento también, pero si no se trata asimismo de cambiar el modo de asentamiento, la tan deseada y proclamada concienciación sin reestructuración espacial solo puede devenir en una suerte de esquizofrenia moral, de buena conciencia, de espera eterna entre manglares de cemento y vallas publicitarias en solares baldíos. Si lo primero y lo segundo es difícil, lo tercero no lo es menos. ¿El mayor obstáculo? En mi limitada experiencia, la familia, los amigos. El amor, paradójicamente. Tal vez no dependamos de ellos para las dos primeras fases, pero sí para la tercera. Quizá no intelectualmente, pero sí física, económica y emocionalmente. ¿Ecoaldeas, pueblos ocupados, terrenos en el campo, huertos urbanos, cooperativas integrales, micromundos mejores...? Cosa de solteros aventureros o de familias nucleares de nueva creación (o de procreación, como las llaman los antropólogos, es decir, las que se forman cuando nos casamos y nos distanciamos de la familia de origen o de orientación). Las familias extensas y de origen, en cambio, tienden a aferrarse a una inercia difícil de cambiar, de ahí que las alternativas y los experimentos sociales, aun basándose en sólidas razones y anhelos, no sean tan frecuentes como nos gustaría. ¡Ahora bien, no todo es oscuridad en las oquedades del «infierno»! El camino tiene piedras y vamos descalzos, mas hay camino y hay señales, que no es poco.
La degradación irreversible de la vida terrestre debida al desarrollo industrial ha sido denunciada y descrita desde hace más de cincuenta años. Quienes explicaban el proceso, sus efectos acumulativos y los previsibles puntos de no retorno, pensaban que una toma de conciencia le pondría término mediante algún tipo de cambio. Para unos, tenían que ser reformas conducidas activamente por los Estados y sus expertos; para otros se trataba principalmente de una transformación de nuestro modo de vida, cuya naturaleza exacta seguía siendo en general bastante vaga; por último, los había incluso que pensaban, más radicalmente, que era toda la organización social existente la que tenía que ser derribada por una transformación revolucionaria. Fuesen cuales fueren sus desacuerdos en cuanto a los medios que había que emplear, todos compartían la convicción de que un conocimiento de la envergadura del desastre y de sus consecuencias ineluctables conduciría al menos a cierto cuestionamiento del conformismo social, o incluso a la formación de una conciencia crítica radical. En resumidas cuentas, que no sería en vano. Contrariamente al postulado implícito de toda la «crítica de los efectos nocivos» (...) según la cual el deterioro de las condiciones de vida sería un «factor de rebelión», fuerza es constatar que el conocimiento cada vez más preciso de este deterioro se integraba sin fricciones en la sumisión (...).

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