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22 jun 2015

Contra la modernidad

El interés que guía al filósofo moralista es, más que rastrear el paso de la humanidad de un tipo de civilización a otro, distinguir en cada tipo de civilización lo bueno y lo malo que comporta.
Jorge Santayana, 1951
Dominaciones y potestades



Conviene dilucidar y reconocer llegado el caso qué ideas e instituciones modernas, y en qué medida, podemos aprovechar y reutilizar después de una criba antimoderna o posmoderna equilibrada (si se me pide podría proponer algunas, por aquello de concretar; valga de momento una rápida referencia al materialismo y al anarquismo, fuente de conocimiento el primero y de justicia el segundo; también entendidos como maneras, si bien parciales y matizables ad infinitum, de comprender y estar en el mundo respectivamente), es decir, un análisis que, al menos en la intención, sea imparcial y saque lo positivo de cada época y lugar de la Tierra (o dicho al revés, una crítica que también recuerde lo negativo que se ha dejado atrás y a los lados, que puede ser mucho o poco, pero algo en cualquier caso). Lo digo porque una omisión de estas características por nuestra parte -especialmente por la mía, dado mi conflicto de interés al sentirme identificado con gran parte de los ideales románticos, pesimistas y críticos con la idea de progreso- podría interpretarse como un anhelo o nostalgia desmedida por un mundo y un paradigma tradicionales, a mi juicio y hechas todas las cuentas, igualmente problemáticos en términos políticos y metafísicos. Tal vez no tan problemático como el actual, quién sabría decirlo con seguridad matemática, pero en algo probablemente sí: ¿acaso debe ser recuperada formalmente, tal como proponen desde la Revista Raigambre, aquella prescripción autoritaria de Federico II de Prusia, apodado el Grande y para los nazis el predecesor de Hitler: "Razonad sobre lo que queráis y tanto como queráis, pero obedeced"?

No somos pocos quienes pensamos y sentimos ahora y siempre que, de ser algo, fue más bien lo contrario de Grande (en lugar de enfrentarse al maltrato de su padre, lo cual, bien lo saben las víctimas, requiere más valor que mil hazañas de guerra, prefirió reprimir y disociar su odio primigenio y enfrentarse al mundo empezando por Austria y terminando por Polonia, igual que el niño asustado Nietzsche, igual que el niño herido Hitler, aunque cada uno a su manera y desde roles diferentes; no por casualidad el filósofo demostraba siempre que podía su aprecio y afinidad por otro célebre Federico II, en este caso de Hohenstaufen, "ese gran espíritu libre, ese genio entre los emperadores alemanes", así como por otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César"). Tampoco somos pocos quienes ante propuestas como la deltradicionalista -por decirlo con amabilidad- Manuel Fernández Espinosano podemos menos que disentir con la razón de los ilustrados y con el corazón de los niños maltratados que un día también fuimos: "El hombre moderno ha despreciado la autoridad y la tradición (sus motivos habría que irlos a buscar en profundos desarreglos del alma, en lo que la religión ha llamado pecados capitales). (...) La tradición, cuando lo es, forma un tipo humano mejor definido, con menos dubitaciones, con mayor seguridad (...), un individuo mucho más eficaz que cualquier filosofante que todo lo quiere someter a examen minucioso con su razón abstracta, en debates interminables que nada resuelven y más bien complican". Un individuo, en resumen, que obedezca a los que filosofan en su nombre. Debatir o dominar, dudar u obedecer, en casa o en el trabajo, he ahí el dilema irresoluble de la humanidad. Todo crítico debe abstraerse de la realidad visible, si bien parcialmente, para percibir el conjunto, para pasar de ver solo el territorio a ver el mapa y también el territorio (el capitalismo se mostró ante nosotros más fácilmente desde que los marxistas nombraron sus mentiras que no por abstractas dejan de ser materiales y medibles), y el que le niega esa capacidad a los demás por considerarlos inferiores en juicio mientras él la exprime en su beneficio de clase (jerga marxista, lo sé, pero no por ello dejan de existir las clases), no es un crítico de fiar, al menos no uno que nos considere sus iguales, uno que cuando nos mira vea personas libres en lugar de fichas en un tablero cuyas reglas, heredadas acríticamente de sus padres, ha impuesto él.  

En otras palabras, ¿hasta qué punto debemos "desmarcarnos definitivamente" y adoptar posturas "radicalmente ajenas al paradigma moderno", como propone Esaúl? Mucho hemos de alejarnos de la modernidad, sin duda, pero cuánto exactamente y en qué dirección, no estoy seguro. La obra del místico René Guénon es valiosa, y "la noción de alma" también, pero por sí solas o como hincapié intelectual me recuerdan, tal vez equivocadamente o sin motivo, a eso que se dice del efecto péndulo: un excesivo modernismo puede producir, por reacción natural, un igualmente excesivo antimodernismo. El exceso de racionalismo no se cura con exceso de tradicionalismo, y viceversa. Los crímenes -no solo físicos- en nombre de la Ilustración y del Progreso no deben hacernos minimizar los crímenes en nombre de la Tradición. Toda reacción, en un sentido o en otro, tiene algo de razón y algo de sinrazón, de luz y de oscuridad, aunque no siempre sea fácil distinguir lo uno de lo otro (he aquí, por cierto, una tesis pesimista: cuantificar u observar con los ojos y fabricar con las manos siempre será más sencillo para nuestra especie que demostrar con la razón, de ahí que este último modo de conocimiento aplicado, más abstracto que el empirismo y la tecnociencia, requiera una dedicación y precaución especiales).

Por ejemplo, el falangismo de José Antonio Primo de Rivera tenía razón en su reacción al liberalismo y a aquel socialismo que, siendo "justo su nacimiento" y "una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal", desgraciadamente "vino a descarriarse" (en sus propias palabras), ¡pero es que a renglón seguido no escatima en gastos, pues defiende sin tapujos ni empatía lo mismo pero en sentido opuesto, esto es, "un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden", un "Estado totalitario" que "alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes" y "la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria"! ¡Menuda tercera posición la suya! Para eso... para eso más vale una falsa democracia como la nuestra que una real dictadura como la suya. Antes la decadencia, el nihilismo y la alienación burguesas que una salvación impuesta y hecha a medida del que la propone. Tal vez el socialismo trajera, "lo mismo que el liberalismo económico", "la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres", pero ¿acaso no trajo lo mismo o peor el falangismo de Primo de Rivera primero y de Franco Bahamonde después? Si algo creo haber aprendido en estos últimos años y meses es que el moralismo llama a las puertas de los críticos sociales con tanta insistencia que no es fácil, aunque tampoco imposible, resistirse a sus cantos de sirena, al consuelo que da sentirse en posesión de la verdad, y tomar distancia de nuestras propias creencias morales y proponerlas con cuidado (siempre es mejor practicarlas uno mismo que recomendarlas, aunque esto último vaya implícito hasta cierto punto en nuestra naturaleza). La ética es una ciencia, lo mismo que la ciencia es una ética. Verlo de esa manera, lejos de hacernos más dogmáticos (¡bastante tenemos ya con lo nuestro!), ayuda a no dar nada por sentado durante más tiempo del debido (¿y quién dice cuánto es lo debido? Buena pregunta), a amar el Conocimiento por encima de nuestros conocimientos, a no tener nada por irrenunciable, salvo en mi caso la premisa sobre la que se sostiene todo lo anterior: libertad, siempre libertad. Ante la duda, ante el miedo y ante la angustia, libertad. ¿Queréis orden? Dejad de temer al desorden. 

¿Amas al prójimo, amigo católico? No me lo digas y enséñamelo. ¿Cómo? Deja que me pose en la copa más alta o que corra por las tierras más enfangadas. Fiat iustitia, et pereat mundus. Demuéstrame con tus manos de carpintero del mundo que no es cierto que el último cristiano muriera en la cruz. Porque aun en los tiempos más liberales ymodernos que hayan visto nuestros ojos de pequeños historiadores, la obediencia y el miedo a dioses viejos y nuevos han gobernado el mundo en sucesión. Por esa vía, con ropas tradicionales unas veces y progresistas otras, el mal no ha hecho más que acumularse mientras se arañaban algunos bienes (¿hace falta recordar el siglo veinte, o el diecisiete, aquel de las guerras civiles por antonomasia?), de manera que... ¿qué mal puede hacernos intentar lo contrario?, ¿acaso la solución, si es que existe, pasa por más autoridad y yo no me he enterado? No sería la primera vez :P


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14 mar 2015

El origen religioso del dinero

El dinero es semejante a una sustancia tan mágica como turbadora. «El útil más puro», lo llamaba Simmel. «El dios de las mercancías», decía Marx, puesto que él las representa a todas. (...). Con su intervención, los bienes, los servicios, los crímenes o incluso ciertas formas de amor tienen un precio. Los seres humanos someten su dignidad, los países se subordinan y la lealtad, la justicia o la religión sucumben ante su sombra. No puede, por tanto, considerarse extraño que su origen provenga directamente de los dioses y haya constituido un lazo esencial entre vivos y muertos, cuerpos y espíritus, en una secuencia que discurre desde las conchas de cauri hasta el fantasmagórico universo de los credit default swaps y los paquetes extreme, productos típicamente tóxicos de la especulación de la especulación. Los dioses fueron los primeros capitalistas de Grecia, y sus templos, las instituciones dinerarias más antiguas del mundo. Así, los tesoros formados en el templo con los donativos regulares de los fieles quedaban al cuidado de los sacerdotes, que, con su superior conocimiento del mundo, sabían incrementarlos de muchos modos. Los templos de Oriente, atestados de diezmos y ofrendas, eran auténticas centrales que monopolizaban la circulación dineraria y actuaban a manera de instituciones bancarias concediendo préstamos e hipotecas. En coherencia con ello, las primeras monedas de Grecia procedieron del templo y no del Estado. Los términos de diferentes lenguas europeas que designan al dinero (moneda, moneta, monnate, money, münze) proceden de Moneta, nombre con el que se conocía a la diosa Juno, y en cuyo templo se acuñaba la moneda romana. Más aún, dinero y templo han estado originariamente unidos a través de los sacrificios sagrados. Como todavía puede comprobarse, las sedes de los grandes bancos fundados a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se construyeron a la manera de templos, y el parecido entre la majestuosa arquitectura bancaria y las catedrales no es otra cosa que un reflejo de sus vinculaciones. Banco y templo comunican con la divinidad, los dos hacen alusión a un poder sin límites y ambos replican la antigua unidad sacrificial que preside el nacimiento del dinero.
Vicente Verdú, El capitalismo funeral: la crisis o la Tercera Guerra Mundial
2009, Editorial Anagrama, Barcelona


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28 ene 2015

El keynesianismo como mesianismo

O por qué el dios Mañana justifica los medios
Por lo menos durante otros 100 años debemos simular ante nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es sucio y lo sucio es bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo todavía. Porque sólo ellos pueden guiarnos fuera del túnel de la necesidad económica a la claridad del día.
John Maynard Keynes (vía).
No se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema; tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente.


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21 nov 2014

La «felicidad paradójica» de Lipovetsky


Es difícil no estar de acuerdo con esto:


La inmensa mayoría se declara feliz, a pesar de lo cual la tristeza y la tensión, las depresiones y la ansiedad forman un río que crece de manera inquietante. La gente se declara mayoritariamente feliz pensando que los demás no lo son. Jamás se han dedicado tanto los padres a satisfacer los deseos de los hijos, jamás ha habido tantas conductas problemáticas (entre el 5% y el 9% de los jóvenes de quince años) ni tantas enfermedades mentales entre éstos: según estadisticas, uno de cada ocho niños padece algún trastorno mental. Si el PBI se ha multiplicado por dos desde 1975, el número de parados se ha multiplicado por cuatro. Nuestras sociedades son cada vez más ricas, pero un número creciente de personas vive en la precariedad y debe economizar en todas las partidas del presupuesto, ya que la falta de dinero se ha vuelto un problema cada vez más acuciante. Nos curan cada vez mejor, pero eso no impide que el individuo se esté convirtiendo en una especie de hipocondríaco crónico. Las incitaciones al hedonismo están por todas partes: las inquietudes, las decepciones, las inseguridades sociales y personales aumentan. Son estos aspectos los que hacen de la sociedad de hiperconsumo la civilización de la felicidad paradójica
En cambio es difícil estar de acuerdo con esto otro, en el mejor de los casos un tanto conformista, eurocéntrico, evolucionista, progresista, optimista e incluso mesiánico:
No habrá salvación sin avance del consumo, redefinido según nuevos criterios (...). El tiempo de las revoluciones políticas ha concluido; ante nosotros tenemos el de la reestabilización de la cultura consumista y el de la reinvención permanente del consumo y los estilos de vida. (...) Sólo estamos en el comienzo de la sociedad de hiperconsumo y por el momento no hay nada que permita detener, ni siquiera desacelerar la huida hacia delante de la comercialización de la experiencia y los estilos de vida. Sin embargo, antes o después se superará y será un momento que inventará formas nuevas de producir, de intercambiar, pero también de evaluar el consumo y de pensar en la felicidad. En un futuro lejano aparecerá una nueva jerarquía de bienes y valores. La sociedad de hiperconsumo habrá vivido su vida, cediendo el paso a otras prioridades, a un nuevo imaginario de la vida en sociedad y del vivir bien. ¿Para alcanzar un equilibrio mejor? ¿Para aumentar la felicidad de la humanidad?
Lipovetsky, Gilles. 2007. La felicidad paradójica: ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo, Editorial Anagrama, Barcelona.

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12 ago 2013

Economía solidaria vs Capitalismo

Desde hace al menos tres décadas, prosperan en el mundo variaciones dentro del capitalismo, que proponen un comercio más justo y una realidad más digna.


“Qué difícil nos resulta reconocer lo pequeño, lo marginal, aquello que va emergiendo, lo novedoso que no genera ruido ni estridencias, los sencillos brotes que surgen entre la espesura de un jardín en ruinas pero que presagian cambios llenos de esperanza.”
Guillermo Díaz
Desde principios del siglo pasado, alrededor del mundo se configuraron agrupaciones que postulaban alternativas a los modelos de capitalismo tradicional, donde los trabajadores al mismo tiempo eran dueños –o bien alternativas donde los obreros tomaban parte de las decisiones de la compañía–, por ejemplo las cooperativas o mutuales. Diferenciadas de los sindicatos, cuya función original es defender a los trabajadores de las injusticias patronales, estas iniciativas se han tratado más bien de medios de producción comunes.
Afortunadamente ha pasado un siglo y este tipo de expresiones continúa desarrollandose, poniendo como eje al ser humano y al cosmos, y no únicamente a las utilidades. Además, representan un recordatorio de que el capitalismo debe reconsiderarse.
Neoliberalismo
El liberalismo, como su nombre lo indica, tiene por máxima la libertad del hombre. Pero esta llegó a un extremo ortodoxo en el ámbito económico: el neoliberalismo. Este ha permitido que empresas adquieran un poder incluso mayor al del estado –hoy las grandes corporaciones, gracias a su monumental riqueza, controlan innumerables agendas políticas mediante cabildeo y presión financiera.
Desde la década de los ochentas, el neoliberalismo ha promovido tres grandes ejes: privatizar las empresas públicas, liberalizar el comercio y las finanzas, y estabilizar la moneda y la inflación. Lo anterior convirtió al estado en responsable, únicamente, de proveer servicios (agua, luz, seguridad, educación), pero le restó autoridad respecto al mercado internacional.
Pero ¿qué hace un pequeño productor cuando los precios internacionales de producción no le permiten sobrevivir y, además, no tiene los recursos para comercializar? Los sectores marginados, aquellos que no tienen acceso a créditos o a capitales para poder funcionar, han quedado desprotegidos. El libre mercado impera con la ley del más fuerte, y todos aquellos débiles, generalmente por falta de capital, quedan fuera de los beneficios.
Compras-Supermercado
 ¿Qué es la economía solidaria?
El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein, advierte que el neoliberalismo se encuentra “como en una crisis sistémica, terminal, o incluso en caos sistémico, cambio de época o civilizatorio”. Para él, el modelo neoliberal está agotado y la reciente crisis financiera mundial lo confirma. En su ambición desbordada, las empresas que están “arriba” del estado, pueden generar crisis que se contagian a otros sectores, provocando un caos globalizado.
Por eso nace la economía solidaria, en busca de una reflexión filosófica sobre el sentido de la economía. El sociólogo argentino José Luis Coraggio, la define como una forma de producción, intercambio, consumo y distribución de la riqueza, centrada en la valorización del ser humano. Retoma “el valor de la reciprocidad”, estudiado por el etnógrafo francés Marcel Mauss y, de acuerdo con el sociólogo peruano, Aníbal Quijano, tiene que ver con una corresponsabilidad con el universo.
Sobre la economía solidaria, el sociologo mexicano Guillermo Díaz, advierte:
Es apenas un brote, pero en expansión […] se trata de un proyecto alternativo de transformación de la realidad dominante, a través de cooperativas, mutuales, asociaciones, ejidos y uniones diversas. […] En esta, la economía se solidariza y la solidaridad se economiza, y al solidarizarse, la economía se vuelve política, democrática, y se compromete con el bien común. Va más allá del acto caritativo y permite auto gestionar colectivamente la casa común, el famoso oikos aristotélico.
Entre algunos ejemplos de este modelo, podríamos mencionar la autogestión de empresas por parte de los trabajadores, el comercio justo y solidario con su marca (Fair Trade), la agricultura ecológica, el consumo responsable o crítico, y el consumo solidario, los sistemas locales de empleo y comercio (LETS), los sistemas locales y redes de trueque (SEL), los sistemas comunitarios de intercambio (SEC), los sistemas locales de intercambio con monedas sociales y los bancos del tiempo, la economía de comunión, los sistemas de microcrédito, los bancos del pueblo y los bancos éticos, los grupos de compras solidarias, los movimientos de boicots, la difusión de programas de software libre, entre otras.
En el caso de México, según Díaz “no existe en México una información estadística confiable respecto de la economía social, sin embargo se calcula que este sector comprende alrededor de 47,000 empresas asociativas solidarias, que aglutinan a cerca de 8 millones de socios”.
Los organismos representativos de la economía solidaria en México son el Consejo Superior del Cooperativismo (COSUCOOP), que desde 2010 agrupa cooperativas de producción, abasto y finanzas sociales del país,  y el Consejo Mexicano de Empresas de la Economía Solidaria (CMEES), con asociaciones civiles promotoras de la Ecosol en México constituida en 2007
Comprar pensando
 
Personalmente no creo que el liberalismo, como ideología, sea intrínsecamente dañino. El problema es la “sobre acumulación” de capital, su falta de regulación y los ‘favores’ que el estado concede a las grandes empresas –por ejemplo, condonaciones fiscales. Es evidente que los abusos permitidos a las grandes compañías, van en detrimiento del bienestar colectivo. Frente a este escenario, la economía solidaria emerge “desde abajo” como un llamado a repensar la economía y su función verdadera.
 
Nuestro acto de compra necesita ser revaluado. El acto de consumo es también político en el momento en que nos cuestionamos de dónde viene aquello que estamos consumiendo, a quién está beneficiando nuestra compra, y a quién perjudicando. La economía solidaria, aunque a paso lento, está generando pequeños pero significativos cambios. Recordemos que podemos incidir en la construcción y evolución de nuestro sistema social y, por qué no, hacerlo “desde abajo”.
 
Twitter de la autora: @anapauladelatd

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18 jul 2013

¿Somos amos o esclavos del dinero?

Como cualquier otra abstracción, el dinero es plenamente configurable y por lo tanto nuestra relación con él también lo es.


“La pobreza no viene por la disminución de las riquezas,
sino por la multiplicación de los deseos.”
Platón
Por alguna extraña y lamentable razón, buena parte de la realidad humana gira en torno a una peculiar abstracción, el dinero. Ya sea por que nos genera un ineludible magnetismo, la ambición, o simplemente por que el sistema nos obligue a perseguirlo para sobrevivir, lo cierto es que la mayoría de nosotros le dedicamos una enorme cantidad de tiempo y esfuerzo.
Pero si además de dedicarle una gran porción de nuestra praxis, además nos preocupamos por su presencia (o su ausencia), entonces somos candidatos a disfrutar, considerablemente menos, la existencia. Ahora, antes de ir más allá, vale la pena aclarar que, como bien señala el libro How To Worry Less About Money (2012), de John Armstrong, no es lo mismo preocuparse por el dinero que tener problemas financieros.
“Existe una distinción crucial entre ambos. Los problemas son urgentes, y requieren de una acción directa. En contraste, las preocupaciones generalmente dicen más del preocupado que del mundo que lo rodea […] Para responder a nuestras preocupaciones debemos poner atención a nuestro patrón de pensamiento (ideología) y a nuestro esquema de valores (cultura).”
De acuerdo a lo anterior, es importante entender que una preocupación financiera tiene, al menos, un 50% de carácter puramente psicológico, mientras que el resto tiene que ver con una situación real –por ejemplo, la necesidad de adquirir algo, o de mantener un cierto nivel de vida.
Por otro lado, resulta fundamental analizar la relación que, conciente o inconcientemente hemos decidido entablar con el dinero. A fin de cuentas se trata de una abstracción, y como tal es plenamente configurable. ¿Vamos a utilizar esta entidad para canalizar miedos o traumas? ¿La vamos a utilizar en el proceso de construir nuestra identidad individual? ¿Determinará algún aspecto importante en nuestra auto-percepción? o en realidad lo aprovecharemos como una herramienta disponible, entre muchas otras, para vivir en paz. 
Al respecto, Douglas Rushkoff, una de las mentes consentidas en Planetafios y quien desde hace unos años promueve la auto-programación del dinero, advierte:
“Los dineros son programados. Se comportan de cierta forma porque se les ha codificado con ciertos patrones de conducta. […] Hoy estamos probando que es más adecuado tratar nuestro dinero como software y programarlo nosotros mismos”.
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Regresando al libro de Armstrong, el autor señala otro aspecto crucial para preocuparnos menos por nuestras finanzas: la felicidad. Es importante desasociar este estado de aquello que nos facilita el dinero. Lo cierto es que la relación entre el dinero y el ‘ser feliz’, es limitada y hasta cierto punto efímera.

“El dinero puede adquirir la representación simbólica de la felicidad, pero no sus causas. De hecho, tendríamos que aceptar que el dinero, como tal, no puede comprar la felicidad.”  
Alrededor de esta afirmación de Armstrong, podríamos también citar un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, el cual concluyó que la felicidad reside en las experiencias que acumulamos, en las vivencias, y no en las pertenencias. Y si crees que ciertos objetos o prácticas de consumo podrían proveerte lo que te falta para ser feliz, simplemente analiza la vida de aquellas personas que sí los tienen, y comprobarás que están lejos de ser indispensables para vivir tranquilo.  
Sprint final
En conclusión, parece que la clave para relacionarte de manera más sana, y menos preocupante, con tus finanzas, radica en tu mente. Si bien existen, obviamente, los problemas económicos, lo primero es diferenciar estos del resto de estímulos que te generan una preocupación. Lo siguiente es hacer conciencia sobre cómo te relacionas tú con el dinero –idealmente evitando extremos, es decir, no estés peleado con la posibilidad de aumentar tus ingresos, pero tampoco le des prioridad a esto sobre las cosas más importantes de la vida, por ejemplo, las vivencias memorables.
Siempre he pensado que si no eres particularmente ambicioso, entonces la mejor manera de no pensar en dinero es garantizar un ingreso que te permita cubrir tus necesidades básicas y ese par de ‘lujos’ que podrían complementar deliciosamente tu vida (en mi caso viajar y aventurar). Si logras lo anterior, entonces es muy probable que no intentes hacer más dinero del que necesitas para vivir tranquilo, pero tampoco tendrás que preocuparte por cubrir lo esencial.
Si, por el contrario, sientes una marcada inclinación hacia el oro, y hacia la acumulación de bienes, entonces tal vez el mejor consejo sea que dediques unas horas a reflexionar sobre los beneficios que te aporta tal acumulación. Lo más probable es que termines por confirmar que el poseer más de lo ‘necesario’ te genera más preocupaciones que placeres –como en la relación amo-esclavo de Hegel, en la que el verdadero esclavo es el amo, pues mientras este último se dedica a trabajar, el otro no deja de preocuparse por someter nuevos esclavos y evitar que otros amos le sometan.  
Para cerrar este texto me gustaría citar una frase de Alejandro Dumas, que en mi opinión resume bien lo que una relación sana con el dinero puede significar: “No estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo.”

Twitter del autor: @paradoxeparadis 

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