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25 jul 2017

El Pico del Conocimiento

Un pre-ensayo sobre los límites de las ciencias y las humanidades

La proporción de almacenamiento, por el hombre, de conocimientos útiles sobre sí mismo y sobre el universo, fue en aumento desde hace 10.000 años. Esta proporción se elevó bruscamente con el invento de la escritura; pero, a pesar de ello, continuó progresando con deplorable lentitud durante siglos. El siguiente paso importante en la adquisición de conocimientos no se produjo hasta la invención del tipo movible por Gutenberg y otros, en el siglo XV. Antes de 1500, y según los cálculos más optimistas, Europa producía libros al ritmo de 1.000 títulos por año. (…) Cuatro siglos y medio más tarde, en 1950, la proporción había crecido hasta el punto de que Europa producía 120.000 títulos al año.
Alvin Toffler, 1970
El «shock» del futuro.

Suponiendo que, al año, se produzca una idea realmente brillante por cada mil millones de personas, entonces a la población de un millón de robustos Homo erectus que había en el año 300.000 a.C. le habría surgido una idea similar cada mil años. (…) Con seis mil millones de mentes en el planeta, actualmente deberíamos estar generando este tipo de ideas cada dos meses. 
Tim Harford, 2008
La lógica oculta de la vida.



Tesis: al peak oil le seguirá el peak knowledge. 

La información es una propiedad emergente de la energía. A largo plazo, cuanto menor es la producción de energía menor es también la producción de información. Realimentaciones temporales aparte, los límites del crecimiento material son también los límites del crecimiento intelectual. Tanto tiene una sociedad, tanto puede llegar a entender. Casi todo lo fundamental que podíamos descubrir y teorizar como especie ya lo hemos descubierto o hace milenios o, en mayor medida, durante los últimos doscientos años de explosión cultural e industrialismo desaforado. Cosa distinta ha sido, es y será su aplicabilidad, escalabilidad y poder de consolación. Es probable que la mayor parte de lo que queda por averiguar no se averigüe nunca (vida extraterrestre, nuevas teorías sociales...).

A menor energía, menor población. A menor población, menor división del trabajo. A menor división del trabajo, menor conocimiento: menos especialización, menos investigación. Para lo bueno y para lo malo. Energía es Hiroshima, energía es Auschwitz, pero energía también es Hojas de hierba. No puede decrecer lo uno sin decrecer lo otro. Con el declive de los combustibles fósiles y los efectos del cambio climático, el crecimiento exponencial del conocimiento propio de los siglos XIX y XX llegará a su fin, inercias aparte. En el campo intelectual, los próximos siglos serán tiempos de correcciones, síntesis, olvidos y salvaguardas, mas no de grandes descubrimientos. 


1770... 

Holbach: teoría del ateísmo.
Jefferson: teoría de la independencia.
Clarkson: teoría de la abolición.
Mounier: declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
Bentham: principio de utilidad.
Marx: teoría de los modos de producción.
Darwin: teoría de la selección natural.
Kropotkin: teoría del apoyo mutuo.
Fleming: principio de antibiosis. 
Freud: teoría del inconsciente.
Arrhenius: teoría del calentamiento global.
Einstein: teoría de la relatividad.
Mumford: teoría de la tecnología.
Roosevelt: declaración universal de los derechos humanos.
Hubbert: teoría del pico del petróleo.
Lerner: teoría del patriarcado.
Rich: teoría de la heterosexualidad obligatoria. 
Ryder: teoría del especismo.
Meadows: informe de los límites del crecimiento.
Illich: teoría de la desescolarización. 
Miller: teoría del maltrato infantil.
Semprún: teoría del desarrollismo.
Corry: teoría de los derechos indígenas.
Lovelock: teoría de Gaia. 

... 1970.


Teoría de Olduvai


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23 sept 2016

La religión de la solidaridad


Cuando no haya ni rico ni pobre, cuando el famélico ya no tenga que mirar envidiosamente al saciado de comida, la amistad natural podrá renacer entre los hombres, y la religión de la solidaridad, hoy asfixiada, tomará el lugar de esta religión vaga que dibuja imágenes huidizas sobre los vapores del cielo. La revolución cumplirá más que lo prometido; ella renovará las fuentes de la vida limpiándonos del contacto impuro de todas las policías y nos librará finalmente de las viles preocupaciones por el dinero que envenenan nuestra existencia. Será entonces que cada uno podrá seguir libremente su camino: el trabajador cumplirá la tarea que le convenga; el investigador estudiará sin prejuicios; el artista no prostituirá más su ideal de belleza por su sustento y en adelante todos amigos, podremos realizar concertadamente las grandes cosas entrevistas por los poetas. 
Élisée Reclus, 1892
(prólogo a La conquista del pan de Piotr Kropotkin).



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29 nov 2015

La mente tripartita

En versión pesimista
Parte reaccionaria: idealiza el pasado 
Parte conservadora: idealiza el presente 
Parte revolucionaria: idealiza el futuro




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22 jun 2015

Contra la modernidad

El interés que guía al filósofo moralista es, más que rastrear el paso de la humanidad de un tipo de civilización a otro, distinguir en cada tipo de civilización lo bueno y lo malo que comporta.
Jorge Santayana, 1951
Dominaciones y potestades



Conviene dilucidar y reconocer llegado el caso qué ideas e instituciones modernas, y en qué medida, podemos aprovechar y reutilizar después de una criba antimoderna o posmoderna equilibrada (si se me pide podría proponer algunas, por aquello de concretar; valga de momento una rápida referencia al materialismo y al anarquismo, fuente de conocimiento el primero y de justicia el segundo; también entendidos como maneras, si bien parciales y matizables ad infinitum, de comprender y estar en el mundo respectivamente), es decir, un análisis que, al menos en la intención, sea imparcial y saque lo positivo de cada época y lugar de la Tierra (o dicho al revés, una crítica que también recuerde lo negativo que se ha dejado atrás y a los lados, que puede ser mucho o poco, pero algo en cualquier caso). Lo digo porque una omisión de estas características por nuestra parte -especialmente por la mía, dado mi conflicto de interés al sentirme identificado con gran parte de los ideales románticos, pesimistas y críticos con la idea de progreso- podría interpretarse como un anhelo o nostalgia desmedida por un mundo y un paradigma tradicionales, a mi juicio y hechas todas las cuentas, igualmente problemáticos en términos políticos y metafísicos. Tal vez no tan problemático como el actual, quién sabría decirlo con seguridad matemática, pero en algo probablemente sí: ¿acaso debe ser recuperada formalmente, tal como proponen desde la Revista Raigambre, aquella prescripción autoritaria de Federico II de Prusia, apodado el Grande y para los nazis el predecesor de Hitler: "Razonad sobre lo que queráis y tanto como queráis, pero obedeced"?

No somos pocos quienes pensamos y sentimos ahora y siempre que, de ser algo, fue más bien lo contrario de Grande (en lugar de enfrentarse al maltrato de su padre, lo cual, bien lo saben las víctimas, requiere más valor que mil hazañas de guerra, prefirió reprimir y disociar su odio primigenio y enfrentarse al mundo empezando por Austria y terminando por Polonia, igual que el niño asustado Nietzsche, igual que el niño herido Hitler, aunque cada uno a su manera y desde roles diferentes; no por casualidad el filósofo demostraba siempre que podía su aprecio y afinidad por otro célebre Federico II, en este caso de Hohenstaufen, "ese gran espíritu libre, ese genio entre los emperadores alemanes", así como por otros "hombres de mando" como "Alcibíades y César"). Tampoco somos pocos quienes ante propuestas como la deltradicionalista -por decirlo con amabilidad- Manuel Fernández Espinosano podemos menos que disentir con la razón de los ilustrados y con el corazón de los niños maltratados que un día también fuimos: "El hombre moderno ha despreciado la autoridad y la tradición (sus motivos habría que irlos a buscar en profundos desarreglos del alma, en lo que la religión ha llamado pecados capitales). (...) La tradición, cuando lo es, forma un tipo humano mejor definido, con menos dubitaciones, con mayor seguridad (...), un individuo mucho más eficaz que cualquier filosofante que todo lo quiere someter a examen minucioso con su razón abstracta, en debates interminables que nada resuelven y más bien complican". Un individuo, en resumen, que obedezca a los que filosofan en su nombre. Debatir o dominar, dudar u obedecer, en casa o en el trabajo, he ahí el dilema irresoluble de la humanidad. Todo crítico debe abstraerse de la realidad visible, si bien parcialmente, para percibir el conjunto, para pasar de ver solo el territorio a ver el mapa y también el territorio (el capitalismo se mostró ante nosotros más fácilmente desde que los marxistas nombraron sus mentiras que no por abstractas dejan de ser materiales y medibles), y el que le niega esa capacidad a los demás por considerarlos inferiores en juicio mientras él la exprime en su beneficio de clase (jerga marxista, lo sé, pero no por ello dejan de existir las clases), no es un crítico de fiar, al menos no uno que nos considere sus iguales, uno que cuando nos mira vea personas libres en lugar de fichas en un tablero cuyas reglas, heredadas acríticamente de sus padres, ha impuesto él.  

En otras palabras, ¿hasta qué punto debemos "desmarcarnos definitivamente" y adoptar posturas "radicalmente ajenas al paradigma moderno", como propone Esaúl? Mucho hemos de alejarnos de la modernidad, sin duda, pero cuánto exactamente y en qué dirección, no estoy seguro. La obra del místico René Guénon es valiosa, y "la noción de alma" también, pero por sí solas o como hincapié intelectual me recuerdan, tal vez equivocadamente o sin motivo, a eso que se dice del efecto péndulo: un excesivo modernismo puede producir, por reacción natural, un igualmente excesivo antimodernismo. El exceso de racionalismo no se cura con exceso de tradicionalismo, y viceversa. Los crímenes -no solo físicos- en nombre de la Ilustración y del Progreso no deben hacernos minimizar los crímenes en nombre de la Tradición. Toda reacción, en un sentido o en otro, tiene algo de razón y algo de sinrazón, de luz y de oscuridad, aunque no siempre sea fácil distinguir lo uno de lo otro (he aquí, por cierto, una tesis pesimista: cuantificar u observar con los ojos y fabricar con las manos siempre será más sencillo para nuestra especie que demostrar con la razón, de ahí que este último modo de conocimiento aplicado, más abstracto que el empirismo y la tecnociencia, requiera una dedicación y precaución especiales).

Por ejemplo, el falangismo de José Antonio Primo de Rivera tenía razón en su reacción al liberalismo y a aquel socialismo que, siendo "justo su nacimiento" y "una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal", desgraciadamente "vino a descarriarse" (en sus propias palabras), ¡pero es que a renglón seguido no escatima en gastos, pues defiende sin tapujos ni empatía lo mismo pero en sentido opuesto, esto es, "un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden", un "Estado totalitario" que "alcance con sus bienes lo mismo a los poderosos que a los humildes" y "la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria"! ¡Menuda tercera posición la suya! Para eso... para eso más vale una falsa democracia como la nuestra que una real dictadura como la suya. Antes la decadencia, el nihilismo y la alienación burguesas que una salvación impuesta y hecha a medida del que la propone. Tal vez el socialismo trajera, "lo mismo que el liberalismo económico", "la disgregación, el odio, la separación, el olvido de todo vínculo de hermandad y de solidaridad entre los hombres", pero ¿acaso no trajo lo mismo o peor el falangismo de Primo de Rivera primero y de Franco Bahamonde después? Si algo creo haber aprendido en estos últimos años y meses es que el moralismo llama a las puertas de los críticos sociales con tanta insistencia que no es fácil, aunque tampoco imposible, resistirse a sus cantos de sirena, al consuelo que da sentirse en posesión de la verdad, y tomar distancia de nuestras propias creencias morales y proponerlas con cuidado (siempre es mejor practicarlas uno mismo que recomendarlas, aunque esto último vaya implícito hasta cierto punto en nuestra naturaleza). La ética es una ciencia, lo mismo que la ciencia es una ética. Verlo de esa manera, lejos de hacernos más dogmáticos (¡bastante tenemos ya con lo nuestro!), ayuda a no dar nada por sentado durante más tiempo del debido (¿y quién dice cuánto es lo debido? Buena pregunta), a amar el Conocimiento por encima de nuestros conocimientos, a no tener nada por irrenunciable, salvo en mi caso la premisa sobre la que se sostiene todo lo anterior: libertad, siempre libertad. Ante la duda, ante el miedo y ante la angustia, libertad. ¿Queréis orden? Dejad de temer al desorden. 

¿Amas al prójimo, amigo católico? No me lo digas y enséñamelo. ¿Cómo? Deja que me pose en la copa más alta o que corra por las tierras más enfangadas. Fiat iustitia, et pereat mundus. Demuéstrame con tus manos de carpintero del mundo que no es cierto que el último cristiano muriera en la cruz. Porque aun en los tiempos más liberales ymodernos que hayan visto nuestros ojos de pequeños historiadores, la obediencia y el miedo a dioses viejos y nuevos han gobernado el mundo en sucesión. Por esa vía, con ropas tradicionales unas veces y progresistas otras, el mal no ha hecho más que acumularse mientras se arañaban algunos bienes (¿hace falta recordar el siglo veinte, o el diecisiete, aquel de las guerras civiles por antonomasia?), de manera que... ¿qué mal puede hacernos intentar lo contrario?, ¿acaso la solución, si es que existe, pasa por más autoridad y yo no me he enterado? No sería la primera vez :P


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28 ene 2015

El keynesianismo como mesianismo

O por qué el dios Mañana justifica los medios
Por lo menos durante otros 100 años debemos simular ante nosotros mismos y ante cada uno que lo bello es sucio y lo sucio es bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La avaricia, la usura y la precaución deben ser nuestros dioses por un poco más de tiempo todavía. Porque sólo ellos pueden guiarnos fuera del túnel de la necesidad económica a la claridad del día.
John Maynard Keynes (vía).
No se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema; tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente.


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21 nov 2014

La «felicidad paradójica» de Lipovetsky


Es difícil no estar de acuerdo con esto:


La inmensa mayoría se declara feliz, a pesar de lo cual la tristeza y la tensión, las depresiones y la ansiedad forman un río que crece de manera inquietante. La gente se declara mayoritariamente feliz pensando que los demás no lo son. Jamás se han dedicado tanto los padres a satisfacer los deseos de los hijos, jamás ha habido tantas conductas problemáticas (entre el 5% y el 9% de los jóvenes de quince años) ni tantas enfermedades mentales entre éstos: según estadisticas, uno de cada ocho niños padece algún trastorno mental. Si el PBI se ha multiplicado por dos desde 1975, el número de parados se ha multiplicado por cuatro. Nuestras sociedades son cada vez más ricas, pero un número creciente de personas vive en la precariedad y debe economizar en todas las partidas del presupuesto, ya que la falta de dinero se ha vuelto un problema cada vez más acuciante. Nos curan cada vez mejor, pero eso no impide que el individuo se esté convirtiendo en una especie de hipocondríaco crónico. Las incitaciones al hedonismo están por todas partes: las inquietudes, las decepciones, las inseguridades sociales y personales aumentan. Son estos aspectos los que hacen de la sociedad de hiperconsumo la civilización de la felicidad paradójica
En cambio es difícil estar de acuerdo con esto otro, en el mejor de los casos un tanto conformista, eurocéntrico, evolucionista, progresista, optimista e incluso mesiánico:
No habrá salvación sin avance del consumo, redefinido según nuevos criterios (...). El tiempo de las revoluciones políticas ha concluido; ante nosotros tenemos el de la reestabilización de la cultura consumista y el de la reinvención permanente del consumo y los estilos de vida. (...) Sólo estamos en el comienzo de la sociedad de hiperconsumo y por el momento no hay nada que permita detener, ni siquiera desacelerar la huida hacia delante de la comercialización de la experiencia y los estilos de vida. Sin embargo, antes o después se superará y será un momento que inventará formas nuevas de producir, de intercambiar, pero también de evaluar el consumo y de pensar en la felicidad. En un futuro lejano aparecerá una nueva jerarquía de bienes y valores. La sociedad de hiperconsumo habrá vivido su vida, cediendo el paso a otras prioridades, a un nuevo imaginario de la vida en sociedad y del vivir bien. ¿Para alcanzar un equilibrio mejor? ¿Para aumentar la felicidad de la humanidad?
Lipovetsky, Gilles. 2007. La felicidad paradójica: ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo, Editorial Anagrama, Barcelona.

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1 oct 2014

El peor de los mundos posibles

y sin embargo, el más interesante

  El paso de la laguna Estigia (1520) de Joachim Patinir  

Incluso si esta época y esta sociedad fueran las peores de toda la historia habida y por haber, yo no querría vivir en otra. ¡La luz es más bella en los momentos más oscuros! A veces fantaseo con la idea de viajar al futuro y visitar el año 2100 o el año 3000. La de cosas que podría contar a mi regreso. Otras veces me gustaría conocer de primera mano esas épocas y lugares que nos enseñan los historiadores y que solo conocemos de manera muy indirecta. ¡Sería la envidia de todas las facultades de historia! Sin embargo, como ya se publicò en otro post, me muero de curiosidad por conocer este momento por encima de cualquier otro, pues vivimos tiempos más que interesantes, y puede que nunca mejor dicho. ¿Y si estuviéramos viviendo el cénit de la civilización más grande y perturbadora que jamás haya existido? ¿Y si después de esto, el ser humano se dirigiera lentamente hacia la extinción, no volviéndose a repetir ningún otro momento parecido en ningún otro lugar del universo? Es la curiosidad que anida en la tragedia y la tragedia de la curiosidad lo que me mueve a escribir estas palabras. Nadie quiere que exista el infierno, pero si tiene que existir, a todos nos gustaría echar un vistazo. Pues bien, ahora estamos viviendo algo así como el equivalente terrenal al infierno bíblico. El propio Lucifer pagaría por ver lo que hemos logrado en su ausencia.
Para reemplazar el infierno tradicional, el hombre ha hallado sustitutos privilegiados gracias a sus dotes técnicas: guerras, mundiales o locales, campos de concentración y prisiones, pasando por la bomba atómica, las armas químicas, el paro masivo, el hambre crónica, la contaminación generalizada, las dictaduras totalitarias, la locura colectiva de masas fanáticas o inteligentemente embrutecidas e idiotizadas, y tantos otros infiernos artificiales creados por nuestras sociedades.
Georges Minois en Historia de los infiernos, 1991.

Dice Alvin Toffler en El shock del futuro que "la proporción de almacenamiento, por el hombre, de conocimientos útiles sobre sí mismo y sobre el universo, fue en aumento desde hace 10.000 años", pero lejos de acercarnos a la tranquilidad celestial, dicho incremento del conocimiento nos condujo a un ajetreo infernal. No obstante, debe de haber algo paradójico o esquizofrénico en todo ello cuando por un lado abominamos de nuestros logros y por el otro nos sentimos fascinados por ellos. Yo quiero vivir como en Walden, añadiendo la menor cantidad posible de entropía a mi alrededor, pero al mismo tiempo me encantaría visitar las bibliotecas de Mega-City One, ávido de nuevos conocimientos. Creo que tiene razón Stephen Hawking en Historia del tiempo cuando dice que "el progreso de la raza humana en la comprensión del universo ha creado un pequeño rincón de orden en un universo cada vez más desordenado" e igualmente, cabe añadir, en una civilización cada vez más desordenada y problemática. Es como si en medio del fatal camino hacia una creciente complejidad autodestructiva tuviéramos la oportunidad, al menos individual, de desentrañar mayores cotas de verdad, como si el aumento del mal fuera acompañado de una mayor posibilidad de revelación y autoconocimiento. Se dice que la ignorancia y la simplicidad dan la felicidad, pero ¿y si la felicidad no fuera lo único que andamos buscando?

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23 abr 2014

El siguiente nivel de la civilización



"Cuando los niños admiren a los 

grandes científicos del mismo modo en 

que admiran a los grandes músicos y 

actores, la civilización pasará al 

siguiente nivel"



  Brian Greene  



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2 ene 2014

¿Cuánto cuesta ser “moderno”?

Aún está relativamente de moda la reflexión intelectual sobre el progreso, en parte gracias a la divulgación exitosa de Matt Ridley (“El optimista racional”) o Steven Pinker (“Los ángeles que llevamos dentro”). Por la ley de rendimientos decrecientes, cada nuevo artículo o post señalando estos progresos junto con bonitos gráficos tiene menos interés. Quizás porque ya estamos de acuerdo en que somos menos violentos que en la edad media o que la expectativa de vida general ha aumentado. Ya sabemos todo esto, pero ¿cuáles son los costos?


No me refiero a lo que sigue estando mal debido a eso que llaman, pretendiendo hablar en nombre del interés de la humanidad, como el “largo camino que aún nos queda por recorrer”, sino a costos derivados específicamente de estos progresos. Algo así como la “dialéctica del progreso”. Una de las cosas que más me interesa criticar en este web es precisamente el progresismo absoluto, es decir, la idea de que existen progresos absolutos libres de costos y la negativa o reticencia aguda a evaluarlos.

Los costos del progreso humano habrían comenzado, según paleoantropólogos como Robert Bednarik (The origins of human modernity, 2011), en el mismo momento en que nuestros antepasados pasaron de una naturaleza “robusta” a una más “grácil” característica de los llamados modernos. La “neotenización” y “gracilización” de los humanos del pleistoceno crearon al homínido de más éxito del planeta, pero pagando el alto precio de una mayor susceptibilidad a enfermedades neurodegenerativas y genéticas poco conocidas en nuestros linajes. Una enfermedad tan terrible y extendida como el Alzheimer, por ejemplo, proviene probablemente de la inhabilidad para renovar neuronas en cerebros inusualmente grandes.

Otros costos son, desde luego, más recientes y fluctuantes. Sin pretender ser exhaustivo, los hombres progresistas occidentales del 2013 padecen más autismo, depresión, esquizofrenia o trastorno bipolar que en ningún otro momento histórico, y nuestras costumbres pacificadas son compatibles recientemente con que cada vez menos hombres sean padres y con que se dispare la desigualdad reproductiva y familiar, una consecuencia directa de la “revolución sexual” de los años sesenta. En general, también podríamos ser menos aptos, notablemente más decrépitos y probablemente menos inteligentes que las generaciones anteriores. No hay progresos absolutos.


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10 jul 2013

Un siglo de inteligencia general (CI)


La inteligencia, o inteligencia general, se puede definir de forma básica como “la capacidad para razonar deductiva o inductivamente, pensar de forma abstracta, emplear analogías, sintetizar información, y aplicarlo a nuevos dominios (Kanazawa).”

El descubrimiento de que existe inteligencia general, y que de hecho se puede medir, se ha encontrado históricamente con resistencias basadas sobre todo en dos premisas ideológicas igualitaristas: 1) la premisa de que las habilidades relacionadas con la inteligencia son más sensibles al ambiente y la educación que a la “naturaleza” y 2) la premisa de que las habilidades relacionadas con la inteligencia general están repartidas equitativamente entre individuos, con independencia de cuál sea su sexo o grupo racial.

Ambas premisas, aunque suaves y bonancibles, con toda probabillidad son erróneas. La inteligencia general no es un rasgo de personalidad típicamente­ distribuí­do al 50% entre los genes y el ambiente. Se considera que hasta el 80% de la inteligencia está genéticamente determinada en los adultos. Es más, la inteligencia que heredamos es significativamente responsable del desempeño de los individuos en su vida, determinando parte de sus ingresos, su salud o su expectativa de vida. Sí, está en los genes.

La otra premisa es aun más peliaguada y la que más perturba al clima "progresista" de opinión. La realidad es que desde 1918 se han encontrado diferencias consistentes en el reparto de la inteligencia general entre grupos raciales. Richard Lynn resume el caso en un artículo publicado hace poco en The Salisbury Review, conmemorando los 100 primeros años del CI (cociente intelectual):



Más desconcertante para la izquierda liberal resultó la evidencia de que existían diferencias raciales en el CI. Se descubrió por primera vez en los Estados Unidos en 1918, cuando se analizaron los test de los reclutas y se vio que los negros poseían un CI medio de 84 y los blancos un CI medio de 100. Estas diferencias han sido confirmadas en estudios numerosos hasta el presente. 
En 1994 Richard Herrnstein y Charles Murray argumentaron en su libro The bel curve que estas diferencias en el CI explicaban en buena parte por qué los negros tienen resultados más pobres en la educación y el empleo y poseen tasas más altas de dependencia del bienestar y de madres solteras. 
La izquierda liberal aún se ha molestado más en la última década durante la cual se han calculado los CI para todas las razas y naciones, mostrando grandes diferencias entre diferentes pueblos. Los judíos askenazíes poseen el CI más alto con una media de 110. Esta es una de las razones por las que tienen tanto éxito y son tan prominentes en sus profesiones, negocios o en la academia, o por qué reciben tantos premios y galardones por su impresionante trabajo intelectual, tales como el premio Nobel. 
Seguidamente los chinos, japoneses y otros asiáticos del noreste poseen los CI mayores. Esto explica por qué Japón, Corea del Sur, Taiwan y Singapur lo han hecho también económicamente durante el último medio siglo y por qué China ha logrado tasas tan altas de crecimiento económico en los años recientes a que se introdujeran en la economía de mercado. Las naciones europeas poseen una media de Ci de 100, lo que hace que sea difícil para ellos competir económicamente en contra de los del noreste asiático. 
Los CIs más bajos son los de los Bushmen del desierto de Kalahari y los pigmeos de las selvas lluviosas del oeste de África con una medida de 53, y los australianos aborígenes con una media de 62. Los Ci en el África subsahariana son aproximadamente de 70 y esto hace que su desarrollo económico se detenga. 
El cálculo del CI para todas las naciones del mundo ha mostrado que las diferencias en el CI contribuyen de forma significativa en las diferencias del desarrollo económico y en nuestra comprensión sobre por qué algunas naciones son ricas y otras siguen pobres.

Un problema básico con estas afirmaciones, y que no pasará desapercibido, es que suelen rechazarse por razones morales más que por razones empíricas y "científicas", por lo que se enfrentan rutinariamente con una cantidad de críticas, digamos, "extra". Para poner un ejemplo, en la página de Wikipedia del profesor Richard Lynn se avisa píamente de que se trata de alguien "controvertido", como si alguna área de la psicología, o para el caso de la ciencia, no lo fuera.

Es posible que a los europeos les cueste aceptar que una de las razones por las que están fracasando en la competencia económica con las naciones asiáticas radique simplemente en la distribución natural de la inteligencia, pero esta podría ser una de las razones: sí, también hay naciones más inteligentes que otras. Aunque esto no lo explique todo. Anecdóticamente el reparto de la inteligencia por naciones no explica, por ejemplo, cómo se están comportando las naciones europeas en esta crisis económica. España de hecho ocupa un excelente puesto número 16 mundial (con una media de CI de 99) en el conjunto de los países occidentales, por delante de Australia, Estados Unidos, Francia, Dinamarca o Noruega.




Richard Lynn (1930) es profesor emérito de la universidad de Ulster conocido por su estudio de la inteligencia general y de las diferencias raciales, étnicas y nacionales de esta capacidad. Es miembro del consejo editorial de revistas como Intelligence y Personality and individual differences. Su último libro publicado,DysgenicsGenetic deterioration in modern populations, trata sobre el hipotético declive genético de las poblaciones humanas modernas.




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16 abr 2012

Evolución y tecnología

El inicio del comportamiento técnico en los homínidos es el inicio de un cambio en el comportamiento social que tendrá en el devenir de los primates humanos importantes consecuencias en su forma de adaptación. Tecnologíaversus humanización, una herramienta singular en la adaptación de los especímenes de nuestro género desde su emergencia hace 2,5 o más millones de años.
Pero ¿cuándo podemos hablar de tecnología y a qué nos referimos con ello? Esta cuestión no es difícil de dirimir. Cuando aludimos a los orígenes de la inteligencia operativa en primates humanos, sugerimos unos primeros pasos en la adaptación de algunos de estos, pero quizás sería más correcto poner sobre la mesa la capacidad de planificación y la modificación intencional de matrices a través de secuencias operativas con la finalidad de obtener objetos con potencial y capacidad de regular por interacción energía del medio.
Útiles y máquinas
En realidad, la tecnología es la adquisición  que jerarquiza, teóricamente, todas las técnicas y métodos utilizados para la transformación de materias primeras en morfologías y que son aptos para el  uso y el consumo de una población. La complejidad técnica acaba dando lugar al concepto de tecnología. De esta manera la ciencia constituye el constructor que explica la globalidad de los métodos y técnicas en la obtención de útiles y máquinas.
La técnica en la humanidad primitiva y más tarde la tecnología en las poblaciones de Homo sapiens acaba siendo la forma de adaptación primordial. Entender este proceso nos permite comprender a su vez, cómo la tecnología está ligada con el incremento de nuestra sociabilidad como humanos en el proceso de humanización. La progresiva incorporación de elementos técnicos para la construcción de objetos en las poblaciones de las diferentes especies, cambia sus relaciones sociales y se hacen más y más complejas.
La técnica acaba siendo la base operativa de las relaciones sociales y es en este sentido que el progreso técnico acaba convirtiéndose en progreso social por el aumento, primero gradual y después exponencial, de la inteligencia. Este proceso que se ha podido constatar históricamente nos sirve para entender cómo los humanos hemos acabado en esta maraña de objetos sin los que estamos desamparados.
La técnica hace a los primates más humanos y cuanto más humanos, más técnica, en un bucle de retroalimentación social imparable. Un humano ya no puede ser definido por sus características morfológicas, si no por un factor emergente nuevo e integrado que tiene que tener en cuenta el componente técnico antes, y tecnológico ahora.


Sapiens


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