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5 abr 2015

El Humanismo Ilustrado o secular

La secularización nos ha vuelto más morales. Lo más importante que ha emergido de la edad de la Razón o de la Ilustración ha sido un modo de pensar que utiliza argumentos que confirman la certeza de sus conclusiones a través de verificaciones empíricas. Michael Shermer, en su último libro[1],  “The Moral Arch”, dice que Razón “es la capacidad cognitiva de establecer y verificar hechos a través de la aplicación de la lógica y la racionalidad, y hacer juicios y formar creencias basadas en estos hechos.
Michael Shermer
  Michael Shermer  
Racionalidad es la aplicación de la razón para formar creencias basadas en hechos y pruebas, en vez de suposiciones, opiniones o sentimientos.” Estamos en un momento histórico en el que las sociedades más avanzadas ya no deciden que sus creencias, valores morales o estilos de vida son mejores que el de otras por el hecho de formar parte de su cultura o de su religión sino por motivos que buscan ser lo más objetivos y, por lo tanto, lo más compartibles posibles.
El propio Dalai Lama dijo en Facebook en  septiembre del 2012 que “hoy en día fundamentar la ética en la religión ya no es adecuado. Por eso estoy cada vez más convencido de que ha llegado la hora de que encontremos una manera de pensar en la espiritualidad y la ética dejando atrás la religión”. Llamamos “Humanismo Secular” a aquella filosofía ética y vital que prescinde de la revelación y se apoya en la razón, las emociones humanas pro-sociales y en la ciencia. Tenemos percepciones innatas de la moral. Además del acuerdo racional, los sentimientos morales son la base de la Ética. En un mundo sin emociones ni sentimientos espontáneos de respuesta social innata no habría altruismo emergente, no habría bondad en aquellos casos en que es necesaria, no habría censura cuando esta es apropiada, no habría sensación automática de los fracasos propios.
En ausencia de los sentimientos de tales emociones, los humanos no se hubieran dedicado a negociar soluciones a los problemas a los que se enfrenta el grupo. No habría habido una acumulación gradual de sabiduría en lo que se refiere a las relaciones entre situaciones sociales, respuestas naturales y toda una serie de contingencias tales como el castigo o el premio que se obtienen al permitir o inhibir las repuestas naturales. Sin un sistema congénito de navegación moral no habría habido posibilidades de que el individuo se ajustara adecuadamente al mundo real. Cierto que nuestro sentido innato de la moral se ve influenciado por las culturas locales, las costumbres o la educación hasta el punto de abrir o cerrar el interruptor de la bondad. Por ello los pilares del Humanismo son estos sentimientos morales innatos unidos a la reflexión aportada por la ciencia y la razón.
Sigue esta idea sin gozar de popularidad, pero vivimos con mucha certeza en el mejor de los mundos que han existido. Podemos mirar atrás y observar que, lentamente, hemos ido expandiendo eso que se ha venido a llamar “círculo” o “arco moral” para incluir cada vez a más miembros de nuestra especie. Incluso de fuera de nuestra especie. Hemos descubierto que es mejor comerciar con bienes e ideas y canjear sentimientos y genes antes que robar, matar, esclavizar o violar al vecino. En sociedades prehistóricas y en las posteriores sociedades no estatales morían violentamente 1,000 de cada 100,000 personas por año, alrededor de 100 por 100,000 en las sociedades occidentales la Edad Media, sobre unas 10 por 100,000 durante la época de la Ilustración y menos de 1 por 100,000 hoy en día en Europa (un poco más de 5 por 100,000 in EEUU). Es nada menos que una mejora de cuatro órdenes de magnitud. Y no es una opinión; lo sabemos a través de respetados estudios científicos.
Uno de los pilares de esta revolución ha sido situar al individuo en un lugar central. Por primera vez es la persona la que deviene el agente moral prioritario, no el grupo, la tribu o el estado. El otro ha sido la consideración universal de la moral, desligada de una comunidad. El Humanismo Ilustrado (o Humanismo Secular o simplemente Humanismo) es el camino que deberá prevalecer porque se trata más de un método que de una ideología y por ello susceptible de mejoría. Así, como dice Michael Shermer, cada generación está produciendo no sólo mejores razonadores “abstractos” sino mejores razonadores “morales”. Y esto amplía ese “Moral Arch” del que nos habla.

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2 ago 2013

¿Qué es la “Ilustración oscura”?


“Ilustración oscura” (“Dark enlightenment”) es -que yo sepa- un término de acuñación reciente e informal en internet que designaría una especie de “nube” de posiciones ideológicas distribuídas de modo difuso. Abarcaría un conjunto muy heterogéneo de pensadores, científicos, “bloggers”, etc, en general del entorno angloparlante, que comparten un creciente escepticismo o una abierta actitud de reacción frente a lo que podríamos llamar “síntesis progresista” de la Ilustración y la modernidad. Esta nueva taxonomía reaccionaria es, en realidad, muy compleja, incluyendo desde tradicionalistas cristianos a futuristas de la singularidad. Se ha vinculado con la Ilustración oscura, para poner algunos ejemplos, a Razib Kahn, Peter Frost, Steve Sailer, Gregory Cochran y Henry Harpending, Charles Murray, Eliezer Yudkowsky, entre otros.

Dado que yo mismo soy un seguidor de la ilustración oscura, aunque de una parte radicalmente naturalista y secular (soy darwinista en general, no a la carta), lo cual me aleja de algunos puntos de la nube y me acerca más a otros, voy a aprovechar para proponer una versión personal con puntos básicos. Todo es un poco de brocha gorda, debido a la brevedad con la que se trata un asunto tan extenso y difuso (es posible que vaya añadiendo nuevos puntos a medida en que se me ocurran). En cursiva, he intentado resumir la opinión de la “síntesis progresista”.


Escepticismo hacia el cosmopolitismo y el humanitarismo

Los estados y las identidades nacionales son fronteras arbitrarias del pasado que es necesario eliminar para llegar, en el porvenir, a la ciudadanía universal y a un gobierno mundial regido por la ética de los derechos humanos. 

La humanidad está dividida de facto en grupos étnicos y nacionales con intereses heterogéneos. Probablemente nunca existirá un gobierno mundial y, en consecuencia, tampoco una “Paz perpetua” kantiana entre naciones. De hecho este “particularismo” nacional es lo único que asegura unos niveles aceptables de paz, seguridad, libertad y prosperidad.

Aunque no hay nada negativo en sí en la amabilidad con los extranjeros o en la solidaridad voluntaria, el altruísmo puede volverse de hecho patológico cuando la gente sacrifica sus intereses persiguiendo un ideal humanitario exótico. Por otra parte, se han esgrimido en distintas ocasiones argumentos económicos que discuten los efectos benéficos de la cooperación y la llamada “ayuda al exterior”.  


Escepticismo hacia la igualdad de “género” 

Las diferencias entre hombres y mujeres son moderadas, inexistentes o debidas a las normas sociales (por ejemplo, el “patriarcado”). Las políticas de la igualdad conseguirán una igualdad de oportunidades y de resultados entre sexos. 

Hombres y mujeres difieren notablemente en una multitud de rasgos físicos y cognitivos. Estas diferencias son insoslayables y no es posible atribuirlas en exclusiva a “roles de género” construídos socialmente. Más bien, son un efecto natural de la evolución humana y en particular de la selección sexual. No apoyamos la discriminación sexual, pero la razón por la que hay menos físicas o filósofas, pongamos por caso, no es la opresión y las “amenazas de estereotipo”. Tampoco se debe a la opresión que haya menos hombres estudiando la carrera de humanidades o psicología o sociologìa.

Cabe decir también que las políticas de “igualdad de género” apoyadas en medidas de “discriminación positiva” tienen efectos adversos al dañar la igualdad de oportunidades, e incluso algunas consecuencias inesperadas, como de hecho aumentar las diferencias de personalidad básica entre hombres y mujeres.


Escepticismo hacia la revolución sexual 

La reforma de las costumbres sexuales y la retirada de las restricciones tradicionales aumenta nuestra libertad de elegir. Todas las opciones sexuales, liberadas del imperativo reproductivo biológico, son respetables e iguales en valor. 

Los costes de la llamada “revolución sexual” son, en realidad, muy altos. La normalización, no sólo de la homosexualidad, sino de comportamientos heterosexuales fuera de la norma tradicional y en su conjunto una cruenta revolución de las costumbres sexuales es en parte responsable de la decadencia de la familia biológica. Esta decadencia es apreciable desde los años sesenta del siglo pasado en el aumento de las enfermedades de transmisión sexual, en la tasa de divorcios, en el crecimiento de los hogares con personas solteras (“una nación decadente se llena de solteros”, decía el ilustrado radical Holbach), o en el aumento exponencial de hogares monoparentales con consecuencias socialmente catastróficas. Que haya un 40% más de infidelidad femenina sólo en los últimos 20 años, por ejemplo, no significa que estemos entrando en un Edén hippy, sino mucho más probablemente que hay menos restricciones para la hipergamia femenina y mas desigualdad reproductiva.


Reconocimiento de la biodiversidad humana

Las razas humanas no son una realidad biológica sino una construcción social. De existir, las diferencias raciales son superficiales y no afectan a los aspectos profundos de la “humanidad” subyacente. En todo caso, las diferencias visibles se deben a la opresión (normalmente de los europeos)

La especie humana, como explicaba nada menos que el biólogo darwinista Theodosius Dobzhansky,  es una especie politípica, lo que significa que las variedades raciales humanas son una realidad biológica insoslayable y no únicamente una “construcción social”. Hay varias "naturalezas humanas". Estas diferencias reflejan historias evolutivas diferentes y afectan rutinariamente aspectos tan heterogeneos como la inteligencia general, las habilidades físicas o las estrategias reproductivas. Ninguna raza es esencialmente superior a otra y todos cabemos en el planeta, pero cualquier visión realista y científica del comportamiento humano ha de tomar en cuenta la biodiversidad humana.


Defensa de la libre investigación y expresión

La libertad de expresión está limitada cuando se suponen afectados grupos o minorías protegidas.

Controlar al científico es un suicidio intelectual y no deben existir temas especialmente protegidos, como las diferencias de género o raciales, las diferencias nacionales en inteligencia general, etc. No está justificado el acoso académico, el desprecio intelectual ni el apagón mediático por razones ideológicas. El único modo válido de refutar un argumento científico o racional consiste en presentar evidencias y argumentos en sentido contrario, y no en apelar a supuestas consecuencias morales.


revoluciòn naturalista

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14 jun 2013

Escepticismo, libre pensamiento, agnosticismo, ateísmo, humanismo y ciencia


"El escepticismo es mi naturaleza, el libre pensamiento (pensamiento crítico) mi metodología, el agnosticismo mi conclusión, el ateísmo mi opinión, el humanismo mi motivación y la ciencia mi fuente de información".

  SerPensador  


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30 dic 2012

Más competitivos, menos humanistas


Los planes de estudios tienden cada vez más hacia lo práctico y relegan otras materias clásicas

Los especialistas defienden su trascendencia para formar conciencias críticas y reflexivas


  Visita escolar a un museo arqueológico  
Quienes defienden las humanidades suelen mirar al espíritu. Quienes propugnan pegarse a lo práctico miran al mercado de trabajo. Un bipartidismo casi perfecto. “Lo que nos estamos jugando no es un problema de que salgan más o menos eruditos, sino que salgan personas más libres”, advierte Víctor García de la Concha, actual director del Instituto Cervantes y antes de la Real Academia Española. “Se ha pensado que lo más útil es lo inmediatamente práctico, y no se consideran las ciencias del espíritu que es lo que configura al hombre”, agrega.
La reforma de Wert prima la lengua, las matemáticas y el inglés
“Sin entender modelos matemáticos sencillos, lo que estos pueden predecir y lo que no, los supuestos que requieren, la confianza que merecen, es prácticamente imposible participar activamente en campos aparentemente tan poco matemáticos como la biología, la economía, las finanzas, la contabilidad, la sociología, la ciencia climática, la ciencia política, la medicina o el marketing”, defendía con vehemencia en un artículo publicado en un diario Luis Garicano, catedrático de Economía y Estrategia de la London School of Economics.
A grandes rasgos, la reforma de Wert contentará más a Garicano que a García de la Concha. El tronco sobre el que pivotará la enseñanza serán las matemáticas, la lengua y el inglés. Se revalorizan los idiomas (novedoso campo de las humanidades muy apreciado por el mercado) y se minimizan las clásicas, que cotizan cada vez más a la baja. Saber latín no es un pilar elemental de la formación. No digamos griego. En el anteproyecto, el latín aparece por vez primera en el currículo en 4º de la ESO, pero será solo opcional para aquellos alumnos que elijan el bloque de enseñanzas académicas para el Bachillerato. Filosofía, otra clásica de las Humanidades, será también una asignatura específica a elegir.
En el Bachillerato, Filosofía (1º) e Historia (2º) son troncales, y el latín se limita a los estudiantes de Humanidades. El griego es optativo en dos ramas. Junto a otros barridos, Wert también ha suprimido la Economía —lo que podría hacer pensar que corre contra los tiempos—, pero la ha sustituido con una materia de título pragmático: Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial.
García de la Concha: “Nos jugamos que salgan personas más o menos libres”
Para Charo Macías, profesora de Inglés en secundaria desde hace 28 años, el viento de los tiempos sopla a su favor: el inglés es capital, aunque su enseñanza siga dando pie a extrañas contradicciones, como el hecho de que la evaluación en Selectividad se limite a una prueba escrita y no se contemple un examen oral. A pesar de dedicarse a una materia en alza, Macías, acaso porque su formación original fue la Historia, lamenta el arrinconamiento de las Humanidades. “En estos años han sufrido una devaluación, vaivenes continuos y poca reflexión. Es una devaluación que cala en el alumnado, que siente cierta presión para estudiar contenidos que los padres y la sociedad consideran útiles. Ha calado tan hondo que se preguntan para qué sirve estudiar Literatura o Filosofía y las Humanidades van contra el pragmatismo de la enseñanza”, reflexiona. Considera que por el camino de las reformas educativas se ha caído algo sustancial: “El objetivo de contribuir a la formación integral de la persona”. “Falta una conciencia del individuo sobre sí mismo, se pierde la capacidad de reflexión y de crítica”, añade.
En las aulas está ganando la batalla el partido de lo útil, aunque no se trata de un endemismo español. En opinión de Ricardo García Cárcel, catedrático de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Barcelona, “el mundo humanístico está devaluado a escala universal, no solo es un problema de España”. Y añade con rotundidad: “Para nosotros el alumno ideal es el latinoamericano, que está enormemente interesado por la Historia, ávido por saber. El nuestro es apático, más maleado por la influencia del entorno y nuestro mundo de fantasmas políticos”.
Ha de concederse a quienes legislan que el problema reside en priorizar. La entrada de nuevos conocimientos implica el arrinconamiento de otros. La jornada escolar es finita, aunque a veces la sociedad no parezca darse cuenta. “En cuanto surge un problema social, ya sea vial o sexual, se empieza a decir que hay que enseñarlo en el colegio. Eso me horroriza, porque no todo tiene que estar ahí”, advierte Charo Macías.
Los defensores de las humanidades miran al espíritu. Los que propugnan lo práctico, al mercado de trabajo
Contra la sobrecarga lectiva se pronuncia también Antonio Cabrales, catedrático de Economía de la Carlos III: “Comparados con otros países, nuestros chicos dan ahora más horas de clase que la media de los países de la OCDE, pero dan menos horas de Lengua y Matemáticas. Yo me centraría en estas asignaturas instrumentales en exclusiva. Eso es lo que hay que proteger. En el resto tener unos mínimos y a partir de ahí permitir que los estudiantes se construyan un currículum más flexible”.
Cabrales, además, no se arredra a la hora de denunciar presiones interesadas para mantener unas materias determinadas por los colectivos de profesionales que las imparten. Ya sean latinistas, historiadores o economistas. “Cada pequeño grupúsculo considera que su materia es más importante que las demás. En estas críticas influyen quienes defienden intereses particulares, pero el Gobierno tiene que defender el interés general”, subraya.
Sin embargo, el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova, disiente, aunque concede que las protestas pueden parecer corporativas —en su gremio se movilizaron cuando trascendió que la primera intentona de Wert era convertir la Historia Contemporánea en una asignatura optativa para determinados bachilleratos—. “La historia es una poderosa herramienta de búsqueda e interpretación, sobre las causas de los hechos, pero también sobre el cambio y la continuidad. La historia no trata sobre el pasado muerto, sino que es una disciplina dinámica, que plantea constantemente nuevas preguntas y que resulta muy molesta a quienes quieren simplificar las cosas y no les gusta explorar en profundidad la condición humana”, señala. Y añade: “Uno puede conmemorar el bicentenario de la guerra de la independencia, pero si es sobre la dictadura de Franco, entonces sale a la luz el famoso argumento de que es mejor no remover el pasado. La historia reciente, no la actual, es incómoda. En realidad, cuando se aplican los instrumentos críticos, como decía Edward H. Carr, toda historia es historia contemporánea. Por eso es mejor relegar la historia obligatoria a las instituciones medievales o a la España de Viriato”.
Más allá del informe PISA, que constata un nivel insuficiente en comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica entre los escolares españoles, ¿hay evidencias de la influencia de las asignaturas?
Ricardo García Cárcel cree que hay un deterioro del conocimiento histórico
No, según el economista Antonio Cabrales. Cuando los profesores de Economía alentaron la protesta por la supresión de su asignatura del Bachillerato —reconvertida en algo de título imposible, la ya citada Iniciación a la Actividad...—, el catedrático de la Carlos III decidió hacer unas pesquisas. “Me puse a buscar la evidencia del impacto de las asignaturas. Se dice que es un desastre que quiten esto o aquello, pero no sabemos si es más importante tener latín, historia o física. No hay evidencias. Nadie se ha preocupado hasta ahora de evaluar la importancia de las materias”, explica.
De lo que sí tiene evidencias Ricardo García Cárcel, tras cuatro décadas de enseñanza de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, es del deterioro del conocimiento histórico con el que llegan sus nuevos alumnos. Da un ejemplo ilustrativo: “Tienen dificultades para ubicar cronológicamente a Felipe II”. Su pesimista diagnóstico se debe sobre todo a la situación de su especialidad en los programas educativos. “Tenemos algunos alumnos muy politizados, impregnados de discursos nacionalistas. En mi ámbito veo que no solo ignoran la historia de España, sino también la historia de Cataluña. La reducen a símbolos, a una historia de buenos y malos. Conocen por ejemplo la figura de Companys en su aspecto simbólico de mártir, pero apenas saben la historia de la Segunda República o la Guerra Civil”, plantea.
Víctor García de la Concha recurre a algo tan poco científico como un poeta, Pedro Salinas, para apoyar una de sus impresiones, que tampoco es literatura de la evidencia, pero sí fineza de oído: “Muchos muchachos apenas articulan una frase, eso significa un empobrecimiento del ciudadano y, al final, de la sociedad. Muchos muchachos son, como decía Salinas, ‘tullidos de la expresión”.

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