Ya probamos a vivir comiendo comida orgánica, sin vacunas, con partos caseros. Se llamaba edad de piedra y la esperanza de vida era de 28 años.
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Por otra parte, las religiones allanan esa brecha y le llenan completamente los sentidos a los teodependientes, como una noche solitaria en el bosque, es decir el temor provocado por la soledad y la oscuridad que al no poder encontrar el camino a su dios, lo sustituyen con la religión. De ahí la frase de Arthur Schopenhauer de que “"Las religiones como las luciérnagas, necesitan de la oscuridad para brillar"
Habiendo miles de millones de creyentes en dioses en este planeta, resulta que convertir a uno de ellos en ateo es una misión imposible, pero ¿Por qué razón es imposible convertir un creyente en dios a ateo? Veamos el origen de la teodependencia y porqué está tan arraigada esa necesidad de dioses.
Desgraciadamente la generación de personas con un bajo nivel de temor o con un alto nivel de valor quedó en una minoría respecto a los que tenían un alto nivel de temor y en la época de la Grecia Antigua se les llamó ATEOS, porque su valor superaba su temor y esto les permitía vivir sin dioses de ningún tipo. Una consecuencia o implicación inevitable de este origen o génesis de esta evolución, es que también resulta imposible para los ateos el que se puedan convertir en teodependientes, por esa razón es imposible que a un ateo lo puedan convencer para tener un dios, quedando así marcada la diferencia y su condición de ateos o teodependientes para toda la vida. Eso explica el porqué a pesar de la poderosa red de comunicación de Internet, los intentos de convencerse entre ateos y creyentes es infructuoso.
En una semana en donde gran parte de la Humanidad apaga (aún más si cabe) su cerebro para conmemorar absurdas e irracionales supersticiones , que más que probablemente nunca tuvieron lugar y que únicamente sirven para mostrar la parte más oscura y disparatada del comportamiento humano, es quizás un buen momento para una pequeña reflexión.
Pensadores, filósofos y teólogos llevan siglos construyendo complejas teorías acerca de la religión, el cómo y su porqué, explicaciones que casi siempre implican apelar a nobles sentimientos y a etéreos conceptos, pero la realidad puede ser mucho más prosaica tal y como está desvelando la ciencia.
sentimientos particulares en esas caras. Así numerosos experimentos científicos han demostrado que los bebes son unos grandes fisonomistas capaces de interpretar correctamente los gestos, primero de su madre y después de todos los adultos que les rodean. El valor evolutivo de esta adaptación es evidente, un niño pequeño que interpretara adecuadamente el miedo, el enfado o la alegría de sus progenitores tendría muchas más posibilidades de sobrevivir en un mundo ancestral plagado de peligros, en donde muchas veces no había tiempo para explicar las cosas y en donde tampoco existían los derechos de los niños y por tanto no sólo era
factible, sino que muchas veces era además adaptativo, dejar de (mal)gastar esfuerzo y energías en seguir cuidando y alimentando a un vástago que se comportara incorrectamente. Es por ello que los humanos vemos caras en cualquier fenómeno u objeto que guarde unas mínimas proporciones, fenómeno denominado pareidolia o que tengamos la tendencia a extrapolar comportamientos humanos a los animales o a los fenómenos naturales en cuanto se asemejen mínimamente a nosotros. Y de ahí al animismo no hay más que un paso.
documentado ampliamente la importancia del sueño como una fuente primaria para las ideas y prácticas de los pueblos tradicionales de todo el mundo. Así, en muchas de estas sociedades los sueños son considerados una evidencia directa y vivencial de un reino espiritual, de tal manera que los miembros de estos pueblos interpretan sus sueños como una prueba de que el alma del soñador deambula fuera del propio cuerpo y se relaciona con dioses y seres espirituales del mundo supernatural. Y el segundo elemento clave del mundo espiritual es la presencia de mediadores de lo divino. Es bien conocido que a lo largo de la historia diferentes profetas, santones y similares han presentado evidentes síntomas de enfermedad psiquiátrica: el Jesús cristiano que se creía hijo de una paloma y una zarza, la más que sospechosa conversión de Saulo de Tarso tras un accidente equino o esa pobre abulense llamada Teresa que mezcló delirios, alucinaciones y represión sexual en un cóctel más que explosivo.
de enfermedad psiquiátrica o de consumo drogas (ya que es ancestral el conocimiento de que numerosas sustancias naturales son capaces de alterar los estados de conciencia), y encontraron muy llamativamente que un nada despreciable 6% de estos individuos en principio sanos y normales indicaron que habían sufrido alguna vez episodios de severas alucinaciones que incluían el oír claramente voces dentro de sus cabezas u observar “seres o fenómenos” que nadie en su entorno era capaz de ver. Aunque de ellos un tercio solo habían tenido una de estas “experiencias” a lo largo de su vida, otro tercio de los estudiados reportaba entre dos y cinco de estos episodios y por tanto, el tercio restante de sujetos había tenido innumerables “contactos” con el más allá. Casi increíble, personas que en principio desarrollan una vida normal, luego resulta que pueden llevar años viendo, oyendo y quizás comunicándose con fantasmas, apariciones y espíritus varios sin haber sentido en ningún momento la necesidad de buscar consejo médico alguno. Y no olvidemos que esto ocurre en el civilizado siglo XXI, por lo que no es nada difícil de imaginar lo cotidiano que tenía que ser en épocas pretéritas el que las personas hablaran de sus “relaciones” con el más allá.