28 mar 2014

Cuando nada es lo que parece

Tiempos inciertos en los que nos ha tocado vivir, una época en la que nada es lo que parece y sin embargo, las apariencias lo son todo. Curiosa contradicción que no hace más que reflejar el espíritu esquizofrénico que define esta era.

Desde lo más personal e intransferible hasta lo colectivo y global todo se ve envuelto por ese manto de falsa apariencia que envuelve nuestras vidas.

Crecemos admirando modos y estilos de vida ajenos a nosotros y que simplemente son irreales aunque en ese momento (y posiblemente durante el resto de nuestra vida) no sospechemos que son puro humo artificial que no proviene de ningún fuego sino de una máquina que constantemente lo fabrica para no dejarnos ver más allá, para no poder observar siquiera el potencial que existe tras esa cortina artificial.

Cuando nada es lo que parece vemos cómo nos movemos y agitamos constantemente, protestando, reclamando aquello que creemos justo y nos pertenece. Sin embargo, no vamos más allá de un grupo de seres persiguiendo un humo que alguien o algo nos indicó como la señal inequívoca de la verdadera fogata. Otra vez la máquina astuta que adquiriendo la forma de gurú antisistema u organización pseudorevolucionaria nos indica el modelo a desear.

Cuando nada es lo que parece donde encontramos un discurso de apariencia robusta y bien articulada hallamos palabras huecas, rellenas de nada y que a nada obligan más allá de reproducirlas constantemente y defenderlas como si nos fuera la vida en ello. Discursos repletos de bellas palabras y hermosos propósitos que están tan cerca de lo poético como lejos de la práctica diaria. 

Así nos encontramos con que un concepto tan formidable como el apoyo mutuo se convierte en mutuo apoyo previo acuerdo de lo que cada una de las partes se va a llevar y si no hay acuerdo cada cual que apoye lo suyo que para eso estamos. Criticamos la caridad por no ser más que un mecanismo de dominación vertical pero si eso mismo lo organiza gente afín y lo reviste de jerga contestataria podemos llamarlo con toda solemnidad y con satisfacción: solidaridad.

Así y una y otra vez, nos hallamos ante la irrealidad que vivimos donde el constante cambio de las circunstancias no hace más que reafirmar la inmovilidad general en la que existimos y que como consecuencia nos tiene inmersos en una aparente carrera hacia un glorioso futuro que se convierte en un eterno retorno al punto de partida donde todo sigue igual.

Cuando nada es lo que parece esperamos la aparición de la enésima reencarnación del mesías que nos salvará de este presente de desgracias continuas que dura ya demasiado tiempo, sin ser capaces de comprender que ese mesías siempre está actuando precisamente para mantener la perpetuidad de este presente. 

A veces tiene forma de líder político, otras de gurú espiritual o de científico prominente, algunas de honorable guerrero o de filósofo atemporal pero siempre, siempre de baluarte de la apariencia y por tanto del cambio inocuo. La importancia de lo aparente nos priva de la conciencia de los pequeños gestos, los únicos capaces de mover la losa que nos oprime y nos obliga a estar constantemente atentos a los grandes gestos, a las grandes proclamas y a tratar de reproducirlas aunque en el fondo sepamos de su inutilidad y de la imposibilidad de obtener resultados diferentes repitiendo una y otra vez las mismas acciones.

Cuando nada es lo que parece en un mundo donde se ensalza lo individual, se pone en primer lugar el ego frente a cualquier otro interés, una sociedad en la que el individuo es el centro absoluto de la vida. Resulta que nos encontramos ante el momento histórico donde menos humanos existen, donde hay miles de millones de seres extraños, ajenos a su realidad, con enormes posibilidades pero, desde luego, lejos de poder considerarnos humanos. En la apariencia de sentirnos en la cima del mundo no somos más que insignificantes seres lejos de toda lógica como especie, desconectados del resto, desconectados entre nosotros, ajenos a todo lo que ocurre a nuestro alrededor por mucho que seamos el actor principal de este drama en que hemos convertido la vida.

Cuando nada es lo que parece, la vida es lo más parecido a la muerte que existe y que podemos experimentar, se convierte en un transitar sin sentido en busca de la nada pero que a ojos del mundo es la cosa más maravillosa jamás creada. Ni siquiera lo que creemos sentir es realidad, confundimos el amor con la posesión y hasta creemos que la libertad es poder elegir aquello que queremos sin ser capaces de ver que es sólo fachada, sólo apariencia, que las diferentes elecciones disponibles no las elaboramos nosotros, no son reales.

Cuando nada es lo que parece, precisamente eso, la nada es donde transcurre nuestro paso por este mundo.

.

26 mar 2014

¿Estás seguro de que sabes leer?

¿Por qué nadie nos enseña a leer? ¿Será que los que enseñan no saben leer? A medida que voy envejeciendo, y es algo que vengo haciendo desde que nací, me voy dando cuenta de que casi todo en la vida puede reducirse nada más ni nada menos que a saber leer. Y no me refiero, por supuesto, (sólo) a leer textos; me refiero más bien a leer situaciones. Al igual que en la literatura (en la buena literatura) casi todas las circunstancias de la vida contienen un texto y un subtexto. Ser capaces de ver y comprender ese subtexto es la clave que nos permitirá comprender un poco más la realidad, conocernos mejor a nosotros mismos y ser mejores en lo que hacemos. Pero… ¿cuáles son esas circunstancias? Pues casi todas: relaciones personales o profesionales, contextos políticos o económicos, negociaciones de cualquier tipo, educación y formación, hacer amigos o enamorar, e incluso, y quizás la más importante, la de saber leernos a nosotros mismos.
Niños leyendo
En la comunicación oral, por ejemplo, una gran parte de la información intercambiada es no-verbal y, en general, no sabemos leerla. Solemos creer que en una entrevista de trabajo lo más importante es lo que decimos, cuando en realidad lo más importante es la actitud que adoptemos. Y lo mismo vale para el que realiza la entrevista; si esa persona no sabe leer como corresponde, se fijará más en lo que decimos que en cómo lo decimos o qué actitud mostramos. Si no sabe leer(nos) elegirá mal, muy mal. También nos puede ir muy mal a la hora de relacionarnos con otras personas si no sabemos leer el subtexto de un encuentro, una cita o una reunión.
En general, las personas exitosas son aquellas que saben leer el subtexto en determinadas situaciones. Y hasta me atrevo a decir que saber leer es incluso más importante que el nivel de preparación. Lamentablemente no existen programas de alfabetización para aprender a leer los subtextos; somos (sub)analfabetos. El texto (lo que se dice o se lee, lo explícito) es sólo la punta del iceberg; debajo, sumergido, existe un mundo de intenciones, actitudes, emociones, deseos, que pueden ayudarnos a comprender mucho mejor una determinada situación. Pero en general no lo vemos; no nos han preparado para buscar lo que hay bajo la superficie y mucho menos para saber cómo leerlo. Nos han instalado cómodamente en la superficie y allí nos hemos quedado. Creemos que sabemos leer cuando en realidad no sabemos. Y ese convencimiento nos instala permanentemente en el error, porque es mucho peor ir por la vida con un mapa erróneo que sin mapa.
.

¿Somos cultura o somos genética?

El debate sobre los niños ferales y la 

naturaleza humana

Los niños ferales y los mitos alrededor de ellos  han fascinado y horrorizado al hombre desde tiempos remotos. Ya en la mitología griega podemos encontrar casos, por ejemplo Rómulo y Remo, los míticos fundadores de Roma, criados y amamantados por una loba como animales salvajes. También una de las varias versiones que narran la infancia de Zeus, cuenta que éste fue dejado por su madre Rhea en una cueva para evitar que su padre lo devorara y ahí, en la oscuridad de esa cueva, fue criado por la cabra llamada Amalthea.
"Un niño feral (en inglés, wild child) es aquel que ha crecido lejos de la sociedad humana y de sus convenciones" 
Las razones por las cuales un niño crece en estas condiciones pueden variar, ya sea porque se pierden en un lugar despoblado (hecho que sucedía con más frecuencia en la antigüedad) o porque sus padres u otros familiares los aíslan deliberadamente. Por lo general, los niños ferales no saben hablar, desconocen cualquier tipo de regla o convención social y son incapaces de relacionarse de manera ‘normal’ de acuerdo a los cánones culturales.
Existen muchos casos documentados de niños ferales; uno de los más notables es el del pequeño niño francés Victor de Aveyron, que a finales del siglo XVIII fue encontrado por los habitantes del pequeño pueblo de Saint-Sernin-sur-Rance deambulando por los bosques cercanos. Victor había pasado la mayor parte de su vida solo en el bosque y cuando llegó a la civilización supuso un objeto de curiosidad y de estudio; incluso fue adoptado por un maestro que se dio a la tarea (nada trivial y relativamente exitosa) de reinsertar al pequeño a la sociedad. Victor de Aveyron y su historia fueron inmortalizados en 1969 por François Truffaut, en su película L’Enfant sauvage. Así también, el cineasta Werner Herzog hizo el retrato cinematográfico de otro caso de un niño feral, el de Kaspar Hauser, quien pasó los primeros años de su vida aislado en la oscuridad de una celda. Mowgli, el protagonista de El libro de la selva y Tarzán, son dos conocidos ejemplos de niños salvajes en la literatura.
romulus-remus
En noviembre de 1970, las autoridades de Los Ángeles, California, encontraron a una pequeña niña de 13 años que había pasado la mayor parte de su vida encerrada en una habitación donde sólo habían una bacinica y una cama. Esta pequeña, que fue bautizada con el pseudónimo de Genie (palabra inglesa que hace referencia a los seres fantásticos conocidos como genios), había sido aislada y maltratada por su padre y jamás había tenido contacto con el mundo exterior. Cuando fue encontrada y separada de su familia, Genie tenía 13 años pero se veía como una niña de 7; era incapaz de hablar, no sabía jugar, escupía todo el tiempo y sus movimientos se parecían a los de un animal. El caso de Genie es uno de lo más estudiados por la ciencia moderna: la pequeña fue analizada exhaustivamente por psicólogos, psiquiatras, neurólogos, lingüistas, sociólogos y una infinidad de personas que veían en este caso una oportunidad para saber más sobre la mente y sobre el comportamiento social y psicológico de los humanos. Después de haber sido adoptada por varias familias sin éxito, Genie fue llevada a una clínica localizada en las afueras de Los Ángeles, donde vive hasta el día de hoy. Su padre se quitó la vida unos días después de que la pequeña fue descubierta por las autoridades.
Al ver los videos y fotografías de la pequeña Genie, y de casos semejantes, surgen preguntas difíciles de responder: ¿Por qué los niños ferales causan tanta curiosidad y nos pueden horrorizar al  mismo tiempo? ¿Qué es lo que estos niños reflejan del género humano? ¿Qué es lo que hace que una persona sea parte de un grupo social o se le considere civilizada? Y finalmente, ¿cuál es el efecto que tienen la sociedades y sus reglas sobre la naturaleza humana?
Los niños ferales son incapaces de adquirir un lenguaje (o al menos, son incapaces de utilizar una lengua de manera correcta y funcional), no se mueven, no sonríen, no se comunican y no crean lazos afectivos como la gente que se desarrolla dentro de una sociedad. El camino para conocer la mente y la naturaleza de los seres humanos aún no ha sido recorrido del todo. Una prueba de esto, son los niños ferales y las interrogantes que surgen frente a ellos. ¿Qué es lo que hace humano a un hombre? ¿Es acaso su contacto y desarrollo dentro de una cultura o es su naturaleza genética?

.

24 mar 2014

Enfermos de irrealidad



«Uno de los primeros síntomas de la psicosis consiste en pensar que uno quizá se esté volviendo psicótico. Es otra trampa china. No se puede pensar en la locura sin convertirse en parte de ella». Philip K Dick, VALIS
“Mi familia y todos cuantos me rodean son actores que siguen un guión, una farsa para convertirme en el foco de atención de todo el mundo”. Los psiquiatras canadienses Ian y Joel Gold aseguran haber descubierto una nueva patología mental a la que han clasificado con el nombre de Síndrome de Truman, en referencia a la conocida película de finales de años 90.
Al igual que le sucedía a Jim Carrey, los pacientes creen estar vigilados por cámaras que retransmiten su vida a través de un programa de televisión y consideran que todo forma parte de una gigantesca simulación. “Mi vida es seguida por millones y millones de personas”, asegura uno de ellos. “La gente actúa para ver mis reacciones”.
Uno de los enfermos tratados por los hermanos Gold, por ejemplo, viajó hasta Nueva York para comprobar si las Torres Gemelas seguían estando allí porque creía que la emisión en directo de los atentados del 11-S era parte del guión de su reality show. Si seguían estando allí, confesó, podría demostrar a los demás, y a sí mismo, que todo era un montaje.
Otro paciente, tal y como refiere The New York Times, confesó a los psiquiatras su intención de acudir a lo más alto de la Estatua de la Libertad convencido de que los guionistas le reunirían allí con el “amor de su vida”. Si al llegar ella no estaba, el paciente estaba dispuesto a saltar al vacío.
Aunque los síntomas pueden coincidir con un cuadro clásico de paranoia, los doctores han bautizado la enfermedad como “síndrome de Truman” porque una buena parte de los pacientes diagnosticados mencionaron expresamente la película. No hablaron de Matrix, ni de la novela “1984”, sino que compararon su situación con la película de Peter Weir.
A diferencia de otras enfermedades como el síndrome de Capgras, en el que el paciente cree que sus familiares han sido reemplazados por impostores, o el síndrome de Frégoli, que consiste en creer que las personas conocidas no son quienes dicen ser, el mal de Truman tiene la particularidad de implicar una conspiración a nivel mundial.
Desde que informaron sobre la existencia de estos casos, otros psiquiatras han encontrado al menos media docena más de pacientes con síntomas similares. Los especialistas consideran que el entorno cultural tiene un gran peso en este fenómeno: la presión de una sociedad cada vez más interconectada y “videovigilada”, en la que nuestra intimidad personal empieza a disolverse en grandes redes de información.
Lo más interesante es que los psiquiatras sostienen que este tipo de alucinaciones suelen reflejar las verdaderas preocupaciones de una sociedad. De la misma forma, durante los años de la Guerra Fría era frecuente encontrar individuos que creían tener instalado un microchip de la CIA en una de sus muelas o que consideraban al vecino un peligroso miembro de la KGB.
Así pues, la existencia de una sociedad que nos vigila y conoce perfectamente cada paso que damos parece haberse convertido en nuestro nuevo miedo colectivo. Ante ello, no estaría mal recordar ese viejo e inquietante dicho, tan repetido en psiquiatría: “Sólo porque estés paranoico no quiere decir que no haya nadie siguiéndote”.

.

Cien mejor que uno


En el libro que les quiero comentar, el autor nos quiere convencer de que cuando hay que tomar una decisión es mejor hacer lo que decide un grupo de personas que no uno solo. De hecho, lo hacemos muchas veces, por ejemplo, cuando nos dicen “esto lo hace todo el mundo” y uno piensa que si lo hace todo el mundo, pues será la mejor opción. Aunque no siempre es así, pues a veces las decisiones que se toman desde el grupo no son siempre las más óptimas: para ello deben darse una serie de circunstancias. De estos temas y otros, como comportamientos sociales cuando actuamos en grupo, habla este libro del que les paso a hacer un resumen con algunos de los párrafos que más me han llamado la atención.


Los colectivos funcionan bien bajo determinadas circunstancias, pero mal cuando tales circunstancias no se dan. Por lo general, los grupos necesitan normas para mantener un orden y coherencia. Pero, a veces, tales normas fallan o son contraproducentes. Es conveniente para los grupos que sus miembros hablen y que aprendan los unos de los otros. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, un exceso de comunicación puede ser la causa de que el grupo en conjunto se conduzca de una manera menos inteligente. Los colectivos grandes resuelven mejor cierto tipo de problemas, pero muchas veces estos grupos son difíciles de dirigir e ineficientes. Los grupos pequeños, en cambio, tienen la virtud de ser más fáciles de dirigir pero corren el riesgo de adolecer de pobreza de ideas y exceso de consenso.
(…)
La diversidad y la independencia son importantes porque las mejores decisiones colectivas son producto del desacuerdo y de la polémica, no del consenso ni del compromiso. Un grupo inteligente, especialmente cuando se enfrenta a problemas cognitivos, no les exige a sus miembros que modifiquen sus posturas a fin de que el grupo alcance una decisión que contente a todo el mundo. (…) Paradójicamente, para que un grupo se comporte con inteligencia lo mejor es que cada individuo del mismo piense y actúe con la mayor independencia posible.

Los grupos homogéneos alcanzan la cohesión con más facilidad que los diversificados. Pero, a medida que aumenta la cohesión, también aumenta la dependencia del individuo con respecto al grupo, lo mismo que el aislamiento con respecto a las opiniones externas, y la convicción de que el juicio del grupo no puede estar equivocado en lo relativo a las cuestiones importantes. Los grupos de esta especie (…) comparten una ilusión de invulnerabilidad, la voluntad de descartar cualquier argumento contrario a la postura del grupo y la convicción de que la discrepancia no sirve para nada.

El punto principal del gregarismo es que funciona no tanto censurando la discrepancia como consiguiendo, de alguna manera, que la discrepancia parezca improbable (…) Como es obvio, este proceso funciona mejor cuando los miembros del grupo están compartiendo ya una mentalidad común (…) Las deliberaciones en un ambiente de gregarismo sufren el nefasto efecto de cerrar las mentes de las personas en vez de abrirlas (…) Las probabilidades de que un grupo homogéneo de personas alcance una buena decisión son más bien escasas.
Habla de sociedades que prosperaron y otras que no. Por ejemplo, los cuáqueros. Les pertenecía más de la mitad de la industria siderúrgica de Gran Bretaña. Figuraban entre los principales banqueros (Barclays y Lloyds fueron fundadas por cuáqueros). Dominaban sectores del consumo como los chocolates y la pastelería. Y tuvieron mucho que ver en la creación del comercio trasatlántico entre Gran Bretaña y América.

Al principio, su éxito fue la consecuencia de los beneficios que devengaba el comercio entre los mismos cuáqueros. Al disentir de la religión oficial anglicana, tenían vedados los cargos públicos y las profesiones liberales, y fue por eso que optaron por dedicarse al comercio. Cuando un cuáquero buscaba crédito o clientela, los encontraba con más facilidad que sus correligionarios. La fe común daba pie a la confianza y el comerciante cuáquero de Londres no tenía reparo en embarcar sus mercancías y hacerlas cruzar el océano, con la certeza de que le serían pagadas en cuanto arribasen a Filadelfia.

La prosperidad de los cuáqueros no pasó inadvertida en el mundo exterior. Eran ya bien conocido por el énfasis personal que otorgaban a la honradez personal, y como hombres de negocios alcanzaron fama por su seriedad en las transacciones y por el rigor con que llevaban sus libros. También introdujeron innovaciones como el precio fijo, que premiaba la transparencia por encima del regateo. Muchos que no compartían sus creencias empezaron a dar preferencia a los cuáqueros como socios comerciales, proveedores y vendedores. Y conforme aumentaba la prosperidad de aquellos, la gente estableció una relación entre dicha prosperidad y la reputación de rigor y seriedad que tenían. Por lo visto, la honradez encontraba su recompensa.

Habla también del dilema del prisionero pero en relación a los impuestos. Tenemos un ejército que nos protege unas escuelas que educan no sólo a nuestros hijos, sino a los hijos de los demás, policía, bomberos, investigación, etc. El problema estriba en que todas estas ventajas las disfrutamos tanto si uno paga sus impuestos como si no. Por ello, lo tradicional es tratar de librarse. Pero si se libra un número de personas demasiado grande, los bienes públicos se esfuman. Pero hay que tener mucho cuidado, pues si hay quien delinque y no pasa nada, entonces da la sensación de que, a quien paga, le están tomando el pelo.

Habla del funcionamiento de los grupos de personas y de que no tenemos muy claro por qué funciona. Por ejemplo, el descubrimiento del coronavirus que producía el SARS. Fue un trabajo en paralelo de laboratorios de todo el mundo; no estaban organizados por nadie. Sabemos quién fue la primera persona que lo vio: la operadora del microscopio electrónico del Centro de Control de Alanta: Cynthia Goldsmith; pero decir que fue ella quien lo descubrió no es realista. En pocas semanas aislaron el coronavirus que, de haber trabajado por separado, habrían tardado años en lograr.

La ciencia es una empresa colectiva porque requiere el intercambio libre y abierto de informaciones. Todo científico depende, en sentido estricto, del trabajo de otros científicos. Una idea es aceptada cuando la inmensa mayoría de los científicos la admiten si ningún asomo de duda. Es un proceso muy diferente al de los mercados o las democracias. Muchos científicos ni siquiera intentan reproducir los experimentos de otros, confían en que los datos sean correctos y en que los experimentos salieron según la descripción que han dado de ellos sus autores. Por supuesto, los experimentos pueden reproducirse, y hay quien lo hace. Así se descubren los fraudes en ciencia.

Hay ideas discrepantes sobre si las buenas ideas salen de un grupo o no, como la de Ralph Cordiner, ex presidente de General Electric:
Nómbreme usted un solo gran descubrimiento o una gran decisión que hayan sido realizados por un comité, y yo le nombraré a usted quién ha sido el miembro de ese comité que tuvo a solas la idea, quizá mientras estaba afeitándose, o de camino a la oficina, o tal vez mientras los demás miembros del comité estaban intercambiando palabras banales. La idea solitaria, digo, que resolvió el problema o que sirvió de base para la decisión.

Habla de alguna dinámica de algunos grupos que no es del todo correcta, como cuando se había desprendido la loseta térmica del Columbia. Sabían que se había desprendido y los ingenieros o bien no quisieron o bien no pudieron expresar sus inquietudes con la fuerza que hubieran querido. De hecho, no se permitió tomar fotografías del ala del Columbia, pues de encontrarse, poco podrían haber hecho. Nadie hizo preguntas en aquella reunión. Finalizada, el destino del Columbia estaba sellado. Esa ética no fue la que se siguió con el Apollo XIII. Uno de los peligros auténticos de los pequeños grupos es que se prefiere el consenso a la discrepancia.

En una reunión de grupo, como en los jurados, las primeras ideas expresadas quedan más que las que van después, así que es importante el turno para hablar. En los grupos en que todos se conocen mutuamente, la categoría social tiende a dominar las pautas del uso de la palabra, de manera que las personas de mayor nivel tienden a hablar más y con mayor frecuencia. Eso no importaría mucho si la autoridad de los sujetos guardase relación con el dominio del tema, lo que no sucede habitualmente.

Esto se comprobó durante una serie de experimentos en que se solicitaba a unos aviadores militares que resolvieran un problema de lógica. Resultó que los pilotos eran más propensos que los copilotos a hablar argumentando su solución en términos convincentes, incluso cuando los primeros estaban equivocados y los segundos tenían razón. Los copilotos, de alguna manera, daban por supuesto que la diferencia de grado implicaba que los pilotos estarían más probablemente en lo cierto. Esto es significativo al hablar de los expertos.

Habla de las diferentes compañías a lo largo de la historia con algunas de sus curiosidades y los problemas de falta de comunicación y coordinación como grupo. Por ejemplo, había compañías cuyas decisiones las tomaban unos y otras en que querían que fuera un consenso de más gente. Por ejemplo, allá por los años 1960-1970 en General Motors, para un tema tan sencillo como el rediseño de un faro pasaba por 15 reuniones diferentes y el director general de la compañía asistía a las cinco últimas. En 1970, en Ford mediaban quince categorías entre el presidente de la empresa y un encargado de la fábrica. En Toyota eran cinco.

También están las competencias entre departamentos. Los empleados deberían saber que trabajan para su compañía y no para su división. Una vez, el presidente de GM describió en los términos siguientes el procedimiento empleado por su compañía para diseñar y construir nuevos automóviles:
Los fulanos [del diseño] dibujaban una carrocería y repartían el proyecto y le decían al otro fulano: “Toma, fabrícalo si puedes, hijo de la gran p***” Y el otro fulano [el de la factoría de montaje] decía: “¡Dios!¡Pero si no se puede estampar la chapa de esta manera ni mucho menos soldarla!”

Y comenta que muchas de las bonificaciones que se ofrecen a los directivos con intención de perseguir metas inalcanzables a primera vista, lo que les enseñaba era a engañar. Por ejemplo, el directivo tratará de que se establezcan unos objetivos fácilmente alcanzables, negociando a la baja sus estimaciones exagerando las dificultades coyunturales. Por otro lado, hará cualquier artimaña para alcanzar dichos objetivos, sobrevalorando los resultados del ejercicio actual a expensas del próximo. El resultado dice que es que las compañías “pagan a la gente para que mienta”. Y en un experimento, lo mismo hicieron los torneros de un taller en el que se les ofrecía un incentivo extra cuando pasaba de una determinada llamada “normal”. Claro, si trabajaban demasiado deprisa la empresa podría acabar subiendo los niveles de esa “normalidad”. Acabaron dedicando más tiempo a manipular los tiempos concedidos con vistas a ganar lo máximo posible entre salario y prima.

Hace un símil entre la bolsa y las multitudes encarnizadas.

Una muchedumbre desmadrada se comporta en cierta medida como un organismo único, regido por una sola mente. Y obviamente, el comportamiento de una turba tiene una dimensión colectiva que un grupo de personas que pasan al azar por un mismo tramo de calle no tiene. El sociólogo Mark Granovetter dice que habrá siempre algunas personas que no cometerán desafueros en ningún caso, y otras que están siempre dispuestas a armar jaleo. Estos son los llamados “instigadores”. Pero la mayoría se sitúa en una posición intermedia. Su disposición para armarla depende de lo que hagan otros elementos de la multitud. En términos más concretos, depende de si los alborotadores son muy numerosos; cuanto más abunden éstos, más personas decidirán sumarse a los disturbios. Y eso es similar a la bolsa: cuanto más suben las acciones, más gente entra en el mercado. Cuando los instigadores son pocos y mucha la gente dispuesta a hacer algo, lo más probable es que no pase nada. Para que haya un alzamiento hacen falta instigadores “radicales” (gente con elevada propensión a la violencia”) y una masa de concurrentes que se deje llevar. Las turbas, vistas de esta manera, no son inteligentes, sino que obedecen a juicios externos.

Estas y otras muchas cosas. Un libro entretenido, con el que se puede estar de acuerdo o discrepar, pero que no deja indiferente. Bien escrito, argumentado y ameno. Con multitud de ejemplos de la vida real. Recomendado a todos los públicos.



Título: “Cien mejor que uno.”
Autor: James Surowiecki
Traductor: J. A. Bravo


.

22 mar 2014

La verdadera religiòn


Nadie sabe en qué mundo vivimos. Nadie comprende cómo funciona en realidad un conjunto tan grande y variado como es la humanidad. Sin embargo, existe un sistema que organiza, dirige y decide sobre lo humano. Es la verdadera religión y su dios, el Dinero.

A semejanza de cultos anteriores que se extendieron a lo largo y ancho de la Tierra. Esta nueva religión posee las escrituras, los templos, los profetas y todos los elementos indispensables para subyugar al creyente pero, a diferencia de creencias anteriores, es mucho más poderosa. Ha comprendido que es necesario que los creyentes piensen que pueden formar parte de la historia y participar en su construcción, para ello ha enmendado uno de los mayores errores de otras religiones. La recompensa no viene tras la muerte, muy al contrario, en esta religión no existe el mañana, sólo el ahora mismo. Esto aumenta exponencialmente la cantidad de creyentes que se dedican a fondo a seguir las enseñanzas con tal de conquistar su ansiada recompensa.

La Sagrada Escritura se llama teoría del capitalismo y en ella se detalla el funcionamiento de una sociedad basada en la fe al dinero. Como todo texto sagrado, no requiere de comprensión por parte de los creyentes sino de ciega aceptación de las enseñanzas que los pontífices nos regalan en grandes discursos. Los altos sacerdotes de esta religión también se reúnen en cónclaves multitudinarios y se agrupan de diversas maneras: FMI, BM, OMC, BDI, BCE, Reserva Federal... De estos encuentros salen las órdenes que son transmitidas al clero regular, a quienes conocemos como políticos. Y son estos políticos quienes, a través de sus propios apóstoles, sus mensajeros y difusores de la obra divina, como son los medios de comunicación, nos transmiten los designios inescrutables del capital y nosotros, los creyentes, aceptamos y acatamos. Obviamente, no tienen suficiente con la mera transmisión del mensaje divino, para que éste se acepte y se acate sin más, necesitan que el terreno esté abonado, es decir, que la mente humana esté totalmente moldeada por la nueva fe. Para ello disponen del sistema educativo, una maquinaria perfectamente engrasada y capaz de fabricar a creyentes en la adoración del dinero a una velocidad de vértigo.


Por supuesto, esta religión también tiene sus preceptos, sus figuras mágicas y sus milagros.

Al igual que otras religiones más minoritarias se fundamenta en unos mandamientos o preceptos imprescindibles que se resumen en dos:

-          Amarás la propiedad privada por encima de todo.

-          Santificarás el beneficio en cualquier ámbito de tu existencia.

Estos dos mandamientos justifican por sí solos las mayores atrocidades y barbaridades que podamos imaginar. En su nombre se mata, se depreda, se violenta y se aniquila todo lo que se encuentre a nuestro alcance. Se justifica cualquier acción encaminada a cumplir estos mandamientos, sin importar cuántas vidas pueda costar ni cuánto dolor llegue a causar.

Aquí también encontramos una figura mágica como la santísima trinidad del caso cristiano. En este caso nos encontramos ante el binomio todopoderoso: el Estado y el Capital. Una sola figura cuando así conviene y figuras separadas si es lo mejor para el desarrollo de la fe.

De milagros esta religión anda sobrada, pero por seguir con la analogía cristiana podemos nombrar uno que a su lado la multiplicación de los panes y los peces queda como un juego de niños: se llama moneda de curso legal y el sistema de la reserva fraccionaria.

En lugar de un templo por comunidad, los altos jerarcas han dispuesto docenas: los han llamado centros comerciales, centros de ocio, ciudades de descanso, etc… Además a modo de confesionarios disponen de innumerables sucursales bancarias que tienen abiertas sus puertas gran cantidad de horas al día. Allí se puede tener un contacto más directo con la divinidad y de paso reforzar la creencia de que se forma parte del plan maestro, así como demostrar el fervor solicitando más y más contacto con Dios. Para los inconformistas que necesitan expresar su devoción a todas horas han dispuesto los cajeros automáticos que, día a día, aumentan sus prestaciones para que todos podamos dar rienda suelta a nuestra fe (incluso para que aquellos que no estén dispuestos a asumir su condición de creyentes, los tengan allí preparados para ser quemados o arrasados). Si aún así necesitamos demostrar al resto que somos más creyentes que ellos, la jerarquía religiosa a puesto a nuestra disposición unas estampitas milagrosas llamadas tarjetas de crédito listas para ser exhibidas en cualquier momento y situación.

Así la verdadera religión se impone al resto haciéndolas sucumbir ante su poderoso empuje y el arrollador poder terrenal frente a lo etéreo del resto de aspirantes al título de verdadera religión.

Frente a esta realidad, como viene siendo costumbre, la respuesta es absolutamente pírrica y equivocada. Se focaliza la atención en un concepto como el de laicismo (Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa) y se vuelca, sobre todo, en una lucha tan estéril como la de eliminar la enseñanza de religión en el sistema educativo. Si fuéramos mínimamente serios y rigurosos en el análisis de la situación lo que querríamos eliminar sería el propio sistema educativo tal y como lo conocemos, ya que no es otra cosa que una institución impregnada hasta la médula de las enseñanzas de la verdadera religión.

Esto mismo vale para cualquier decisión tomada desde el aparato político oficial (como hemos dicho el Estado forma parte del binomio fundamental de esta religión) sólo hay que ver qué criterios de valoración y ejecución se siguen para cualquier cosa: ¿es viable económicamente un hospital? (como si eso fuera lo importante) ¿podemos permitirnos un sistema de pensiones? (pues matemos a los pensionistas ya que parece que lo importante es si económicamente es interesante mantener el sistema) y así con cualquier decisión que se os ocurra.

Así pues, volviendo a la definición de laicismo. Si de verdad queremos, tanto a nivel individual como colectivo, vivir de forma independiente de cualquier organización o confesión religiosa, sólo nos queda atacar los pilares fundamentales de esta verdadera religión que tiene un alcance global. Cuestionar y destruir sus preceptos básicos es la tarea fundamental y, para ello, no podemos olvidar toda la estructura formada a su alrededor con la misión de legitimar tan asqueroso y criminal orden del mundo. Al tiempo, debemos esforzarnos en pensar, construir y poner en marcha las alternativas a todo ello.

.

¿Tiene el universo un propósito?

El astrofísico y divulgador Neil deGrasse Tyson responde a esta reiterada pregunta en el siguiente video


Gracias a Pyrander

.

Hábitos de personas altamente intuitivas


LA INTUICIÓN SE COTIZA CADA VEZ MÁS EN ESTOS TIEMPOS, Y ELLO ES PORQUE ESTAMOS RODEADOS DE DISTRACCIONES QUE NUBLAN NUESTRAS CAPACIDADES INCONSCIENTES. ESTOS SON 10 CONSEJOS PARA AFINAR TU INTUICIÓN Y TOMAR MEJORES DECISIONES.

Johan-Hendrik-Weissenbruch-Sailing-Boat-in-Choppy-Seas

La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente.
Hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado al regalo.
 -Albert Einstein

La intuición no sólo es difícil de definir, sino que ha sido bastante relegada a la categoría New Age donde ha perdido fortaleza. Pero es un sentimiento, o una emoción, que a todos nos habita y por lo tanto habría que darle mucho más espacio. Se podría describir como ese razonamiento inconsciente, pero claro, que nos mueve a hacer algo sin decirnos cómo o por qué. Se siente en la panza (the guts) o en el pecho, a veces, y la verdad es que cuándo nos detenemos a sentirlo y le hacemos caso, tomamos las mejores decisiones. Sentimos, al menos, que tomamos una decisión congruente con nuestro estado.  
Por lo mismo hay un creciente número de evidencia anecdótica, combinada con esfuerzos sólidos de investigación, que sugiere que la intuición es un aspecto crítico de cómo los humanos interactuamos con nuestro ambiente y cómo, ultimadamente, tomamos muchas de nuestras decisiones. Carolyn Gregoire, una de las editoras del Huffington Postescribió una nota en la que enumera diez cosas que las personas intuitivas hacen diferente que los demás. Su lista, que transcribimos abajo, es más bien una suerte de manual para abrirle más espacio a la intuición y vivir con más tranquilidad y congruencia. Para tomar las mejores decisiones se requiere un balance de intuición –que levanta un puente entre el instinto y el razonamiento– y el pensamiento racional. Pero la convención cultural ha ido en contra del instinto y la intuición, y ello nos lleva a descartar muchas veces nuestras “corazonadas”, en detrimento propio.


Diez cosas que las personas intuitivas hacen distinto

1. Escuchan a su voz interna
El elemento principal que distingue a alguien intuitivo de alguien que no lo es que se detienen a escuchar, en lugar de ignorar, la guía de sus intuiciones y sentimientos físicos.

2. Se toman tiempo para estar solos
Si quieres ponerte en contacto con tu intuición, deja el teléfono, la computadora, la televisión y siéntate en casa a estar solo por un rato. Aquí puedes tomar las mejores decisiones basado en cómo te sientes al respecto.

3. Crean
Las personas creativas son altamente intuitivas. Y al igual que puedes aumentar tu creatividad mediante la práctica, puedes impulsar su intuición. De hecho, practicar una puede ayudar a construir a la otra.

4. Meditan
Las distintas prácticas de meditación pueden ser una excelente manera de destapar tu intuición. Puedes alinearte con ella y al final tomar una decisión de la que estés absolutamente seguro. El autoconocimiento que llega por medio de la meditación y poner atención a nuestra experiencia presente sin hacer un juicio de valor nos ayudan a entender mejor nuestras personalidades y por lo tanto a actuar acorde con ellas.

5. Observan todo
Lo primero que debes hacer es darte cuenta; lleva un diario y date cuenta cuándo suceden cosas extrañas. Ganarás un sentido agudo de cada cuánto ocurren coincidencias, conexiones sorprendentes o intuiciones precisas en tu vida diaria.

6. Escuchan a su cuerpo
Si alguna vez te han dado náuseas o dolor de panza cuando sabías que algo estaba mal pero no sabías exactamente qué, puedes entender que la intuición puede causar sensaciones físicas en el cuerpo. Pon atención a ese “segundo cerebro”.

7. Conectan profundamente con otros
La empatía es uno de los grandes compañeros de la intuición. Dedicar tiempo a observar y escuchar a otros cara a cara puede ayudar a impulsar tus poderes de empatía.

8. Prestan atención a sus sueños
Tomar tiempo para pensar en tus sueños es una manera de comunicarte con tus procesos inconscientes. Ambos, los sueños y la intuición nacen del inconsciente, así que puedes comenzar a destapar esta parte de tu mente al prestar atención a tus sueños. Los sueños guardan bastante información sobre cómo vivir tu vida.

9. Disfrutan de bastante tiempo de relajación
Pocas cosas arruinan más la intuición que el trabajo constante, hacer varias cosas a la vez, estar conectado a dispositivos digitales y estar estresado y fatigado. De acuerdo a Gregoire, siempre tenemos un sentido intuitivo acerca de la gente en nuestras vidas –a un nivel profundo, sabemos diferenciar a los buenos de los pretensiosos o falsos—pero no siempre estamos suficientemente despiertos para reconocer la diferencia. El problema es que estamos demasiado ocupados.

10. Dejan ir las emociones negativas
Las emociones fuertes, particularmente las de enojo o frustración, nublan la intuición. Muchos de nosotros hemos sentido que algunas veces “no somos nosotros mismos” cuando estamos arrobados por alguna emoción, y ello puede ser porque estamos desconectados de nuestra intuición. Para dejar ir emociones de este tipo lo mejor es meditar o crear.

.

21 mar 2014

La felicidad es un trastorno mental

11 puntos que lo demuestran

Felicidad
 Hoy, en  El día de la Felicidad, me vino a la cabeza esta frase de Andie MacDowell en Sexo, mentiras y cintas de vídeo: “Ser feliz no es tan bueno. La última vez que fui realmente feliz engordé siete kilos”. Además, recordé el irónico estudio de un psicólogo de la Universidad de Liverpool que explica por qué la felicidad reúne todas las condiciones para ser considerada un delirio transitorio.
“La felicidad es un trastorno mental” .
Se discutió en el Journal of Medical Ethics con este artículo: Propuesta para clasificar la felicidad como un trastorno psiquiátrico. El autor, catedrático de psicología de la Universidad de Liverpool, el profesor Richard Bentall, es famoso por sus amplias investigaciones sobre psicosis, delirios y alucinaciones. Bentall es conocido, además, por sus posturas antipsiquiátricas, y a menudo advierte sobre el abuso que se hace de los psicofármacos. Polémico con causa, Bentall encontró que la felicidad reúne todas las condiciones para que sea incluida en la ‘biblia’ de la psiquiatría, el manual diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales o DSM, y propuso que deberíamos dejar de llamarla “Felicidad” para referirnos a ella como Major Affective Disorder (MAD)-Pleasant Type. Así defendió su propuesta:
  • 1. La Felicidad es estadísticamente anormal.
  • 2. Se observa por un conjunto de síntomas reconocibles.
  • 3. Los síntomas más frecuencias son levantarse de buen humor por la mañana, tener buen apetito y una erotomanía (creer que todo el mundo te quiere) persistente.
  • 4. Refleja un funcionamiento anormal del sistema nervioso central.
  • 5. Las conductas más asociadas a la felicidad incluyen expresiones de la cara particulares, como la sonrisa, así como el comportamiento despreocupado, impulsivo e imprevisible.
  • 6. La felicidad es irracional. Cuando se padece, uno suele sobreestimar su control personal sobre la realidad, hasta el punto de llegar a pensar que los sucesos totalmente azarosos de la vida ocurren expresamente para beneficiarle a él.
  • 7. Los felices hacen una evaluación personal irreal de sus capacidades, y creen que los otros comparten esta opinión.
  • 8. Los individuos de las clases socioeconómicas altas, generalmente manifiestan mayor felicidad, lo que refleja que están expuestos con más frecuencia a factores ambientales de riesgo.
  • 9. La gente feliz tiene dificultades para recuperar de su memoria a largo plazo sucesos negativos.
  • 10. No son imparciales cuando se comparan a sí mismos con otros.
  • 11. Se aprecia que la felicidad puede ser un trastorno pasajero, que revierte en pocos minutos, o crónico. Por lo que ha de considerarse en posteriores estudios la predisposición genética del individuo a padecerla.
En resumen, la felicidad reúne todos los factores para ser considerada un trastorno psiquiátrico, aunque no se puede dejar a un lado el hecho de que no es indeseable. Sin embargo, que algo sea “deseable o no” es una cuestión ética  y, por tanto, según el Profesor Bentall, científicamente irrelevante.
.

20 mar 2014

¿Deseamos vivir más de cien años?


Me pregunto cuanto se habrá escrito sobre el tema de la longevidad en nuestra especie. Esta es una de nuestras grandes preocupaciones. Y no me parece que interese tanto el número de años que podamos vivir, como la posibilidad de hacerlo en condiciones óptimas. Me refiero claro al famoso mito de la eterna juventud.
Para empezar, me gustaría escribir sobre un error muy común acerca del concepto de longevidad. Este término no es equivalente a la variable demográfica conocida como esperanza de vida. Esta última se utiliza para conocer el promedio de años que podrán vivir los individuos de una población que tengan la misma edad. Por ejemplo, la esperanza de vida al nacimiento o la esperanza de vida a los 10 ó los 50 años tendrán valores muy diferentes, que no tienen nada que ver con la longevidad de la especie. Si hablamos de épocas en las que no se conocían las vacunas o en las que la calidad de vida de la mayoría de la población era mala o muy mala, la esperanza de vida al nacimiento no sería mayor de 15 años. En esas épocas podía fallecer al menos el 50 por ciento de los niños antes de alcanzar los diez años, por lo que el promedio de la esperanza de vida al nacimiento era muy bajo. La esperanza de vida a los diez años era mayor, porque los niños que superaban esa edad ya estaban totalmente inmunizados. Sin embargo, la calidad de vida hacía que la curva de la esperanza de vida disminuyese de manera dramática a partir de los 30 años.
En la actualidad, los países con un nivel de renta elevado tienen una esperanza de vida al nacimiento muy elevada. La mayoría de los recién nacidos salen adelante sin mayores problemas. Otra cuestión es su longevidad. ¿Cuántos años podemos llegar a vivir en estos países? Es evidente que cada vez alcanzamos edades más elevadas, porque los países desarrollados disponen de magníficos profesionales relacionados con la salud, hospitales generalmente bien equipados, etc. Sin embargo, aquellos lectores y lectoras que hayan superado los 50 años saben de sobra que a partir de esa edad empezamos a tener problemillas de salud, que se van acrecentando a medida que cumplimos años. Cuando no es la tensión o el colesterol nos explican que padecemos algo de artrosis, o la próstata empieza a dar la lata. Sencillamente, estamos envejeciendo y vamos poniendo parches con medicamentos, intervenciones quirúrgicas, siguiendo una dieta adecuada, evitando los excesos, etc, etc, etc.
En los bosques tropicales de África, allí donde todavía pueden vivir los chimpancés en libertad, es difícil encontrar individuos que hayan cumplido 40 ó 45 años. Raro es el chimpancé que llega al medio centenar de años. A esa edad todos han fallecido. Su ciclo vital se ha terminado. Los humanos nos desarrollamos con mayor lentitud que los chimpancés. Alcanzamos la edad adulta hacia los 18-20 años, cuando nuestro cuerpo deja de crecer. El cerebro sigue todavía en desarrollo, pero esa es otra cuestión. Los chimpancés son los primates más próximos a nosotros y por ese motivo son la mejor referencia que tenemos. Los humanos alcanzamos la edad reproductora y adulta solo unos pocos años más tarde que ellos, mientras que nuestro patrón de envejecimiento es similar. En otras palabras, cuando nuestra especie solo conocía los medicamentos naturales, la probabilidad de superar los 50 años era muy baja. La longevidad natural de nuestra especie podría tener un límite máximo de 60 años.
No obstante, en la actualidad se conocen ejemplos de personas centenarias, que aparentemente han llegado a esas edades sin la intervención de la tecnología. Casi es anecdótico que los medios de comunicación nos cuenten que determinada persona ha fallecido a los 120 años o que algunos grupos humanos tengan un longevidad particularmente elevada. Pero esos casos son reales. Somos una especie cosmopolita con màs de 7.000 millones de individuos, que vive en todas las latitudes y hasta determinada altitud. Esta singularidad ha favorecido que el estilo de vida o el lugar de nacimiento permitan longevidades extremas de forma natural. Se trata de casos excepcionales que, sin embargo, no contradicen la ley general que gobierna nuestro ciclo vital. A partir de los 50 años somos cada vez más vulnerables y vamos perdiendo poco a poco nuestras capacidades, que generalmente se pierden definitivamente cuando llegamos a ser octogenarios o nonagenarios.
Hemos conseguido prolongar nuestra vida en los países desarrollados y lo estàn consiguiendo aquellos paìses en vìa de desarrollo, pero seguimos sin alcanzar el mito de la eterna juventud. He preguntado a muchas personas sobre la posibilidad de vivir muchos más años, pero en las condiciones de senescencia que tenemos en la actualidad. Casi nadie desea prolongar su vida durante decenas de años sin la vitalidad y las capacidades que todos quisiéramos conservar de manera permanente. De momento, este es nuestro ciclo vital. La ciencia tiene la palabra sobre la posibilidad de cambiarlo.
.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Quizás También Te interese

ANUNCIA AQUI / PUBLICIDAD PERSONALIZADA WEB 3.0

CONTAMOS CON UN SISTEMA INTEGRAL DE PUBLICIDAD PERSONALIZADO POR INTERNET WEB - 3.0,..... MÁS DE 270 MIL VISITANTES O LECTORES MENSUALES AL BLOG, BASES DE DATOS DE E-MAILS O CORREOS ELECTRÓNICOS, SOFTWARE / ROBOT PARA ENVÍOS DE MENSAJES DE TEXTO A TELÉFONOS MÓVILES, ENLACES Y ANEXOS A REDES SOCIALES Y CHATS SOCIALES, USO DE APLICACIONES COMO WHATSAPP Y OTROS.

Contactarse a: - planetainformes@gmail.com

Móvil: +51 - 959567777 , +51 - 977851768 ,
Arequipa - Perú


ESPACIO DISPONIBLE - ANUNCIA AQUI

ESPACIO DISPONIBLE - ANUNCIA AQUI
GARANTIA DE IMPACTO VISUAL