15 sept 2014

¿Nos dominarán las maquinas?

  Tecno-adictos  

El otro día, almorzando en un restaurante con mi familia, observe a los de la mesa de al lado; se trataba de un grupo de jóvenes, concentrados cada uno en su teléfono móvil. Durante la  hora que duró nuestro almuerzo ninguno de los cuatro levantó la vista del teléfono, no hablaron entre ellos, toda su atención estaba concentrada en sus teléfonos respectivos, no levantaron la cabeza en ningún momento para mirar a los otros, no escucharon a los pájaros, quizás los oyeran pero, dada su concentración, estoy seguro de que no los escuchaban, ninguno levantó la cabeza para mirar las nubes o el cielo azul o a los árboles que nos rodeaban y lo que es casi peor, no se comunicaron en ningún momento entre ellos. Parecía una película de ciencia ficción, situada en un futuro donde los humanos dependen de las máquinas. Lo malo es que no se trata de un caso aislado, sino de un comportamiento cada vez más frecuente. Veo a personas, hombres y mujeres, mirando su teléfono en la cola del súper, esperando el autobús, sentados en el banco de un parque rodeados de una naturaleza que les es totalmente indiferente o incluso andando por la calle, ajenos a todo lo que pasa a su alrededor, totalmente concentrados, como hipnotizados o poseìdos por el aparatito, arriesgándose a meter un pie en un hoyo o darse de bruces con una farola. Me pregunto si este comportamiento irá a más y terminarán las máquinas controlándonos por completo o si se trata de una moda pasajera. Aunque, visto lo visto, me temo lo peor. 
¿Que nos está pasando?—


¿ Què es el Phubbing ?




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Por qué caminar nos ayuda a pensar mejor

LA CIENCIA Y LA LITERATURA COINCIDEN EN SU ENRAMADA: CAMINAR ES UN REFINADO HÁBITO QUE CONTRIBUYE A GENERAR LAS MEJORES IDEAS DE LA HUMANIDAD.

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La sabiduría popular nos dicen que cuando queremos destrabar nuestra mente es apropiado salir a caminar y tomar aire. La idea de que caminar nos hace pensar mejor o al menos pensar diferente está profundamente arraigada; uno puede intuir claramente que un ambiente despejado como el que se experimenta extramuros despeja también a la mente.
Son muchos los filósofos, científicos y artistas que han cultivado la costumbre de caminar como parte de su disciplina creativa. “Creo que en el momento que empiezan a mover mis piernas mis pensamientos empiezan a fluir”, escribió Henry David Thoureau, es novelista y naturalista que famosamente encontró en el bosque el alimento de su literatura (y de su psique).  Nietzsche incluso se aventuró a decir  que “todas las grandes ideas se concibieron caminando”. En su artículo sobre la ciencia de caminar, Ferris Jabr, nos dice que Thomas DeQuincey calculó que el poeta William Wordsworth caminó unas 80 mil millas en su vida (y en esas caminatas cientos de semillas de poemas). El mismo DeQuincey que en su libro sobre Kant narra cómo las caminatas habituales del filósofo alemán fueron instrumentales en la formulación de su pensamiento crítico.
Caminar y escribir parecen estar inextricablemente ligados, como dos procesos paralelos que forman una continuidad entre la mente y el cuerpo. No sólo caminar por el bosque y encontrar ese sosiego para el alma, o esa medicina verde que brinda la paz del entendimiento, también caminar por las ciudades y entablar una relación con los relatos ocultos de todas las personas que aparecen en nuestro camino (que se convierte un teatro mental, un laberinto que se desenreda escribiendo). Baudelaire cultivo el arte de perderse en las ciudades, el deleite de dilatarse en la contemplación. “La gastronomía del ojo”, según Balzac. Esto es lo que se conoce como la flânerie: la divagación como un estado alterado de conciencia que permite procesar la información del entorno con otra sensibilidad, apilando un cauce narrativo en la misma lánguida zancada.
Como ocurre en nuestra época con casi cualquier cosa, la ciencia ha medido los efectos que tiene la caminata en el cuerpo y en el funcionamiento cognitivo. Al caminar, aumenta el flujo de sangre a los músculos y a los órganos –incluyendo el cerebro (la lucidez puede verse como un fenómeno aerobico y no por nada los escritores son “atletas de la palabra”). Ferris Jabr agrupa en The New Yorker una serie de estudios que indican que caminar promueve nuevas conexiones cerebrales –que son luego nuevas conexiones literarias– incrementa el volumen del hipocampo (una región asociada con la memoria) y fortalece el tejido cerebral que suele desgastarse con la edad.   
A su vez la forma en la que movemos nuestro cuerpo altera la naturaleza de nuestros pensamientos. Existe lo que se conoce como la memoria dependiente del estado: el patrón específico de excitación presente en el cerebro en el momento del aprendizaje se vuelve un componente integral de la información almacenada. Este patrón está determinado por diferentes condiciones, entre ellas la postura en las que nos encontramos, las sustancias químicas que secretamos y el entorno en el que nos situamos. Así caminar por el bosque o escribir ante una computadora tomando café suelen generar una concatenación de memorias particulares que es también un ritmo cognitivo.  Se ha demostrado que, por ejemplo, una postura anatómica abierta, expansiva –ejemplo de dominación entre los mamíferos–, inmediatamente reduce el nivel de cortisol e incrementa la testosterona, cambiando evidentemente nuestro estado mental. O que escuchar canciones con muchas pulsaciones por minuto nos motiva a correr más rápido; lo mismo ocurre cuando se le sube a la música en un auto: el conductor suele manejar más rápido. Ferris Jabr considera que:
Caminar a nuestro propio ritmo crea un circuito de retroalimentación sin adulterar entre el ritmo de nuestros cuerpos y nuestro estado mental que no podemos experimentar tan fácilmente cuando corremos en un gimnasio, manejamos un auto o andamos en bicicleta o en algún otro tipo de locomoción. Cuando caminamos, el paso de nuestros pies naturalmente vacila y se sincroniza con nuestro estado de ánimo y la cadencia de nuestro diálogo interno; al mismo tiempo, podemos cambiar el ritmo de nuestros pensamientos de manera deliberada al caminar más rápido o ir más despacio.
Podemos tal vez entonces leer de alguna manera el pensamiento de los demás al observar cómo caminan, ese ritmo en el andar debe de ser algo que también ocurre en su proceso interno.
Un estudio reciente realizado por los investigadores Marily Oppezzo y Daniel Schwartz de la Universidad de Stanford comparó diferentes habilidades cognitivas en un grupo de estudiantes mientras caminaban o mientras estaban sentados. Los resultados de este meta-experimento (la idea de hacerlo surgió justamente en una caminata), muestran que las personas son más creativas o tienen mayor capacidad para desarrollar ideas novedosas y metafóricas cuando están caminando. Sin embargo, caminar puede ser contraproducente cuando se quiere concentrarse en algo específico: “si estás buscando una sola respuesta correcta a una pregunta, probablemente no quieres todas esas ideas brotando por ahí”, dicen los autores.
Podemos también modular la caminata para generar diferentes tipos de raudales creativos. No es lo mismo caminar por una zona urbana agradable pero llena de información y atestada de individuos de nuestra misma especie, que caminar por un bosque en el que la información es también bastante abundante pero de otro tipo o incluso caminar por un desierto donde disminuye el nivel de información –el cerebro se mueve por diferentes bandas de estímulos y accede a diferentes regiones.
Caminar y pensar o caminar para pensar,  he ahí un binomio simbiótico que atraviesa la historia; pocas cosas más refinadas y secretamente vitales para la creación en la cultura humana.

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10 sept 2014

No todos los muertos son iguales

FOTO: BrittanyMyers13


Hay muertos bien muertos. Muertos cuyas decisiones y ambiciones causaron tanto dolor, que apenas merecen caer en el olvido de los vivos. Huelga decir que nunca he deseado la muerte de nadie, ni mucho menos matar. Pero al menos permitidme no sentir punzadas por la muerte de algunos. Mis lágrimas, al igual que las tuyas, son un bien escaso y sólo se derraman por y para quien merece recibirlas: los que hicieron de mi mundo un lugar más confortable, los que grabaron gratos recuerdos en mi memoria, los que ayudaron a construir la historia de mi vida, los que motivaron con su ausencia un vacío difícil de restaurar. Sufrí la muerte de muchos seres queridos y ya llevo mucho peso cargado en mis hombros de ataùdes, quiero decir.
Pregúntate, pues, si tus acciones merecen el desprecio de alguien. Pregúntate si habrá quien se alegre de tu muerte. Pregúntate si el odio provocado mereció la pena. En caso afirmativo, tu paso fugaz por el mundo habrá sido un auténtico fracaso.  Y todo el dinero cosechado no te absolverá de nada. No hay muertos VIP, no hay cadáveres de oro. La nada no entiende de eso. No así el recuerdo de los vivos cuando mueres, capaz de revivir tu nombre.

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La mujer de rojo y los genitales femeninos

En Ciencia, el motor principal de cada descubrimiento ha sido la búsqueda de una respuesta a una pregunta relevante: ¿Cómo se creó el universo?, ¿cuál es el origen de la vida?, ¿por qué aparecen las enfermedades?…¿por qué las mujeres de rojo parecen ser más atractivas a los hombres? Bueno, digamos que siempre hay unas preguntas más relevantes que otras. La cuestión es que los antropólogos llevan muchos años preguntándose por qué sucede lo siguiente (y yo aprovecho para mostrar una escena de una conocida película):


¿Por qué es la mujer de rojo y no la mujer de rosa, violeta, verde o rosa con lunares negros? En este pasaje de Matrix se pone de manifiesto una percepción que está extendida en múltiples culturas: el color rojo como un rasgo de atractivo sexual. Tanto es así que los burdeles, las prostitutas, los pintalabios y la lencería, entre otros muchos elementos del ambiente del sexo, utilizan el rojo como un símbolo de deseo. También se ha comprobado en diversos estudios que los hombres perciben como más atractivas sexualmente a las mujeres si se asocian con objetos o contextos de color rojo. Pero, ¿es ésto un fenómeno fruto de nuestra cultura (y, por tanto, puede cambiar en el futuro) o tiene su base biológica?

En algunas especies animales, especialmente de monos como los babuinos y los chimpancés, el color rojo es un rasgo inequívocamente sexual. Las hembras, durante la ovulación, presentan unos genitales más hinchados y de un color rojo más intenso que sirve como una poderosa señal sexual para los machos.
Lo anterior ha podido comprobarse en experimentos controlados con simios que resultan ciertamente curiosos: En un experimento científico utilizando pornografía simia, los monos rhesus, por ejemplo, pasaban más tiempo mirando imágenes de sus compañeras femeninas cuando su región anogenital y piel circundante poseían un color rojo más intenso. En otro experimento, esta vez con babuinos, los investigadores comprobaron que estos monos mostraban niveles mayores de masturbación cuando se les presentaban hembras que habían sido castradas (no poseían ovarios) pero que estaban “disfrazadas” con tumefacciones sexuales rojizas artificiales.

Ante este fenómeno tan evidente presente en monos, investigadores de la Universidad de Kent, en Reino Unido, se preguntaron si algo similar podría ocurrir en humanos. Nadie antes había comprobado si esta percepción del color rojo en humanos, como una potente señal sexual, tenía su origen en un pensamiento masculino instintivo sobre su relación con genitales femeninos de color rojo intenso, asociados a una mujer excitada sexualmente y abierta al apareamiento, al igual que en nuestros parientes más cercanos. Así que eso es básicamente lo que querían comprobar y para ello realizaron el siguiente experimento:
Eligieron 16 imágenes de genitales femeninos (mencionan que tuvieron muchas dificultades para encontrar imágenes explícitas no retocadas, no pornográficas y orientadas de forma similar) y las retocaron digitalmente para que tuvieran distintos niveles de intensidad del color rojo. A continuación, mostraron estas fotografías a 40 hombres heterosexuales sin deficiencias de la visión del color y les preguntaron, entre otras cosas, el grado de atractivo sexual de las imágenes que les mostraban. Los resultados fueron bastante contundentes: Los genitales con mayor tonalidad rojiza se consideraron mucho menos atractivos que sus homólogos rosados. Los investigadores proponen como explicación a esta aversión al color rojo en los genitales a una posible asociación con la sangre menstrual (que provoca rechazo y tabús en muchas culturas).
La investigadora jefe del estudio, la Dra. Johns lo deja bien clarito:

Nuestros resultados realmente rebaten la idea común de que el color rojo potencia el atractivo sexual actuando como un indicador del color genital femenino.
¿Significa eso que el color rojo como símbolo de atractivo sexual no tiene un origen biológico? No se puede descartar todavía pero, sin duda, este estudio discute una de las posibles explicaciones biológicas con más fundamento y vuelve más probable una explicación cultural. Aún así, hay que tener en cuenta que la coloración roja que utilizaron para los genitales no posee un rubor fisiológico (quizás de ahí la aversión). Otro rasgo en el que fallan es que deberían haber tenido en cuenta también la hinchazón cuando se encuentran en excitación sexual. En fin, lo único que continúa estando claro cristalino en este asunto es que sigue siendo un misterio la razón por la cual el color rojo potencia el atractivo sexual de las mujeres a ojos de los hombres heterosexuales.


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8 sept 2014

La Sinfonía de la Ciencia

Aunque suene a metáfora, La Sinfonía de la Ciencia es, literalmente, un proyecto musical.
Realizado por John D Boswell, su objetivo es darle ritmo a la divulgación científica.
Mezclando diálogos con música, John ha conseguido convertir contenido científico en una pegadiza tonada electrónica, en la que no podía faltar, por supuesto, una  Oda al cerebro.


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5 sept 2014

Nuevo elogio de la pereza (el arte de no hacer)

¿HACER O NO HACER? NO HAY CUESTIÓN. SIN DUDA, MEJOR RENUNCIAR AL MUNDO (Y A SUS CUITAS) Y HOLGARSE EN LAS VACACIONES ETERNAS DE LA MENTE QUIETA.

Floating-Jordan-Dead-Sea
Tal vez no todos podemos renunciar al trabajo, pero todos podemos renunciar a la idea de que tenemos que hacer algo –y que a partir de eso recibiremos un beneficio ulterior (o algo a  cambio) que de alguna manera justificará o redimirá nuestro esfuerzo y sufrimiento. Dicho eso, si puedes renunciar al trabajo –con todas sus connotaciones– y dedicarte a no hacer nada o a hacer menos –caer en el prado blanco de sólo ser– seguramente serás más feliz. Además, lo más probable es que sólo creas que no puedes dejar de trabajar, habiendo creado un castillo de naipes para excusar ese salto al vacío… y es más fácil de lo que crees (aquí, 10 persuasivas razones).
La idea de que la inacción es una fuente de felicidad tiene un selecto linaje que se remonta a la exaltación del ocio como un estado de gracia para ejercer la filosofía en la Antigua Grecia (el conocimiento está enamorado del vacío y la ligereza). Podemos pensar que Diógenes permanecía tirado en el sol todo el día como uno de esos bañistas en una playa nudista en un eterno trópico (y seguramente hubiera gustado de una hamaca). Los filósofos no tenían que ponchar tarjeta o lidiar con un jefe que les pida un reporte. Podían vivir exclusivamente en el terreno de las ideas (por lo demás, un mundo superior al mundo de la acción, que es apenas un pálido reflejo).
En su memorable texto, El Derecho a la Pereza, Paul Lafargue atribuye a la desidia una cualidad divina, notando que Dios después de hacer su obra decidió descansar por la eternidad (a todas luces, sigue siendo domingo para la Administración del Universo). Algo similar ocurre con el hinduismo: nuestro universo, con todas nuestras preocupaciones, no es más que una serie de lánguidas imágenes dentro del sueño de Brahma, una deidad perezosa capaz de crear el mundo sin hacer nada.
Hay que incluir en este holgado panteón a una de las facetas de Fernando Pessoa, el poeta que prefirió el sueño a la acción (“he soñado más que Napoléon”,  ”he abrazado contra el pecho hipotético más humanidades que Cristo”). Pessoa, quien pensaba que teníamos dos vidas: la verdadera (la que soñamos) y la falsa (“la que vivimos en convivencia de los demás”). El poeta que escribió deliciosamente:
No hagas hoy lo que puedas dejar de hacer también mañana.
¿Para qué hacer algo hoy si mañana tampoco es inexorable? No es necesario cumplir nada, el mundo solo encuentra su curso. Deja que las cosas que no son, no sean. Y si es, ya es; entonces, no hay para que mover un ápice. La inutilidad es sublime (ya lo decía Wilde, el arte es inútil): qué prefieres, ¿ser un peón o un artista del tiempo, un verdadero inútil? A la orilla del Río Tajo, Pessoa encontró el Tao:
¿No será mejor
no hacer nada?
¿Dejar que todo se vaya por la vida
Hacia un naufragio sin agua?
[...] ¿No será mejor
renunciar, como un reventar de vejigas populares
en la atmósfera de las ferias,
a todo,
sí, a todo
absolutamente a todo? 
Renunciar, dejar de hacer, he ahí algo que tiene un refinado linaje, una resonancia mórfica que te conecta con Buda, con el mejor Cristo (el que desapareció del radar por unos años o ayunó en el desierto o quizás se dedicó a comer hongos alucinógenos), y con la mejor etapa de Zaratustra y numerosos sabios de la montaña y el desierto y otros vagabundos del dharma a los cuales no les importó que su nombre fuera conocido, que prefirieron el reino secreto de los mundos invisibles.
Otro texto que se suma a ese perenne (pero poco hacendoso) elogio de la pereza, que rescatamos aquí de manera poco exhaustiva, es el Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell, donde el matemático inglés aclara que el camino a la felicidad y la prosperidad reside en una disminución organizada del trabajo. Este es el sueño dorado de una post-industrialización iluminada. Aldous Huxley escribió al final de “Cielo e Infierno” que “los robots no son nada si no hacen muchas cosas”, a lo que habría que agregar que no tienen sentido si no nos permiten no hacer nada. El sueño del hombre es que los robots lo dejen soñar. 
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A este desordenado listado habría que agregar el menos conocido texto La guía del hombre perezoso a la iluminación, escrito hace casi 40 años por Thaddeus Golas, un hippie de Nueva Jersey. Sobre ese texto escribí un artículo anterior más extenso, un laxo análisis de este mismo tema con poco rigor y amplia dejadez. En retrospectiva, me parece que Golas se entusiasma demasiado, pero es encomiable su intento de bajarle de ritmo a la revolución psicodélica, de mantener una vibración elefantina y ralenetizar el movimiento en medio del activismo y la aceleración de querer cambiar el mundo: 
Ya que en el universo no hay más que seres vivientes, cada uno controlando su propio nivel y sus propias relaciones, no hay absolutamente nada en el universo que necesite corregirse en ninguna forma. No tenemos que hacer nada al respecto, cualquier cosa que sea. Hay conciencia en todas partes del universo… Cada partícula en cada átomo es un ser vivo. Cada molécula en cada célula es una tribu de seres.
Shanti, Shanti, Shanti: la paz que viene del entendimiento, o quizás mejor dicho, la paz que viene de la aceptación. Aceptar, que es justamente no hacer nada al respecto, no resistirse. Usando una frase new age, como una veleta en los vientos del ser o en los vientos de Akasha, con un koan para rematar: dos monjes debatían sobre ¿qué se mueve, el viento o la hoja?. a lo que respondió un tercer monje: “Ninguno, sólo la mente se mueve”.
Por cierto, la frase de Russell, citada antes de la imagen, y en realidad este texto reciclado, vienen a propósito de leer sobre un nuevo libro: El arte y la ciencia de no hacer nada: el piloto automático del cerebro, de Andrew J. Smart. Herman Bellinghausen lo reseña en La Jornada y escribe: 
Nunca está de moda decirlo pero en el fondo todos sabemos que el trabajo está sobrevaluado. Más allá de la contradicción insalvable de que el trabajo da para vivir, no existe nada mejor para el ser humano que no hacer nada (ni siquiera atender tele, ordenador o celular). Es cuando el cerebro funciona mejor.
Esto es cierto, todos hemos oído de los momentos “¡Eureka!” en los que brotan geniales epifanías de momentos de ocio, siempre cuando dejamos de intentar hacer o solucionar un problema. Podemos imaginar a Arquímedes procrastinando largamente en la tina como un perezoso manatí. Y ahora también todos hemos oído sobre los beneficios de la meditación, del no pensar, de llevar la mente a un estado de quietud. Una forma de bucear en el mar perlado del inconsciente, un mar sin olas, de insondable profundidad, para nadar preferiblemente bocarriba, flotando en posición de muerto. “Todos los problemas de la humanidad provienen de la inhabilidad del hombre de sentarse solo sin hacer nada en una habitación”, escribió Pascal, que como Proust parece haber sido un neurocientífico antes de que existiera esta disciplina. Podemos leer la frase a la luz de las enfermedades modernas cuyo germen principal es el estrés: no poderse quedar quieto sin hacer nada es no poder relajarse y provocar la generación de neurotransmisores excitatorios del tipo “fight or flight” que desgastan a nuestro sistema inmune con sus amenazas fantasmas. Si el hombre supiera quedarse quieto en un cuarto, solo, otra cosa sería: generaría nuevos jardines colgantes, nuevas pirámides de brisa (para el deleite de su mente).
En su texto, Bellinghausen también cita al clásico Lafargue:
Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo.
La ética protestante y el ansía de negocio capitalista son una forma de angustia colectiva proyectada, de competencia cargada de cortisol y frustración. Debemos de ganarnos la aceptación de Dios (además de la de nuestros padres, etc.) y para ello es necesario trabajar, hacer, agotar, explotar todos los recursos. Debemos de hacer dinero y comprar más cosas para ser. Esto es poco sustentable, nos precipita hacia un precipicio, progresamos hacia un final –cuando nos podemos quedar en una sagrada meseta sin tiempo (que por otro lado es el mejor lugar para dormir e imaginar, sin que el suelo esté inclinado; mejor parejo, en homeostasis). Esto también es lo contradictorio, el colmo del “sueño americano”, que es un sueño y debe realizarse trabajando (los sueños son fáciles, no tenemos que hacer nada para que ocurran, sólo estar ahí y ver como pasan las imágenes, “como Dios limando sus uñas”). Pobre sueño el que tiene que salir a trabajar –¿acaso no es esto más bien lo que acaba con el sueño, despertarnos para ir a trabajar? ¿Para qué ocuparse con algo si podemos estar libres sin nada? 
Hay una frase lapidaria de Cioran que apenas recuerdo (soy muy perezoso para buscarla en un libro o en internet). Básicamente va algo así: si alguna vez has estado triste sin motivo, siempre lo estarás. Un poco de crueldad de determinismo freudiano. Por el contrario, si alguna vez has sido feliz sin hacer nada, siempre serás feliz (siempre que no hagas nada). No hay razón; la felicidad no es algo que uno haga. El éxtasis existe, no hay que inventarlo, ni invitarlo: es uno de esos huéspedes que se quedan a vivir en el sillón de la estancia. Un couch-potato. Y de todas formas, ¿por qué pensar que la felicidad es más importante que la facilidad? No es necesario aferrarse; suave y flojo, sin tener que cooperar, se abre para nosotros el reino del espacio infinito en una nuez.
Twitter del autor: @alepholo 

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Así se distorsiona el tiempo en tu cerebro

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Igual que sucede con lo que vemos y escuchamos, la sensación del tiempo es una reconstrucción de nuestro cerebro. Si eres de los que disfruta de unas vacaciones, comprobarás un año más que los días se te pasan volando, mientras que las semanas de trabajo del siguiente mes se te harán eternas. ¿De qué factores depende esta percepción subjetiva del tiempo? La neurociencia lleva muchos años tratando de encontrar las claves que hacen que unos sucesos nos resulten más duraderos que otros y ya se han encontrado algunas pistas. 



(Neurolab)

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3 sept 2014

Tenemos un doble

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Seguro alguna vez te han dicho que eres exactamente igual a….. Pues parece ser que todos tenemos un Doppelgänger en el planeta. Esta palabra alemana identifica al doble fantasmagórico de una persona viva. El proyecto I’m not a look-alike!  (No soy un parecido a…) es obra del fotógrafo  François Brunelle quien en los últimos 14 años se dedicó a buscar personas que se parecieran entre sí y no tuvieran ninguna relación. En total encontró 230. Hasta la fecha. Porque si quieres participar del proyecto puedes hacerlo en la sección FAQ de su página web.  
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2 sept 2014

Esta puede ser la belleza del futuro

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“Un nuevo modelo de belleza”. Así ha bautizado este trabajo Phillip Toledano, uno de los grandes fotógrafos contemporáneos.
Son retratos de extraordinaria calidad, inspirados en las técnicas del pintor del Siglo XVI Hans Holbein. Son personas que han remodelado su imagen con numerosas intervenciones de cirugía estética, algunos se han convertido en celebridades precisamente por la extravagancia física proporcionada por el bótox y el bisturí. Y es una tendencia más seguida por mujeres que por hombres.
En su página web, Toledano se pregunta: “¿Qué es la belleza?” Y plantea, entre interrogantes, esta reflexión: “¿La idea de belleza varía de una década a otra, o es intemporal? Tal vez estamos creando un nuevo tipo de belleza. Una amalgama entre cirugía, arte y cultura popular. Y si es así, ¿estas personas son la vanguardia de la evolución de la belleza inducida por el hombre? Pensemos que hace veinte años, los tatuajes y la perforación se consideraban marginales.
A los ojos de Toledano, dentro de 40 o 50 años, cuando la cirugía estética se abarate y sea cotidiana, miraremos a estas personas sin sobresalto. Para Toledano: “Si todos podemos permitirnos alterar quirúrgicamente el yo exterior, la belleza no dependerá de nuestra genética. ¿Esto nos permitirá vivir en una  sociedad más democrática? ¿Son estas personas, entonces, pioneras? ¿Están allanando el camino para “un nuevo tipo de belleza?”.
Yo, sinceramente, confío en que esta visión de Phillip Toledano sea solo una pesadilla futurista.
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Lo que la verdad esconde

"La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad" Francis Bacon

La verdad. La bandera del conocimiento válido, la afirmación de la realidad, la justificación de los hechos, la confirmación de la razón, la base que legitima las acciones, la confianza en la relación entre lo que se cree, lo que se dice y lo que es. Todos actúan en nombre de la verdad. Todos son portadores de la verdad. Pero, ¿quién la tiene?




















La Historia de la Humanidad desde sus más remotos orígenes está repleta de enfrentamientos. Cuanto más amplia es la perspectiva con la que se analizan, más transparentes aparecen las razones. Podemos leer escritos que explican las causas de estos conflictos basándose en diferencias culturales, sociales, religiosas o políticas, y probablemente todos ellos se amparan en una verdad. Pero también podemos aceptar como una certeza el hecho de que cuando una sociedad ha convivido con excedentes de recursos, ha podido ampliar su complejidad y buscar un espacio común que pudiera alinear a todas las desavenencias en acuerdos, las hostilidades en colaboraciones, retroalimentándose con el objetivo de un beneficio común. Este ambiente de bienestar perdura mientras todos los componentes de la comunidad se encuentren colmados en sus necesidades básicas y aspiraciones.

Es un comportamiento similar al que ocurre en la naturaleza. En la sabana un predador como el león y una presa como la gacela conviven en armonía, hasta que la necesidades de ambos se contraponen. El león para subsistir ha de cazar y se fija en la gacela del grupo que menos posibilidades tiene de que se le escape. Elige a la que está herida, ya que las probabilidades de conseguir a la presa aumentan considerablemente. El resto de gacelas asume esta situación como cotidiana e incluso antes del ataque se acercan a su semejante, ya sentenciada por el propio grupo, para justo en el momento del ataque dispersarse y dejarla a merced del león. Se reúnen varias curiosidades en este acto. En primer lugar el león busca el mayor rendimiento energético cogiéndo la presa fácil. Una vez satisfecho, todo el entorno vuelve al inicial estado de equilibrio entre presas y predadores. El resto de gacelas miran hacia el futuro inmediato. Para el próximo ataque cada una de ellas espera no ser una de las heridas.


Mientras los excedentes de recursos nos mantienen satisfechos, nuestra única visión es la de optimizar los beneficios. El problema surge en el momento en que esos recursos esenciales que han mantenido esta etapa de relativa simetría empiezan a escasear, y es cuando empezamos a mirar quién está en disonancia. Es lo que el peak oil ha desvelado al frenar la marcha de la economía mundial.

En la actual era de la masificación informativa, la verdad pasa a ser un simple elemento estratégico de persuasión de masas. Mientras la tensión geopolítica crece, los grandes medios ya convertidos en potentes corporaciones financieras que engloban diversos campos de negocio, nos inducen a mirar a un lado y a otro para que como indefensas presas, asumamos que han de haber "heridos" en el grupo para mantener un "equilibrio". 

Cuando en el futuro se estudien los actuales conflictos internacionales, se editarán artículos,  documentales, libros, que fundamentarán las causas en divergencias políticas, en criterios democráticos, en diferencias étnicas, en enfrentamientos religiosos, en enfoques económicos, en culpar al imperialismo angloamericano, al totalitarismo chino, al absolutismo ruso, al papel comparsa de la Unión Europea, y seguramente todos tendrán una verdad.

No es un dilema entre buenos y malos. Existen los límites físicos. Existen las leyes de la Termodinámica. Existen los intereses contrapuestos. Existe la esencial necesidad de disponer de un espacio vital. Existe un sólo planeta.

Nadie quiere ser gacela herida. Pero no todos pueden ser leones.




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