16 abr 2015

Humor Ateo

Algunas Viñetas muy simpaticas



Un poco de humor de la mano del filosoraptor. 

14 abr 2015

La Revolución emprendedora

Todos los 14 de julio Francia celebra su fiesta nacional en conmemoración de la toma de la Bastilla, punto de inicio de la Revolución Francesa. Aquel  acontecimiento puso fin al Antiguo Régimen y sentó las bases de la democracia en la Europa continental. Hoy, otra revolución está teniendo lugar. Sin luchas en las calles ni bandos enfrentados, viejas estructuras están cayendo y nuevas formas de organizarse están ocupando su lugar para crear un mundo nuevo; es una revoluciòn de ideas, talentos, creaciòn, innovaciòn. Es la revolución emprendedora.
La revolución está en tus manos
No se trata de una exageración. El emprendimiento se ha convertido en una tendencia transversal de la sociedad del siglo XXI y en la principal fuerza de cambio en el mundo. Ya no es la política la que transforma la sociedad. Tampoco las grandes corporaciones son motor de cambio. Hoy en día, las innovaciones sociales, económicas y culturales vienen muy a menudo de la mano de los emprendedores. Personas que ponen ideas en acción para convertir recursos y oportunidades en productos y servicios que crean valor económico y social.
Veamos cómo se manifiesta esta revolución:
  • Una revolución empresarial: Para crear una empresa de éxito ya no es imprescindible una inversión millonaria. Hay nuevas y variadas formas de emprender. Desde un garaje se han creado algunas de las innovaciones más relevantes de los últimos años.
  • Una nueva forma de competir: De la competencia a la coopetencia, negociaciones win-win (o triple win)… Donde antes se peleaba por el máximo trozo posible de un mismo pastel, ahora se busca hacer el pastel más grande entre todos.
  • Una nueva concepción del trabajo. El emprendedor no “trabaja”, se entrega a su pasión. “Ya no hay trabajos que duren toda la vida” se lamentan algunos, pero, ¿quién quiere pasarse toda la vida haciendo lo mismo?
  • Una revolución tecnológica. Emprendedores como Bill Gates, Steve Jobs, Larry Page, Sergey Brin, Linus Torvads o Mark Zuckerberg han sido los protagonistas de una revolución tecnológica que a su vez, facilita y acelera la aparición de nuevas iniciativas emprendedoras.
  • Un cambio social: Porque una sociedad emprendedora cambia sus valores colectivos. Se hace más plana y horizontal, más móvil, flexible y se pasa de una estructura en forma de pirámide a una estructura de red. En una sociedad emprendedora no se penaliza el riesgo ni el fracaso y los problemas sociales se resuelven mediante la innovación y el emprendimiento social.
  • Una revolución interior: Tomamos conciencia de ser dueños de nuestro destino, rechazamos el papel de víctimas y cogemos las riendas de nuestra vida. Reforzamos nuestra autoestima, tomamos decisiones y nos lanzamos a cambiar nuestra vida.
  • Una nueva forma de vivir. No sólo la vida del emprendedor cambia. Con sus productos y servicios, los emprendedores cambian la manera en que todos nosotros vivimos, nos relacionamos, nos movemos, trabajamos e incluso cómo nos entretenemos.
La revolución emprendedora ha empezado. Para que dé todos sus frutos, hace falta que los emprendedores tomen conciencia de la fuerza que tienen si colaboran entre ellos. Un nuevo mundo está naciendo. ¿Quieres formar parte de él?
Planetafios propone que elijamos el dìa del emprendimiento, que opinan emprendedores.

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EL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN



Históricamente el concepto de revolución ha sido sometido a diferentes definiciones y redifiniciones regidas por los diferentes sentidos que ha recibido según cada discurso ideológico. Esta circunstancia ha hecho que por revolución se entienda una variada cantidad de fenómenos sociales y políticos de diferente naturaleza, y que en último término se haya perdido cualquier tipo de noción clara y concisa de lo que entraña toda revolución o proceso revolucionario, independientemente de la orientación ideológica que pueda tener.

En la actualidad nos encontramos con que el concepto de revolución tiene muy mala prensa debido a que el marco cultural e ideológico es conformista, y por tanto considera la revolución como una grave perturbación sociopolítica propiciadora de todo tipo de males conocidos y aún por conocer. Debido a esto la revolución hoy, como concepto político, no es popular sino por el contrario encuentra oposición al disponer de una muy mala imagen y al ser identificada con experiencias históricas del todo nefastas. La mentalidad predominante en la sociedad actual es reformista y conformista, simplemente se aspira a mejoras parciales dentro del cuadro social y político del sistema vigente, lo que fácilmente puede reducirse a un deseo fundamental: la mejora de las condiciones materiales de la existencia que se resumen en un aumento del nivel de consumo. Esta meta, economicista y materialista en esencia, bien puede lograrse dentro del sistema establecido lo que hace innecesaria su destrucción y sustitución por otro de diferente naturaleza.

Las condiciones subjetivas, aquellas que tienen que ver con la cultura e ideología dominantes, son las de una conformidad general con el sistema establecido y las ansias de alcanzar mejoras dentro de ese mismo orden. Esta mentalidad reaccionaria y anquilosada es la que ha creado las condiciones actuales para la existencia de un consentimiento social relativamente estable que ha permitido a las autoridades políticas, y por ende al conjunto del sistema vigente, conservar su estabilidad y con ello perdurar en el tiempo.

En el imaginario colectivo la idea de revolución ocupa un lugar marginal y siempre oscuro en el que es identificada con toda clase de horrores al ser considerada una idea cargada de muerte, horror y sangre. Pero esta perspectiva la complementa aquella otra que, desde una actitud superfluamente optimista e infantil, plantea cambios parciales y no sustantivos en la estructura del sistema y que por ello rechaza la revolución no ya por motivos tácticos sino estratégicos al no rechazar tampoco los fines generales del sistema de dominación y menos aún el orden vigente. Esta es la actitud groseramente mezquina que puebla una parte notable del radicalismo político, aquella que pervierte el concepto de revolución al darle un contenido reformista, al afirmar el orden establecido y sólo plantear una ruptura en sus formas y no en su esencia. Son aquellos revolucionarios de salón, de la cerveza y del porro, que se ufanan en convencer a incautos de que existen las revoluciones pacíficas, sin sobresaltos, de que otro mundo es posible y que sólo hay que quererlo. Son los mismos que aborregan a los infelices insatisfechos que en su ingenuidad se prestan a ser, no ya los tontos útiles, sino los borregos que sirven de carne de cañón para que otros saquen los debidos réditos políticos.

Es necesario reconocer la crudeza y terribilidad que entraña toda revolución y no autoengañarse creyendo, o haciendo creer, que puede ser un camino de rosas, fácil, de mínimo esfuerzo, sólo porque una virtual mayoría social así la pudiera llegar a reclamar. Pero muy al contrario de estas erradas ideas la revolución es, en primer lugar, etimológica y realmente “re-volver”, regresar a los orígenes. Significa una ruptura cualitativa con la esencia y naturaleza del presente para completar su ciclo y dar lugar a un nuevo comienzo. Revolución es, en suma, una ruptura con el orden establecido y consecuentemente con su legalidad y todo cuanto la sostiene: el Estado junto a todo su aparato coercitivo y represivo compuesto por su burocracia, policía, servicios secretos, ejército, cárceles, tribunales, etc.

Una revolución entraña violencia, sangre, muerte, fuego y sacrificios colectivos inauditos pero irrenunciables cuando se juegan principios, valores y planteamientos que dan contenido a la existencia, que hacen que las personas sean y se sientan humanas y no reducidas a la condición de larvas o insectos dentro de la conformidad de las sociedades actuales, compuestas por una abúlica y esperpéntica burguesía de masas. Porque tal y como apuntó Errico Malatesta “la revolución tiene que ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea en sí misma un mal. Tiene que ser violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados reconocieran el daño y la injusticia de sus privilegios, y se decidieran a renunciar de ellos voluntariamente. Tiene que ser violenta porque la violencia revolucionaria transitoria es el único medio para poner fin a la mayor y más perpetua violencia que tiene esclavizados a la gran mayoría de los seres humanos”. Más aún, “la sociedad actual se mantiene con la fuerza de las armas. Nunca ninguna clase oprimida ha logrado emanciparse sin recurrir a la violencia; nunca las clases privilegiadas han renunciado a una parte, siquiera mínima, de sus privilegios, sino por la fuerza, o por miedo a la fuerza. Las instituciones sociales actuales son tales que resulta imposible el transformarlas por reformas graduales y pacíficas, y la necesidad de una revolución violenta que, violando, destruyendo la legalidad, funde una sociedad sobre nuevas bases, se impone”.[1]

No puede obviarse que las jerarquías sociales se basan sobre el principio de la fuerza, y que la legalidad vigente es la expresión de una correlación de fuerzas de los vencedores sobre los vencidos, y que el propio Estado nace de la conquista guerrera que impone su privilegio autoritario de dictar el derecho a los derrotados, lo que hace de todo el entramado que constituye el ordenamiento jurídico un gran engranaje de dominación y subyugación en el que los sometidos ostentan tal condición en última instancia como consecuencia de esa relación de fuerzas.

Todas las revoluciones, independientemente de su orientación ideológica, han estado cargadas de un componente violento dado que el orden establecido y sus jerarquías se fundan igualmente sobre un principio violento que es el que en último término las mantiene, las reproduce y perpetúa. Una revolución es una ruptura con lo establecido, y en tanto que tal exige acciones dirigidas directa o indirectamente contra quienes sostienen esa situación, lo que puede plasmarse, según los casos concretos, en insurrecciones populares, guerrillas, motines, revueltas, sabotajes, etc. Pero en cualquier caso la violencia siempre está presente.

Por el contrario, las acciones no violentas en ningún caso pueden plantearse como medios para una revolución. En este sentido la no violencia puede considerarse como una práctica que en lo táctico y en lo estratégico puede defender al Estado y de hecho así ocurre en muchas ocasiones.[2] Más bien nos encontramos con que esta tendencia que ha sido implantada en gran parte del espectro del radicalismo político obedece a unas coordenadas ideológicas dirigidas hacia la pacificación y domesticación de este sector, para su posterior reconducción hacia los callejones sin salida del sistema de dominación para, al mismo tiempo sembrar con ello la debilidad a través de una falsa disyuntiva entre violencia y no-violencia que, a su vez, enmascara una realidad social, política, cultural y económica que se basa fundamentalmente en el uso de la fuerza.

Hoy vemos cómo el discurso de la no-violencia ha desembocado en la ideología del ciudadanismo, de la reacción y del rechazo de cualquier contestación sistemática y revolucionaria al orden establecido y a sus estructuras de opresión. Todo ello ha contribuido a reconducir a una parte del radicalismo político hacia posiciones políticas e ideológicas conciliables con las que sostiene el sistema de dominación y sus elites, donde finalmente las cajas negras de la institucionalidad son las que permiten la reconversión ideológica que facilita el reforzamiento del poder establecido, y con ello la asimilación e incorporación de estos elementos procedentes del radicalismo a las estructruas de dominación tal como ocurrió en el pasado.

Sin embargo la revolución es violencia, es traumática pues entraña dolor y muerte, pero no es sólo eso, tal y como una considerable parte de la población cree. La revolución es un punto de partida y no de llegada, pero para lograr esa situación cualitativamente distinta que permita un nuevo comienzo son imprescindibles unas condiciones subjetivas que entrañan una revalorización moral del sujeto y de sus luchas colectivas. En este sentido han sido históricamente las grandes ideas, además de determinados valores que han creado unas determinadas actitudes, los que han provisto de la fuerza moral para que las luchas, y por tanto también las revoluciones, sean iniciadas y mantenidas en el tiempo generación tras generación. Sin la labor concienciadora en la que los factores morales desempeñan un papel fundamental para ulteriormente hacer cualquier revolución popular es imposible plantearse nuevos comienzos y emancipaciones.

No existen los atajos ni los grandes logros que no entrañen grandes esfuerzos y sacrificios. En estas condiciones que impone la propia lucha revolucionaria es necesaria una moral de combate, una moral que rehumanice al sujeto y lo sustraiga del conformismo burgués que lo aborrega y lo sume en una amodorrada forma de vida melindrosa, empequeñecedora y embrutecedora. Significa asumir la importancia que juegan los valores junto a las actitudes que estos generan como baluarte moral que permita asumir el esfuerzo de toda lucha. Pero la importancia de la moral y de los valores radica en el hecho de que constituyen la base sobre la que construir sobre las ruinas de un mundo decadente e ilusorio. Por todo ello es necesaria una regeneración en términos morales y axiológicos que ponga fin a todo cuanto el sujeto ha interiorizado del sistema que le oprime, y por ello un rechazo de las metas existenciales así como de la forma de ser, pensar y sentir que son propias de ese sistema y su sociedad burguesa.

El emboscado


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El gran salto de la humanidad: el círculo que no se cierra

El enorme avance científico-técnico de los pueblos más desarrollados del planeta ha ocurrido en un suspiro, si lo comparamos con los seis millones de años de la genealogía humana. Los primeros miembros de Homo sapiens tenían un desarrollo tecnológico similar al de cualquier otra especie de hominino del pasado. Así permanecimos durante más de 100.000 años, hasta que iniciamos la expansión fuera de África. Quizá, en ese momento habíamos progresado algo en nuestra cultura. La socialización del arte y el simbolismo aún tardarían miles de años en llegar y la revolución del Neolítico, en la que siguen inmersos muchos pueblos de la Tierra, no cambió nuestra existencia hasta hace unos 8.000 años. El despegue definitivo de la humanidad hacia la conquista del espacio ha ocurrido durante la vida de muchos de los lectores.
mundo
¿Cómo explicar este salto cualitativo en tan poco tiempo? Genetistas, como Bruce Lahn, buscan la respuesta en los cambios del ADN. Puesto que nuestra evolución no se ha detenido es lógico pensar que hemos sufrido alteraciones de determinados genes, cuyo efecto positivo se extendió entre las poblaciones humanas del Pleistoceno Superior. Esos genes habrían interesado a la fisiología cerebral. La mejora de nuestras capacidades cognitivas podrían habernos ayudarnos a competir con éxito frente a otras especies. Aquellas mutaciones que mejoraron una mayor conectividad entre las neuronas, posibilitando una mayor adquisicón y almacenamiento de información, se habrían fijado en el genoma de las poblaciones de Homo sapiens. Las mentes pensantes, capaces de encontrar soluciones a los problemas que crea el entorno tienen mayores posibilidades de dejar descendientes. Por ejemplo, el notable desarrollo de la capacidad para el simbolismo nos hizo más fuertes como grupo. Además, posibles hibridaciones puntuales con otras especies, señaladas por los estudios del ADN antiguo, habrían favorecido la expansión de nuestra especie en el hemisferio norte.
Sin embargo, mediante estos hipotéticos cambios en el genoma los humanos tan solo llegamos a idear la agricultura y la ganadería. Los progresos que siguieron fueron favorecidos por un incremento demográfico, que aún no se ha detenido. Las mentes pensantes se encontraron en grupos cada vez más numerosos, que fueron creciendo de manera exponencial. De la tribu (unos 15-20 individuos) y el clan (reunión de varias tribus) llegamos a las primeras concentraciones urbanas. Surgieron nuevas necesidades y comenzó la especialización. Las civilizaciones aparecieron por doquier, aunque también desaparecieron. Es lo que nos cuenta la historia y lo que contará la historia de la época actual dentro de muchos años. En todo caso, lo importante es que la fuerte socialización fue origen de un sinfín de innovaciones producidas gracias al trabajo en grupo. Si hace 100 años las publicaciones científicas iban firmadas por un único autor, en la actualidad este hecho es excepcional. Lo habitual, y en particular cuando se trata de un trabajo que mueve hacia adelante las fronteras del conocimiento, es que los trabajos estén firmados por equipos de diez, quince o veinte científicos. Los consorcios de instituciones también son frecuentes. Con ello se logran notables avances en el campo de la ciencia. Las neuronas de diferentes individuos se conectan mediante una suerte de “wireless” y surgen las innovaciones. Además, el conocimiento se acumula en diversos soportes y llega a millones de individuos. Ese conocimiento es fuente de inspiración de nuevos avances.
En definitiva, los cambios en el ADN pudieron favorecer capacidades cognitivas y una mayor socialización. Ésta, a su vez, ha promovido el progreso en el conocimiento gracias al trabajo en grupos cada vez más numerosos. Pero no todo queda aquí, porque la evolución sigue su curso ¿Qué efecto genético puede estar teniendo en los seres humanos el nuevo medio creado por la revolución científico-técnica que vivimos? Lo sabrán las siguientes generaciones.
No quiero terminar sin reflexionar sobre otro hecho incuestionable. Las tres cuartas partes de la humanidad siguen viviendo en condiciones deplorables. Si la expansión de nuestra especie fue una forma de conseguir una cierta uniformidad cultural y económica de todas las poblaciones del planeta, 100.000 años más tarde hemos introducido nuevas formas de juego, que han potenciado la desigualdad dentro de límites muy peligrosos. Algunos humanos siguen viviendo de la caza y la recolección. Otros se encuentran en un nivel cutural similar al Neolítico. Otros viven en tiempos que nos recuerdan a los períodos que hemos estudiado en historia, como la época medieval. Finalmente otros (no necesariamente los más privilegiados) viven en lo más avanzado siglo del siglo XXI. El resultado de este “algoritmo”, en el que se relacionan las desigualdades genética, cultural y económica en un planeta cada vez más pequeño por efecto de las comunicaciones, es impredecible.
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Los países más religiosos y más ateos del mundo

TAILANDIA ES EL PAÍS MÁS RELIGIOSO DEL MUNDO; CHINA EL MENOS

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Un nuevo sondeo global de una encuestadora estadounidense revela cuáles son los países más religiosos y cuáles los más inclinados al ateísmo, permitiendo entender las condiciones socioeconómicas que se correlacionan con estos indicadores.
Los países más religiosos del mundo son Tailandia, con el 94%, y Armenia, Bangladesh, Georgia y Marruecos; los menos religiosos son China, con sólo 6% de la población, y Japón, Suecia, Holanda, la República Checa y Hong Kong. Debemos aclarar que algunas de estas personas practican o se consideran espirituales pero no religiosos, y otros son agnósticos, por lo tanto no significa que sean ateos. Globalmente, 63% de las personas profesa una religión y 11% es atea.

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Los encuestadores notaron que existe una tendencia a mayor religiosidad entre menos ingresos económicos; las personas con mayor grado de educación son menos religiosas: las amas de casa ejemplifican la ocupación más religiosa y sorprendentemente, los jóvenes son más religiosos que las personas de mayor edad.

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7 abr 2015

La batalla del libre pensamiento

Un ejercicio mínimo, minoritario y geográficamente muy localizado, de la libertad de pensar, de cuestionar, de abordar la realidad con una visión rigurosa y verificable es responsable de todo el avance del conocimiento, la sociedad, la moral y el arte en los últimos 400 años, más o menos.
Fotografía del campo ultraprofundo del telescopio espacial Hubble, mostrando miles de
galaxias casi en el borde del universo en el que vivimos y del que somos parte. 

La desaparición de la viruela, las telecomunicaciones, la electricidad, las imágenes del Hubble, el aumento en la calidad y cantidad de nuestras vidas, la comprensión de los materiales, el conocimiento de la herencia genética, la química, la cosmología, el conocimiento del mundo de lo más pequeño, la descripción del funcionamiento de la célula, de los animales y plantas, la capacidad de volar, la medicina, la democracia, las libertades, los derechos humanos inalienables... todo lo que es resultado de la Revolución Científica y de la Ilustración es producto de la libertad de pensar y de cuestionarlo todo.

Todo.

Cuestionar a los dioses, a las supersticiones, al dogma, a los monarcas, a los sacerdotes, a las creencias, a las costumbres, a las tradiciones, a las convicciones más profundas, a la forma de adquirir conocimiento... pensar libremente respecto de esto y más ha cambiado la vida de los seres humanos de modo profundo y, se puede argumentar de modo contundente, en general para mejor.

En sólo 400 años el conocimiento de la realidad del que disponemos ha avanzado más que en toda la historia anterior de nuestra especie.

Y al mismo tiempo ha avanzado nuestra moral. Acciones que en el pasado nos parecían perfectamente naturales, como el juicio por ordalía, hoy nos parecen injustas, bárbaras e insostenibles, y en muchas sociedades creamos leyes que pretenden ser más justas que las del pasado. Vemos con rechazo prácticas que no hace mucho (y hoy todavía en muchos lugares) eran consideradas normales, como la persecución de quienes tienen una sexualidad diversa o el sometimiento de la mujer. Al menos en gran medida.

Caroline Herschel, la primera científica
profesional de la historia, hermana
del más conocido astrónomo
William Herschel.
Pero esto no ha significado que todos los integrantes de nuestras sociedades, ni siquiera la mayoría, hayan practicado el libre pensamiento, el cuestionamiento, el pensamiento crítico. Han abrazado y adoptado los avances sociales, políticos, tecnológicos y científicos porque son claramente beneficiosos, pero ello no ha significado que se adopte la forma de pensar que llevó a ellos, que se abandonen dogmas, prejuicios, supersticiones y creencias irracionales viejas y nuevas. Esta "doble vida" trae consigo contradicciones profundas que nuestras sociedades y sus individuos deben resolver. El derecho a creer en religiones no implica, en algunas sociedades, el derecho a hacerle daño a otros en nombre de una religión. La creencia profesada en libros sagrados debe convivir con conocimientos que ponen en duda las palabras de esos mismos libros. El rechazo a prácticas como la vacunación debe eludir la abrumadora cantidad de evidencias que demuestra su eficacia y su inocuidad. El respeto a tradiciones como las referidas a la libertad de elección de la pareja o del matrimonio mismo, choca con frecuencia con una sociedad para la cual no están diseñadas.

El hecho mismo de que el libre pensamiento pudiera dar frutos es resultado de una historia de enfrentamientos y colisiones donde la peor parte la llevaron quienes trataban de pensar libremente, gente como Giordano Bruno o Galileo, Darwin, Oldenburg, los reformadores sociales, las mujeres que deseaban estudiar e investigar... una batalla donde la violencia generalmente la ejercieron contra sus adversarios únicamente las creencias irracionales.

Y esa batalla no ha terminado.

En la mayor parte del mundo, entre la mayoría de los más de 7 mil millones de seres humanos que habitan el planeta hoy, la libertad de creencias y de pensamientono existe. La persecución religiosa existe igual en China contra los Falun Gong que en el Estado Islámico contra todos los no sunnis. Las supersticiones antiguas campan a sus anchas en África y América Latina, se redactan nuevas constituciones que le dan derechos a dioses antiguos como la Pachamama, las nuevas supersticiones se difunden aceleradamente por todo el mundo con ayuda de las redes sociales e Internet. Se crean nuevos tabús que no se diferencian en nada de los que uno puede encontrar en cualquier texto o tradición religiosa: incuestionables, intocables. Si romperlos no comporta en algunas sociedades castigos corporales es casi una excepción.

Una buena parte de las supersticiones actuales se orientan contra la ciencia, contra el conocimiento, contra precisamente la actividad humana, y sus resultados, que han mejorado la vida de quienes la rechazan. El ejemplo más acabado de la contradicción son quienes, en Internet, afirman que la ciencia sólo es una opinión que puede cambiar en cualquier momento y no es distinta de cualquier otra creencia... sin darse cuenta de que usan las ecuaciones de Maxwell y las de la física cuántica en sus máquinas, en la codificación de sus mensajes que se transmiten por fibra óptica y pueden retransmitirse por varios satélites hasta llegar a los servidores con los cuales se conectan otras personas por medios similares para recibir el mensaje: "la ciencia es sólo una opinión"... cuando la existencia misma del mensaje demuestra que no es así.

Preámbulo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano, documento revolucionario que dio origen a las
libertades y derechos de los que disfrutamos algunos en una
parte del planeta.
Para algunas personas, la Ilustración es un asunto de los libros de historia. Sus efectos sociales al derribar los sistemas monárquicos parecen asunto superado y hoy hay una intensa actividad en la postilustración, dedicada a derribar los sistemas surgidos después de la Revolución Francesa para alcanzar una sociedad mejor. Lo cual es sin duda una aspiración totalmente legítima. Pero esto no anula el hecho de que parte de esta posición implica el rechazo a todo el conocimiento y métodos de la razón... y sobre todo que a un lado de la desigualdad económica y social que debemos enfrentar y que exige soluciones sigue habiendo una desigualdad, un desfase profundo por el cual miles de millones de seres humanos aún no han siquiera alcanzado los ideales más básicos de la Ilustración, las libertades más elementales, los derechos más fundamentales... y en muchos casos ni siquiera están informados de estas ideas para poder juzgarlas independiente y libremente.

Para otras personas, la Ilustración es sólo asunto de la Europa y los Estados Unidos donde se desarrolló. Como si la brújula fuera asunto sólo de los chinos, el blues debiera ser exclusivo de los descendientes de esclavos en EE.UU., la pintura de Miguel Ángel no pudiera ser legítimamente disfrutada por no italianos, los números "arábigos" fueran patrimonio exclusivo de sus creadores de la India (no de los árabes que los tomaron como un avance para todos) o la poesía de Vallejo se debiera circunscribir a los peruanos. La cultura humana es universal, los avances de la sociedad y el pensamiento en un grupo no son patrimonio de ese grupo, y para creerlo uno debería tener las más terribles ideas nacionalistas excluyentes, racistas y misantrópicas. Los valores esenciales de la Ilustración tienen el mismo valor universal que toda otra obra del pensamiento y el rigor humanos. Y son el pensar libremente y el decir libremente lo que se piensa.

Cuando la libertad de pensar no está acompañada de la libertad de decir lo que se piensa, cuando las ideas quedan aisladas dentro de las estructuras nerviosas de quien las desarrolla, encarceladas en su cráneo, a efectos de la sociedad no existen. Son como un libro cuyo manuscrito se destruye sin haber tenido jamás un lector, igual que si nunca hubiera sido escrito. Las ideas que cambian la realidad son inevitablemente sociales. El flujo libre de las ideas, aún de las más peligrosas, la expresión libre de las opiniones y pensamientos, incluso los más repugnantes, es parte indispensable del proceso de resolver problemas, de diseñar opciones. La libertad individual es la condición esencial para conseguir la libertad social, política y económica.

Por ello, la Ilustración y la batalla por sus principios centrales sigue siendo, a todas luces, una batalla que estamos librando hoy, día tras día. A veces no nos damos cuenta, pero la educación, los medios de comunicación, las conversaciones mismas que tenemos virtualmente o en la realidad física, implican el enfrentamiento entre creencias y conocimientos, donde muchas veces las creencias se presentan a sí mismas como formas del conocimiento, con argumentos falaces y con sobresimplificaciones peligrosas. Son esfuerzos en favor de la Ilustración y contra el oscurantismo y todo lo que implica: sometimiento, miedo, ignorancia, opresión y resignación.

Pero también por su promesa. Si unas pocas personas ejerciendo el pensamiento libre lograron reorientar tan radicalmente toda la historia humana, queda por imaginar las enormes posibilidades que se abrirían ante nosotros si más gente, muchos más, la mayoría o la gran mayoría de los seres humanos tuvieran esa libertad de pensamiento y ese rigor que proporciona el pensamiento crítico y racional... Cualquier especulación al respecto, por conservadora que sea, es abrumadora.

Es responsabilidad de cada persona que adquiere un conocimiento el compartirlo con otros. Es responsabilidad de quien tiene soluciones ponerlas al alcance de toda su sociedad. Y por ello es responsabilidad de todos quienes están conscientes de que su vida, su bienestar y su libertad proceden de las ideas renovadoras de la Ilustración, del libre cuestionamiento y la aplicación de métodos rigurosos en el análisis y la investigación sobre los hechos, seguir luchando la batalla de la libertad de pensar. La alternativa, por supuesto, es el regreso a una barbarie que no necesitamos siquiera imaginarnos, porque nos golpea con frecuencia en las portadas de los diarios, en las publicaciones en línea, en las cabeceras de los informativos, incluso de los más tendenciosos e irracionales.

Nada de lo que se ha logrado en estos 400 años es inamovible, ni está garantizado para mañana. Su destrucción es posible, realmente posible con los medios que la irracionalidad tiene hoy a su alcance. Y estar conscientes de la fragilidad de estos logros es el primer paso para su defensa. No sólo por el conocimiento en sí por su valor intrínseco, sino por lo que hacemos, y lo que todavía podemos hacer, con ese conocimiento.

Porque lo que podemos hacer con la ignorancia y la esclavitud ya lo conocemos... y no es bueno.



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¿Libre albedrío?


«Estoy hablando de libre albedrío. ¿Lo tenemos, o acaso Dios dicta y escribe todo lo que hacemos y decimos y queremos? ¿Tenemos libre albedrío o bien los medios de comunicación de masas y nuestra cultura nos controlan, controlan nuestros deseos y acciones, desde el momento en que nacemos? ¿Lo tengo yo, o mi mente está bajo el control del conjuro de Helen?».



Nana (2002)

[Extracto del libro escrito por Chuck Palahniuk]



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5 abr 2015

El arte láser en madera


Mandala Circular / Gabriel Schama
Gabriel Schama comenzó a probar diseños en su trabajo artístico con capas de diversos materiales, entre ellos papel y madera. El trabajo podía requerir semanas hasta que al final se materializaba como una obra acabada.
Mandalas de Gabriel Schama
Con el tiempo probó una «cortadora láser» con la que vio que podía trabajar de manera más creativa e incluso rápida, creando diseños cada vez más complejos e interesantes.
Puso manos a las obra, preparó algunos diseños y en marzo de 2014 ya había vendido 400 de sus «mandalas» en madera a través de KickStarter. Con los beneficios pudo comprarse la cortadora láser y montar un estudio propio totalmente profesional, en el que sigue vendiendo estas intrincadas preciosidades a día de hoy.
(Vía Colossal.)
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El Humanismo Ilustrado o secular

La secularización nos ha vuelto más morales. Lo más importante que ha emergido de la edad de la Razón o de la Ilustración ha sido un modo de pensar que utiliza argumentos que confirman la certeza de sus conclusiones a través de verificaciones empíricas. Michael Shermer, en su último libro[1],  “The Moral Arch”, dice que Razón “es la capacidad cognitiva de establecer y verificar hechos a través de la aplicación de la lógica y la racionalidad, y hacer juicios y formar creencias basadas en estos hechos.
Michael Shermer
  Michael Shermer  
Racionalidad es la aplicación de la razón para formar creencias basadas en hechos y pruebas, en vez de suposiciones, opiniones o sentimientos.” Estamos en un momento histórico en el que las sociedades más avanzadas ya no deciden que sus creencias, valores morales o estilos de vida son mejores que el de otras por el hecho de formar parte de su cultura o de su religión sino por motivos que buscan ser lo más objetivos y, por lo tanto, lo más compartibles posibles.
El propio Dalai Lama dijo en Facebook en  septiembre del 2012 que “hoy en día fundamentar la ética en la religión ya no es adecuado. Por eso estoy cada vez más convencido de que ha llegado la hora de que encontremos una manera de pensar en la espiritualidad y la ética dejando atrás la religión”. Llamamos “Humanismo Secular” a aquella filosofía ética y vital que prescinde de la revelación y se apoya en la razón, las emociones humanas pro-sociales y en la ciencia. Tenemos percepciones innatas de la moral. Además del acuerdo racional, los sentimientos morales son la base de la Ética. En un mundo sin emociones ni sentimientos espontáneos de respuesta social innata no habría altruismo emergente, no habría bondad en aquellos casos en que es necesaria, no habría censura cuando esta es apropiada, no habría sensación automática de los fracasos propios.
En ausencia de los sentimientos de tales emociones, los humanos no se hubieran dedicado a negociar soluciones a los problemas a los que se enfrenta el grupo. No habría habido una acumulación gradual de sabiduría en lo que se refiere a las relaciones entre situaciones sociales, respuestas naturales y toda una serie de contingencias tales como el castigo o el premio que se obtienen al permitir o inhibir las repuestas naturales. Sin un sistema congénito de navegación moral no habría habido posibilidades de que el individuo se ajustara adecuadamente al mundo real. Cierto que nuestro sentido innato de la moral se ve influenciado por las culturas locales, las costumbres o la educación hasta el punto de abrir o cerrar el interruptor de la bondad. Por ello los pilares del Humanismo son estos sentimientos morales innatos unidos a la reflexión aportada por la ciencia y la razón.
Sigue esta idea sin gozar de popularidad, pero vivimos con mucha certeza en el mejor de los mundos que han existido. Podemos mirar atrás y observar que, lentamente, hemos ido expandiendo eso que se ha venido a llamar “círculo” o “arco moral” para incluir cada vez a más miembros de nuestra especie. Incluso de fuera de nuestra especie. Hemos descubierto que es mejor comerciar con bienes e ideas y canjear sentimientos y genes antes que robar, matar, esclavizar o violar al vecino. En sociedades prehistóricas y en las posteriores sociedades no estatales morían violentamente 1,000 de cada 100,000 personas por año, alrededor de 100 por 100,000 en las sociedades occidentales la Edad Media, sobre unas 10 por 100,000 durante la época de la Ilustración y menos de 1 por 100,000 hoy en día en Europa (un poco más de 5 por 100,000 in EEUU). Es nada menos que una mejora de cuatro órdenes de magnitud. Y no es una opinión; lo sabemos a través de respetados estudios científicos.
Uno de los pilares de esta revolución ha sido situar al individuo en un lugar central. Por primera vez es la persona la que deviene el agente moral prioritario, no el grupo, la tribu o el estado. El otro ha sido la consideración universal de la moral, desligada de una comunidad. El Humanismo Ilustrado (o Humanismo Secular o simplemente Humanismo) es el camino que deberá prevalecer porque se trata más de un método que de una ideología y por ello susceptible de mejoría. Así, como dice Michael Shermer, cada generación está produciendo no sólo mejores razonadores “abstractos” sino mejores razonadores “morales”. Y esto amplía ese “Moral Arch” del que nos habla.

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