23 abr 2015

El rescatador de libros

Okano Nobuo lleva 33 años resucitando libros. Los mima, les devuelve su “salud” y los regresa a sus dueños como nuevos. Para ello utiliza herramientas muy básicas: cincel, prensa de madera, pegamento y poco más.
El mimo de hoy fue la tecnología del pasado, pero una que no volverá: resulta imposible imaginar un artesano que en 20 años trabaje restaurando e-books, tablets o smartphones.
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En el vídeo se puede observar a Nobuo trabajando, una a una las mil páginas del diccionario inglés-japonés que un padre le quiere regalar a su hija que irá a la universidad. El antes y el después es asombroso. Para Nobuo, lo que “nos atrae de los libros no es su exterior, sino lo que llevan dentro”, una declaración de humildad inmensa para alguien que trabaja la paciencia con semejante devoción
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21 abr 2015

La muerte de la razón


Desde sus orígenes, la humanidad ha sentido una atracción irrefrenable hacia lo sobrenatural. Augures y adivinos han aconsejado y dominado a millones de seres a lo largo de la historia. Nuestra época tiene los suyos. Los medios de comunicación son cajas de resonancia para cientos de creencias irracionales. Un vidente-echador de cartas, un especialista en fantasmas, un pobre hombre secuestrado por extraterrestres son prueba de la existencia de un mundo misterioso a nuestro alrededor. Son portadores de un algo indefinible que nos permite huir de los agobios de la vida cotidiana.

Existe toda una fauna y flora que crece y se multiplica a la sombra de revistas y libros que juegan con la esperanza humana: la esperanza de vida después de la muerte, la de curar esa enfermedad incurable, la de no encontrarnos solos en este inmenso universo. Pero si profundizamos más allá de las superficiales, sesgadas y pueriles informaciones que nos presentan, descubriremos en ellas los temas de siempre, las mismas consignas que los mercaderes de lo misterioso han vendido a la humanidad desde sus comienzos: ayer eran ángeles, hoy son extraterrestres; ayer eran pociones de hechicería, hoy son medicamentos naturales; ayer eran druidas escondidos en el interior de un árbol hueco para hacer oír la temible voz de Teutates, hoy son médiums en contacto con los espíritus gracias a las más rudimentarias técnicas psicológicas y de prestidigitación. Sin embargo, ¿Se pueden doblar cucharas con el poder de la mente? ¿Nos visitan los extraterrestres? ¿Las plantas tienen sentimientos? ¿Los embriones de pollo tienen poderes extrasensoriales? La respuesta es no. Por dos motivos: uno, porque no hay pruebas de ello y dos, porque algunas son estupideces declaradas. En más de un siglo de investigaciones aún no han presentado ni una sola prueba irrefutable, o cuando menos contundente. Los casos clásicos, considerados en su tiempo inapelables, se han demostrado explicables o falsos.

Ni los posos del té, ni el Tarot, ni los planetas, ni los extraterrestres van a mejorar nuestra calidad de vida. Las líneas de la mano tienen el mismo valor predictivo que las del trasero. Necesitamos una buena infusión de espíritu crítico. Necesitamos de toda nuestra capacidad racional para resolver los problemas que la sociedad tiene planteados. Dicen que contra la estupidez humana hasta los dioses luchan en vano, pero algunos creemos que si aprendemos a dudar, a no aceptar las ideas de otros sólo porque nos lo dicen y a admitir los hechos aunque no nos gusten, habremos impedido la muerte de la razón.

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En la hora final


Así podrá ser el proceso que sufriremos cuando nos llegue esa terrible hora en la que todo cesa. El proceso es tan variable como el de nacer y no hay manera de predecir ni la hora ni la forma exacta en que moriremos, pero los enfermos terminales experimentan síntomas similares a los descritos en el vídeo a medida que se aproximan al final de sus días, independientemente del tipo de enfermedad que padezcan.

Morimos porque vivimos. Los cambios emocionales que sufrimos en nuestros últimos momentos, tales como estar cada vez menos interesados en el mundo exterior y menos involucrados socialmente, suelen interpretarse como preliminares de lo que está por llegar: del mismo modo que el cuerpo se prepara físicamente para la muerte, también lo hace la mente.

A pesar de que la muerte es consecuencia inevitable de la vida, es una idea muy difícil de aceptar. Nos resistimos a desaparecer y nos molesta que el mundo siga existiendo una vez que nosotros no estemos.

En 1969 se publicaba Sobre la Muerte y los Moribundos de Kübler-Ross, una psiquiatra que pasó gran parte de su vida asistiendo a agonizantes. A ella le debemos la famosa teoría de los cinco estados previos a la muerte –negación, ira, regateo, depresión y aceptación–  y fue una llamada de atención a médicos y familiares de las especialísimas necesidades de los moribundos. Su singular sensibilidad y compasión le valió el respeto y la popularidad de la gente de la calle y de la clase médica.
Con su demostrada experiencia Kübler-Ross insistía que el momento de la muerte
no es ni terrorífico ni doloroso, sino un cese tranquilo del funcionamiento del cuerpo. Observar la sosegada muerte de un ser humano nos recuerda la visión de una estrella fugaz; de entre millones de estrellas en un inmenso cielo, una de ellas brilla más que ninguna durante un breve momento para desaparecer por siempre en la noche infinita.

18 abr 2015

Elogio de la infancia


O la edad de la ilusión


Dicen las personas «serias», las «realistas», las «mayores» que «quien no es revolucionario a los veinte años, no tiene corazón, y el que lo sigue siendo a los sesenta, no tiene cabeza». 


El modo en que el niño enfoca la vida es distinto a la manera en que lo hace el adulto: lo que es serio para uno, no lo será necesariamente para el otro. Por ello, frecuentemente habrá incomprensiones y desconfianzas mutuas. (...) ¿Cómo olvidar que hemos sido niños? En realidad se ha olvidado no la niñez, sino lo que la niñez significa: frescura de espíritu, sencillez, ilusión, curiosidad, proyección hacia el futuro, etc. El niño tiene toda la vida por delante. Todo es posible para él. Por eso su estado habitual es la ilusión, el entusiasmo. La persona mayor es todo lo contrario, está cansado, hastiado a veces. Sin perspectivas de un futuro mejor, conformista con el sistema, se aferra a lo presente, lo seguro, lo práctico. Ha perdido la ilusión, ya no es curioso e indaga sobre lo nuevo, ya no recuerda que ese fue su tono vital cuando era feliz. Y ya no es feliz, ni cree que la felicidad sea posible. En el mejor de los casos, su estado es la resignación. Esa persona mayor que se ha resignado a la mediocridad, que ahoga en sí mismo la esperanza es el mismo que fue niño, que estaba ilusionado, que tenía confianza. Se ha traicionado a sí mismo. Si recordara, si tuviera un momento de lucidez, quizá iniciaría de nuevo el camino que lo llevaría a encontrarse consigo mismo. Para quienes se habían desviado, pero vuelven a intentarlo, describe Saint-Exupéry el camino que hay que seguir. Eso es El Principito. (...) «Personas mayores son todos los que han perdido la frescura de corazón, la espontaneidad de las impresiones y de los juicios, los que no conocen más que un orden material de valores y en los que ha muerto el sentido desinteresado de la belleza de la poesía». (...) Construir la vida según el ideal de la plenitud de sentido, a nadie se le escapa, supone esfuerzo. Todo el mundo siente la llamada a elevarse, pero puede postergarla, ahogarla y, finalmente, olvidarla. Quien así actúa considera que ha abandonado las puerilidades de la infancia y juventud y se ha convertido en una "persona mayor". Otra forma de verlo es decir que ha sido derrotado, la vida le ha podido y se ha resignado. 
Manuel Ballester, 2009
La busqueda de sí mismo: reflexiones sobre El Principito


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Un arco iris de inteligencias

Durante décadas los tecnofuturistas han estado preocupados sobre el momento apocalíptico en que los cerebros electrónicos y los robots lleguen a ser tan inteligentes como nosotros. Esta división de “ellos y nosotros”, donde los humanos y las máquinas son considerados como si estuviesen separados, está muy extendida. Pero mientras debatimos interminablemente sobre a qué nos referimos cuando hablamos de conciencia humana y las posibilidades y peligros de una inteligencia puramente artificial, una mezcla de las dos presenta otra posibilidad que merece más atención.
Un arco iris de inteligencias
Millones de cyborgs primitivos ya caminan entre nosotros. Durante las últimas décadas, los humanos se han fusionado gradualmente con dispositivos como marcapasos, lentes de contacto, bombas de insulina e implantes cocleares y de retina. Los implantes cerebrales, conocidos como «marcapasos cerebrales», alivian ahora los síntomas de decenas de miles de pacientes de Parkinson.
Esto no debería ser una sorpresa. Desde que los primeros humanos cogieron palos y sílex y empezaron a utilizar herramientas, hemos estado haciéndonos mejoras. Fijémonos en las colecciones de millones de cosas del Science Museum Group, desde máquinas diferenciales a teléfonos inteligentes, y veremos cómo las personas han aprovechado siempre los nuevos saltos cualitativos de la tecnología, de modo que el auge de unas máquinas más inteligentes que nunca no significa un mundo de ellos o nosotros, sino una mejora de las capacidades humanas.
Los investigadores están observando ahora exoesqueletos para ayudar a los débiles a caminar, e implantes que permitan a los paralíticos controlar miembros protésicos, y tatuajes digitales que se pueden estampar en el cuerpo para recoger datos fisiológicos o interactuar con el entorno, por ejemplo con la nube o el internet de las cosas.
Cuando se trata de máquinas que piensan, algunos están incluso investigando cómo mejorar la potencia cerebral con plugins electrónicos y otros «smartware». La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de EEUU (DARPA) ha lanzado el programa de Restauración de la Memoria Activa (RAM) para revertir los daños causados por una lesión cerebral con prótesis neuronales que perciben los déficits de memoria y restauran el funcionamiento normal.
Funcionan de manera bastante distinta a nuestro cerebro en el presente pero, gracias al Proyecto Cerebro Humano, el Ser Humano Fisiológico Virtual y otros grandes proyectos sobre el cerebro, junto con la investigación en ingeniería neuromórfica, las inteligencias artificiales podrían convertirse en inteligencias más parecidas a la nuestra con el paso del tiempo. Entretanto, ha habido intentos de usar células cerebrales cultivadas para controlar robots, simuladores de vuelo y más.
En unas pocas décadas, no será tan fácil distinguir a los seres humanos de las máquinas pensantes como consecuencia de este transhumanismo orgánico y progresivo. Al final, muchos de nosotros no dependeremos exclusivamente de las máquinas de carne que hay en nuestra cabeza para reflexionar sobre la perspectiva de las máquinas artificiales que piensan: el sustrato de pensamientos del futuro residirá en algún lugar de un continuo dentro de un arcoiris de inteligencias, desde las inteligencias ordinarias a la inteligencia artificial.
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16 abr 2015

Edad y condición


No es difícil envejecer. Lo difícil es hacerlo sin autoengañarse, sin perder la esperanza y sin llenarse de cinismo. Es difícil aceptar que el papel personal en la historia se va desvaneciendo junto con las fuerzas. Las tentaciones del autoengaño son casi irresistibles. Uno tiende a agarrarse a la propia experiencia como si fuese una garantía de lucidez y autoridad y a usarla como si fuese un refugio seguro contra la decadencia. Me gustaría poder pensar una crítica de la experiencia histórica, pero quizas que no tengo la capacidad y talento para ello. Pero sí interés personal en esbozar algunos brochazos sobre mi propia experiencia de la experiencia.

Cuando se han vivido varias décadas y si, como es mi caso, han sido décadas de cambios y novedades, la experiencia personal tiende por autodefensa epistémica a crear relatos que tratan de explicar lo permanente, la identidad propia, la generacional a través de las erráticas sendas de la historia. El pasado imaginario se hace presente continuo como fuente hermenéutica de interpretación de lo nuevo. Como si estuvieran escritas en nuestros genes las palabras del prólogo al Eclesiastés:

Una generación va, otra generación viene; pero la tierra siempre permanece. Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur el viento y gira hacia el norte; vira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena: al lugar donde los ríos van allá vuelven a fluir. "Todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver, ni el oído de oir. Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará: nada hay nuevo bajo el sol. Si algo hay de que se diga: "mira, eso sí que es nuevo", aún eso ya era en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de los antiguos como tampoco de los venideros quedará memoria en los que después vendrán.
Siempre había pensado que el determinismo de estas frases, el repudio de la novedad, tenía que ver con las incertidumbres del futuro y con el miedo a lo que pudiera depararnos la historia. Ahora, quizá más cínico, tiendo a pensarlo como una autodefensa del pasado propio, como un recurso de la identidad que tiende a justificar su propia presencia y a decirle al resto: "ya sé lo que pasa porque ya lo he vivido, lo que piensas que es una novedad no es tal cosa, es lo de siempre".

Porque si no fuera lo de siempre, si las cosas fuesen realmente distintas, significaría que la experiencia personal ya no es una guía para el futuro, y la misma justificación de existir más allá de los tiempos en los que las fuerzas propias sostienen la autoridad personal quedaría sin base. Haber sobrevivido sería algo sin sentido, como si uno quedase ya en la cuneta para recibir la condescendencia de los otros, su cariño en el mejor de los casos, pero nunca su atención.

El miedo a estar fuera de la historia es el más oscuro de los miedos que asaltan la experiencia del tiempo vivido. No importarían las catástrofes peores, incluso, si uno estuviese seguro de que habría de ser consultado por las nuevas generaciones para entender lo que ocurre. Todorov, en su maravilloso estudio sobre la conquista de América por los españoles, relata cómo Moctezuma consulta a los mayores del imperio intentando dar sentido a lo que estaba pasando y cómo éstos le responden afirmando que todo estaba escrito y el destino sellado. Moctezuma no estaba seguro de este juicio, pero su respeto a los mayores le hizo perder un tiempo valioso que Cortés aprovechó.

Pienso muchas veces en los viejos aztecas como ejemplo de las falsas lecciones que parece dar la experiencia de la vida a las generaciones que ya han visto muchas cosas en la historia. Como si lo que ha calado exigiera un derecho inalienable a dirigir el futuro y en ese derecho se depositase la propia justificación de la existencia.

No oculto que me produce melancolía la irritación que observo en mi generación ante los cambios que ocurren en mi entorno. Es una generación que se siente protagonista de nuestra historia inmediata y es incapaz de entender que esta historia esté llena de claroscuros, algunos de los cuales señalan incompasivos las miserias colectivas, las cegueras, corruptelas y complacencias que han dejado tantas secuelas de desigualdad.

No creo mucho en las generaciones al estilo orteguiano, como espíritus colectivos, pero sí como depósitos de experiencias comunes y de actitudes compartidas en un mundo donde las actitudes son uniformizadas por los intelectuales colectivos que son los aparatos ideológicos del estado y los medios de comunicación. Y mi generación, la de los 70's, ha sido una de las más uniformizadas de la historia. Ha nacido y se ha desarrollado en la creencia de que la historia había acabado con el fin de la Guerra Fría, que lo que quedaba del futuro era simplemente afinar los detalles y arreglar los pequeños desarreglos.

Sé bien por experiencia de otros lo que es perder oído y no entender con claridad las conversaciones. Pero también lo sé como experiencia subjetiva generacional. Veo a mi alrededor las caras de sorpresa y a veces angustia: "pero ¿qué quieren?", "¿qué están diciendo?" y las reacciones airadas de "bueno, es lo de siempre, míralos, ya hemos visto esa película".

Me importan menos los detalles, si tienen o no razón, lo que de hecho esté ocurriendo o vaya a ocurrir, que la mala fe que denota la incapacidad de asumir el tiempo que nos resta. Ishiguro captó esta misma experiencia en su maravillosa novela Lo que queda del día, una profundísima narrativa sobre la ceguera o sordera a la historia y sobre el deseo de subordinación y las reacciones de autoritarismo. Siempre he visto a Mr. Stevens, el mayordomo de Darlington Hall como una figura representativa de una generación. Una generación que nunca entendió a las pasadas y no es capaz de entender a las nuevas.

Hay algo que está podrido en la experiencia de la experiencia.



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¿QUÉ ES SER ESCÉPTICO?


Cada hombre es una criatura de la época en que vive; unos pocos son capaces de elevarse por encima de las ideas de su tiempo.
Voltaire
Los escépticos hemos ido creciendo en número. Incluso muchos católicos son escépticos que no pueden cambiar el troquelado que sufrieron en la infancia, pero que viven sus vidas practicando el escepticismo. Sin dudas, creer para obedecer ha sido un aspecto fundamental en la formación de las sociedades organizadas. Cuando se piensa en la construcción de las pirámides de Giza resulta evidente que los seres humanos deben creer ciegamente en el poder de un jefe para ser capaces de obedecerle, hasta el punto de actuar como hormigas y con el sudor de sus frentes montar piedra sobre piedra hasta formar la gran termita o pirámide.
Ser escépticos, ¿será una condición genética? No se sabe, pero se sospecha que la química cerebral influye. En su libro The Believing Brain, Michael Shermer (Times Books, Nueva York, 2011) explica el cerebro como una máquina de creencias que recoge información por medio de los sentidos; información flotante en la realidad, en el mundo externo, y lo hace en forma de patrones a los que luego les dan significado. Cuenta como los creyentes tienden a encontrar más sentidos en patrones o en configuraciones que son solo ruido, mientras que los escépticos no lo hacen. La psicóloga experimental Susan Blackmore descubrió que la gente que cree en la percepción extrasensorial tiende a ver en conjuntos de datos sin sentido evidencia de lo paranormal. La cantidad de dopamina en el cerebro también influye en su funcionamiento: más dopamina, mayor capacidad de creer en cualquier cosa; así lo descubrieron Peter Brugger y su colega Christine Mohr. Cuando trataban de conocer la neuroquímica de la superstición y del pensamiento mágico notaron que las personas con altos niveles de dopamina eran más propensas a encontrar significado en las coincidencias y a ver patrones con sentido donde adrede había desorden de imágenes o letras.
Para ser escéptico sin tener un cerebro escéptico es necesario haberse criado en una familia escéptica. Los sicólogos saben que la infancia es una época en la cual somos como de plastilina; las creencias, el idioma, la forma de vivir, el afecto y muchas otras cosas como el partido político se fijan de manera casi que indeleble según las enseñanzas recibidas. Además quedamos ciegos para ver ventajas claras en otros mundos diferentes del nuestro.
Definamos qué es ser un escéptico. En palabras sencillas, escéptico es ese que no come cuento, que no cree que la información que recibe sea verdadera solo porque esté escrita en un libro o la diga alguien importante. Se repite una y otra vez la frase: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero; y no acepta la veracidad de un hecho simplemente porque “así esté escrito”. En el mundo contemporáneo, en el que todo comienza a estar en internet, en el que nos movemos de un blog o de un artículo a otro sin conocer las credenciales de sus autores, sí que es verdad que la información falsa se mezcla con la verdadera. También hay creencias que están en el mundo de lo probable, de las cuales no hay seguridad completa. El escéptico no cree en las palabras de su amigo porque sea su amigo; recibe la información pero con filtro, el de la duda. El escéptico es un enamorado de la búsqueda de la verdad, y para encontrarla pone en ejercicio ciertas reglas y comandos mentales. El primero es desconfiar de la “Tradición”, la “Autoridad” y la “Revelación”.
Creer por tradición es creer por el mero hecho de que otros han creído y desde hace tiempos. Un día la tierra dejó de ser plana y la evidencia fue tal que la tradición se tuvo que corregir. Adán y Eva han dejado de ser dos humanos para convertirse en una metáfora, por la misma razón. Con Juan Pablo II, el infierno, ese lugar terrorífico, siempre en llamas, se convirtió en el rechazo o alejamiento definitivo de Dios. Creerle a Juan Pablo II o al que sea sobre el infierno o sobre el paraíso es creerle a la autoridad, es creer sin ninguna demostración. Las sensaciones interiores mías o tuyas tampoco importan, pues muchas causas pueden tener, por lo que pueden a veces resultar verdaderas o falsas; así que una revelación, sin que importe de quien provenga, jamás aportará eso que el escéptico llama prueba.
La intuición para el escéptico es reconocimiento. No estás consciente de todos los datos que posees, pero tienes buenas indicaciones. Por ejemplo, intuyes que tu pareja te ama porque reconoces muchos pequeños actos como formas de amor. No hay nada mágico, hay reconocimiento. Para fiarnos de una intuición buscamos datos que la corroboren. Una amiga mía escéptica rompió relaciones con su pareja. Él alegaba que la amaba, pero siempre estaba muy ocupado y nunca tenía tiempo para verla, llamarla ni visitarla. Ella prefirió creer en los hechos y no en la “verdad” que él sostenía.
Por nuestra propia experiencia es probable que nunca tendremos evidencia de la existencia de los átomos, de los electrones o de que la luz viaja a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, pero se puede investigar qué pruebas existen a favor, o realizar los experimentos pertinentes, y entonces confiamos en ellas. Confiamos en que las razones que sustentan esas creencias son buenas y no provienen de ideas heredadas por mera tradición. Confiamos en los experimentos que otros han realizado, después de ver los resultados. Nos preparamos, el día del eclipse de sol, con instrumentos para observarlo (predicción de astrónomos), pero no lo hacemos el día del fin del mundo, según las predicciones de los Mayas.
La ciencia, como camino para buscar ideas confiables, parecería una elección con la misma validez de cualquier otra; sin embargo, presenta una sustancial diferencia en sus métodos y resultados. La ciencia no depende de la tradición ni del estatus de la persona que hace la afirmación; no, de hecho está siempre renovándose, ajustándose a los nuevos experimentos y nuevas confirmaciones, demostraciones o falseamientos de sus hipótesis. El escéptico puede no ser un científico pero confía en los métodos de la ciencia.
A los escépticos, rebeldes de pensamiento, debemos las grandes teorías: Newton olvidó lo que lo que griegos antiguos decían sobre el universo y sus leyes; Einstein negó muchas cosa que decía Newton y sus contemporáneos. Los creadores de la mecánica cuántica, Planck, Shröedinger y Heisenberg desafiaron las verdades de sus antecesores. La ciencia, las verdades de la ciencia, según Karl Popper, están siempre en periodo de prueba, a la espera de su refutación o cambio. Lo que se cree por fe no se puede discutir, renovar ni cambiar.
El escéptico primero observa cuidadosamente con el objetivo de buscar, de identificar un problema, un asunto, una verdad, un patrón; después, ya identificado el asunto, recopila evidencias que comprueben o refuten sus hipótesis, generaliza, promedia, deduce. La observación no es siempre visual, es también estadística o de observación de otros sucesos similares e igualmente obedece a una lógica. Luego, busca hallar confirmación a las predicciones que resultarían de su hipótesis y la coherencia entre resultados y predicciones. Tú aseguras que lees la mente, le dice un entrevistador al supuesto hombre portador de especiales poderes; luego, le da una cachetada y le dice ¿por qué no previste que yo haría esto? Es un chiste, un video de esos que circulan por Internet, pero comprueba con crueldad la falsedad del charlatán. Nunca hemos visto un hombre calvo que haya recuperado su melena después de usar los cientos de productos que se ofrecen para la caída del cabello. Es muy probable, piensa el escéptico, que tal producto no exista todavía. Lo mismo se aplica a aquellos que sirven para quitar las arrugas o la celulitis, ah, o a los que sirven para adelgazar, ¡ya se sabría!
El escéptico desconfía de las malas observaciones, su pensamiento es siempre crítico. Muchas personas alegan haber visto ovnis o brujas o fantasmas. Cuentan sus historias con seriedad, y muchos no mienten. Como el cerebro completa y construye y además bajo tensión o privación de estímulos inventa, el escéptico ve, en la narración, los huecos, resanados con el “deseo” o con el “miedo”.
El escéptico sabe que la baja probabilidad de que un evento ocurra no excluye la posibilidad de que ocurra. Los eventos improbables a lo largo de la vida se vuelven probables. La contingencia en las relaciones de causa y efecto pueden hacerlas muy difíciles de encontrar, lo que es bueno en una situación puede ser desastroso en otra. Equivocase es muy fácil, los expertos también se equivocan porque el mundo es complejo.
Ser escéptico es un ejercicio de la razón, es un ejercicio de control de las emociones. Es practicar el hábito de cuestionarse si lo que se está haciendo es bueno y si lo que se cree es confiable. Es obligarse a cambiar de creencia cuando la evidencia contradice la hipótesis. Es tener la disciplina de investigar y de dar prioridad a lo que es verdad sobre lo que queremos que sea verdad. Que no sea uno mismo el primero en decirse la mentira deseada.
El escéptico no puede enseñar a sus hijos en qué deben creer sino cómo deben pensar. Los beneficios son muchos. El beneficio más grande del conocimiento no es saber sobre algo que ya pasó sino poder predecir lo que todavía no ha ocurrido. En un mundo tan lleno de incertidumbre, saber qué va a pasar después, qué consecuencias tiene una acción, otorga ventajas significativas al que puede hacerlo. Todos lo hacemos naturalmente, esas son las ventajas del conocimiento, y todos aprendemos, pero el conocimiento basado en la evidencia se equivoca menos en su capacidad de predecir.
Si un conocimiento no se puede verificar no es útil. Suponga que le han dicho una frase secreta que debe repetir cien veces cada día. Le aseguran que después de hacerlo bajará de peso. Ahora, se repite el experimento, pero le aseguran que usted, en vez de bajar de peso, va a ganar seguridad en sí mismo. Entonces el probando pregunta cómo va a saber si ha ganado seguridad en sí mismo. La respuesta es vaga, algo así como: no, usted va a sentirse más seguro. En el primer caso, solo se necesita la balanza para comprobarlo; en el segundo, no se han entregado puntos claros para calificar, que demuestren la ganancia en seguridad. El escéptico experimenta con efectos que se puedan medir. Por ejemplo, toma medicinas cuya eficacia haya sido comprobada, y cuando no nota mejoría averigua, y si nada ocurre las suspende.
El escéptico cae menos frecuentemente en el engaño. El hábitat humano ya no es la naturaleza, son las ciudades, pero sobre todo es y han sido los otros humanos, el nicho social. En esa interacción social, que es muy compleja, las ventajas de ser escépticos son muchas: sirve para crear relaciones directas, claras y equitativas, también para evitar el engaño de embaucadores, y los hay por millones. Los escépticos ahorran mucha plata: no consultan adivinos, no compran brazaletes con poderes, no acuden a las medicinas alternativas ni al psicoanálisis, no atienden los anuncios de productos cuasi fantásticos para cortar cebolla, apio o repollo. Ser escépticos nos hace más sanos y más felices, pues somos conscientes cada día de la maravilla que es la vida, de la oportunidad única que es haber nacido; recordamos que una vez se termina no hay más.
El escéptico no se agacha ante la “autoridad”, su sentido de la dignidad es mayor. No está dispuesto a hacer genuflexiones ni a adorar a nadie ni a nada: budas, estatuillas de la virgen, libros sagrados, presidentes. Trata de hacer juicios imparciales sobre los demás. Como ve el mundo sin la oscura lente de las ideologías, los demonios se esfuman con los espíritus de toda índole. Sin ideologías, la mujer gana los derechos que fueron exclusivos del hombre. No obedecemos al marido ni nos quedamos casadas para siempre, cuando somos infelices en el matrimonio, evitamos los hijos, si así lo deseamos y de ser necesario abortamos. No encontramos ninguna razón que justifique perder la libertad de elegir una pareja del mismo sexo.
El escéptico no tiene que privarse de trabajar el Sabah o el domingo, puede comer carne el viernes porque no hay días santos, y morcilla confeccionada con sangre de animales, o peces con escamas y sin ellas y sin pasar por las manos de un rabino. Hace sacrificios que redunden en el bienestar de los demás, pero no sacrificios absurdos. La oración y el ayuno son tipos de soborno que se hace a las divinidades.
El escéptico no puede responderse todas las inquietudes ni preguntas, claro que no, pero tampoco está dispuesto a aceptar cualquier respuesta. Acepta la idea de que no hay manera de encontrar buenas explicaciones a todos los acontecimientos del mundo, pero se maravilla de lo desafiante que puede ser la búsqueda de la verdad y de las gratificaciones que trae ser escéptico.

Por: Ana Cristina Vélez


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Humor Ateo

Algunas Viñetas muy simpaticas



Un poco de humor de la mano del filosoraptor. 

14 abr 2015

La Revolución emprendedora

Todos los 14 de julio Francia celebra su fiesta nacional en conmemoración de la toma de la Bastilla, punto de inicio de la Revolución Francesa. Aquel  acontecimiento puso fin al Antiguo Régimen y sentó las bases de la democracia en la Europa continental. Hoy, otra revolución está teniendo lugar. Sin luchas en las calles ni bandos enfrentados, viejas estructuras están cayendo y nuevas formas de organizarse están ocupando su lugar para crear un mundo nuevo; es una revoluciòn de ideas, talentos, creaciòn, innovaciòn. Es la revolución emprendedora.
La revolución está en tus manos
No se trata de una exageración. El emprendimiento se ha convertido en una tendencia transversal de la sociedad del siglo XXI y en la principal fuerza de cambio en el mundo. Ya no es la política la que transforma la sociedad. Tampoco las grandes corporaciones son motor de cambio. Hoy en día, las innovaciones sociales, económicas y culturales vienen muy a menudo de la mano de los emprendedores. Personas que ponen ideas en acción para convertir recursos y oportunidades en productos y servicios que crean valor económico y social.
Veamos cómo se manifiesta esta revolución:
  • Una revolución empresarial: Para crear una empresa de éxito ya no es imprescindible una inversión millonaria. Hay nuevas y variadas formas de emprender. Desde un garaje se han creado algunas de las innovaciones más relevantes de los últimos años.
  • Una nueva forma de competir: De la competencia a la coopetencia, negociaciones win-win (o triple win)… Donde antes se peleaba por el máximo trozo posible de un mismo pastel, ahora se busca hacer el pastel más grande entre todos.
  • Una nueva concepción del trabajo. El emprendedor no “trabaja”, se entrega a su pasión. “Ya no hay trabajos que duren toda la vida” se lamentan algunos, pero, ¿quién quiere pasarse toda la vida haciendo lo mismo?
  • Una revolución tecnológica. Emprendedores como Bill Gates, Steve Jobs, Larry Page, Sergey Brin, Linus Torvads o Mark Zuckerberg han sido los protagonistas de una revolución tecnológica que a su vez, facilita y acelera la aparición de nuevas iniciativas emprendedoras.
  • Un cambio social: Porque una sociedad emprendedora cambia sus valores colectivos. Se hace más plana y horizontal, más móvil, flexible y se pasa de una estructura en forma de pirámide a una estructura de red. En una sociedad emprendedora no se penaliza el riesgo ni el fracaso y los problemas sociales se resuelven mediante la innovación y el emprendimiento social.
  • Una revolución interior: Tomamos conciencia de ser dueños de nuestro destino, rechazamos el papel de víctimas y cogemos las riendas de nuestra vida. Reforzamos nuestra autoestima, tomamos decisiones y nos lanzamos a cambiar nuestra vida.
  • Una nueva forma de vivir. No sólo la vida del emprendedor cambia. Con sus productos y servicios, los emprendedores cambian la manera en que todos nosotros vivimos, nos relacionamos, nos movemos, trabajamos e incluso cómo nos entretenemos.
La revolución emprendedora ha empezado. Para que dé todos sus frutos, hace falta que los emprendedores tomen conciencia de la fuerza que tienen si colaboran entre ellos. Un nuevo mundo está naciendo. ¿Quieres formar parte de él?
Planetafios propone que elijamos el dìa del emprendimiento, que opinan emprendedores.

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EL CONCEPTO DE REVOLUCIÓN



Históricamente el concepto de revolución ha sido sometido a diferentes definiciones y redifiniciones regidas por los diferentes sentidos que ha recibido según cada discurso ideológico. Esta circunstancia ha hecho que por revolución se entienda una variada cantidad de fenómenos sociales y políticos de diferente naturaleza, y que en último término se haya perdido cualquier tipo de noción clara y concisa de lo que entraña toda revolución o proceso revolucionario, independientemente de la orientación ideológica que pueda tener.

En la actualidad nos encontramos con que el concepto de revolución tiene muy mala prensa debido a que el marco cultural e ideológico es conformista, y por tanto considera la revolución como una grave perturbación sociopolítica propiciadora de todo tipo de males conocidos y aún por conocer. Debido a esto la revolución hoy, como concepto político, no es popular sino por el contrario encuentra oposición al disponer de una muy mala imagen y al ser identificada con experiencias históricas del todo nefastas. La mentalidad predominante en la sociedad actual es reformista y conformista, simplemente se aspira a mejoras parciales dentro del cuadro social y político del sistema vigente, lo que fácilmente puede reducirse a un deseo fundamental: la mejora de las condiciones materiales de la existencia que se resumen en un aumento del nivel de consumo. Esta meta, economicista y materialista en esencia, bien puede lograrse dentro del sistema establecido lo que hace innecesaria su destrucción y sustitución por otro de diferente naturaleza.

Las condiciones subjetivas, aquellas que tienen que ver con la cultura e ideología dominantes, son las de una conformidad general con el sistema establecido y las ansias de alcanzar mejoras dentro de ese mismo orden. Esta mentalidad reaccionaria y anquilosada es la que ha creado las condiciones actuales para la existencia de un consentimiento social relativamente estable que ha permitido a las autoridades políticas, y por ende al conjunto del sistema vigente, conservar su estabilidad y con ello perdurar en el tiempo.

En el imaginario colectivo la idea de revolución ocupa un lugar marginal y siempre oscuro en el que es identificada con toda clase de horrores al ser considerada una idea cargada de muerte, horror y sangre. Pero esta perspectiva la complementa aquella otra que, desde una actitud superfluamente optimista e infantil, plantea cambios parciales y no sustantivos en la estructura del sistema y que por ello rechaza la revolución no ya por motivos tácticos sino estratégicos al no rechazar tampoco los fines generales del sistema de dominación y menos aún el orden vigente. Esta es la actitud groseramente mezquina que puebla una parte notable del radicalismo político, aquella que pervierte el concepto de revolución al darle un contenido reformista, al afirmar el orden establecido y sólo plantear una ruptura en sus formas y no en su esencia. Son aquellos revolucionarios de salón, de la cerveza y del porro, que se ufanan en convencer a incautos de que existen las revoluciones pacíficas, sin sobresaltos, de que otro mundo es posible y que sólo hay que quererlo. Son los mismos que aborregan a los infelices insatisfechos que en su ingenuidad se prestan a ser, no ya los tontos útiles, sino los borregos que sirven de carne de cañón para que otros saquen los debidos réditos políticos.

Es necesario reconocer la crudeza y terribilidad que entraña toda revolución y no autoengañarse creyendo, o haciendo creer, que puede ser un camino de rosas, fácil, de mínimo esfuerzo, sólo porque una virtual mayoría social así la pudiera llegar a reclamar. Pero muy al contrario de estas erradas ideas la revolución es, en primer lugar, etimológica y realmente “re-volver”, regresar a los orígenes. Significa una ruptura cualitativa con la esencia y naturaleza del presente para completar su ciclo y dar lugar a un nuevo comienzo. Revolución es, en suma, una ruptura con el orden establecido y consecuentemente con su legalidad y todo cuanto la sostiene: el Estado junto a todo su aparato coercitivo y represivo compuesto por su burocracia, policía, servicios secretos, ejército, cárceles, tribunales, etc.

Una revolución entraña violencia, sangre, muerte, fuego y sacrificios colectivos inauditos pero irrenunciables cuando se juegan principios, valores y planteamientos que dan contenido a la existencia, que hacen que las personas sean y se sientan humanas y no reducidas a la condición de larvas o insectos dentro de la conformidad de las sociedades actuales, compuestas por una abúlica y esperpéntica burguesía de masas. Porque tal y como apuntó Errico Malatesta “la revolución tiene que ser necesariamente violenta, aunque la violencia sea en sí misma un mal. Tiene que ser violenta porque sería una locura esperar que los privilegiados reconocieran el daño y la injusticia de sus privilegios, y se decidieran a renunciar de ellos voluntariamente. Tiene que ser violenta porque la violencia revolucionaria transitoria es el único medio para poner fin a la mayor y más perpetua violencia que tiene esclavizados a la gran mayoría de los seres humanos”. Más aún, “la sociedad actual se mantiene con la fuerza de las armas. Nunca ninguna clase oprimida ha logrado emanciparse sin recurrir a la violencia; nunca las clases privilegiadas han renunciado a una parte, siquiera mínima, de sus privilegios, sino por la fuerza, o por miedo a la fuerza. Las instituciones sociales actuales son tales que resulta imposible el transformarlas por reformas graduales y pacíficas, y la necesidad de una revolución violenta que, violando, destruyendo la legalidad, funde una sociedad sobre nuevas bases, se impone”.[1]

No puede obviarse que las jerarquías sociales se basan sobre el principio de la fuerza, y que la legalidad vigente es la expresión de una correlación de fuerzas de los vencedores sobre los vencidos, y que el propio Estado nace de la conquista guerrera que impone su privilegio autoritario de dictar el derecho a los derrotados, lo que hace de todo el entramado que constituye el ordenamiento jurídico un gran engranaje de dominación y subyugación en el que los sometidos ostentan tal condición en última instancia como consecuencia de esa relación de fuerzas.

Todas las revoluciones, independientemente de su orientación ideológica, han estado cargadas de un componente violento dado que el orden establecido y sus jerarquías se fundan igualmente sobre un principio violento que es el que en último término las mantiene, las reproduce y perpetúa. Una revolución es una ruptura con lo establecido, y en tanto que tal exige acciones dirigidas directa o indirectamente contra quienes sostienen esa situación, lo que puede plasmarse, según los casos concretos, en insurrecciones populares, guerrillas, motines, revueltas, sabotajes, etc. Pero en cualquier caso la violencia siempre está presente.

Por el contrario, las acciones no violentas en ningún caso pueden plantearse como medios para una revolución. En este sentido la no violencia puede considerarse como una práctica que en lo táctico y en lo estratégico puede defender al Estado y de hecho así ocurre en muchas ocasiones.[2] Más bien nos encontramos con que esta tendencia que ha sido implantada en gran parte del espectro del radicalismo político obedece a unas coordenadas ideológicas dirigidas hacia la pacificación y domesticación de este sector, para su posterior reconducción hacia los callejones sin salida del sistema de dominación para, al mismo tiempo sembrar con ello la debilidad a través de una falsa disyuntiva entre violencia y no-violencia que, a su vez, enmascara una realidad social, política, cultural y económica que se basa fundamentalmente en el uso de la fuerza.

Hoy vemos cómo el discurso de la no-violencia ha desembocado en la ideología del ciudadanismo, de la reacción y del rechazo de cualquier contestación sistemática y revolucionaria al orden establecido y a sus estructuras de opresión. Todo ello ha contribuido a reconducir a una parte del radicalismo político hacia posiciones políticas e ideológicas conciliables con las que sostiene el sistema de dominación y sus elites, donde finalmente las cajas negras de la institucionalidad son las que permiten la reconversión ideológica que facilita el reforzamiento del poder establecido, y con ello la asimilación e incorporación de estos elementos procedentes del radicalismo a las estructruas de dominación tal como ocurrió en el pasado.

Sin embargo la revolución es violencia, es traumática pues entraña dolor y muerte, pero no es sólo eso, tal y como una considerable parte de la población cree. La revolución es un punto de partida y no de llegada, pero para lograr esa situación cualitativamente distinta que permita un nuevo comienzo son imprescindibles unas condiciones subjetivas que entrañan una revalorización moral del sujeto y de sus luchas colectivas. En este sentido han sido históricamente las grandes ideas, además de determinados valores que han creado unas determinadas actitudes, los que han provisto de la fuerza moral para que las luchas, y por tanto también las revoluciones, sean iniciadas y mantenidas en el tiempo generación tras generación. Sin la labor concienciadora en la que los factores morales desempeñan un papel fundamental para ulteriormente hacer cualquier revolución popular es imposible plantearse nuevos comienzos y emancipaciones.

No existen los atajos ni los grandes logros que no entrañen grandes esfuerzos y sacrificios. En estas condiciones que impone la propia lucha revolucionaria es necesaria una moral de combate, una moral que rehumanice al sujeto y lo sustraiga del conformismo burgués que lo aborrega y lo sume en una amodorrada forma de vida melindrosa, empequeñecedora y embrutecedora. Significa asumir la importancia que juegan los valores junto a las actitudes que estos generan como baluarte moral que permita asumir el esfuerzo de toda lucha. Pero la importancia de la moral y de los valores radica en el hecho de que constituyen la base sobre la que construir sobre las ruinas de un mundo decadente e ilusorio. Por todo ello es necesaria una regeneración en términos morales y axiológicos que ponga fin a todo cuanto el sujeto ha interiorizado del sistema que le oprime, y por ello un rechazo de las metas existenciales así como de la forma de ser, pensar y sentir que son propias de ese sistema y su sociedad burguesa.

El emboscado


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